



Why is there repetition in conversation? Why do we waste our breath saying the same thing over and over? (Why, for example, did I write the preceding sentence, which paraphrases the one before?)
(Tannen, 1989, p. 47)[¿Por qué la repetición en la conversación? ¿Por qué gastamos nuestro aliento diciendo lo mismo una y otra vez? (¿Por qué, por ejemplo, he escrito la oración anterior, que parafrasea a su vez a la que la precede?)]
El principio de la "no repetición" es, sin duda, un postulado estilístico propio de la lengua escrita (y muy poderoso, por cierto, en español), que refleja, sobre todo en los textos literarios (mucho menos en los científicos, por ej.), la voluntad estética de su autor. No rige, desde luego, para la lengua hablada espontánea (lengua coloquial (1)), donde la repetición aparece con tal frecuencia y naturalidad, que pasa —salvo excepciones— inadvertida tanto para quienes la usan como para quienes la escuchan y hasta para quienes nos dedicamos a su estudio.
En el registro coloquial, las circunstancias de actualización imponen sus propias leyes al hablante (2). La inmediatez, fugacidad e imprevisibilidad propician un uso del lenguaje fundamentalmente irreflexivo, donde lo que importa es, más que la pura transmisión de informacion (es decir, más que los contenidos "objetivos" transmitidos), la participación (subjetiva) en la comunicación y la fluidez. Todo esto se traduce en dos características del lenguaje coloquial que permiten explicar la aparición de la mayor parte de sus fenómenos más representativos:
¿Por qué —como se pregunta Tannen— surge la repetición en la conversación e incluso la impregna con su presencia persistente si, dados tales condicionantes, la precisión no forma generalmente parte de los intereses comunicativos de los hablantes? Como punto de partida, la pregunta no hace más que plantear un problema de carácter general y pragmático: ¿qué mueve a los hablantes a hacer reiteradamente uso de palabras o información ya expresadas durante su relación interlocutiva? Es ésta una de esas curiosas tendencias típicamente coloquiales, omnipresente además, cuyo estudio ha estado casi siempre vinculado al de la lengua escrita o al de las condiciones de transmisión (objetiva o subjetiva) de la información y mediado por ellos, y cuya descripción global no se ha realizado todavía —que sepamos— en español.
La lengua —se nos ha dicho desde la Teoría de la Información— tiene un mecanismo infalible para mitigar el "ruido" y asegurar el mensaje: la redundancia, que actúa —dice la Psicología— como "refuerzo cognoscitivo" en los hablantes. La repetición —afirman los estudios de Retórica y Estilística literaria— es redundante y "viciosa" si no aparece como afirmación estética de la voluntad de estilo del autor... Si en el coloquio fluyen unas tras otras las repeticiones y su finalidad no es casi nunca la de contribuir a la belleza o a la precisión del mensaje coloquial, ¿no debemos considerar que constituyen, en rigor, elementos de redundancia informativa, "viciosa", en la comunicación? Y si admitimos que es así, que las repeticiones, por serlo, son redundantes y "viciosas" también en la lengua oral, ¿aceptaremos sin más que su papel es en la conversación el de simplemente asegurar la transmisión del mensaje y que éste es el objetivo perseguido intencionalmente por los hablantes?
Unos cuantos trabajos parciales (3), pero que abordan desde un punto de vista más o menos pragmático, "comunicativo" el estudio del lenguaje y de lo que todavía estamos denominando (no muy técnicamente) "repeticiones" nos permiten adelantar ya una respuesta: podemos usar (y usamos de hecho) palabras y/o información anteriormente expresadas con finalidades tan diversas como aludir al tema de la conversación y hacerlo presente en el acto comunicativo, evidenciar nuestra actitud como hablantes e interlocutores, matizar o atenuar lo dicho, realizar ciertos automatismos verbales, progresar de forma fluida en la transmisión de información..., e incluso expresar (con las mismas o muy parecidas palabras) contenidos distintos a los expresados con anterioridad.
Lo cierto es que la lengua coloquial proporciona tantos ejemplos, y tan variados, de recurrencia, que se hace difícil su sistematización global y necesario intentar una reducción metodológica que facilite su estudio, aunque no garantice el éxito de los resultados. Este trabajo no tiene, en realidad, otra pretensión. He intentado, simplemente, introducir un poco de coherencia en el aparente caos de la iteración coloquial (4), ilustrar con unos pocos ejemplos algunas de sus posiblidades de aparición, sin pretensión alguna de exhaustividad; cualquiera podría, sin duda, añadir a sus ejemplos otros tantos o muchos más, discutir fundadamente su clasificación, estudiarlos desde un punto de vista diferente o añadir categorías nuevas... El punto de partida ha sido, una vez más, la extrañeza que ha provocado en mí el haberme dado cuenta de que una tendencia tan clara y sistemática en el registro coloquial, tan específica de él, no había recibido —hasta donde he podido llegar, al menos en lo relativo al español— atención global por parte de los estudiosos.
La dificultad de su estudio radica, sin duda, no tanto en su posible valor estrictamente "informativo" ni en su caracterización formal (que no nos interesa particularmente aquí) cuanto en la especificación de sus funciones y valores comunicativos. Pues si, por una parte, parece claro que "desde el punto de vista semiótico, la iteración de elementos dados en un mismo discurso parece significativa, pues manifiesta regularidades que sirven para su organización interna" (5), lo cierto es que, por otra, no es fácil precisar cuáles son exactamente esas "regularidades" ni cuál su valor (formal, informativo, funcional, comunicativo) y todo intento de análisis y clasificación del fenómeno corre el riesgo de limitarse al terreno de la abstracción o de ser excesivamente simplificador.
De hecho, su uso espontáneo en la conversación pone en juego con frecuencia no pocas habilidades (lingüísticas, de interacción) que sólo con la práctica y la competencia comunicativas pueden ser desarrolladas por parte de los hablantes. ¿Cómo, si no, procesar e interpretar de forma automática en un ejemplo como éste:
* —Locutor TV ("Noticias", Tele 5, 5-11-93): Las negociaciones sobre el pacto social no están rotas
A.) —¡Están muertas...!
B.) —No están rotas: ¡están destrozás...!,
la presencia simultánea de las siguientes actividades (al menos) de carácter comunicativo?:
Debemos añadir, sin embargo, algo obvio: la repetición no es, por sí misma, imprescindible en la lengua hablada para realizar tales funciones: la contraposición, el acuerdo-desacuerdo, el énfasis asertivo, la actividad metalingüística implícita, etc. pueden valerse de otros muchos procedimientos expresivos para aparecer en la conversación. Y de hecho, el sentido global realizado habría sido más o menos el mismo )pero no "el mismo", obviamente) si la comunicación hubiera tenido lugar en estos términos (ej. inventado, sin repeticiones formales):
* —Locutor TV ("Noticias", Tele 5, 5-11-93): Las negociaciones sobre el pacto social no están rotas
A.) —¡Si llegan a estarlo...!
B.) —¡Desde luego!
¿Quiere esto decir que son "redundantes" las repeticiones que aparecen en el primer ejemplo, o sea, que no aportan al mensaje información que se necesite o se valore desde el punto de vista de la interacción? ... Para nada. Es verdad que el buen conocimiento mutuo de A y B (cónyuges entre sí, con más de 17 años de convivencia) convertía en personal y contextualmente predictible la información contenida en sus enunciados; esto, sin embargo, no la convierte necesariamente en superflua o "viciosa". En rigor, la redundancia que surge de abstraer a posteriori en el discurso lo que podríamos llamar la base de la expresión lógica (abstracción conceptual que manejamos de fondo en el análisis de repeticiones, etc., y que no siempre es fácil "objetivar" en la realidad del uso) raramente actúa como información sobrante o inútil en el coloquio, pues suele ser parte esencial en él del modo en que las personas interactuamos durante nuestra actividad comunicativa:
Más aún, en realidad muchas veces los ejemplos procedentes de este registro nos obligan casi a invertir el punto de vista del análisis y afirmar que es precisamente la recurrencia la que convierte la información transmitida en ellos, de puro predictible, de tan obvia, en totalmente imprevisible... El siguiente ejemplo es un fragmento de una conversación telefónica personal con el más pequeño de mis tres hermanos:
* —Y de nuestros queridísimos hermanos ¿qué sabes?
—Pues mira, el viernes precisamente hablé con los dos. El viernes hablé con Pepe Luis y con Paco
—¿Y qué se cuentan?
Aunque he señalado en él sólo las repeticiones más obvias (en la segunda intervención, la de mi hermano), obsérvese que todo el fragmento no es sino repetición de un mismo acto de habla ilocutivo-perlocutivo inacabado. Mi hermano me contesta con información no requerida, que repite acto seguido casi literalmente con una leve ampliación informativa; yo reitero, en otros términos pero con el mismo sentido, mi petición de información. No era, desde luego, previsible que mi hermano respondiera a mi pregunta con información complementaria; mucho menos lo era que repitiera esa información (digamos) aparentemente no esencial; y más que imprevisible, parece a primera vista absurdo que se molestara en especificar el nombre de los dos únicos hermanos que ambos tenemos en común. Puestos a ser "informativos", es —creo— precisamente esa predictibilidad unívoca (únicos hermanos= únicos nombres posibles) la que convierte en totalmente imprevisible el contenido transmitido por mi hermano pequeño.
Para nosotros, espontáneamente, esta parte de la conversación funcionó a modo de preámbulo (simultáneamente fático, de memorización y afectivo) de una intervención posterior más informativa; la información "objetiva" contenida en ella no fue especialmente importante para nuestra comunicación, ni pretendía serlo. Tiene razón E. Lorenzo cuando afirma que cuanto mayor sea el grado de familiaridad o la coincidencia de experiencias entre dos interlocutores, mayor puede llegar a ser el grado de redundancia de un mensaje,"o a la inversa, de concisión posible, pues están presentes en la comunicación, sin explicitarse —es decir, aludidos pero no mencionados— todos los componentes de ese universo de vivencias comunes que llamamos lo consabido y que no siempre están sustituidos por los recursos gramaticales o gestuales, que designamos como anáfora o deíxis, los cuales, en tales casos, pueden resultar superfluos" (1981, p. 29). Lo que, dicho de otro modo, significa que, en la realidad del acto comunicativo, el lenguaje puede (y suele) ser simultáneamente redundante y conciso, a la vez explícito (e incluso demasiado explícito) en su dimensión estrictamente lógica y sólo alusivo-implicador en cualquiera de sus otras dimensiones (afectiva, fática, etc.). Lo realmente interesante en el registro coloquial no es tanto lo que los interlocutores han dicho cuanto el hecho mismo de decirlo precisamente en ese momento de su relación vital y comunicativa; el haberlo dicho de un modo determinado (mediante reiteraciones expresivas, en este caso) y no de otro distinto no hace sino reflejar una manera particular y puntual de tratar subjetivamente la información.
Quizá por eso, frente a lo que ocurre en el registro escrito, que propicia la reflexión, parece que el hablante no encuentra ninguna buena razón para evitar en el coloquial el empleo (tan inconsciente, que pasa inadvertido) de palabras, expresiones o conceptos ya expresados. Para el hablante lo más cómodo es, sin duda, aquello que le supone el menor esfuerzo para obtener una comunicación rápida y fluida, sea o no lo más económico. En la inmediatez del coloquio, que obliga a la improvisación instantánea del lenguaje, el contexto verbal o cotexto actúa formal y temáticamente sobre el mensaje (y el propio hablante), y la reiteración surge de modo espontáneo, más como una necesidad que como una opción.
Frecuentemente, la presencia de una determinada palabra o construcción "impulsa" el empleo de esta misma o de otra similar a continuación. Cuando esto ocurre en el turno de réplica del interlocutor, se suele hablar de ecos: construcciones que "el otro" repite literal o casi literalmente, aunque, como es lógico, al servicio de su enunciación y desde su propio horizonte deíctico, que impone como hablante (8). Pero en realidad, esto mismo (o algo tan parecido, que podemos considerarlo parte de la misma tendencia) ocurre de hecho también en el fluir discursivo del hablante, que repite una y otra vez sus propias palabras o expresiones como un "eco":
* ... porque tardan una hora, tardan una hora y, claro, si tardan una hora... no pueden tener más que dos autobuses para toda la línea. A mí que no me cuenten... cuentos chinos.
Múltiples ejemplos demuestran que unos y otros "ecos" (o los "ecos" del interlocutor y las "resonancias" del hablante, si se quiere) aparecen perfectamente entrelazados en los actos comunicativos, al servicio de una expresión más "cómoda" del sentido en la lengua hablada:
* —Oye, ¿qué me dijiste en tenis?
—Que te probaras el chándal
—¿Qué chándal?
—El que está encima de tu cama
—Pues no lo he visto
—¡Claro que no lo has visto! Ya lo he visto que no lo has visto
* —Es que es fresco [el pan]..., y no se quema más
—Qué va a ser fresco, ¡es de ayer!
—Por eso, que es fresco...
—Yo todos los días lo quemo más y es de ayer... [=del día anterior]
—¡Que te lo comas!
* Cristian.— Yo creo que siempre es bueno adquirir una experiencia, ¿no? Con una mujer de 30 años o... lo que tenga, pero... me gusta más instruirlas. Ser instructor.
Bertín.— Ah, ser instructor
Cristian.— Sí, aunque hoy día... no sabes quién te puede sorprender
Bertín.- Ahí está la cosa
Cristian.— Ahí está
Bertín.— Ahí está la cosa, señores. Que hoy día donde menos se lo piensa usted salta la liebre [risas]
Luis.— O el conejo
Bertín.— Y donde se cree usted que dice: aquí voy yo sobrao / Aquí voy yo sobrao [se incorpora en el sillón], porque yo aquí, manejo, dirijo, mando, templo y muleteo [imita gestos de toreo] [Los concursantes hablan a la vez en segundo plano] Y llegan, y llega uno que no te lo esperas y te hace un ocho, pim pim, que me cogió.
(Bertín Osborne y concursantes, TV-T5, "Contacto con tacto", 18-12-93)
Es lo que en conjunto (tanto en lo relativo a la locución como a la interlocución) he llamado contagio de contextos expresivos (Vigara, 1992, p. 440), algo tan usual en el español coloquial y tan propio de él, que podemos encontrarlo en casi cualquiera de sus subregistros. Muchos de nuestros ejemplos son (como se verá) auténticos ecos desde el punto de vista formal, auténticas repeticiones léxicas impulsadas por lo dicho en el cotexto previo inmediato. Por lo demás, como "cada vez que una palabra o frase es repetida, su significado es alterado" y se reinterpreta a la luz del nuevo contexto creado mediante su aparición (Tannen, 1989, p. 53), la reiteración, la recurrencia, no impide ni la progresión temática ni la fática en la conversación y contribuye más que estorba a la participación mutua en la elaboración del sentido. (9)
Pero como ocurre con los ecos (que son, en rigor, iteraciones léxicas del interlocutor, de amplitud variable), ocurre con las recurrencias semánticas y conceptuales, que surgen también inducidas de forma natural por lo dicho inmediatamente antes, al servicio siempre de la actualización espontánea (improvisada) del mensaje coloquial y de la expresión global de su sentido. Por eso hemos intentado que el foco de la clasificación que proponemos no se centre en los aspectos formales de la recurrencia, que no parecen esenciales, a la vista de los ejemplos, para delimitar su valor informativo ni sus funciones comunicativas, pues es normal que encontremos en un mismo acto comunicativo tipos diferentes de repetición, incluso mezclados, al servicio de los mismos fines comunicativos; y a la inversa, una misma repetición (formal) al servicio de fines distintos (de afirmación del tema en el turno de FV, de "afirmación interlocutiva" —se explicita a FV que se ha comprendido la importancia del dato y se hace llegar a los radioyentes— en el turno de E):
* E.— Bueno, Paco, tenemos que dejarte ya, pero queremos oír, eh, queremos oír algo de tu disco, nos apetece muchísimo y quisiera saber si está ya a la venta en todos los grandes almacenes y sitios donde se venden discos, en tod...
FV.— Sí, sí, sí: almacenes, tiendas de discos, todo, pero... hay que pedirlo, porque como no es normal verlo, porque no sé en qué sección lo pondrán, pero como de poesía no hay secciones en ninguna parte...
E.— Claro
FV.— o está en letra muy pequeña... pues, hay que pedirlo...
E.— Hay que pedirlo, Francisco...
(entrev. a Francisco Valladares, R1, "Vente conmigo", 24-8-94).
Desde el punto de vista de la información que se transmite, podríamos quizá establecer dos grandes grupos en nuestros ejemplos: uno en que hay de hecho una suerte de identidad "referencial" entre la recurrencia y lo repetido (se está "hablando de lo mismo", en suma); otro en que la recurrencia implica algo más o algo distinto de lo reiterado. Al primero pertenecerían las tres primeras categorías de recurrencia que hemos delimitado:
al segundo, las dos últimas:
Creemos, sin embargo, que ni siquiera en el primero de los grupos (el de "identidad referencial" entre lo repetido y la repetición) sería lícito hablar, al menos en lo que al registro coloquial atañe, de "redundancia" o de información sobrante, pues la recurrencia aparece siempre (y en estos casos, desde luego, también) en el acto de habla al servicio de unos determinados fines comunicativos y de interacción, como una más de las muchas estrategias que desarrolla la oralidad, y no siempre es fácil establecer la línea sutil que separa a unos ejemplos de otros en los diferentes grupos. Y debemos advertir que hemos hecho la clasificación a la vista de los ejemplos documentados, que son muchos más, obviamente, de los contenidos en este trabajo, pero constituyen al fin y al cabo un corpus limitado, en todos los sentidos. Esta clasificación debe considerarse, pues, meramente aproximativa y, como tal, sólo provisional, a falta de nuevos estudios sobre el tema que consigan acaso profundizar más o/y mejor en ciertos aspectos que no hemos sido capaces de aclarar suficientemente aquí: un dato aparentemente tan significativo, por ej., como el que la repetición se realice en el interior del enunciado (en un mismo hablante) o interenunciados (en el turno del interlocutor) no nos ha permitido delimitar categorías especiales (aun cuando la última se limita a "ecos" interlocutivos).
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