La comunicación pierde su función social y aspectos vitales como el entendimiento mutuo, el sentido de pertinencia, la satisfacción individual a través de la participación y de la integración, etc. quedan supeditados a la función instrumental.
La comunicación exterior crea valor y confianza con los stakeholders, pero con la finalidad de aumentar el rendimiento –la productividad- sin aumentar la cantidad de bienes producidos –dando pie, en su lugar, a una acumulación inmaterial. La comunicación interna pretende, ante todo, efectivizar la productividad: “si existe una comunicación excelente con la cual un empleado no se sienta relegado ni discriminado, sino todo lo contrario, que se sienta parte integral e importante en una compañía, su satisfacción será reflejada en éxito para toda la organización[ix]”.
La satisfacción del individuo se logra a través de la comunicación, que garantiza su integración y aumenta su motivación. Sin embargo, las organizaciones instrumentalizan dicha función comunicativa, puesto que la satisfacción de los empleados ha de garantizarse para alcanzar el éxito de la organización. La planificación y las estrategias de comunicación responden igualmente al éxito de la organización, cuando, en realidad, como indica Forester[x], la planificación debería considerarse como moldeadora de atención -acción comunicativa- y no solamente como mera orientación hacia un fin particular -acción instrumental. Sólo de este modo podremos entender que la comunicación forma parte del modo de producción posfordista contribuyendo a modificar sus objetivos, y no, como ocurre actualmente, que la comunicación puede ser absorbida por la lógica instrumental de la producción. En esta disyuntiva, a las organizaciones, como actor responsable socialmente, les corresponde asumir la dimensión dialógica, comprensiva y orientada hacia el entendimiento, inherente a la acción comunicativa.