1. Al principio se entendía por arte de la guerra tan sólo la preparación de las fuerzas armadas
Antiguamente se calificaba con el término de «arte de la guerra» o «ciencia de la guerra» sólo aquellas ramas del conocimiento y de la habilidad que atañen a las cosas materiales. La adaptación, la preparación y el uso de las armas, la construcción de fortificaciones y trincheras, la organización del ejército y el mecanismo de sus movimientos, constituían el tema de esos conocimientos y habilidades y conducían a la descripción de una fuerza armada que pudiera ser utilizada en la guerra.
Aquí había que entender sobre cosas materiales y sobre una actividad unilateral que, en el fondo, no era otra cosa que una actividad que se elevaba gradualmente desde el trabajo manual hasta un refinado arte mecánico. La relación de todo ello con el combate recordaba mucho más a la que existe entre el arte de forjar espadas y el de esgrimirlas. Hasta aquel entonces no se hacía cuestión del empleo del combate en un momento de peligro y bajo el constante efecto recíproco de los movimientos reales del pensamiento y del valor en la dirección que se les marcaba.
2. La conducción de la guerra hizo su primera aparición en el arte del asedio
En el arte del asedio fue donde, por vez primera, se aludió a la conducción de la guerra en sí y a los movimientos del pensamiento a los que eran confinadas esas cuestiones materiales; pero, en líneas generales, se evidenció como tal por sus resultados, en la medida en que el pensamiento incorporaba nuevos objetos materiales, como son los ataques, las trincheras, los contrataques, las baterías, etc. Lo único que hacía falta era cómo ensartar todas estas creaciones materiales aisladas. Dado que en esta clase de guerra la mente encuentra su expresión casi únicamente en esas cosas, la forma de encararlas fue, por lo tanto, más o menos adecuada.
3. Entonces la táctica trató de abrirse camino en la misma dirección
Más tarde, la táctica trató de imponer al mecanismo de sus combinaciones el carácter de un orden universalmente válido y fundado en las propiedades particulares del instrumento. Sin duda ello conduce al campo de batalla, pero no a una libre actividad mental. Por el contrario, con un ejército convertido en autómata, debido a la rigidez de la formación y del orden de batalla, y que sólo se ponía en movimiento gracias a la voz de mando, se entendía que su actividad debía ser como el movimiento de un reloj.
4. La conducción real de la guerra apareció tan sólo de forma incidental y de manera solapada
La conducción de la guerra propiamente dicha, el libre uso de los medios disponibles, preparados con anterioridad ––y libres en el sentido de su adaptabilidad a las necesidades más específicas––, se pensó que no podía constituir el material para una teoría, sino que debía ser dejada en las únicas manos del talento natural. De manera gradual, al igual como se pasó de la guerra de los encuentros cuerpo a cuerpo medievales a una forma más regular y compuesta, las reflexiones erradas sobre esta materia se impusieron en el pensamiento de los hombres, pero en la mayor parte de los casos solamente aparecieron en memorias y narraciones, en forma incidental y, por así decirlo, de manera solapada.
5. Las reflexiones sobre los acontecimientos militares pusieron en evidencia la necesidad de contar con una teoría
A la vez que tales reflexiones se hicieron más numerosas y la historia adquirió un carácter cada vez más crítico, surgió la necesidad urgente de contar con principios y reglas básicas que pusieran fin, de algún modo, a la controversia que, como es lógico, se había entablado respecto de la historia militar, resultado del conflicto de opiniones. Esa vorágine de opiniones, sin un punto central sobre el cual girar y sin leyes reconocidas a las cuales obedecer, no podía sino desagradar al pensamiento humano.
6. Intentos para establecer una teoría positiva
Surgió entonces el intento de establecer principios, reglas y hasta sistemas para la conducción de la guerra. Se estableció, en consecuencia, un fin positivo, sin que se vislumbraran de forma apropiada las innumerables dificultades que, en relación con ello, presenta la conducción de la guerra. Tal conducción no tenía, como hemos demostrado, límites fijos en ninguna dirección. Sin embargo, todo sistema, toda construcción teórica posee la naturaleza limitante de una síntesis, y el resultado es una oposición irrefragable entre esa teoría y la práctica.
7. Limitación a los objetivos materiales
Los autores de teorías experimentaron muy pronto las dificultades que implicaba el. tema y encontraron la excusa para evitarlas limitando sus principios y sus sistemas a las cosas materiales y a una actividad unilateral. Pretendían, como ocurre en las ciencias que tratan de la preparación para la guerra, llegar a resultados perfectamente establecidos y positivos y, como resultado de ello, tomar en consideración solamente aquello que pudiera convertirse en materia de cálculo.
8. La superioridad numérica
La superioridad numérica, al consistir en un tema material, fue la escogida entre todos los factores que pueden conducir a la victoria, debido a que, mediante combinaciones de tiempo y de espacio, podía ser incluida en una codificación matemática. Se pensó que cabía abstraerla de cualquier otra circunstancia, mediante la suposición de creer que era igual por uno y otro lado y que, en consecuencia, producía una neutralización mutua. Esto habría sido en cierto modo correcto si se hubiera tenido la intención de ceñirlo a unos límites temporales, con el fin de llegar a conocer ese factor según sus relaciones; pero hacerlo en forma permanente ––considerar la superioridad numérica como la única ley y pensar que todo el secreto de la guerra radicaba en la fórmula: lograr superioridad numérica en cierto lugar, en determinado momento––, constituía una restricción totalmente insostenible frente al poder de la realidad.
9. Sustento de las tropas
En un desarrollo más que nada teórico, se intentó sistematizar otro elemento material, convirtiendo al sustento de las tropas, de acuerdo con la proposición de cierto carácter orgánico del ejército, en árbitro supremo de la conducción de la guerra en la cúspide.
Por esta vía se llegó realmente a cifras definidas, pero eran cifras basadas en un cúmulo de suposiciones bastante arbitrarias, que no pudieron superar la prueba de la experiencia.
10. La base
Un autor agudo trató de conjugar en una sola concepción, la de base, todo un conjunto de cosas entre las que también se abrieron camino algunas relaciones con las fuerzas espirituales. La lista comprendía el sustento del ejército, el mantenimiento de su número y de sus medios de avituallamiento, la seguridad de las comunicaciones con el propio país y, finalmente, la seguridad de la retirada en caso de que ésta se hiciera necesaria. Primero trató de substituir esta concepción de una base por la de todas esas funciones por separado, y luego, nuevamente, por la base misma para que substituyera a su propia magnitud y, finalmente, al ángulo que las fuerzas armadas formaban con esta base. Y todo ello para llegar a meros resultados geométricos, lo que carece totalmente de valor. Efectivamente, esta última cuestión es inevitable, si consideramos que no cabe realizar ninguna de esas substituciones sin violentar la verdad y sin excluir algunas de las cuestiones que figuraban en las concepciones iniciales. Para la estrategia, la concepción de una base es una necesidad real, y sin duda constituye un mérito haberla establecido; pero hacer un uso tal de ella, como el que se ha indicado, es totalmente inadmisible, y sólo podía conducir a conclusiones unilaterales, que es lo que indujo a esos teóricos a tomar una dirección absurda, como la asignación, por ejemplo, de una eficacia superior a la forma envolvente de ataque.
11. Líneas internas
Como reacción frente a esta falsa dirección se dio preponderancia a otro principio geométrico, es decir, el de las llamadas líneas internas. A pesar de que este principio reposa sobre una base justa, la de que el encuentro es el único medio eficaz en la guerra, sin embargo, debido precisamente a su simple naturaleza geométrica, no constituye sino una nueva parcialidad que de ningún modo debe privar sobre la vida real.
12. Todos estos intentos son reprobables
Todos estos intentos de establecer una teoría tienen que ser considerados como un progreso en el terreno de la verdad sólo en la medida en que son analíticos; en su parte sintética son inútiles tanto en sus progresos como en sus reglas.
Se ciñen a cantidades determinadas, mientras que en la guerra todo es indeterminado, y los cálculos deben ser realizados con cantidades claramente variables.
Dirigen su atención sólo a cantidades materiales, mientras que la acción militar está por completo impregnada de fuerzas y efectos espirituales.
Consideran sólo la acción unilateral, mientras que la guerra es una acción recíproca constante entre un bando y el otro.
13. Excluyen al genio de las reglas
Todo ello no podía ser abarcado por esa sapiencia escatimosa que desestimaba cualquier elemento, excepto uno que se situaba fuera del coto cerrado de la ciencia, el correspondiente al ámbito del genio, que se eleva por sí mismo por encima de todas las reglas.
¡Ay del guerrero que tenga que arrastrarse en ese mezquino mundo de las reglas, carentes de valor para el genio, quien se considera superior a ellas y de las cuales en todo caso puede burlarse! Lo que el genio haga será siempre la más hermosa de las reglas, y la teoría no puede hacer nada mejor que mostrar cómo y por qué esto es así.
¡Ay de la teoría que se oponga al espíritu! No podrá compensar esta contradicción con sumisión alguna, y cuanto más sumisa se muestre, tanto más pronto el menosprecio y el ridículo la alejarán de la vida real.
14. Dificultades de la teoría en cuanto se consideran las magnitudes espirituales
Cualquier teoría encuentra fenomenales dificultades en el momento en que trata con magnitudes espirituales. La arquitectura y la pintura son conscientes del lugar que ocupan, mientras tengan que vérselas sólo con la materia; no hay discusión acerca de la construcción óptica y la mecánica. Pero estas reglas se diluyen en conceptos vagos tan pronto como empiezan a actuar los efectos espirituales, tan pronto como aparecen impresiones y sentimientos.
Por su lado, el arte de la medicina se circunscribe, en su mayor parte, a fenómenos físicos. Tiene que tratar con el organismo animal, que está sujeto a cambios continuos y no es nunca enteramente igual en dos momentos diferentes. Esto dificulta en gran medida su tarea y coloca el juicio del médico por encima de su conocimiento. ¡Qué difícil resulta su tarea, por tanto, cuando intervienen los efectos espirituales, y qué excelsitud tenemos que atribuirle al médico del alma!
15. En la guerra no cabe excluir las magnitudes espirituales
En cuanto a la guerra, su actividad nunca es dirigida únicamente contra la materia, sino siempre, al mismo tiempo, contra la fuerza espiritual que da vida a esa materia, y es imposible separar una de la otra. Pero las magnitudes espirituales pueden apreciarse únicamente por medio de la visión interior, y ésta difiere en cada individuo y a menudo varía en la misma persona en distintos momentos y épocas.
Como el peligro es, en la guerra, el elemento general en cuyo entorno se desarrolla toda la acción, nuestro juicio es influido de distintas maneras, pero principalmente por el valor, por el sentimiento de nuestra propia fuerza. El valor constituye en cierto modo la lente a través de la cual se filtran todas las representaciones antes de llegar al entendimiento.
Y, sin embargo, no cabe poner en duda de que hay que atribuir a estas cosas cierto valor objetivo, aunque sólo sea a través de la experiencia.
Son bien conocidos los efectos morales que causa un ataque por sorpresa, o uno efectuado por el flanco o por la retaguardia. Todo el mundo piensa que el valor del enemigo disminuye tan pronto como retrocede, y que se arriesga mucho más cuando se persigue que cuando se es perseguido. Se juzga al oponente por su supuesta capacidad, por su edad y por su experiencia, y se actúa de acuerdo con ello. Todo el mundo dirige una mirada crítica a la moral y al espíritu de sus propias tropas y a las del enemigo. En el terreno de la naturaleza espiritual del hombre, todos esos efectos, y otros similares, han sido verificados por la experiencia y se repiten constantemente. Por lo tanto, resulta justificado que se consideren en su género como magnitudes reales. ¿Qué restaría, pues, de una teoría que quisiera ignorarlos?
Evidentemente, estas verdades tienen que ser refrendadas por la experiencia. Ninguna teoría ni ningún general en jefe tienen que ocuparse de sutilezas psicológicas y filosóficas.
16. Dificultad principal que entraña una teoría de la conducción de la guerra
Para comprender claramente la índole del problema que implica una teoría de la conducción de la guerra y para deducir de ello el carácter que debe corresponder a dicha teoría, habrá que examinar más de cerca las principales particularidades que determinan la naturaleza de la acción bélica.
17. Primera característica: fuerzas y efectos espirituales
La primera de esas particularidades consiste en la presencia de fuerzas y efectos espirituales.
Por su origen, el combate es la expresión de un sentimiento hostil, pero en nuestros grandes combates, que llamamos guerras, ese sentimiento hostil se convierte, a menudo, en simplemente una intención hostil, y, al menos en términos generales, no existe sentimiento hostil de un individuo contra otro. Mucho menos por ello, el combate no se produce nunca sin que actúen tales sentimientos. El odio nacional, que rara vez tampoco falta en nuestras guerras, se convierte en un substituto más o menos poderoso de la hostilidad personal de un individuo en contra de otro. Pero en el caso de que éste falte o bien no exista la animosidad al comienzo, el combate mismo será el que prenda la llama del sentimiento hostil. Si por orden de su superior alguien realizara un acto de violencia contra nosotros, excitaría nuestro deseo de desquitarnos y de vengarnos antes del ejecutor que del poder superior bajo cuyo mando ese acto fue realizado. Esto es humano, animal, si se quiere, pero es un hecho cierto. Teóricamente, tendemos a considerar el combate como una prueba abstracta de fuerza, como un fenómeno aislado en el cual los sentimientos no tienen intervención. Éste es uno de los muchos errores en que caen deliberadamente las teorías, porque nunca están dispuestas a apreciar las consecuencias de ello.
Además de esa exarcerbación de los sentimientos que nace de la propia naturaleza del combate, existen otros que no pertenecen esencialmente a él ––la ambición, el deseo de dominio, exaltaciones de cualquier clase, etc.––, pero que pueden asociársele fácilmente por la afinidad de que hacen gala.
18. Las impresiones del peligro
Por último, el combate origina el elemento que conforma el peligro, en el cual se desarrollan todas las actividades de la guerra, como lo hacen el pájaro en el aire y el pez en el agua. Pero los efectos del peligro influyen en las emociones, ya sea de modo directo, es decir, instintivamente, ya por medio del entendimiento. En el primer caso se provocaría el deseo de escapar al peligro, y, si esto no pudiera lograrse, podría surgir el miedo y la inquietud. Si este efecto no se produce, es el valor el que actúa como un contrapeso para ese instinto. Sin embargo, el valor no constituye en forma alguna un acto del entendimiento, sino un sentimiento, del mismo modo que lo es el miedo. Este último persigue la preservación física, mientras que el valor busca la preservación moral. El valor es un instinto más noble. Pero, precisamente por serlo, no puede ser usado como un instrumento inanimado, que cause sus efectos en un grado exactamente predeterminado. Por lo tanto, el valor no constituye un simple contrapeso del peligro, para contrarrestar los efectos que produzca, sino una magnitud en sí mismo.
19. Alcance de la influencia que ejerce el peligro
Sin embargo, para poder apreciar correctamente la influencia que en la guerra ejerce el peligro sobre los jefes, no cabe limitar su esfera de acción al peligro físico del momento. El peligro domina al jefe no sólo porque lo amenaza a él personalmente, sino también mediante la amenaza a todos aquellos que se hallan bajo sus órdenes; no sólo en el momento en que se hace presente en realidad, sino por medio de la imaginación en todos los momentos relacionados con el presente, y, por último, no sólo directamente, por sí mismo, sino también de manera indirecta, por la responsabilidad que asume, la cual provoca que en la mente del jefe el peligro adquiera un peso diez veces mayor. ¿Quién podría afrontar o resolver una gran batalla sin sentir su espíritu más o menos excitado y paralizado por el peligro y la responsabilidad que implica ese gran acto de decisión? Cabe afirmar que la acción en la guerra, siempre que se trate de una acción verdadera y no de una simple presencia, no se halla nunca por entero fuera del ámbito del peligro.
20. Otras fuerzas emotivas
Si consideramos como características de la guerra esas fuerzas emotivas que son excitadas por la hostilidad y el peligro, no podemos excluir de ella, por lo tanto, todas las otras que acompañan al hombre durante su vida. Aquí también harán a menudo acto de presencia esas fuerzas. Es cierto que, en la dura tarea que compone la vida, se silencia más de una mezquina manifestación pasional; pero esto se aplica sólo a los que ocupan los grados inferiores, los cuales, fluctuando de un estado de esfuerzo y de peligro a otro, pierden de vista las otras cosas de la vida y se acostumbran al engaño, porque se lo dicta la cercanía de la muerte, y adquieren así esa simplicidad de carácter del soldado, que ha sido siempre la cualidad mejor y más característica de la profesión militar. No ocurre lo mismo en los grados superiores, ya que, cuanto más elevada sea la posición que ocupa un hombre, tanto más tiene que preocuparse de sí mismo. Entonces surgen por todas partes los intereses y la actividad múltiple de las pasiones, las buenas y las malas. La envidia y la nobleza de espíritu, el orgullo y la humildad, la cólera y la compasión, todas pueden hacer su aparición como fuerzas activas en el gran drama