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Disertaciones al comentario que fray Agustín de Antolínez dedicó al Cántico Espiritual - Fray Agustín de Antolínez

Monografía creado por
07 de Septiembre de 2006
FilosofíaReligión

Poco aunque no por ello menos complejo es lo escrito hasta ahora sobre Amores de Dios y el Alma, el comentario que fray Agustín de Antolínez dispensó al Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz. La declaración, propósitos, e idiosincrasia de este exegeta agustiniano han sido objeto de escasos estudios, faltándonos asimismo una adecuada edición crítica que permita un cotejo apropiado de las fuentes en las que fray Agustín de Antolínez se inspiró para la composición de su glosa. De los estudios que arrojan alguna luz sobre la materia pueden indicarse los trabajos de Chevallier1, el abultado volumen de Jean Krynen2 el análisis de fray Juan de Jesús María3, y las consideraciones de Matías Martínez Burgos en su prólogo al Cántico4. Con todas las dificultades estructurales, semánticas, y textuales que supone referirse al Cántico, estos críticos dedican no pocos esfuerzos a examinar la relación que la glosa de Antolínez sostiene para con el poema místico.

Fue el padre Chevallier quien, primeramente, se cuestionó la veracidad de la segunda redacción del Cántico —la comúnmente llamada versión B, cuyo mejor testimonio lo supone el manuscrito de las Madres Carmelitas de Jaén—, aduciendo todo un rosario de variantes textuales, de lecciones que no casaban con el sentido del primer Cántico. La disparidad que existe, ciertamente, entre las lecciones de esta segunda redacción B y las de la primera —redacción o versión A, cuyo representante más fiable lo constituye el manuscrito de Sanlúcar— llevó al benedictino a determinar el Cántico B como interpolación apócrifa de fecha incluso posterior a las declaraciones de fray Agustín de Antolínez. La misma tesis y hasta una misma metodología textual sostenía Jean Krynen en 19485; el problema es que, tanto en el caso del Chevallier como en el de Krynen, uno tiene la sensación de que la composición de la glosa de Antolínez deviene en una especie de amasijo barroco, una rocambolesca artimaña de laboratorio impropia en un comentarista poco dado a la disertación de cuestiones teologales6. Krynen como Chevallier esgrime igualmente sus variantes textuales a fin de sostener que Antolínez se sirvió de la primera redacción del Cántico para escribir su glosa siendo, como ya se ha dicho, apócrifa la segunda. La hipótesis deviene demasiado enmarañada como para ser asequible a los procedimientos de un comentarista, demasiado enzarzada en la firme aplicación de unos criterios textuales —versos y coplas añadidos, trasposiciones, u omisiones cuyo cambio estructural podía llegar a dañar gravemente la ortodoxia del poema— como para justificar un comentario que no quiere enmarcarse en la reestructuración de presupuestos teológicos sino en la sencillez de una glosa explicativa. Cumple el estudio de fray Juan de Jesús María la función de revisar y contrastar la obra de Krynen: contrariamente a él, fray Juan resuelve la dependencia del comento de Antolínez en relación al manuscrito de Jaén; una hipótesis que Matías Martínez Burgos respaldaría posteriormente en 1962 en su prólogo a la edición del Cántico7. Krynen atendía a un exceso de servilismo en fray Agustín Antolínez para con San Juan, pero lo hacía sólo para indicar un pilar argumental que le permitiera ensamblar la dependencia del comentarista en la versión A. Fray Juan de Jesús María, por el contrario, pone de relieve —a partir de disertaciones y paralelos tomados del Cantar de los Cantares— el uso personal y una «libre interpretación»8 de Antolínez con respecto al Cántico persiguiendo en ello unos rasgos diferenciales que distancien expresamente al comentarista del místico. El carmelita expone, sin embargo, de forma minuciosa las controversias estructurales existentes entre la versión A y la de B; versión esta última que coincide, en todo, con el orden de estrofas traídas en el comentario de Antolínez9. Tiene en cuenta, además, dos escritos: uno de Madre María de Jesús y otro del mismo Antolínez que constatan la anterioridad del Cántico B respecto de la exégesis del agustino10; así como las alusiones indirectas al autor de las canciones. A todo ello M. Martínez Burgos añade la tan controvertida estrofa 11ª como parte ya de la 1ª redacción11; la declaración y la sola cita de sus versos parece suficientemente demostrativa como para observar la relación del comentario de Antolínez con la 2ª redacción como algo inobjetable. También se ha debatido mucho sobre ese «Argumento» análogo al «Prólogo» de la versión B; análogo pero no homólogo pues, a diferencia de lo que ocurre en el cotejo de la estrofa 11ª, los recursos retóricos e incluso textuales nada tienen que ver de uno a otro prefacio y, sin embargo, la idea que de ellos se desprende, la del lenguaje figurado como única posibilidad de encauzar el amor del alma con dios, es la misma en ambos casos. Cuestión peliaguda en la que la crítica aún no se ha puesto de acuerdo, es la de la cronología: San Juan, como bien es sabido, muere en diciembre de 1591, Chevallier y Krynen estiman que la composición del comento de Antolínez debe de situarse en torno a 1602-0412; fecha ésta que también incorporó fray Juan de Jesús María a su tesis13, en tanto que M. Martínez Burgos se limita a considerar la glosa del agustino como previa a 1626, sin mayores aproximaciones. El problema ahí es la anteposición o la postergación del Cántico B con respecto a la obra de Antolínez; y el papel de la Madre Ana de Jesús es fundamental aquí para configurar no sólo las fechas, sino también la dirección en la que Cántico B y comentario14 se transmiten.

Ninguno de los críticos ha tenido en cuenta, sin embargo, los presupuestos místicos del XVI para determinar algunas direcciones textuales; a falta de otros datos concluyentes y sin la presencia de una edición que permita ese cotejo fiable entre el texto y las fuentes, este trabajo se propone la revisión y reformulación de algunos conceptos y reflexiones que, pienso, cabe no olvidar a la hora de asomarse el lector a Amores de Dios y el Alma. Unas consideraciones que, lejos de detenerse sólo en una tradición textual que deviene muy confusa y enmarañada, quieren enmarcarse en los presupuestos místicos del XVI que conforman las circunstancias en las que el comentario ha lugar: es decir, el contexto sin el cual no nos es posible abordar el texto. Hay un problema metodológico en el caso de Chevallier y de Krynen, y es que toda esa artificiosidad compositiva de la que sus estudios se hacen eco no funciona muy bien en un comentarista que peca, a su juicio, de excesivos servilismos para con San Juan. En el caso de fray Juan de Jesús María uno no se explica tampoco las posibilidades reales de una «libre interpretación» en un siglo XVI que mira con lupa cada una de las manifestaciones religiosas. Por sus limitaciones, no quiere disertar este estudio sobre cuál sea la materia doctrinal que se desprende del texto de Antolínez; pienso, sin embargo, que convienen una cuantas indicaciones para espigar el comentario en propósitos que nada tienen que ver con el distanciamiento de la ortodoxia del XVI, pero en las que tampoco dejarán de retomarse simbologías en los términos propios del comentarista. El ánimo de ofrecer así un texto que resuelva el incomprensible imaginario religioso que para el clérigo ofrecía el Cántico de San Juan es premisa que recorre vigorosamente por cada uno de los comentos de Antolínez. Para atender a todo ello traigo a colación distintos lugares de las declaraciones15 que siguen de cerca los pasos del místico, y otros que también se prestan a conjeturas de expreso distanciamiento del agustino; ello con objeto de indicar la idiosincrasia que Antolínez deposita en su glosa, ya no como comentarista de San Juan; sino –y ante todo- como exponente de los cauces expresivos de la ortodoxia del XVI.

Pese a la hipótesis de Chevallier, que postula la anterioridad del Cántico B respecto del comentario agustino, y la de Krynen, que añade entonces su necesaria dependencia del Cántico A16; la crítica contraria a esos criterios textuales, se emplaza en no menos poderosas razones que llevan a pensar que Antolínez basó su comentario en la segunda redacción del Cántico y no en la versión de A que fue tildada de heterodoxia ya en época del Santo por la arriesgada concepción del ánima que de ella se desprendía, viéndose obligado el místico a reformular sus versos en una segunda redacción que favoreciera la comprensión doctrinal del proceso de unión mística. En el caso de Antolínez, las razones estructurales —número de estrofas, misma ordenación, análoga inclusión de un «Argumento» inexistente en la primera redacción— y semánticas de un comento que casa mayormente con la ortodoxia del Cántico B —el conocimiento de la Esposa, la anulación de los sentidos, el soslayo de la vía iluminativa— que Krynen, por cierto, omite en su estudio denotan en todo la dependencia del comentario con respecto a la definitiva redacción de Jaén. A fin de observar todo ello he atendido a la segunda redacción para los paralelos; la cita de sus pasajes será, creo, suficiente para advertir cómo Antolínez arrima el ascua a ese manuscrito.

En otro orden de cosas, preciso es observar las numerosas exégesis y comentos que el Cantar de los Cantares ha dado de sí. Esa obstinada necesidad de explicación del Libro de Salomón se imposta, de un lado, en lo oscuro y resbaladizo de unas metáforas que devienen indispensables para dotarlo de un adecuado sentido; pero para el exegeta, para el hombre de fe, la reformulación de los Cantares atiende también –y sobre todo- a criterios espirituales, a esa necesidad que para el hombre religioso supone constatar el amor de un Dios que desciende impresionado al amor del alma humana. Ambas inclinaciones las ilustra bien fray Luis de León, quien en su prólogo a la traducción de Los Cantares17 expone cuidadosamente esa preferencia del Libro a cualesquiera de las Escrituras. Advierte en ello fray Luis las divergencias interpretativas que suponía su lectura, y resuelve su posición al respecto18 sin entrar en disertaciones teologales: por «la corteza de la letra» y «el sonido» de las palabras se arropa en ese sentido figurado del lenguaje que no refiere más conceptos que los poéticos y los metafóricos. No en vano, se cura el fraile en salud al eludir el sentido del Libro; permitiendo el relato de la anécdota al lector, advirtiéndole a la par de la inconveniencia que supone en estos casos el ir más allá de la «corteza de la letra». El rigor de la Iglesia era tan extremo que cualquier equívoco en su reformulación arrastraba fatales consecuencias.

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Ingrid Vindel Pérez Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero19/i_vindel.html CopyLeft
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