Si dos bandos se han armado para la lucha, tiene que existir un motivo hostil que los haya impulsado a hacerlo. Así, pues, mientras se mantengan en pie de guerra, es decir, mientras no hagan la paz, este motivo permanecerá presente y sólo dejará de actuar en cualquiera de los dos oponentes por una sola razón, la de que //se prefiere esperar un momento más favorable para la acción. //Obviamente esta razón sólo puede surgir en uno de los dos bandos, debido a que, por su propia naturaleza, se opone diametralmente a la del otro. Si a uno de los que ejercen la jefatura le conviene actuar, al otro le convendrá esperar.
Un equilibrio cabal de fuerzas no puede producir jamás una interrupción de la acción, porque una tal suspensión supondría necesariamente la minoración de iniciativa del que tenga el propósito positivo, es decir, el atacante.
Pero de concebir un equilibrio en el que quien asume la finalidad positiva, y por tanto el motivo más poderoso, es al mismo tiempo quien dispone de menor número de fuerzas, de manera que la ecuación surgiría del producto de las fuerzas y de los motivos, aun así tendríamos que afirmar que si no se vislumbra un cambio en este estado de equilibrio, ambos bandos tienen que firmar la paz. Pero de vislumbrar un cambio, éste redundaría en favor de uno de los bandos solamente y, por la misma razón, el otro se vería obligado a actuar. Constatamos, por tanto, que la idea de un equilibrio no puede justificar una suspensión de las hostilidades, pero sirve para fundamentar la espera de un momento más favorable. Por ejemplo, supongamos que uno de los dos estados oponentes tiene un propósito positivo, o sea, el de conquistar un territorio del adversario que podría ser usado como moneda de cambio en la negociación de la paz. Lograda esa conquista, se ha alcanzado el objetivo político; la acción ya no resulta necesaria y cabe tomarse un descanso. Si el oponente acepta el resultado, deberá firmar la paz; en caso contrario, debe actuar. Si en ese momento cree que en un período de tiempo determinado se encontrará en mejores condiciones para hacerlo, entonces cuenta con razones suficientes como para posponer su acción.
Pero desde ese momento, la necesidad de actuar parece por lógica recaer en su oponente, a fin de no darle tiempo al que se halla en desventaja para que se prepare para la acción. Todo ello, por descontado, en el supuesto de que tanto uno como otro bando tengan un conocimiento cabal de las circunstancia
Si dos bandos se han armado para la lucha, tiene que existir un motivo hostil que los haya impulsado a hacerlo. Así, pues, mientras se mantengan en pie de guerra, es decir, mientras no hagan la paz, este motivo permanecerá presente y sólo dejará de actuar en cualquiera de los dos oponentes por una sola razón, la de que //se prefiere esperar un momento más favorable para la acción. //Obviamente esta razón sólo puede surgir en uno de los dos bandos, debido a que, por su propia naturaleza, se opone diametralmente a la del otro. Si a uno de los que ejercen la jefatura le conviene actuar, al otro le convendrá esperar.
Un equilibrio cabal de fuerzas no puede producir jamás una interrupción de la acción, porque una tal suspensión supondría necesariamente la minoración de iniciativa del que tenga el propósito positivo, es decir, el atacante.
Pero de concebir un equilibrio en el que quien asume la finalidad positiva, y por tanto el motivo más poderoso, es al mismo tiempo quien dispone de menor número de fuerzas, de manera que la ecuación surgiría del producto de las fuerzas y de los motivos, aun así tendríamos que afirmar que si no se vislumbra un cambio en este estado de equilibrio, ambos bandos tienen que firmar la paz. Pero de vislumbrar un cambio, éste redundaría en favor de uno de los bandos solamente y, por la misma razón, el otro se vería obligado a actuar. Constatamos, por tanto, que la idea de un equilibrio no puede justificar una suspensión de las hostilidades, pero sirve para fundamentar la espera de un momento más favorable. Por ejemplo, supongamos que uno de los dos estados oponentes tiene un propósito positivo, o sea, el de conquistar un territorio del adversario que podría ser usado como moneda de cambio en la negociación de la paz. Lograda esa conquista, se ha alcanzado el objetivo político; la acción ya no resulta necesaria y cabe tomarse un descanso. Si el oponente acepta el resultado, deberá firmar la paz; en caso contrario, debe actuar. Si en ese momento cree que en un período de tiempo determinado se encontrará en mejores condiciones para hacerlo, entonces cuenta con razones suficientes como para posponer su acción.
Pero desde ese momento, la necesidad de actuar parece por lógica recaer en su oponente, a fin de no darle tiempo al que se halla en desventaja para que se prepare para la acción. Todo ello, por descontado, en el supuesto de que tanto uno como otro bando tengan un conocimiento cabal de las circunstancia