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De la guerra - Sobre la teoría de la Guerra (1-20)

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Creative Commons Monografía de Estrategia.info - 29 de Diciembre de 2005
Temas Relacionados: Historia
42. Sobre la teoría de la Guerra (1-20)
1.              Al principio se entendía por arte de la guerra tan sólo la preparación de    las fuerzas armadas

Antiguamente se calificaba con el término de «arte de la guerra» o «ciencia de la guerra» sólo aquellas ramas del conoci­miento y de la habilidad que atañen a las cosas materiales. La adaptación, la preparación y el uso de las armas, la construcción de fortificaciones y trincheras, la organización del ejército y el mecanismo de sus movimientos, constituían el tema de esos co­nocimientos y habilidades y conducían a la descripción de una fuerza armada que pudiera ser utilizada en la guerra.

Aquí había que entender sobre cosas materiales y sobre una actividad unilateral que, en el fondo, no era otra cosa que una actividad que se elevaba gradualmente desde el trabajo ma­nual hasta un refinado arte mecánico. La relación de todo ello con el combate recordaba mucho más a la que existe entre el ar­te de forjar espadas y el de esgrimirlas. Hasta aquel entonces no se hacía cuestión del empleo del combate en un momento de peligro y bajo el constante efecto recíproco de los movimientos reales del pensamiento y del valor en la dirección que se les marcaba.

2.                La conducción de la guerra hizo su primera aparición en el arte del asedio

En el arte del asedio fue donde, por vez primera, se aludió a la conducción de la guerra en sí y a los movimientos del pen­samiento a los que eran confinadas esas cuestiones materiales; pero, en líneas generales, se evidenció como tal por sus resulta­dos, en la medida en que el pensamiento incorporaba nuevos objetos materiales, como son los ataques, las trincheras, los con­trataques, las baterías, etc. Lo único que hacía falta era cómo ensartar todas estas creaciones materiales aisladas. Dado que en esta clase de guerra la mente encuentra su expresión casi única­mente en esas cosas, la forma de encararlas fue, por lo tanto, más o menos adecuada.

3. Entonces la táctica trató de abrirse camino en la misma dirección

Más tarde, la táctica trató de imponer al mecanismo de sus combinaciones el carácter de un orden universalmente válido y fundado en las propiedades particulares del instrumento. Sin du­da ello conduce al campo de batalla, pero no a una libre activi­dad mental. Por el contrario, con un ejército convertido en autó­mata, debido a la rigidez de la formación y del orden de batalla, y que sólo se ponía en movimiento gracias a la voz de mando, se entendía que su actividad debía ser como el movimiento de un reloj.

4. La conducción real de la guerra apareció tan sólo de for­ma incidental y de manera solapada

La conducción de la guerra propiamente dicha, el libre uso de los medios disponibles, preparados con anterioridad ––y li­bres en el sentido de su adaptabilidad a las necesidades más específicas––, se pensó que no podía constituir el material para una teoría, sino que debía ser dejada en las únicas manos del ta­lento natural. De manera gradual, al igual como se pasó de la guerra de los encuentros cuerpo a cuerpo medievales a una for­ma más regular y compuesta, las reflexiones erradas sobre esta materia se impusieron en el pensamiento de los hombres, pero en la mayor parte de los casos solamente aparecieron en memo­rias y narraciones, en forma incidental y, por así decirlo, de ma­nera solapada.

5. Las reflexiones sobre los acontecimientos militares pu­sieron en evidencia la necesidad de contar con una teoría

A la vez que tales reflexiones se hicieron más numerosas y la historia adquirió un carácter cada vez más crítico, surgió la ne­cesidad urgente de contar con principios y reglas básicas que pusieran fin, de algún modo, a la controversia que, como es lógi­co, se había entablado respecto de la historia militar, resultado del conflicto de opiniones. Esa vorágine de opiniones, sin un punto central sobre el cual girar y sin leyes reconocidas a las cuales obedecer, no podía sino desagradar al pensamiento hu­mano.

6. Intentos para establecer una teoría positiva

Surgió entonces el intento de establecer principios, reglas y hasta sistemas para la conducción de la guerra. Se estableció, en consecuencia, un fin positivo, sin que se vislumbraran de forma apropiada las innumerables dificultades que, en relación con ello, presenta la conducción de la guerra. Tal conducción no te­nía, como hemos demostrado, límites fijos en ninguna dirección. Sin embargo, todo sistema, toda construcción teórica posee la naturaleza limitante de una síntesis, y el resultado es una oposi­ción irrefragable entre esa teoría y la práctica.

7. Limitación a los objetivos materiales

Los autores de teorías experimentaron muy pronto las difi­cultades que implicaba el. tema y encontraron la excusa para evi­tarlas limitando sus principios y sus sistemas a las cosas materia­les y a una actividad unilateral. Pretendían, como ocurre en las ciencias que tratan de la preparación para la guerra, llegar a re­sultados perfectamente establecidos y positivos y, como resulta­do de ello, tomar en consideración solamente aquello que pudie­ra convertirse en materia de cálculo.

8. La superioridad numérica

La superioridad numérica, al consistir en un tema material, fue la escogida entre todos los factores que pueden conducir a la victoria, debido a que, mediante combinaciones de tiempo y de espacio, podía ser incluida en una codificación matemática. Se pensó que cabía abstraerla de cualquier otra circunstancia, me­diante la suposición de creer que era igual por uno y otro lado y que, en consecuencia, producía una neutralización mutua. Esto habría sido en cierto modo correcto si se hubiera tenido la inten­ción de ceñirlo a unos límites temporales, con el fin de llegar a conocer ese factor según sus relaciones; pero hacerlo en forma permanente ––considerar la superioridad numérica como la úni­ca ley y pensar que todo el secreto de la guerra radicaba en la fórmula: lograr superioridad numérica en cierto lugar, en deter­minado momento––, constituía una restricción totalmente insos­tenible frente al poder de la realidad.

9. Sustento de las tropas

En un desarrollo más que nada teórico, se intentó sistemati­zar otro elemento material, convirtiendo al sustento de las tropas, de acuerdo con la proposición de cierto carácter orgánico del ejército, en árbitro supremo de la conducción de la guerra en la cúspide.

Por esta vía se llegó realmente a cifras definidas, pero eran cifras basadas en un cúmulo de suposiciones bastante arbitrarias, que no pudieron superar la prueba de la experiencia.

10. La base

Un autor agudo trató de conjugar en una sola concepción, la de base, todo un conjunto de cosas entre las que también se abrieron camino algunas relaciones con las fuerzas espirituales. La lista comprendía el sustento del ejército, el mantenimiento de su número y de sus medios de avituallamiento, la seguridad de las comunicaciones con el propio país y, finalmente, la seguridad de la retirada en caso de que ésta se hiciera necesaria. Primero trató de substituir esta concepción de una base por la de todas esas funciones por separado, y luego, nuevamente, por la base misma para que substituyera a su propia magnitud y, finalmente, al ángulo que las fuerzas armadas formaban con esta base. Y to­do ello para llegar a meros resultados geométricos, lo que carece totalmente de valor. Efectivamente, esta última cuestión es inevi­table, si consideramos que no cabe realizar ninguna de esas substituciones sin violentar la verdad y sin excluir algunas de las cuestiones que figuraban en las concepciones iniciales. Para la estrategia, la concepción de una base es una necesidad real, y sin duda constituye un mérito haberla establecido; pero hacer un uso tal de ella, como el que se ha indicado, es totalmente inad­misible, y sólo podía conducir a conclusiones unilaterales, que es lo que indujo a esos teóricos a tomar una dirección absurda, como la asignación, por ejemplo, de una eficacia superior a la forma envolvente de ataque.

11. Líneas internas

Como reacción frente a esta falsa dirección se dio prepon­derancia a otro principio geométrico, es decir, el de las llamadas líneas internas. A pesar de que este principio reposa sobre una base justa, la de que el encuentro es el único medio eficaz en la guerra, sin embargo, debido precisamente a su simple naturaleza geométrica, no constituye sino una nueva parcialidad que de ningún modo debe privar sobre la vida real.

12. Todos estos intentos son reprobables

Todos estos intentos de establecer una teoría tienen que ser considerados como un progreso en el terreno de la verdad sólo en la medida en que son analíticos; en su parte sintética son inú­tiles tanto en sus progresos como en sus reglas.

Se ciñen a cantidades determinadas, mientras que en la guerra todo es indeterminado, y los cálculos deben ser realiza­dos con cantidades claramente variables.

Dirigen su atención sólo a cantidades materiales, mientras que la acción militar está por completo impregnada de fuerzas y efectos espirituales.

Consideran sólo la acción unilateral, mientras que la guerra es una acción recíproca constante entre un bando y el otro.

13. Excluyen al genio de las reglas

Todo ello no podía ser abarcado por esa sapiencia escati­mosa que desestimaba cualquier elemento, excepto uno que se situaba fuera del coto cerrado de la ciencia, el correspondiente al ámbito del genio, que se eleva por sí mismo por encima de todas las reglas.

¡Ay del guerrero que tenga que arrastrarse en ese mezquino mundo de las reglas, carentes de valor para el genio, quien se considera superior a ellas y de las cuales en todo caso puede burlarse! Lo que el genio haga será siempre la más hermosa de las reglas, y la teoría no puede hacer nada mejor que mostrar có­mo y por qué esto es así.

¡Ay de la teoría que se oponga al espíritu! No podrá com­pensar esta contradicción con sumisión alguna, y cuanto más su­misa se muestre, tanto más pronto el menosprecio y el ridículo la alejarán de la vida real.

14. Dificultades de la teoría en cuanto se consideran las magnitudes espirituales

Cualquier teoría encuentra fenomenales dificultades en el mo­mento en que trata con magnitudes espirituales. La arquitectura y la pintura son conscientes del lugar que ocupan, mientras tengan que vérselas sólo con la materia; no hay discusión acerca de la construcción óptica y la mecánica. Pero estas reglas se diluyen en conceptos vagos tan pronto como empiezan a actuar los efectos es­pirituales, tan pronto como aparecen impresiones y sentimientos.

Por su lado, el arte de la medicina se circunscribe, en su mayor parte, a fenómenos físicos. Tiene que tratar con el orga­nismo animal, que está sujeto a cambios continuos y no es nun­ca enteramente igual en dos momentos diferentes. Esto dificulta en gran medida su tarea y coloca el juicio del médico por enci­ma de su conocimiento. ¡Qué difícil resulta su tarea, por tanto, cuando intervienen los efectos espirituales, y qué excelsitud te­nemos que atribuirle al médico del alma!

15. En la guerra no cabe excluir las magnitudes espirituales

En cuanto a la guerra, su actividad nunca es dirigida única­mente contra la materia, sino siempre, al mismo tiempo, contra la fuerza espiritual que da vida a esa materia, y es imposible se­parar una de la otra. Pero las magnitudes espirituales pueden apreciarse únicamente por medio de la visión interior, y ésta di­fiere en cada individuo y a menudo varía en la misma persona en distintos momentos y épocas.

Como el peligro es, en la guerra, el elemento general en cuyo entorno se desarrolla toda la acción, nuestro juicio es influi­do de distintas maneras, pero principalmente por el valor, por el sentimiento de nuestra propia fuerza. El valor constituye en cier­to modo la lente a través de la cual se filtran todas las represen­taciones antes de llegar al entendimiento.

Y, sin embargo, no cabe poner en duda de que hay que atribuir a estas cosas cierto valor objetivo, aunque sólo sea a tra­vés de la experiencia.

Son bien conocidos los efectos morales que causa un ata­que por sorpresa, o uno efectuado por el flanco o por la reta­guardia. Todo el mundo piensa que el valor del enemigo disminuye tan pronto como retrocede, y que se arriesga mucho más cuando se persigue que cuando se es perseguido. Se juzga al oponente por su supuesta capacidad, por su edad y por su expe­riencia, y se actúa de acuerdo con ello. Todo el mundo dirige una mirada crítica a la moral y al espíritu de sus propias tropas y a las del enemigo. En el terreno de la naturaleza espiritual del hombre, todos esos efectos, y otros similares, han sido verifica­dos por la experiencia y se repiten constantemente. Por lo tanto, resulta justificado que se consideren en su género como magni­tudes reales. ¿Qué restaría, pues, de una teoría que quisiera igno­rarlos?

Evidentemente, estas verdades tienen que ser refrendadas por la experiencia. Ninguna teoría ni ningún general en jefe tie­nen que ocuparse de sutilezas psicológicas y filosóficas.

16. Dificultad principal que entraña una teoría de la con­ducción de la guerra

Para comprender claramente la índole del problema que implica una teoría de la conducción de la guerra y para deducir de ello el carácter que debe corresponder a dicha teoría, habrá que examinar más de cerca las principales particularidades que determinan la naturaleza de la acción bélica.

17. Primera característica: fuerzas y efectos espirituales

La primera de esas particularidades consiste en la presencia de fuerzas y efectos espirituales.

Por su origen, el combate es la expresión de un sentimiento hostil, pero en nuestros grandes combates, que llamamos gue­rras, ese sentimiento hostil se convierte, a menudo, en simple­mente una intención hostil, y, al menos en términos generales, no existe sentimiento hostil de un individuo contra otro. Mucho menos por ello, el combate no se produce nunca sin que actúen tales sentimientos. El odio nacional, que rara vez tampoco falta en nuestras guerras, se convierte en un substituto más o menos poderoso de la hostilidad personal de un individuo en contra de otro. Pero en el caso de que éste falte o bien no exista la animo­sidad al comienzo, el combate mismo será el que prenda la lla­ma del sentimiento hostil. Si por orden de su superior alguien realizara un acto de violencia contra nosotros, excitaría nuestro deseo de desquitarnos y de vengarnos antes del ejecutor que del poder superior bajo cuyo mando ese acto fue realizado. Esto es humano, animal, si se quiere, pero es un hecho cierto. Teórica­mente, tendemos a considerar el combate como una prueba abs­tracta de fuerza, como un fenómeno aislado en el cual los senti­mientos no tienen intervención. Éste es uno de los muchos erro­res en que caen deliberadamente las teorías, porque nunca están dispuestas a apreciar las consecuencias de ello.

Además de esa exarcerbación de los sentimientos que nace de la propia naturaleza del combate, existen otros que no perte­necen esencialmente a él ––la ambición, el deseo de dominio, exaltaciones de cualquier clase, etc.––, pero que pueden asociár­sele fácilmente por la afinidad de que hacen gala.

18. Las impresiones del peligro

Por último, el combate origina el elemento que conforma el peligro, en el cual se desarrollan todas las actividades de la gue­rra, como lo hacen el pájaro en el aire y el pez en el agua. Pero los efectos del peligro influyen en las emociones, ya sea de mo­do directo, es decir, instintivamente, ya por medio del entendi­miento. En el primer caso se provocaría el deseo de escapar al peligro, y, si esto no pudiera lograrse, podría surgir el miedo y la inquietud. Si este efecto no se produce, es el valor el que actúa como un contrapeso para ese instinto. Sin embargo, el valor no constituye en forma alguna un acto del entendimiento, sino un sentimiento, del mismo modo que lo es el miedo. Este último persigue la preservación física, mientras que el valor busca la preservación moral. El valor es un instinto más noble. Pero, pre­cisamente por serlo, no puede ser usado como un instrumento inanimado, que cause sus efectos en un grado exactamente pre­determinado. Por lo tanto, el valor no constituye un simple con­trapeso del peligro, para contrarrestar los efectos que produzca, sino una magnitud en sí mismo.

19. Alcance de la influencia que ejerce el peligro

Sin embargo, para poder apreciar correctamente la influen­cia que en la guerra ejerce el peligro sobre los jefes, no cabe li­mitar su esfera de acción al peligro físico del momento. El peli­gro domina al jefe no sólo porque lo amenaza a él personalmen­te, sino también mediante la amenaza a todos aquellos que se hallan bajo sus órdenes; no sólo en el momento en que se hace presente en realidad, sino por medio de la imaginación en todos los momentos relacionados con el presente, y, por último, no só­lo directamente, por sí mismo, sino también de manera indirecta, por la responsabilidad que asume, la cual provoca que en la mente del jefe el peligro adquiera un peso diez veces mayor. ¿Quién podría afrontar o resolver una gran batalla sin sentir su espíritu más o menos excitado y paralizado por el peligro y la responsabilidad que implica ese gran acto de decisión? Cabe afir­mar que la acción en la guerra, siempre que se trate de una ac­ción verdadera y no de una simple presencia, no se halla nunca por entero fuera del ámbito del peligro.

20. Otras fuerzas emotivas

Si consideramos como características de la guerra esas fuer­zas emotivas que son excitadas por la hostilidad y el peligro, no podemos excluir de ella, por lo tanto, todas las otras que acom­pañan al hombre durante su vida. Aquí también harán a menudo acto de presencia esas fuerzas. Es cierto que, en la dura tarea que compone la vida, se silencia más de una mezquina manifes­tación pasional; pero esto se aplica sólo a los que ocupan los grados inferiores, los cuales, fluctuando de un estado de esfuer­zo y de peligro a otro, pierden de vista las otras cosas de la vida y se acostumbran al engaño, porque se lo dicta la cercanía de la muerte, y adquieren así esa simplicidad de carácter del soldado, que ha sido siempre la cualidad mejor y más característica de la profesión militar. No ocurre lo mismo en los grados superiores, ya que, cuanto más elevada sea la posición que ocupa un hom­bre, tanto más tiene que preocuparse de sí mismo. Entonces sur­gen por todas partes los intereses y la actividad múltiple de las pasiones, las buenas y las malas. La envidia y la nobleza de espí­ritu, el orgullo y la humildad, la cólera y la compasión, todas pueden hacer su aparición como fuerzas activas en el gran dra­ma
Tabla de contenidos
  1. 1 - Introducción
  2. 2 - ¿EN QUÉ CONSISTE LA GUERRA?
  3. 3 - Definición
  4. 4 - Caso extremo del uso de la fuerza
  5. 5 - El objetivo es desarmar al enemigo
  6. 6 - Caso extremo de la aplicación de las fuerzas
  7. 7 - Modificaciones en la practica
  8. 8 - La guerra nunca constituye un hecho aislado
  9. 9 - La guerra no consiste en un golpe insostenido
  10. 10 - La guerra, con su resultado, no es nunca algo absoluto
  11. 11 - Las probabilidades de la vida real ocupan el lugar de lo extremo y absoluto
  12. 12 - El objetivo político asume de nuevo el primer plano
  13. 13 - La suspensión de la acción militar no se ha explicado hasta a
  14. 14 - Existe únicamente una causa que puede suspender la acció
  15. 15 - La acción militar tendría de este modo una continuidad que d
  16. 16 - Surge aquí por tanto la evidencia de un principio de polaridad
  17. 17 - El ataque y la defensa son cosas de clase distinta y de fuerza desigua
  18. 18 - El efecto de la polaridad es anulado a menudo por la superioridad
  19. 19 - Una segunda causa reside en el conocimiento imperfecto de la situación
  20. 20 - Los períodos frecuentes de inacción alejan
  21. 21 - El azar es el único elemento que falta para hacer de la guerra un ju
  22. 22 - Tanto por su naturaleza subjetiva como por su naturaleza objetiva
  1. 23 - Cómo esto concuerda mejor, en general, con el espíritu humano
  2. 24 - La guerra sigue siendo todavía un medio serio para alcanzar
  3. 25 - La guerra es una mera continuación de la política por otros m
  4. 26 - Naturaleza diversa de las guerras
  5. 27 - Todas las guerras tienen que ser consideradas como actos políti
  6. 28 - Consecuencias de este punto de vista para la comprensión de la hist
  7. 29 - Conclusión para la teoría
  8. 30 - El fin y los medios de la guerra I
  9. 31 - El fin y los medios de la guerra II
  10. 32 - El fin y los medios de la guerra III
  11. 33 - El fin y los medios de la guerra IV
  12. 34 - El fin y los medios de la guerra V
  13. 35 - El genio para la guerra I
  14. 36 - El genio para la guerra II
  15. 37 - El genio para la guerra III
  16. 38 - El genio para la guerra IV
  17. 39 - La información en la guerra
  18. 40 - Las fricciones en la guerra
  19. 41 - Introducción al arte de la guerra
  20. 42 - Sobre la teoría de la Guerra (1-20)
  21. 43 - Sobre la teoría de la Guerra (21-46)
  22. 44 - ¿Arte de la Guerra o Ciencia de la Guerra?
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Estrategia.info Extraído de: http://estrategia.info/html/monografias/delaguerra/delaguerra.htm

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