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De la guerra - El fin y los medios de la guerra III

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Monografía creado por Estrategia.info. Extraido de: http://estrategia.info/html/monografias/delaguerra/delaguerra.htm
29 de Diciembre de 2005
Historia

32 - El fin y los medios de la guerra III

La segunda cuestión es cómo influir sobre el desgaste de esas fuerzas del enemigo, o sea, cómo hacer más costoso el pre­cio de sus éxitos. El desgaste de las fuerzas enemigas reside en la merma de su poder, o sea, en su destrucción, así como en la pérdida de territorio, por lo tanto, en su conquista por nuestra parte.

Un examen más preciso pondrá de nuevo en evidencia que el significado de cada uno de estos términos tiende a variar, y que cada operación difiere en su carácter según el objetivo que tenga en perspectiva. Aunque estas diferencias sean por regla ge­neral nimias, ello no debe ser motivo de asombro, ya que en la práctica, cuando los motivos carecen de fuerza, resulta a menu­do que los matices diferenciales más insignificantes son decisivos a la hora de escoger tal o cual método de aplicar la fuerza. Por ahora sólo nos interesa mostrar que, bajo ciertas condiciones, existen otras vías posibles para alcanzar nuestro objetivo, no siendo ni contradictorias, ni absurdas, y ni siquiera erróneas.

Además de aquellos dos medios, se pueden también llevar a cabo tres maneras especiales de acrecentar en forma directa el desgaste del enemigo. En primer término aludiremos a la inva­sión, es decir, la ocupación del territorio enemigo, no con el pro­pósito de permanecer en él, sino para exigir una contribución so­bre él o para devastarlo. El objetivo inmediato no es aquí ni la conquista del territorio enemigo ni la derrota de sus fuerzas, sino solamente el de causarle daño en un sentido general. La segunda vía es la que dirige nuestra acción con preferencia hacia allí don­de cabe causar mayores daños al adversario. Nada resulta más fácil que concebir dos direcciones distintas en las que pueden ser empleadas nuestras fuerzas, la primera de las cuales debe ser preferida si nuestro objetivo es derrotar al enemigo, mientras que la otra es más ventajosa si no constituye esa nuestra intención. A tenor de nuestro modo de expresarnos, la primera sería conside­rada como la forma más militar, mientras que la segunda sería la más política. Pero, desde un punto de vista más elevado, ambas son igualmente militares, y cada una resultará efectiva si se adap­ta a las condiciones presentes. La tercera vía, sin duda en mayor grado la más importante, debido al gran número de casos en que se aplica, es el desgaste del enemigo. Elegimos esta expre­sión, no sólo para dar con ella una definición verbal, sino por­que la representa exactamente, y no es tan figurada como de pronto parece. La idea de desgaste en una lucha implica un ago­tamiento gradual del poder físico y de la voluntad del adversario por la prolongada continuidad de acción.

Ahora bien, si por nuestra parte queremos sobrevivir al enemigo en esa continuidad de la lucha, debemos limitarnos a fi­jar objetivos lo más modestos posibles, porque es evidente que un objetivo de altos vuelos exige un gasto de fuerzas mayor que uno pequeño. El objetivo más modesto que podemos plantear­nos, empero, es la resistencia pura, es decir, una lucha sin ningu­na intención positiva. En este caso, por tanto, nuestros medios serán utilizados casi al máximo y la seguridad de éxito será ma­yor. ¿Hasta que punto es posible perseverar en este modo negati­vo de actuar? Evidentemente, no hasta llegar a la pasividad abso­luta, porque un simple aguante cesaría de ser un combate; pero la resistencia es algo activo, y mediante ella es posible que la destrucción causada surta efecto, hasta el punto de lograr que el enemigo abandone su intento. Este será nuestro único propósito en cada caso aislado, y en ello residirá, en rigor, el carácter nega­tivo de nuestra intención.

Sin duda la intención negativa, en su acción aislada, no tie­ne la misma eficacia que una acción positiva realizada en el mis­mo sentido, siempre, por descontado, que esta última sea victoriosa; pero precisamente la diferencia en su favor es la de lograr el éxito con mayor facilidad que la positiva, y, en consecuencia, ofrecer mayor seguridad. Lo que pierde en eficacia en su acción aislada puede ser recuperado con el tiempo, esto es, con la con­tinuidad de la lucha; por tanto, esa intención negativa, que cons­tituye la esencia de la resistencia pura, es también el medio natu­ral de sobrevivir al enemigo en la continuación de la lucha, o sea, de rendirlo por cansancio.

En ello reside el origen de la diferencia entre ofensiva y de­fensiva, tema dominante en todo el ámbito de la guerra. Sin em­bargo, en su análisis no cabe ir aquí más allá de la observación de que esa intención negativa encierra todas las ventajas y las formas más potentes de combate que aparecen como propias de la defensiva, en las cuales queda englobada esa ley filosófico––di­námica que establece una relación constante entre la magnitud y la seguridad del éxito. Más adelante procederemos a resumir es­tas consideraciones.

Por tanto, si la intención negativa, o sea, la concentración de todos los medios en una resistencia pura, permite alcanzar una superioridad en el combate, y si esto resulta suficiente para equilibrar cualquier ventaja que pueda haber adquirido el ene­migo, entonces la simple continuidad del combate será suficien­te para conseguir, de forma gradual, que la pérdida de fuerzas sufrida por el enemigo llegue a un punto en que su objetivo po­lítico no tenga una adecuada compensación, y en este punto ten­derá por tanto a abandonar la lucha. Este método de agotar al enemigo es el que caracteriza el gran número de casos en los que el más débil se impone ofrecer resistencia al más fuerte.
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