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Delibes y el cine - La narrativa de Delibes, documento y personaje

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CopyLeft Monografía de Guadalupe Arbona Abascal - 20 de Agosto de 2006
2. La narrativa de Delibes, documento y personaje

La acogida y el éxito de las novelas de Delibes por un público mayoritario está fuera de toda duda, cada publicación del autor se espera por parte de la crítica con expectación y por parte de los lectores con ánimo de rendir al autor el mayor tributo, leer su obra. La cuestión que brota de esta constatación es evidente, ¿cómo logra Delibes generar estas expectativas?, o dicho de otra forma, ¿dónde reside su extraordinaria capacidad literaria que llega a hacerse un hueco en el ánimo de los lectores?

Delibes escribe con un afán realista (2) como se puede ver en los artículos que aquí presentamos, documenta el éxodo rural castellano, a finales de los años 50 en Las ratas, la influencia nociva y hereditaria de la violencia bélica española sobre sus habitantes en Las guerras de nuestros antepasados, reproduce con exactitud los giros y costumbres de la sociedad chilena en su novela Diario de un emigrante e, incluso, en su obra más experimental, Parábola de un naúfrago, critica la nociva tendencia contemporánea a anteponer la técnica a la persona humana. Ese afán realista que conecta bien con un público mayoritario, cansado, en cierto modo, de novelas de conciencia donde los personajes parecen haber abdicado de lo real tal y como emerge en la conciencia; cansado de metanovelas donde el discurso novelesco se alimenta de la propia tarea; así como de vuelta de un realismo social que parece querer reflejar determinadas parcelas de una España humillada y miserable. El vallisoletano apuesta por un realismo que da prioridad a sus personajes, ya no replegados sobre sí mismos, sino volcados hacia sus inmediatas circunstancias, repletas de hechos, acontecimientos y provocaciones para la acción. Incluso en el caso de su famosa novela Cinco horas con Mario que podría considerarse la más cercana a un personaje sin aventura, tanto por la técnica utilizada —el monólogo interior—, como por el momento de la peripecia elegido para ser narrado, la fuerza de Menchu Sotillo y de Mario está en que representan la España del momento y el conflicto existencial de sus personajes. Además los entornos y circunstancias en los que pinta a sus personajes son siempre corrientes, Delibes no busca alejarse en el tiempo ni rebuscar los lugares de la acción. De ahí la cercanía que siente el lector respecto a lo relatado, que, prácticamente, documenta sino su situación, sí la que podría haber sido su situación o la que al menos le es bien familiar.

Delibes ha hecho depender el arranque documental de sus escritos literarios de su dedicación al periodismo -“El periodismo ha sido mi escuela de narrador”, (cfr. Carta prólogo). Dedicación al periodismo y sentido de la prensa que el autor define como “puente de comunicación entre los ciudadanos y su gobierno: es decir un constante diálogo mediante el cual conozcan aquéllos las directrices de éste y éste las aspiraciones de aquéllos” (José Francisco Sánchez, Miguel Delibes periodista, 1989:88) Delibes considera que esta concepción del periodismo como vía de comunicación entre las aspiraciones del pueblo y los poderosos no es fácil, casi nunca coinciden unas y otras. El valor documental del periodismo no es neutro. De este modo, los conflictos entre el poder y sus ciudadanos se pone siempre de manifiesto en sus textos narrativos, discretamente, sin escándalos porque como dijo Umbral, Delibes no se despega de los mundos creados y reflejados sino que critica aquello que ama: “Ama aquello que denuncia (...) Él se nutre de lo que juzga, tiene en ello su razón de ser. Por eso, a fin de cuentas, Delibes no es un escritor revolucionario: la ternura le une a lo que critica.” (3)

Esta faceta documental nace del dolor que le produce el abandono de los poderosos respecto a su tierra —toda su novela nace de Castilla— y de la desidia de sus habitantes entre víctimas derrotadas y cómplices resignados. Miguel Delibes pone su mirada sobre la naturaleza —amada e incomprensible—, sobre las relaciones humanas —violentas y formales—, sobre las consecuencias de la guerra, la artificialidad agitada de la ciudad moderna, las sangrantes injusticias sociales de la vida rural, los dramas familiares... Este ojo crítico que se asoma a Castilla nos transmite una visión desolada de la realidad que refleja.

Los canales de comunicación entre el periodismo y la literatura reciben sus caudalosas aguas de este afán realista y de esta preocupación por la distancia entre las disposiciones de los poderosos y las preocupaciones sociales. Esto no significa que el quehacer literario de Miguel Delibes sea reductible a la redacción de una noticia sino más bien que el narrador se hace intérprete de su sociedad, de sus anhelos, intereses, y padecimientos y le da la forma elocuente de la novela.

Vayamos con un ejemplo. Es famoso el episodio que dio origen a su obra Las ratas. La defensa de la injusta situación de Tierra de Campos, iniciada como batalla en el periódico El Norte de Castilla es el origen de su novela. Miguel Delibes percibía con dolor la política madrileña que no hacía nada por mejorar la situación humillante de los labradores castellanos. Una vez más se sentía herido por el abismo abierto entre gobierno y situación real de una parte de los ciudadanos. Este humus documental, junto con el conocimiento de un hombre segoviano que vivía de la de caza de ratas son los orígenes de esta novela. La lacerante situación de Castilla se convierte, gracias a la pluma del novelista, en una miserable aldea, entre el pezón de Torrecillórigo y la cotarra Donalcio. En este espacio geográfico de ficción, se erigen una serie de personajes. Y es precisamente en este ensamblaje de espacio de apariencia documental pero de inspiración artística, junto con los bien perfilados personajes del Ratero, el Nini, la Columba, el Pruden, el Centenario o el Guadalupe, entre otros, donde nace el territorio delibiano. Territorio que José Jiménez Lozano define como: “Toda una geografía de lo real-imaginario o de lo imaginario-real que no es de los menores hallazgos de esta escritura, porque es un territorio entero que emerge al ser nombrado, según va siendo recorrido. O respirado”(4) . Con las obras de Delibes se pueden reconocer paisajes o situaciones familiares a los lectores, la posguerra española en Cinco horas con Mario (5) , las primeras elecciones democráticas españolas en El disputado voto del señor Cayo, las causas del éxodo rural de los años 60 en España en Las ratas o la miserable situación de los criados de los cortijos extremeños y andaluces en Los santos inocentes. En efecto, si Aristóteles definía la belleza como el reconocer viendo y el ver reconociendo, podemos reconocer la serie de problemas, injusticias y situaciones de una España castigada pero además “vemos”. Vemos un territorio delibeano, donde el acto de ver se debe hacer sinónimo de personal visión del autor que, pertrechado con los instrumentos del narrador, nos da un mundo propio y toda una cosmovisión. Así dice Santiago de los Mozos: “El escritor que refleja es un mito. Tampoco copia o reproduce. Delibes, cuando hace hablar a sus personajes, no es un magnetófono, por mucho que emplee palabras o expresiones que haya oído a personas. En la novela, no hablan personas, sino personajes; en realidad, quien habla, mediante ellos, es Miguel Delibes”(6). En este sentido el vigor literario de las obras del vallisoletano se nutre del modo de casar la semilla documental con la creación del personaje. Esta segunda operación inunda de personal cosmovisión la realidad reflejada, como acertadamente ha puesto de manifiesto Jiménez Lozano apoyándose en dos novelas del autor: “Cuando se van los políticos del pueblo del señor Cayo, aquel territorio delibiano sigue siendo tan miserable como antes; pero se tiene la sensación de que algún resplandor de libertad se ha dado, porque la mentira política no ha funcionado allí. Y hay algo más radical: la imagen de la idiota, “la Niña Chica” de Los santos inocentes, desconstruye del todo no ya el tinglado socio-político de la injusticia, sino de la cultura entera”(7) En este sentido, creo, que la Castilla de Delibes sí es un territorio propio, gracias a sus personajes puede ser comparable a los territorios de otros grandes escritores —la Praga de Kafka, el Dublín de Joyce, la Venecia de Mann, en el panorama europeo y los míticos territorios de la narrativa sureña de los EEUU, más la Atlanta de Flannery O’Connor que la Yoknapatawapa de Faulkner— aunque, no pocas veces, su verosimilitud nos confunda.

La Castilla delibiana se alimenta de realidad, el lector siente suyos y próximos los lugares descritos. En su centro, y actuando como una fuerza centrífuga que surca todos los rincones de la narración y lo transforma en territorio de ficción, el personaje. En Delibes se ve reflejada la experiencia de la que hablaba Mauriac: “Los personajes nacen del maridaje que el novelista contrae con la realidad” (8), En cómo sea este maridaje reside la cuestión fundamental para descubrir el valor artístico de sus obras. Según ha señalado, unánimemente, la crítica, Delibes es un novelista de personajes. Con un tono, melancólico, casi amargo, lo decía el vallisoletano en su discurso tras la recepción del Premio Cervantes en 1994 (9): “Los amigos me dicen con la mejor voluntad: que conserve usted la cabeza muchos años. ¿Qué cabeza? ¿La mía, la del viejo Eloy, la del señor Cayo, la de Pacífico Pérez, la de Menchu Sotillo? ¿Qué cabeza es la que debo conservar?” El autor resumía su vida como un juego de máscaras, en el sentido que otro novelista, Antonio Prieto, le da a este término: “No creo que en principio, existan personajes sino estados de ánimo de un autor que en su ansia de salir fuera, existir, toman figura, cuerpo humano. El personaje es así la corporeización de un estado de ánimo (...) Esta apreciación se confirma si recordamos que personaje es un término derivado de persona, el personam latino que significaba máscara de actor. De modo que hay una estrecha relación ente persona y personaje. Hasta el punto que podríamos decir que el personaje es donde se proyecta o enmascara la persona en cuanto que desea o necesita existir, estar fuera de sí en obra literaria y mediante el discurso narrativo”(10) Los dos novelistas coinciden en ver a sus personajes como máscaras, pero difieren en la intención y los resultados: Antonio Prieto escribe guiado por el ánimo de quedar salvado y salvar en la palabra, Delibes habla de sus personajes como procesos inevitables, suya es la comparación de que se siente atado a sus personajes de un modo parecido a como la mujer descubre su preñez. Las criaturas delibianas son como una serie de embarazos que le van robando la vida. Así llegaba a decir en el discurso del galardón cervantino: “Pasé la vida disfrazándome de otros, imaginando, ingenuamente, que este juego de máscaras ampliaba mi existencia, facilitaba nuevos horizontes, hacía aquella más rica y variada. Disfrazarse era el juego mágico del hombre que se entregaba fruitivamente a la creación sin advertir cuánta de su substancia propia se le iba en cada desdoblamiento. La vida, en realidad, no se ampliaba con los disfraces, antes al contrario, dejaba de vivirse, se convertía en una entelequia cuya única realidad era el cambio sucesivo de personajes”. Esta desolada constatación quizá sea la más rotunda afirmación de la naturaleza de su novela.

Considerando su tarea de narrador de personaje, Delibes ha soslayado los vientos de la narrativa contemporánea que dictaminaba la muerte del personaje. Hemos llegado a la calma tras la tormenta de las tendencias novelescas que intentaban acabar con el personaje, sin mucho éxito porque como decía María del Carmen Bobes Naves (11): “Por mucho que haya podido cambiar, el concepto de personaje y su manifestación textual, sigue en el relato, y no solamente como unidad de estructuración sintáctica, es decir, como una exigencia de las funciones en las que toma parte como sujeto o como objeto o de otra manera, sino también como una unidad de sentido que persiste a lo largo del texto, y como un índice pragmático que remite a una ideología y a una realidad a través de la visión del autor en el momento de la creación, y del lector en el momento de la interpretación”.

La novela de Delibes ha quedado como un tesoro de dos especies: ha conservado el valor tradicional de la novela desde sus orígenes y ha renovado el tratamiento (12). Muy gráficas son las palabras de Francisco Umbral: “Delibes se ha sentado a la puerta de su casa y se ha hinchado a ver entierros: novela mágica, novela experimental, novela verbal, novela intelectual, novela existencial, novela objetual, etcétera. Eran los cadáveres de sus enemigos. Hoy, los jóvenes están volviendo al realismo y a la narración por la narración, o sea que están volviendo a Delibes (...) Quiere decirse que Miguel tenía razón y quien ha triunfado no ha sido él, sino la perpetuidad de la obra bien hecha” (13)

A grandes rasgos hemos visto como la novela de Delibes se sustenta en la creación de personajes, es hora, pues de ver cuál es la novedad en la construcción de éstos. El estudio más completo es el de Alfonso Rey (14) presidido por la consideración de que la vuelta a la novela de personaje se hace en términos nuevos. Estos términos son de dos clases, por un lado, los tipos seleccionados, casi todos seres humillados, pobres, “inocentes”, niños, amas de casa, hombres de pueblo, criados y personas que desarrollan profesiones humildes. Una selección que el autor no se ha cansado de proclamar como voluntaria: ”He tenido una cierta inclinación desde chico —que no me atrevo a calificar de redentorista— a hacer lo posible porque la gente más desheredada mejorase de situación. Preocupación que he llevado a mis novelas, las cuales trascienden el acoso del hombre por el medio, sea este medio reflejo de la estupidez circundante como en Cinco horas con Mario, sea de la opresión de la clase como ocurre en Los santos inocentes, sea la precariedad de la existencia, como en Las ratas” (15).

Así, la selección misma de un tipo de seres humanos para dar cuerpo a la historia es ya una primera novedad de sus textos y la segunda es su configuración técnico-literaria. Así lo ha visto Alfonso Rey: “La vuelta al personaje se hace en términos nuevos. Nueva es la configuración del protagonista novelesco y nuevo es el tratamiento literario otorgado. En otras palabras, la novedad de Delibes parece radicar, de un lado, en los tipos humanos seleccionados. De otro, en su configuración técnico-literaria” (16).

La novedad en la construcción del personaje es tan rica que puede ser analizada desde diferentes prismas, como veremos. Y en esta construcción es donde acierta y muestra su maestría Delibes. La anécdota de un hombre segoviano que vivía de cazar ratas —origen de Las ratas— no es un hecho artístico, suscita poco interés literario, su atención es de tipo social o antropológico, o ambos. Sin embargo el modo de presentarnos el mundo del tío Ratero y su hijo, el espacio de un pueblo marcado por los afanes de la cosecha, el tiempo medido por el santoral, las analepsis que manipulan el tiempo de la historia, la forma de presentarse el narrador, el sentido de un final irresuelto pero evocador, etc. hacen de Las ratas un texto nuevo.

Pero antes que nada dejemos hablar al autor que es consciente de esta necesidad de atender a los elementos constitutivos de la narrativa, a fin de que el tema o anécdota recogida de la realidad no quede convertida sólo en objeto de interés social o histórico: “cuando tengo un tema para una novela lo que me lleva más tiempo es pensar qué tratamiento debo darle. Uno debe encontrar la fórmula adecuada de tal manera que lo que quieres decir quepa cómodamente en ella. Cada novela requiere una técnica y un estilo. El primer quehacer del novelista ante el tema, además de acertar con la fórmula es coger el tono. Resueltos estos problemas, la temperatura de creación —que algunos llamaron musa e inspiración otros— no puede negársenos. Una vez en posesión de la fórmula (técnica) y cogido el tono (estilo), lo difícil no es hacer una novela larga, una novela río, sino decir lo que queremos decir con el menor número de palabras posible, eliminando lo accesorio” (17)

Lo que Delibes llama fórmula o técnica presenta una serie de variantes que se ajustan a lo que quiere relatar y que permite la trasmisión de una mentalidad hecha de “músicas calladas”, como decía Quevedo. Lázaro Carreter ha señalado, por ejemplo, la originalidad de hacer coincidir en la novela Cinco horas con Mario al protagonista con el narratario. El crítico español contradice la afirmación de Gerald Prince que en 1973 negaba la existencia de una novela donde el héroe sea narratario. Llega a la conclusión de que la “extraordinaria originalidad” de esta novela consiste en que “el cadáver comparte la condición heroica con Menchu”. Y añade: “En toda novela (...) el narrador contribuye mucho más que el destinatario a dar al relato una forma, un tono y otros rasgos: al fin, él —ella aquí— asume la iniciativa de contar, de articular la historia y de colorearla con un estilo. Pero también es cierto que narrador y narratario se condicionan mutuamente, y que, en la medida en que el primero, Menchu, en este caso, manifiesta una dependencia total del destinatario de su discurso, el papel de éste crece hasta compartir con quien narra el primer plano del escenario novelesco”(18). Así el tema se hace elocuente, se hace una crítica a la mujer aparentemente sumisa, Carmen Sotillo, resentida contra lo que considera un mal marido. Ella se convierte en canal trasmisor de la imagen de Mario. La fuerza de la construcción es tan persuasiva que muchas lectoras se han sentido reflejadas en Menchu. Así lo demuestra la anécdota contada por el autor: “Yo te contaría una anécdota ocurrida con mi novela Cinco horas con Mario. Una señora bilbaína me escribió, de las pocas que me escribieron que se reconoció como “Menchu”, porque las que no tenían todos los caracteres con que yo había dotado a Menchu, negativos naturalmente, pues no se reconocían. Pero esa mujer, se conoce que era más inteligente que las demás y se reconoció, y me decía en su carta: “Le agradezco su libro porque ha hecho posible que yo me reconociera a mí misma.” Y a los pocos días, yo daba una conferencia en Bilbao, y se presentó con unas flores rojas para mi mujer. Un detalle conmovedor que no es frecuente pero que a mí me llegó dentro, porque pensé que realmente con la pluma se puede hacer alguna labor”(19). Pero, probablemente no son menos los lectores que se han sentido “pobres Marios”, aún sin atreverse a confesarlo en alto. La maestría de la técnica delibiana permite la hora del lector o participación de la que hablaba Jauss. Además, como supone Fernando Lázaro, la modalidad de construcción fue una estrategia contra posibles censores.

Otro caso de construcción de personaje renovador es Víctor Velasco, un candidato a diputado en las primeras elecciones democráticas españolas. En la novela el protagonista, junto con Rafa y con Laly, se traslada al pueblo perdido de Cureña para obtener el voto del señor Cayo. El título de la novela ya nos da una clave para entender el texto porque aún siendo el protagonista Víctor Velasco y, por lo tanto, el que ocupa la mayor parte del tiempo narrativo, el título —El disputado voto del señor Cayo— señala al aldeano por el que una España dividida se enfrenta. No en vano se antepone el adjetivo (disputado) al nombre (voto) para señalar esa España rota que lucha en las primeras elecciones por un triste voto.

Pero, más allá del voto que Víctor ha ido a buscar, este aldeano, de manera inesperada, irrumpe en el horizonte del político y le revela una sabiduría que él hasta entonces desconocía. Víctor no sólo se configura como aspirante a una humanidad semejante a la de Cayo, también lo hace por oposición a Rafa. Éste, fiel miembro del partido, no se deja afectar por la humanidad de Cayo y antepone el discurso ideológico a lo que ve, y, aunque guiado por un afán de construir su país, desprecia lo que no le permita medrar políticamente.

Laly es el tercer personaje. Su relación con Víctor está dominada por la curiosidad. Laly es inquisitiva y se convierte en la depositaria de las confidencias de Víctor. De su mano y a través de los espacios que ella pisa con Victor —la sede del partido, el coche que ocupan durante el transcurso del viaje, Cureña y su casa— se nos revela a este héroe cuya cosmovisión ha sido alterada por un sabio hombre de pueblo. La imagen completa de V.V., como se le llama en los carteles de la campaña electoral, se dibuja en relación a los personajes entorno; así Rafa es el oponente, en términos de Greimas, o agresor, en los de Propp, el señor Cayo personaliza el ideal y Laly es el auxiliar, en términos de Propp, y ayudante en términos de Greimas. Se hacen necesarias las matizaciones respecto a la terminología formalista y estructuralista ya que la oposición de Rafa no es al triunfo político de Víctor sino al acontecimiento central de la narración, a saber, el encuentro con el señor Cayo. De un modo semejante la ayuda de Laly no está dirigida a la consecución de los planes políticos sino a la revelación del héroe. En tercer lugar el señor Cayo es objeto, siempre y cuando éste se pueda hacer sinónimo de ideal humano y personal.

Por otro lado Víctor Velasco se opone a un gris e indeterminado telón de fondo de personajes burócratas que aunque nombrados —Carmelo, Dani, Ángel...— tienen la misión de mostrar el mundo al que pertenecen Víctor, Laly y Rafa. Mundo que, evidentemente, no satisface al primero, Laly juzgará de otra manera después del acontecimiento central de la novela y con el que Rafa se identifica. Creo que con gran acierto, Giménez-Rico en la recreación fílmica construye la historia como un largo flash-back que cubre con el viaje a Cureña y la expedición para la petición de ese conflictivo voto pero visto desde un presente, el de Rafa —ya no joven sino político acomodado— y Laly —convertida en una perfecta burguesa—. El tono es pues profundamente melancólico y tiene el sabor de lo que fue y que no se supo ver en el momento. Por supuesto en ese presente desencantado no está Víctor, cuya vida ha marchado por otros derroteros desde aquella excursión.

Sirvan estos ejemplos de análisis de los personajes delibianos como aproximación a esta profunda originalidad de construcción que les concede. La selección de tipos humillados que Alfonso Rey consideró otra de las novedades de los personajes del vallisoletano. Es decir esta galería de seres humillados, pobres, “inocentes”, niños, amas de casa, hombres de pueblo, criados y personas que desarrollan profesiones humildes se origina en el territorio del autor.

Volviendo al inicio de mi análisis, creo que la elección de personajes se debe a la construcción de esa tierra propia que, inspirada en la Castilla silenciosa, humilde y, en muchas ocasiones, castigada, nos presenta los dramas no de los poderosos sino de los de sin poder. Esta Castilla humillada, ora en su vertiente urbana, ora en la rural, con sus protagonistas propios se nos da a través de una construcción propia, de un narrador que ha conseguido su más anhelada intención. La de ser redentor de sus figuras. Y lo es porque ha trenzado bien ese territorio propio con sus personajes. Éstos generan una nueva Castilla desde una variedad de recursos formales, técnicas y procedimientos que se ajustan bien a la historia que se quiere contar.

El éxito de las novelas de Delibes se debe a lo que Santiago de los Mozos llamaba la tranza, siguiendo la greguería de Ramón Gómez de la Serna: “lo más maravilloso de la espiga es lo bien hecha que tiene la tranza”, en cuanto tranza se puede interpretar por sintaxis o arquitectura del texto. Pero, además de esta indudable capacidad narrativa, Miguel Delibes goza de una segunda virtud, como ya se ha apuntado, que le ha permitido alcanzar cotas increíbles en el número de ejemplares distribuidos o permanecer durante meses en las listas de los más vendidos, a saber, la capacidad para presentar, a través del relato de una historia, situaciones que no le son ajenas al lector. Sus novelas mimetizan conflictos familiares, perplejidades personales, miserias sociales, consecuencias de hechos históricos cercanos en el tiempo —la guerra civil española es una constante en su novelística(21)—. El lector tiene la sensación que o bien le revelan algo de sí mismo, o por lo menos lo hacen del mundo en el que vive o de mundos, que, si le son desconocidos —como puede serlo el mundo rural para un lector que vive en la ciudad— gracias al autor descubre.

Autor y licencia de 'Delibes y el cine - La narrativa de Delibes, documento y personaje'
Guadalupe Arbona Abascal Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/delibes/cine.html CopyLeft
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