La energía en la acción expresa la fuerza de la motivación por la cual la acción se pone de manifiesto, ya tenga el móvil su origen en una convicción propia del entendimiento, ya en un impulso de los sentimientos. Este último difícilmente puede estar ausente cuando haya que hacer una gran demostración de fuerza. Debemos admitir que, de todos los excelsos sentimientos que colman el pecho humano en ––el esfuerzo cruel de la lucha, no hay ninguno tan poderoso y constante como el de la sed de honores y de fama, a los que tan injustamente trata el idioma alemán, que no se recata en menospreciarlos con dos indignas asociaciones: Ehrgeiz (codicia de honores) y Ruhmsucht (búsqueda de gloria). Sin duda, el mal uso de estas gallardas aspiraciones del espíritu produjo, especialmente en la guerra, más de una insoportable injusticia para la especie humana, pero por su origen estos sentimientos deben ser considerados entre los más nobles de nuestra naturaleza, y en la guerra constituyen el verdadero soplo de vida que anima a ese cuerpo gigantesco. Aunque otros sentimientos pueden ejercer una influencia más general, y muchos de ellos, como el amor a la patria, la sujeción fanática a una idea, la venganza, el entusiasmo de cualquier índole, etc., parecería que ocuparan una posición más elevada, no convierten en superfluas la ambición y la búsqueda de la fama. Esos otros sentimientos pueden animar en general a grandes masas, e inspirarles sentimientos sublimes, pero no producen en el jefe el deseo de descollar entre sus compañeros, lo cual constituye el requisito esencial de su posición, si es que se propone lograr algo digno de mención. A diferencia de la ambición, estos sentimientos no convierten al acto militar individual en una propiedad particular del jefe, quien se esfuerza luego en utilizarlos para sacar una mayor ventaja, labrando trabajosamente y sembrando con cuidado para poder recoger una abundante cosecha. Estas aspiraciones, compartidas por todos los jefes, desde el de mayor graduación hasta el menos importante, esta especie de diligencia, este espíritu de emulación, este acicate, son los que determinan en particular la eficiencia de un ejército y lo hacen triunfar. Y en lo que respecta a los hombres de vértice, preguntamos: ¿ha habido alguna vez un gran general en jefe desprovisto de ambición, o puede siquiera concebirse tal circunstancia?
La firmeza denota la capacidad de resistencia de la voluntad frente a la dureza de un choque, la constancia en relación con la duración. A pesar de la analogía existente entre ambas, así como de la frecuencia con que una es usada en vez de la otra, existe sin embargo una diferencia notable entre ellas que no se presta a confusión, puesto que la firmeza frente a una impresión poderosa puede tener su raíz en la simple intensidad de su experimentación, pero la constancia debe estar más bien sostenida por el raciocinio, ya que con la duración de una acción se acrecienta su regularidad, y la constancia extrae en cierto modo de ello su fuerza.
Examinemos ahora lo que entendemos por fortaleza de espíritu y de ánimo.
Es evidente que no se trata de la intensidad en la expresión del sentimiento o de la emotividad, porque esto se opondría a todos los usos del idioma, sino del poder de obedecer al raciocinio, incluso en medio de la excitación más intensa, en medio de la tormenta de las más enconadas emociones. ¿Dependerá este poder únicamente de la fuerza del raciocinio? Es dudoso. El hecho de que haya hombres de inteligencia sobresaliente que no saben controlarse a sí mismos no prueba lo contrario, pues cabe decir que esto tal vez requiera una inteligencia más bien de índole fuerte que de un carácter comprensivo; pero tal vez nos acercamos más a la verdad si suponemos que, incluso en los momentos de la expresión más intensa de los sentimientos, la fuerza, para someterse al control del raciocinio, que llamamos dominio sobre uno mismo, hinca sus raíces en el espíritu. Se trata en realidad de otro sentimiento que, en los hombres de espíritu fuerte, equilibra la emotividad desaforada sin destruirla, y sólo gracias a este equilibrio queda asegurado el dominio del raciocinio. Como contrapartida no existe nada más que el sentimiento de dignidad del hombre, ese orgullo excelso, esa necesidad oculta del alma, que actúa siempre como un ser dotado de juicio y capacidad de raciocinio. En consecuencia, puede decirse que un espíritu fuerte es aquel que no pierde su equilibrio ni aun por el impulso de los estímulos más intensos.
Si tendemos una mirada a la gran diversidad existente entre los hombres, desde el punto de vista sentimental, encontramos en primer término personas que muestran escasa capacidad de excitación, a las que se las llama flemáticas o indolentes; en segundo lugar, otras personas son muy excitables, con unos sentimientos, sin embargo, que no exceden nunca de cierto límite, y en este caso se conocen como sensibles, pero calmosas; en tercer lugar, otras se excitan con facilidad, y sus sentimientos se inflaman con la rapidez y la intensidad de la pólvora, pero sin perdurar; en cuarto lugar, finalmente, existen quienes no se conmueven por causas pequeñas, y que por lo general entran en acción de forma gradual y no súbitamente, demostrando unos sentimientos que llegan a ser muy poderosos y mucho más duraderos, personas con pasiones fuertes, ocultas en lo más profundo de su ser.
Esta diferencia entre los hombres en relación con su constitución emocional linda con las fuerzas físicas que actúan en el organismo humano, y pertenece a esa organización dual que llamamos sistema nervioso, relacionado por un lado con la materia y por el otro con el espíritu. Nuestra frágil filosofía no pretende buscar nada más en este ámbito de penumbra; pero conviene a nuestros planteamientos dedicar un momento a calibrar el efecto que estas diferencias producen sobre la acción en la guerra y hasta qué punto cabe esperar de ellas una gran fortaleza de carácter.
A los hombres indolentes no se les saca de sus casillas con facilidad, pero indudablemente no puede decirse que existe fortaleza de carácter donde hay una ausencia total de manifestación de fuerza. No obstante, tampoco cabe negar que tales hombres muestran cierta eficacia, siquiera parcial en la guerra, justamente debido a su inmutable equilibrio. Con frecuencia carecen de motivos positivos para la acción, o sea, de fuerza impulsora, y, por tanto, de actividad; pero no acostumbran a echar a perder nada.
La peculiaridad del segundo tipo, como se ha dicho, es la de excitarse con facilidad ante asuntos insignificantes, pero frente a cuestiones relevantes se quedan también en suspenso. Los hombres de este tipo muestran una gran actividad cuando se trata de ayudar a un semejante en desgracia, pero el peligro que amenaza a una nación no hace más que deprimirlos en lugar de animarlos a la acción.
En la guerra, tales hombres no dejarán de mostrarse activos ni carentes de equilibrio, pero no realizarán nada de envergadura, a menos que un planteamiento inteligente muy poderoso les procure los motivos para ello. Pero muy raramente tales temperamentos van ligados a una inteligencia muy fuerte e independiente.
Los sentimientos excitables e inflamables no suelen adaptarse a la vida práctica, y, por tanto, no son muy apropiados para la guerra. Es cierto que cuentan con la ventaja de promover impulsos fuertes pero éstos no duran. No obstante, si la vitalidad de tales hombres se inclina por el valor y la ambición, pueden llegar a ser muy útiles en la guerra cuando ocupan posiciones inferiores, simplemente porque en la acción bélica que controlan los jefes situados en una escala inferior tiene por lo general una duración más corta. A veces bastará con una decisión valerosa, una expansión de las fuerzas del espíritu. Un ataque intrépido, un fuerte embate son cuestiones de pocos minutos, mientras que la valerosa lucha en el campo de batalla puede desarrollarse durante todo un día, y una campaña abarcar como tarea todo un año.
Debido a la rápida evolución de sus sentimientos, resulta doblemente difícil para los hombres que hemos descrito mantener el equilibrio emocional, y pierden por ello con frecuencia la cabeza. Es este, por tanto, el peor de sus defectos respecto de su capacidad para la conducción de la guerra. Pero sería ir en contra de la experiencia afirmar que los hombres de temperamento explosivo no son nunca fuertes, es decir, que no son capaces de mantener su equilibrio bajo el efecto de un estímulo poderoso. ¿Por qué no habría de existir en ellos el sentimiento de su propia dignidad, ya que por lo general son de naturaleza noble? Tal sentimiento raramente falta en ellos, pero lo que ocurre es que no tiene tiempo de manifestarse. En su mayoría, después de un arranque son presa de un sentimiento de humillación. Si gracias a la educación, a la vigilancia de sus propios actos y a la experiencia aprenden tarde o temprano a defenderse de sí mismos, y en momentos de excitación desatada alcanzan con rapidez a tener conciencia del choque de sus fuerzas interiores, pueden también llegar a ser capaces de dar fe de una gran fortaleza de espíritu.
Por último, encontramos a hombres que difícilmente se conmueven, pero que por esa misma razón tienden a hacerlo en profundidad; hombres que con respecto a los precedentes están en la misma relación que el calor con la llama. Son los más indicados para poner en movimiento, haciendo uso de su fuerza titánica, masas ingentes, entre las cuales caben ser representadas figurativamente las dificultades que entraña la acción en la guerra. El efecto de sus sentimientos se equipara al movimiento de grandes masas, que, aunque más lento, resulta sin embargo avasallador.
Aunque tales hombres no se ven tan desbordados por sus sentimientos ni tan arrastrados por la propia vergüenza como los anteriores, sería también contrario a la experiencia creer que no pueden perder nunca el equilibrio o que nunca pueden ser objeto de una pasión ciega. Por el contrario, esto ocurrirá tan pronto como falte el noble orgullo del dominio de uno mismo o cuando éste no tenga un peso suficiente. Muy a menudo nos lo demuestran hombres eminentes pertenecientes a pueblos agrestes, en los que el escaso cultivo de la inteligencia favorece el predominio de la pasión. Pero, incluso entre las clases más elevadas de los pueblos cultivados, la vida rebosa de este tipo de ejemplos, de hombres obnubilados por la violencia de sus pasiones, del mismo modo que el cazador furtivo de la Edad Media, atraído por el venado, se sentía arrastrado a internarse en la floresta.
Repetimos, pues, que un espíritu fuerte no es simplemente aquel que se muestra capaz de sentir emociones fuertes, sino el que mantiene su equilibrio incluso bajo el peso de las emociones más intensas, de modo que, a pesar de las tormentas que se libran en su interior, la convicción y el entendimiento pueden actuar con perfecta libertad, como la aguja de la brújula en un barco sacudido por la tormenta.
La expresión fortaleza de carácter, o simplemente carácter, significa una tenaz convicción, ya sea ésta el resultado de nuestro propio juicio o el de otros, ya esté basada en principios, opiniones, inspiraciones momentáneas o cualquier otro producto del entendimiento. Pero es bien cierto que esta clase de firmeza no puede manifestarse si los mismos juicios están sujetos a cambios frecuentes. Esta variabilidad no necesita ser el resultado de alguna influencia exterior. Puede surgir de la actividad continua de nuestro propio entendimiento, pero, en ese caso, indica sin duda una inestabilidad peculiar de la inteligencia. No afirmaremos en verdad que un hombre tiene carácter cuando cambia de opinión a cada momento, por mucho que este cambio pueda provenir de su interior. Por tanto, sólo diremos que posee esta cualidad aquel que ponga de manifiesto una convicción muy constante, ya sea porque esté arraigada profundamente, y poco expuesta por sí misma a sufrir cambios, ya porque escasea la actividad mental, como es el caso de las personas indolentes, y por ello se carezca de motivos para el cambio o, por último, porque un acto explícito de la voluntad, proveniente de un principio imperioso del entendimiento, rechaza cualquier cambio de opinión