La producción fordista, que toma su nombre de la fábrica Ford, es el modelo de producción característico de la fase industrial. A grandes rasgos, el fordismo se basaba, en el plano del consumo, en la articulación de grandes públicos, y en el plano productivo, se buscaba igualmente la producción masiva, ya que ésta se fundamentaba en la relación entre oferta y demanda, según la cual, un producto aumentaba o disminuía su precio si la oferta era inferior o superior a la demanda. A esta doble dimensión producción-consumo, cabe añadir la decidida intervención del Estado en la esfera económica, mediante el denominado Estado de Bienestar[i].
El lugar de producción característico era la fábrica y las relaciones dentro de la empresa estaban claramente delimitadas y jerarquizadas, encargándose el trabajador de una labor mecánica en serie. La comunicación adquiere en este contexto un valor secundario y puramente funcional, de manera que “los problemas comunicativos son poco importantes, aunque hay que asegurarse que a los subordinados les lleguen las órdenes de los superiores de forma clara y sin interferencias”[ii]. Se trata, en definitiva, de un modelo vertical, altamente jerarquizado, donde la información fluye de forma unidireccional.
La sociedad posfordista supone un cambio sustancial en el modo de producción, que afecta a la comunicación. Factores como el saber y la información, afirman Lash y Urry, se han convertido en cuestiones centrales, que contribuyen a constituir un nuevo tipo de acumulación, la acumulación reflexiva. En este sentido, en el plano de la producción, predomina la producción no material y se desarrollan estructuras comunicacionales -en el interior y en los productos finales- que permiten adaptarse a los cambios rápidos; mientras que, en el plano del consumo, la individualización se convierte en el eje central, lo cual implica una proliferación de estilos asociados a la diferenciación.
De acuerdo con Christian Marazzi[iii], podemos destacar tres rasgos dentro del nuevo modelo posfordista:
- producción flexible (learn production): el objetivo es reducir los costes de trabajo, considerados excesivos dentro del contexto competitivo y globalizado.
- subcontratación (outsourcing): se externalizan segmentos productivos enteros con el fin de abaratar los costes sociales.
- producción en tiempo real (just on time): para evitar la acumulación de stocks excesivos de existencias, se organiza el trabajo interno de manera flexible.
La dificultad de programar la producción se incrementa conforme aumenta la dependencia del mercado. De este modo, la dependencia de la demanda aumenta y la producción, así como la identificación y la diferenciación de las organizaciones, trata de adaptarse a las modificaciones en la demanda. El requerimiento de esta adecuación y de una mayor flexibilidad hace que la comunicación pase a formar parte de la producción.
Así mismo, las relaciones entre las personas que componen cualquier tipo de organización son fundamentalmente comunicativas. La comunicación, tal y como la concibe la Escuela Sistemática, pasa a adquirir una dimensión interna, al tener que contribuir a la estabilidad interior de la organización, y externa, al tener que adaptarse al contexto. Ambas dimensiones deben estar interrelacionadas.
La comunicación como parte del proceso productivo contribuye al flujo de la información y a la adecuación eficaz al entorno. Los empleados se transforman así en máquinas lingüísticas, basándose su trabajo en la modulación lingüístico-comunicativa de la cooperación dentro y fuera de la organización y en el papel relevante del capital intelectual y los flujos comunicacionales.