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Compromiso feminista en la obra de Lucía Etxebarría - Obra ensayística

Monografía creado por Juan Senís Fernández. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero18/etxebarr.html
04 de Septiembre de 2006
Historia de la literatura

2 - Obra ensayística

En la obra ensayística de Lucía Etxebarria –que, como acabamos de decir, incluye el prólogo de Nosotros que no somos como la demás y el libro La Eva futura/La letra futura– el feminismo es un tema preponderante que se plantea en torno a tres ámbitos diferentes.

Por un lado, a través de la exposición y el análisis de una serie de problemas vinculados a la identidad sexual, la distribución de roles, los géneros y la diferencia sexual. Por otro lado, mediante la consideración de cuestiones más estrictamente relacionados con la economía y las desigualdades en la sociedad de hoy en día, como las dificultades de las mujeres en el ámbito laboral, la ausencia de paridad en los altos cargos etc. Estas cuestiones estarían en la línea del feminismo del poder o tercera ola feminista, que, como la propia autora afirma, corresponde a "las reivindicaciones de una serie de mujeres que han crecido en una sociedad que ya asume, teóricamente pero no en la práctica, la igualdad de derechos y deberes de hombres de mujeres"3 y que "propugnan un orden social más equitativo". Las otras, por el contrario, recaerían sobre temas más discutidos dentro del llamado feminismo de la diferencia y del feminismo de la igualdad. En cualquier caso, y al margen de etiquetas, lo importante es que podemos distinguir dos ámbitos de debate: el primero referente a los papeles sociales adjudicados tácitamente a hombres y mujeres en la sociedad y el segundo a los problemas concretos de las mujeres en el mundo laboral.

Por último, hay un tercer aspecto que parece interesar a Lucía Etxebarria: las cuestiones referentes a las mujeres y la literatura. Este aspecto es desarrollado en la parte del libro La Eva futura/La letra futura llamada La letra futura –y, sobre todo, en el capítulo titulado "Con nuestra propia voz: a favor de una literatura de mujeres"– desde varios puntos de vista: el problema de si existe o no una literatura femenina, la discriminación de las mujeres por parte de la historiografía literaria oficial etc.

Veamos ahora en qué términos plantea Lucía Etxebarria todos estos temas y qué conclusiones se pueden extraer de ellos.

Comencemos por el primer aspecto citado, el de los problemas de identidad, género, roles y diferencia.

Hay un fragmento de La Eva futura que resume muy bien cuáles la postura de Lucía Etxebarria sobre los papeles atribuidos tradicionalmente a hombres y mujeres:

"(...) hay que iniciar la deconstrucción de la masculinidad y la feminidad tradicionales puesto que el desigual ritmo de los perfiles de género está dificultando nuestras vidas, la de los hombres y las mujeres, nuestras relaciones y nuestras posibilidades para desarrollarnos como individuos libres (...)"4

Habla aquí, como vemos, de la necesidad de replantearse qué es lo que se considera femenino y masculino dentro de nuestra sociedad. Utilizar la palabra deconstrucción significa no dar por sentado esto último, aceptar que no hay biologismo ni papeles indiscutibles para ambos sexos. Con ello demuestra su filiación al feminismo clásico, como también lo demuestra al usar el término género y al hacer una distinción entre sexo y género, posición ésta muy difundida por el feminismo desde los años setenta.5

Éste es uno de los ejes que vertebran las ideas feministas que Lucía Etxebarria expone tanto en La Eva futura como en Nosotras que no somos como las demás. Al mismo tiempo, la distinción entre sexo y género va unida a la aceptación y el uso de otras categorías relacionadas, como rol, estereotipo y norma, que junto a aquéllos, son definidos por la autora en un esclarecedor párrafo de La Eva futura.

Así, pues, Lucía Etxebarria distingue entre unos roles ("predeterminación en la conducta de una persona, algo que la sociedad espera y anima"), muy unidos a la norma ("cómo se debe comportar la gente") y el estereotipo ("cómo se suele comportar la gente").6 Y afirma que tanto los roles como la identidad de género se aprenden:

"Una persona nace con un sexo determinado (...), pero más tarde tendrá que avenirse a adoptar determinados comportamientos o actitudes, los que corresponden a su género. Al hablar de género nos referimos a una serie de patrones que cada cultura adjudica a un sexo".7

Esta idea de los géneros sirve para reforzar lo que Lucía Etxebarria ha explicado en las páginas anteriores sobre el valor, en otras culturas y épocas, de algunos atributos vistos hoy como femeninos.8 Y también para insistir en la idea de lo difícil que es determinar qué es biológico y qué social en hombres y mujeres. Un problema éste que la autora destaca también en el prólogo de Nosotras que no somos como las demás, donde también reclama la necesidad de un "replanteamiento de los aspectos profundos del pensamiento social".9

Es decir, que lo que Lucía Etxebarria –como gran parte del feminismo– reclama es que se dejen de considerar como propios de hombres y de mujeres ciertos comportamientos, funciones y roles cuya atribución a un sexo u otro tiene más que ver con la cultura que con la biología o la genética.10

Ahora bien, eso no significa que hombres y mujeres no tengan también diferencias, sino que deben ser tratados de la misma manera y poseer iguales derechos y deberes. Nada más.

Porque es evidente que hay diferencias biológicas claras según Lucía Etxebarria; pero ¿cuáles son? Éste es si siguiente desafío, "una vez se ha admitido que la mayoría de las diferencias que tradicionalmente se establecen entre sexos no son naturales sino que se adjudican arbitrariamente según cada cultura".11 Para esta autora, la cuestión que debatir es la siguiente: "¿existen las diferencias reales entre hombres y mujeres? Y si existen, ¿cuáles son?".12

Aunque Lucía Etxebarria reconoce que las propias feministas son reacias a diferencias de género, "arguyendo que todas, menos las más obvias y visibles, son producto de la cultura y no de los genes", ella se desmarca y afirma que las diferencias son "reales y variadas".13 Pretende demostrarlo en las páginas siguientes mediante la enumeración y somera descripción de una serie de promedios biológicos que no se analizan con detalle y de los que no son citadas sus fuentes de procedencia: la tendencia de las mujeres a ser más daltónicas y menos diestras, su mayor densidad de neuronas, las diferencias en la constitución del cerebro, la presencia de cierto tipo de células etc. A lo largo de tres páginas se despliega una enumeración de características que se dan por sentadas sin ser explicadas ni contrastadas y sin que sus fuentes sean citadas, cosa extraña tratándose de argumentos que se quieren científicos y no de impresiones particulares. Estas diferencias, según la autora, "se adecuan a los diferentes patrones genéticos como cazadores-puericultoras-recolectoras".14

Pero, como advierte la propia Lucía Etxebarria, esto no debe malinterpretarse, ya que ella sólo habla de "promedios" y parte de que todo no es "ni blanco ni negro". Al final, su conclusión parece ser que muchas de las características biológicas que se consideran más propias de las mujeres están también presentes en los hombres y viceversa, de manera que "no existen características propias de unos que sean completamente ignoradas por el otro".15 Así, habría que empezara reconocer que "las diferencias entre hombres y mujeres son exactamente eso, diferencias, y no defectos" y que éstas no implican "diferencias de derechos ni tampoco diferencias sustanciales de comportamiento".16

Discutidos, pues, todos estos asuntos sobre lo que deberían ser las cosas, la realidad se impone y toca ya hablar de problemas más relacionados con la sociedad de hoy, en la que la diferencia sí condiciona la situación de los sexos:

"(...) hombres y mujeres vivimos experiencias en parte idénticas y en parte distintas, y nuestra visión del mundo, desgraciadamente, está condicionada a ese ser diferente en función de nuestro género".17

A los que puedan objetar o discrepar de ello, Lucía Etxebarria les obsequia con una enumeración de estadísticas sobre la presencia de las mujeres en distintos ámbitos de la vida española y europea, como la empresa, la política o los malos tratos.18 Estos problemas son los que quiere eliminar el postfeminismo, tercera ola feminista o feminismo del poder (versus feminismo de la diferencia). Su objetivo sería propugnar "un orden social más equitativo que redundaría en beneficio de todo el sistema, no sólo en el nuestro propio".19

Parte de lo que reclama este feminismo de última hornada viene enumerado en el prólogo de Nosotras que no somos como las demás, donde la autora habla en nombre de "algunas mujeres" para desgranar lo que reclaman (salarios iguales, guarderías subvencionadas); lo que no admiten (que se las llama ninfómanas cuando demuestran sus intereses sexuales); lo que no les gusta (que cuestionen su decisión de vivir solas); con lo que no se conforman ( con trabajos infrapagados o infravalorados).20 Por otro lado, en varias partes de La Eva futura se trata de todos estos asuntos. Por ejemplo, hay un capítulo, llamado "Bocados de realidad", que se compone de artículos, noticias y cartas de lectores aparecidos en varias publicaciones nacionales y que versan sobre problemas como la mujer en el trabajo, el reparto de las tareas del hogar o los hombre feministas. Asimismo, a lo largo de La Eva futura la autora se acerca a temas como el mito de la belleza, Barbie, la industria cosmética etc.

De todas estas ideas expuestas se deduce cuáles la función del feminismo y de las feministas hoy, que queda si cabe más aún de manifiesto en un párrafo que resume muy bien todo lo anterior:

"No hemos venido a proclamar la lucha de sexos, sino a abrir un debate acerca de la necesidad de replantear la vigencia de unos roles obsoletos sobre lo que nuestra sociedad considera femenino y masculino, que lejos de ser un producto de una tendencia natural son construcciones sociales destinadas a reforzar la separación artificial entre hombres y mujeres, una distancia creada para mantener una estructura de poder desequilibrada e injusta que nos perjudica a la postre a ambos sexos.21

Todo lo que hemos expuesto hasta ahora se refería al feminismo que podríamos llamar social. Queda aún por ver las cuestiones relacionados con la mujer y la literatura, que son tratados fundamentalmente por Lucía Etxebarria en La letra futura –aunque haya referencias en otras partes– y que giran en torno a varios puntos.

En primer lugar, la autora reclama, siguiendo con la idea de la diferencia y de las visiones distintas del mundo desarrollada en La Eva futura y Nosotras que no somos como las demás, la existencia de un imaginario propio de las mujeres y de una historia propia. En definitiva, de un "vivir y escribir como mujeres".22

Así, Lucía Etxebarria afirma que "a la tradición literaria de las mujeres le corresponde una subversión tanto literaria como política"23, un subversión que conlleva romper con las funciones de objeto literario que concedió la sociedad patriarcal a la mujer; pone de ejemplo los papeles clásicos asignados por la tradición en la literatura ("musas, madres y amadas, o el de putas, adúlteras o locas") o los tres modelos femeninos por excelencia, según ella, del siglo XIX: Madame Bovary, Ana Karenina y Anita Ozores.24

Por tanto, prosigue la autora, no es descabellado hablar de una literatura femenina "al referirnos a textos con rasgos específicos que permiten a las mujeres reconocerse a sí mismas".25 Entre estos rasgos, que Lucía Etxebarria enumera a continuación en un solo párrafo, sin explicarlos ni desarrollarlos, se cuentan un lenguaje más reflexivo, matizado y sensual, un tono intimista, un mayor uso de la primera persona y la autobiografía, una mayor presencia de lo cotidiano y una forma distinta de tratar las experiencias eróticas.26

Es precisamente este último punto el que sirve a Lucía Etxebarria para argumentar que el sexo del autor condiciona sus escritos, hecho que "se percibe muy claramente en las diferentes maneras en que hombres y mujeres abordan las escenas eróticas".27 Lo prueba contrastando las obras de tres escritores (Maupassant, Henry Miller y Manuel Hidalgo) y tres escritoras (Colette, Anaïs Nin y Almudena Grandes) a lo largo de unas líneas, para concluir que "ellos son más visuales y descriptivos, ellas más sensuales y plásticas, porque los hombres cuentan lo que ven y las mujeres lo que sienten".28 También afirma que el erotismo de las mujeres está más cargado de imágenes, "entendiendo la imagen como un simple ornato sino como un modo de conocimiento".29

A continuación, la autora afirma, también en pocas líneas, que la literatura femenina ha superado los tres prototipos de personajes femeninos creados por la literatura masculina (la abandonada, la rechazada y la diabólica) para aportar un nuevo tipo de mujer: "ni bella ni elegante, pero tampoco una amazona ni una prostituta ni una arpía".30 También habla de los nuevos motivos que ha traído consigo la literatura femenina, como la relación madre-hija.

Así, Lucía Etxebarria afirma que "la literatura femenina existe como género, y como género que puede interactuar con tantos otros",31 aunque, eso sí, también se encarga de decir que "hablar de tradición femenina no implica (...) encerrar la obra en un gueto".32 Simplemente, es un punto de vista entre muchos otros para estudiar una obra literaria, punto de vista que no implica dejar de lado a todos los demás.

Por último, la autora se ocupa de la representación de las mujeres en el mundo de las letras. En primer lugar, repasa algunos casos de escritoras infravaloradas por la tradición en comparación a sus contemporáneos masculinos, en una lista que compara, sin analizar causas o particularizar los casos, a Chacel con Cela, Joyce con Woolf/Stein, Stevenson con Austen, Galdós con Pardo Bazán, Capote con McCullers.33 Según la autora, en todos estos binomios, la escritora es la menos valorada. Y, a continuación, habla de la escasa representación de las mujeres en antologías, en la Academia, en congresos y de los prejuicios que existen sobre la literatura femenina y que la equiparan a un tipo de subliteratura.34

Así, pues, hemos visto cómo Lucía Etxebarria repasa tres aspectos diferentes de los problemas de la mujer hoy en día –las representaciones en el imaginario colectivo de roles y estereotipos; la realidad social y económica; el campo de las letras– para poner de manifiesto las dificultades a que han de hacer frente. Hemos podido ver también cómo la autora se vale repetidamente de una serie de recursos: la enumeración de datos y, sobre todo, de estadísticas; las listas comparativas; la falta de argumentación; la enumeraciones paralelísticas.

A continuación veremos si estas mismas ideas y estos mismos recursos aparecen en su obra narrativa.

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