Hemos tenido ocasión de ver algunas glosas de Amores de Dios y el Alma; un comentario que, de suyo, no se ajusta a criterios de exégesis teologal alguna. Es lícito pensar que las declaraciones de fray Agustín de Antolínez fueron escritas con propósitos meramente interpretativos por cuanto estaban destinadas, primeramente, a un público lego que no accedía fácilmente al imaginario místico; y, sólo después, a los doctores de una Iglesia que miraba con desmesurado celo la adecuación del Cántico a la ortodoxia cristiana. La paráfrasis del agustino no soporta ningún análisis riguroso desde perspectivas doctrinales y metodológicas. En pleno siglo XVI, eso era meterse en camisa de once varas; por otra parte —y pese a que fray Agustín de Antolínez es buen conocedor de los conceptos teologales—, la obra del agustino evita, las más de las veces, entrar en cuestiones doctrinales; por contrapartida, su obra se define justamente por un tono espiritual que le acerca a buena parte del público lego. Lo que el comentarista se propone es una ilustración, una paráfrasis que, sin embargo, debía escribirse y sobreentenderse en un lenguaje poético y figurado que permitiera a todo ese clero una mayor comprensión de la espiritualidad sanjuanista harto indescifrable para algunos de ellos. De ahí que no parezca oportuno hablar de «libre interpretación» para con las premisas del místico, porque ni es eso lo que se pretende —puesto que el comentario al Cántico va justamente dirigido a las monjas del convento carmelita de San José—, ni la idiosincrasia religiosa de la época permitía muchas licencias interpretativas en lo tocante a las Escrituras. Disertar sobre excesivas dependencias o distanciamientos en el agustino es entrar en perspectivas simplificadoras: la del XVI es literatura de constantes reformulaciones; desmerecemos demasiado al comentarista si no pensamos que como tal deposita en la glosa un enfoque particularizado —cuidado: no una «libre interpretación»— del Cántico en conformidad con la ortodoxia cristiana; o que en ese intento exegético, no añade imágenes de su propia cosecha según le conviene o las entiende. Hablar de una excesiva dependencia —que la crítica se empeña en ver obstinadamentes— parece entonces inadecuado: son demasiados los pasajes de San Juan que el comentarista prefiere ensamblar en otro tipo de fuentes; sea porque ello le permite una mayor interpretación, sea porque prefiere no arriesgar demasiado en las declaraciones del místico. Ahora bien: que Antolínez aduzca, cite, autorice, refrende, y respalde el poema sanjuanista no implica que las divergencias sustanciales tengan que darse por fuerza: ni en los cauces estilísticos, ni muchísimo menos en lo tocante a la esencia doctrinal. Antolínez es buen conocedor de San Juan, y su comentario ha lugar justamente merced a la concienzuda reforma de la orden carmelitana; pero el agustino conoce sobradamente la ortodoxia cristiana, y sus peliagudas contrariedades teologales; y en ningún momento se cuestiona planteamientos estructurales que quieran reformar los pilares doctrinales del místico. Como comentarista pero también como prudente teólogo circunscribe el horizonte de referencias obligado que le suponen —en ese intento de conjugar la ortodoxia a la religiosidad personal—, el Cantar de los Cantares, y las indicaciones de los Padres de la Iglesia, especialmente las de San Agustín. Su cautela le obliga a escudar inequívocamente los cauces del lenguaje figurado en fuentes que refieran ese proceso de unión tan peligroso en algunos puntos; sin que dejen de atenderse en ello las premisas sanjuanistas. La elección de la segunda redacción implica ya una selección previa que nos lleva a pensar la conformidad del agustino para con el místico en lo tocante a una concepción del ánima que en la primera versión devenía —bien lo saben Krynen y Chevallier— más heterodoxa a los criterios eclesiásticos. Cabe hablar entonces de una conciliación extraída de las principales ideas del Cántico B; que se desea basar en las auctoritates a fin de despejar la opacidad de los versos del místico; conciliación que no responde sino a la prudencia y al comedimiento de una expresión que permitía encauzar una religiosidad, pero que el crispado clima del XVI comprometía una y otra vez desde su terrible celo. De ahí que los cauces expresivos se sirvan, las más de las veces, de ingenuas imágenes y metáforas literarias —el mar, sus vaivenes, el cantar trovadoresco, el Nuevo Mundo— porque con ello se sortean planteamientos muy espinosos. Y no porque San Juan no hubiera optado por un tono literario —que también—, y no porque el Cántico no se arrime en numerosas ocasiones a Los Cantares, y a San Pablo, y a esa mirada interior agustiniana; la sustancia del místico —con la única salvedad del furor platónico y la salida de sí del alma— es, en esencia, la misma de Antolínez; afirmar, sin embargo, que el agustino es servil en sus cauces expresivos es también desacertado. Cierto que la retórica deviene parecida en ambos casos por cuanto ninguno de los dos se distancia de las imágenes más convencionales pero los criterios de valoración de una expresa dependencia a partir de un mismo uso de imágenes deben ser tomados con mucha cautela: más aún cuando observamos que también los padres flamencos se sirven del leño encendido, de la vidriera tocada por el sol, de la centella, y de la morenez del alma; su glosa explicativa, sin embargo, va por derroteros bien distintos. Pese a la similitud entonces de los sistemas retóricos, hay actitudes de extrema cautela en Antolínez que no se dan en San Juan; no porque el comentarista no crea las premisas del místico, y no porque en el Cántico haya ninguna falta de adecuación con respecto a las Escrituras sino porque, desde su planteamiento, el agustino precisa de mayor conformidad con las fuentes; como si las palabras de San Juan no le bastaran, o como si a veces no tuviera claro el posicionamiento del Santo, o no deseara arriesgar su comentario; como si temiera, en fin, que la Iglesia pudiera buscar en su letra lo que en realidad no había.