



Con las preguntas que se hacía Benjamín Jarnés en 1933 a propósito de la novela y el cine —“¿Qué buena película no podría minuciosamente relatarse? ¿Qué buena novela no podría convertirse en film?”— apuntaba a un intento por cerrar esa herida que se abría entre dos artes y que parecía no acabar de cerrarse. El comentario de Jarnés nacía de su fascinación por el cine que en nada se oponía a su pasión por la literatura. Casi sesenta años más tarde Miguel Delibes mantiene una postura semejante. Para el autor vallisoletano, el paso de obra literaria a película consiste en “contar la misma historia mediante un instrumento distinto, esto es la calidad literaria sería sustituida en el cine por la calidad plástica, cosa que no siempre sucede pero es a lo que se aspira” (“Novela y cine” en Pegar la hebra, 1990: 100). La afirmación de Delibes hermana los dos artes en su capacidad para contar pero, poco dado a simplificaciones, apunta a la naturaleza propia de las dos —calidad literaria y calidad plástica— que, en absoluto, se resuelven fácilmente. Si la literatura se apoya en un único sistema de signos, el cine constituye un sistema complejo de lenguajes. También esta riqueza de lenguajes fue comentada con sorpresa por Francisco Ayala que consideraba el cine un coherente mosaico donde el artista: “colocará un alba junto a un anochecer; un cabo suelto de música junto a un brazo femenino; la idea de una botella junto a la sensación de un perfume” (El escritor y el cine, 1996: 14).
Ahora bien, que la conjunción de diferentes artes en el llamado séptimo sea un hallazgo sin precedentes, no podrá negar la capacidad de las palabras para evocar imágenes, como bien vio Urrutia en su estudio de literatura y cine al que dio el título de Imago Litterae (1984). La distinción entre palabra e imagen resulta ineficaz para un estudio comparado porque son categorías diferentes: “la contraposción abstracta entre la naturaleza de la palabra y de la imagen resulta insuficiente y confusa ya que no son unidades equivalentes” (C. Peña-Ardid, Literatura y cine, 1992). Así Delibes, probablemente desde la seguridad de quien cuenta, consideró que el problema era el de saber contar, con dos instrumentos diferentes y hacerlo desde la especifidad propia —literariedad o filmicidad—. Por eso y tal y como afirma Barbachano (2000), y ya lo hacía Pío Baldelli, las relaciones entre literatura y cine no se pueden seguir manteniendo sobre el cómodo pero inexacto término de adaptación. Es más exacto utilizar el término recreación fílmica para referirse a una obra cinematográfica basada en una obra literaria (1). Ahora bien si el problema es el de saber contar, veamos cuáles son las características fundamentales de las narraciones de Delibes y qué posibilidades plantean para posteriores recreaciones fílmicas.
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