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De la muerte de Dios o el silencio de la filosofía - La Muerte de Dios

(2 opiniones)
Monografía creado por Iván Silén. Extraido de: http://serbal.pntic.mec.es/~cmunoz11/contenidos.html
02 de Junio de 2006
FilosofíaPensamiento y política

2 - La Muerte de Dios

Si "Dios" ha muerto, el hombre ha desembocado a la crisis eterna de la moral. La moral será, entonces, la bandera del fantasma. El horror de ser olvido. Lo que no debemos olvidar aquí, en esta dramatización de la muerte de la filosofía, es que esa-"moral"-nihilista genera la inmovilidad donde pantanea el hombrecito demokrático. Es esta "moral"-nihilista la que, a su vez, merece ser saqueada.

Pero no se puede, entonces, no se debe, no quiero olvidar, que el poeta es el príncipe de los sentidos. Los sentidos son hermosos, porque el mundo (el ser) es espantosamente bello, aunque los seres humanos lo estemos tornando grotesco. La realidad somos nosotros. Esa extravagancia poética de la escritura (Verlaine frente a Unamuno, por ejemplo) tenía que escandalizar a Platón y seducir a Nietzsche. El poeta vive entonces enamorado, escandalizado y asombrado con lo real. Nietzsche es el seducido por el más bello (anunciado por el espejo de la bruja). Platón, como una vieja horrorizada por el cuerpo de los jóvenes poetas, huye de la realidad hacia el espurio de las ideas. Y es desde ese devenir del fracaso entre el filósofo y el poeta, es desde esta grieta que acentúa el científico en Nietzsche, desde donde podemos asumir, entonces, la crítica como consumación del nihilismo demokrático. Nietzsche, como posiblemente todos nosotros, no pudo resolver las antinomias que lo consumían. Las nuestras están delante de nosotros; las nuestras somos nosotros mismos. Su atentado contra la gramática era un atentado contra "Dios". Su escritura contra todo lo que lo rodeaba, contra las "creencias" (Ortega y Gasset), era su suicidio nihilista. Si me sublevo contra todos los valores y no tengo la capacidad de crear ninguno, o no quiero, o no puedo crear ninguno, ¿qué destino me espera? ¿Cómo devendré en medio de la nada? Nietzsche se ubicó en el imposible mismo de su escritura creadora. Al otro lado, detrás del espejo, detrás del desierto, detrás de su ilusión de la "muerte de Dios", estaba la nada. "Dios" no sólo crea la nada, según Antonio Machado, sino que ésta, la nada misma, se convierte en el pecado de la misma divinidad. (10) Pero la nada, por más bella y alucinante que sea, no puede sustituir al mito de "Dios". La nada no basta. La nada no es suficiente. El que bebiere del agua de la nada seguirá teniendo sed. Nietzsche violentó tanto su propia escritura, violentó tanto su sed, que la desubicó voluntariosamente de su-propia-"cucaracha"-de-ser. ¿No estamos nosotros, entonces, violentando la violencia?

Sé que me he alargado un poco en esta presentación, en este recuerdo, en esta nostalgia de la "muerte de Dios", pero no lo he podido evitar. Nietzsche, como ven, es una de mis obsesiones. Esta obsesión ya está inscrita, la podemos apreciar, en Así habló Zaratustra, ya que este libro me salvó la vida. Mi deuda existencial con Nietzsche, a pesar de las enormes diferencias, es grande. Podemos seguir esta obsesión en ese Zaratustra-Nietzsche, en ese "poeta" que debió castrar el espíritu científico de la ideología burguesa del siglo XIX. Nietzsche, lamentablemente, no pudo ser oráculo de sí mismo. Porque vio el espanto del desierto como laberinto político de la soledad y no pudo dar el brinco kierkegaardiano hacia la fe de lo-político. Quizás muchos de nosotros tampoco podamos, pero aquí, una vez más, estamos obsesionados poetamente con ese salto político hacia la libertá que somos. Cuando hablo de lo-político no estoy hablando de lo servil, ni de los partidos oficialistas de la demokracia, ni de los traficantes del alma, sino de la libertá misma.

Ser lo-político, hablar lo-político, es ser la libertá. Ser lo-político es ser el ser como avidez de sí mismo y como avidez de lo raro. Ser es la avidez de lo extraño.

El nihilismo quizás ha terminado por inmovilizarnos a todos demokráticamente. Pero Nietzsche veía que el desierto crecía, se expandía y frente a ese devenir de la arena (del ser ficción del ser), como espectáculo de sí mismo, como proyeccción propia, no había nada que hacer nihilistamente. El nihilismo es el no hacer nada de la nada. El nihilismo es la justificación de su cosa reaccionaria con la nada misma. La fuga del ser nos inmoviliza políticamente.

La "muerte de Dios" nos inmoviliza éticamente. La soledad del desierto, sin oasis ni camellos, sin Salomé ni Cosima, era la soledad del alma de Nietzsche. Escribía contra "Dios", lo veía y no lo reconocía, desde la más espantosa soledad. "Dios" era, en el posible odio de Nietzsche, el desierto del Nietzsche-Superhombre. La "muerte de Dios" era la metáfora, la proyección misma, de la muerte de Nietzsche. No se puede desear la "muerte de Dios" a menos que no se le anhele. A menos que "Dios" no sea el anhelo mismo. En este anhelo, en este teocidio, Nietzsche está, quiéralo o no, delante de Kant. Nietzsche se halla, a pesar suyo, delante de Crítica de la razón pura. Dios, entonces, se ha convertido en la suposición misma. La "muerte de Dios", como acabamos de señalar, se convierte en esa metáfora política que se vierte sobre Occidente y en esa paradoja matafísica de la filosofía consigo misma.

Plantearse la "muerte de Dios" (ese anhelo nihilista de ser dios) es la metafísica de Nietzsche. Incapaz de asumir lo-político, incapaz de romper su soledad, su contemplación, su narcisismo de hombre genial, Nietzsche asume la "muerte de Dios". Nietzsche asume la abstracción. Nietzsche ha asumido su anhelo más remoto. Lo que dice poéticamente en Así habló Zaratustra ya no será lo mismo que dirá en El Anticristo. La escisión textual se ha convertido, entonces, en la escisión existencial.

Esta "muerte de Dios" era el mal mismo, era la otra "ética" que surgía ya capitalistamente. Con esa muerte se instauraba la pena del mundo. Porque el hombre después de ella quedaría herido. Esta herida es la herida del nihilismo; la herida de "Dios" en la crisis política de la voluntad. Esa poetización del "filósofo" que Nietzsche no terminó de abortar, culminó por abortarlo a él mismo; finalizó por exilarlo de sus contemporáneos. Sentado frente al desierto, sentado frente al ser, sentado frente a "Dios", Nietzsche "budaba".

Eso es lo que no ha hecho el nietzscheanismo europeo en el paroxismo del nihilismo: su "oraculización" no ha sido suficiente. Europa no ha podido budarse a sí misma. El nietzscheanismo se ha convertido, entonces, en esa apología nihilista de la desvalorización de los valores, en esa exaltación dionisiaca del nihilismo pasivo y en esa idolatría demokrátrica del "Superhombre" como inmovilidad del poder (en las "castas dominantes"). Si mantenemos el abismo como tradicionalmente lo hemos hecho, si la filosofía mantuviera su desprecio hacia lo político, entonces Nietzsche sería intocable: un Becerro de Oro en medio de la nada. Pero Nietzsche, en esa soledad de las antorchas budistas, se consume solo. Esto es lo que no debe suceder. La filosofía, como la poesía, debe ser (desde el yo quiero y desde el yo soy) lo más radical de lo político. El poeta-filósofo debe desplazar al filósofo-poeta de la "muerte de Dios", como héroe y como demiurgo, y se debe enfrentar (en este "yo quiero" del Antinihilista) a los-mitos-políticos-de-la-demokracia-hegemónica-del-imperialismo-norteamericano.

El poeta parece ser el único ente que llora la "muerte de Dios" y la celebra; el único que padece la "muerte de Dios" y la niega. El poeta se ríe de "Dios", juega con "Dios", orina con "Dios", orina sobre "Dios" y lo-antropomorfa (este es el escándalo de Platón), pero no lo mata. Sabe que su muerte es el -"simulacro"-teatral-de-su-propia-angustia, o la expresión misma de la tragedia del hombre demokrático:

"Dios yace en la bañera con las venas rotas." (11)

Pero este "Dios" que muere en la bañera anónima del poeta somos todos nosotros. El "Dios" que Nietzsche quería matar era el "Dios" de Occidente. Es Occidente mismo quien vive aplastado por la ideología cristiana de su propia cultura. Pero aún así, a pesar de esto, Nietzsche deseaba que Cristo muriera otra vez. Cristo muerto dos veces, muerto tres, traería la "libertad" nihilista de la demokracia como vacío de todos los valores. El nihilismo le ha brindado a la demokracia, como hemos planteado en otros trabajos, la "libertá" nula de la "muerte de Dios". Lo que esta muerte celebra filosóficamente es el espanto de la vulgarización. ¿Lo vio Nietzsche? Lo que esta muerte celebra es la toma del poder por los hombres desvalorizados. La desvalorización se ha ido develando como la falacia de la igualdad del gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo. Esta "muerte de Dios", paradójicamente, se anuncia ahora como la muerte de la libertá. Lo que se soñó como principio de la libertá, se torna ahora principio antilibertario.

Esta "muerte de Dios" anuncia ahora la aparición de los nuevos esclavos que la demokracia trafica "libremente" para sí. La "muerte de Dios" ha convertido a la realidad en el infierno político de todos nosotros. El hombre vive aplastado en la "muerte de Dios", porque su "libertá" se ha tornado demokráticamente inútil. Su libertá de nada es el rostro de un espectro que vota cada cuatro años. Es un espectro que marcha contra los carros de bomberos y es un espectro que protesta contra los perros de la policía demokrática. ¿Quién podrá redimirlo d'ese hueco (d'ese hueso, d'ese ataúd) espantoso de la "libertá"?

Desde esta libertá, desde esta desilusión, el hombre no puede vivir y no puede crear. Entonces toma la duda contra la afirmación teológica de la filosofía y se pregunta heideggerianamente: ¿por qué el espanto y no la dicha? ¿Para quién, entonces, es esta "muerte de Dios" si Nietzsche no es capaz de pensar filosóficamente la revuelta? ¿Fue Nietzsche capaz de salir de Grecia? La muerte de "Dios" es la mónada de Nietzsche. El valor de la "muerte de Dios" es el desvalor religioso, es la anemia, que la demokracia trafica para sí. El bien, el orden, la verdad y la belleza del cristianismo han muerto, pero el vacío que genera esta muerte de los valores es tal que la demokracia pretende llenar ese vacío con las chucherías del mercado. Se pretende, entonces, cubrir la angustia con las mercancías del vacío. Si los invasores levantan el retorno de "Dios" contra nosotros, ¿quién morirá por la "muerte de Dios"? No nos queda más remedio que hundir o suspender la "muerte de Dios" en la duda más espantosa. No nos queda más remedio que agnostizar esa muerte y zafarnos ya de ese Nietzsche-narciso como inmovilidad del Superhombre.

Han habido en este siglo tres grandes caídas: el psicoanálisis, el socialismo y la ontología. Marx, Nietzsche, Heidegger y Freud han dado ya todo lo que iban a dar. La revolución del proletariado, el complejo de Edipo, la "muerte de Dios" y el olvido del ser todos han acontecido como mitos de la modernidad. La política como ciencia, en la belleza atómica que la demokracia realizara sobre Hirochima y Nagazaki; la filosofía como ciencia, en la belleza de los hornos heideggerianos; y el psicoanálisis como ciencia, en la castración psicológica de las mujeres, todos han fracasado. Lo Fénix está por acontecer nuevamente. El mito del eterno retorno, entonces, ha retornado políticamente contra sí. Y viene a exigir todo lo que se le debe humanamente en la falacia capitalista de la globalización. El hombre está prójimamente (ahí) al lado de nosotros. El hombre se enfrenta política, poética y filosóficamente a los nuevos retos de la humanidad. Un nuevo acontecimiento está por suceder: ¡la muerte de la demokracia liberal! ¿Está la libertá, con "Dios" o sin El, preparada políticamente para esta otra muerte? ¿Está la filosofía lista para asumir lo político, para romper el silencio de lo filosófico y para matar, de una vez y por todas, al-filósofo-de-las-castas-dominantes? ¿O es que la sociedad transparente, el desconstructivismo, la "muerte de Dios", el olvido del ser y la demokracia misma se lo prohiben?

¿Está listo el filósofo para esa libertá anunciada desde Nietzsche? ¿O tendrá que venir el poeta, una vez más, a asumir el papel que le corresponde al filósofo en esta sociedad posmoderna del infierno demokrático? ¿Está listo el filósofo para desaparecer nietzscheanamente? Cada uno conoce su corazón y cada uno contestará desde su libertá, o desde su propio sepelio, si vale la pena o no matar al filósofo, si vale la pena o no convertirlo en poeta. He aquí que estamos reinventando la filosofía. La estamos liberando de su propio discurso y la estamos ubicando en el desamparo libertario de todos nosotros.

Zaratustra, cansado de su soledad, cansado de sus libros y de sus estudiantes, se ha mudado a Vieques. Zaratustra, cansado de Dyonisio, está exigiendo la república puertorriqueña. Zaratustra, cansado de la "libertá", ha pedido que se incendien los barcos extranjeros. Zaratustra ha abandonado la contemplación.

He aquí que estamos enterrando al filósofo como el mayordomo del poder demokrático.

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