Educación, control social y emancipación - Educación y control social
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[editar]Educación y control social
La historia de la educación escolar de occidente forma parte de la historia del control social ejercido por quienes han detentado el poder político y económico. Eso explica por qué, por ejemplo, a cada giro en el modelo de producción, corresponde un movimiento de reforma educativa; y cada cambio político-ideológico, va acompañado de un replanteamiento de las políticas educativas. Es fácil encontrar en cada proyecto educativo nacional, el rastro de los grupos de poder que más inciden en la vida nacional. Esa incidencia está orientada al control social y se expresa a veces con manifestaciones que son muy visibles y, en la mayoría de los casos, de formas muy sutiles.
Fuerza armada o escuela
En 1934, el filósofo argentino Aníbal Ponce citaba a Eumenes para describir la forma en que el emperador Romano Valentiniano, en el siglo IV, escogía a los maestros: “como si se tratase de proveer de jefe a un escuadrón de caballería o a una cohorte pretoriana”. Y comenta Ponce: “Apenas ha aparecido en la historia la enseñanza oficial y ya ha asomado en seguida la inevitable comparación con el ejército. El cuerpo de profesores es un regimiento que defiende como el otro los intereses del Estado y que marcha con el mismo paso”[1].
Ponce cita también a Plutarco, quien ha contado con qué habilidad se sirvieron de la educación para habituar a los habitantes de lo que hoy es España a vivir en paz con los romanos: “Las armas no los habrían sometido sino imperfectamente; es la educación la que los ha domado”[2].
En Costa Rica, país que nunca tuvo un ejercito numeroso y fuerte y que no lo tiene del todo desde 1949, fue muy común la alusión al Ejército de Maestros. Esa metáfora no se refería sólo a los numerosos y beneméritos maestros que gastaron sus energías al servicio de la educación, ni a inversión en educación –mayor que en el resto de la región, al menos en las décadas pasadas- sino también –según el autor costarricense Claudio Bogantes- al papel que ha desempañado la educación en ese país, sustituyendo literalmente al ejército. Según Bogantes “la oligarquía cafetalera costarricense, para llevar adelante su proyecto no echó mano, con contadas excepciones, de las fuerzas militares, sino que organizó en su lugar, bastante pronto, un sistema escolar, el cual se mostraría muy eficaz en la imposición suave y pacífica de su proyecto y de su hegemonía”[3]. La educación, entonces, cumplió en Costa Rica, desde la segunda mitad del siglo XIX, la misma función que cumplió el ejército salvadoreño en ese mismo tiempo: ser un eficaz mecanismo de control y de sumisión al servicio de los intereses de una poderosa oligarquía cafetalera. Tanto el ejército de soldados salvadoreños como el ejército de maestros costarricenses, fueron utilizados para servir a los intereses de los grupos con mayor poder económico de nuestros países.
Si embargo, hay que reconocer que también en El Salvador la educación ha jugado un papel determinante en la configuración social: el 3 de diciembre de 1974 (hace ya 32 años), el X Congreso del sindicado de educadores ANDES 21 de Junio señalaba las dos siguientes características de la educación salvadoreña: “a) La minoría que detenta el poder económico y político impone sus objetivos, fines y estrategias. Por eso es que la educación no responde a la realidad y necesidades del pueblo; b) La educación se utiliza para formar un hombre para la competencia, individualista, que aspire a un mejor ‘nivel de vida’ (para él, no para otros), a un hombre obediente, conforme con el tipo de sociedad en la cual se desenvuelve, una sociedad donde triunfe el individualismo y se frustren o estrellen los esfuerzos colectivos de un pueblo”[4].
La educación ha jugado, entonces, junto a otras mediaciones institucionales, una importante tarea de control social y conservación. Esa tarea ha incluido al menos dos funciones que son aparentemente antagónicas: la homogenización y la consolidación de las diferencias.
El control social y tarea conservadora de la educación.
El primer capítulo de la educación escolar salvadoreña podría tener por título: “La escuela versus la milpa”. La milpa era, para el indio, un lugar educativo. En ella, la educación estaba estrechamente vinculada a la vida y al trabajo. Las diferentes generaciones de hombres y mujeres tenían en la milpa un importante lugar de encuentro y de socialización. En torno a la milpa, a la cosecha y al procesamiento del maíz se transmitía y se enriquecía la cultura. La milpa y el contacto con la tierra tenían carácter sagrado, por lo que la vida, la experiencia religiosa, el trabajo y la educación acontecían en un mismo espacio[5]. En la milpa, la educación armonizaba la teoría y la práctica. Se aprendía haciendo, sembrando, cosechando y pidiendo permiso a los dioses para depositar el grano en la tierra. En este sentido, la milpa era un espacio para la igualdad. No había milpas distintas para seres humanos de distinta clase social de la comunidad, pues la milpa era un lugar común, cuya propiedad no se atribuía a nadie.
La escuela era lo opuesto a la milpa. Las cartas escritas por los párrocos al Arzobispo Pedro Cortés y Larraz, en 1778, describen las dificultades encontradas para el funcionamiento de las escuelas de indios: una de esas dificultades era que los padres preferían llevarse a sus hijos al monte o a la milpa. Algunos niños incluso huían de los pueblos y desaparecían para siempre como estrategia extrema para evadir la escuela para indios. Esta primera escuela salvadoreña era una instancia que imponía doctrinas desvinculadas de la vida, del trabajo y de la cosmovisión de los indios. Imponía una lengua, una religión, una cultura extraña. Era una herramienta de sometimiento y de homogenización irrespetuosa de las peculiaridades y tradiciones de las comunidades indígenas. Pero la escuela promovida por los colonizadores también fue una eficaz mediación para la diferenciación, en cuanto buscaba que cada uno permaneciera en la condición social en que se encontraba.
Esos rasgos homogenizantes y diferenciadores de la educación escolar salvadoreña no se dieron solo en su origen. La escuela continuó por siglos siendo instrumento de control social por parte de los grupos dominantes.
La educación, en todos los tiempos, ha tenido una función prioritariamente conservadora. El control social es, precisamente, una estrategia para conservar: se conserva controlando, y se controla homogenizando y diferenciando a la vez. El sociólogo de la educación Juan José Sánchez, afirma que “los sistemas y las instituciones tienen una existencia homeostática y de conservación; si bien la propia subsistencia lleva consigo una innovación necesaria y una cierta movilidad”[6]. En esa misma línea, según Sánchez, “la escuela hace propia la cultura particular de las clases dominantes, enmascara su naturaleza social y la presenta como cultura objetiva, indiscutible, rechazando al mismo tiempo las culturas de otros grupos sociales”. Para vencer las resistencias de las formas culturales antagónicas –sigue diciendo Sánchez-, “el sistema escolar recurre a la violencia simbólica, que puede tomar formas muy diversas e incluso extraordinariamente refinadas, y por lo tanto difícilmente aprehensibles, pero que tienen siempre como efecto la desvalorización de toda otra forma cultural y la sumisión de sus portadores” [7].
Francisco Gutiérrez, en su libro Educación como praxis política, desarrolla ampliamente la idea de control social. Según él, la educación es tanto un medio de socialización como de control social. Se trata de dos funciones netamente políticas: ambas funciones son reflejo de la ideología de quienes gobiernan y consecuencia de las demandas socioeconómicas de una determinada sociedad. Según Gutiérrez, “así como el sistema educativo es un producto de una concreta y determinada sociedad, de idéntica manera la sociedad encuentra en el sistema educativo la forma más natural para perpetuarse y reproducirse”[8]. Precisamente por eso este autor centroamericano insiste en presentar la educación como hecho político: “la función prioritaria de la escuela es su función político-social”[9]. Juan José Sánchez, por su parte, distingue las siguientes funciones de la educación: función conservadora, función motora, función política, función económica, función de selección y asignación social y función mistificadora. Y en el análisis que este autor hace de cada una de esas funciones reaparece siempre el acento sobre el carácter conservador de la educación. Sin embargo, como tendremos ocasión de ver más adelante, Sánchez no niega que la educación pueda tener cierta autonomía desde la cual se puedan proponer incluso alternativas sociales[10].
El control social se refiere lo que Popkewitz llama “administración social del niño”, “gobierno del alma” y “administración social de la libertad”[11]. Analizando las reformas educativas de Estados Unidos, este autor advierte que “la reforma del Estado y del individuo están unidos como un proyecto social. El progreso es producido y razonado, no sólo a través de los cambios institucionales, sino también a través de los cambios de las capacidades internas del individuo, de manera que la persona actúa como un ciudadano auto-responsable y auto-motivado, lo que más tarde llamaré gobierno del alma. La administración social del alma está profundamente incluida en la pedagogía escolar”[12].
Michel Foucault es uno de los pensadores que más puede ayudarnos a entender el control social que occidente ha ejercido desde la escuela. Uno de sus aportes fundamentales es haber evidenciado la relación estrecha que existe entre poder, discursos, prácticas y configuración de sujetos en algunas instituciones que occidente inventó en los siglos XVII y XVIII, como la escuela, la fábrica, el manicomio, la prisión. Todas estas instituciones tienen en común que buscan la fabricación de sujetos económicamente productivos y políticamente debilitados[13].
Desde la década de los setenta, en América Latina podemos reconocer una muy estrecha relación entre el modelo económico neoliberal –motor de la actual estrategia de globalización– y las reformas educativas impulsadas por iniciativa de los diversos gobiernos de la región, asesoradas por instituciones financieras internacionales. En este contexto, podemos reconocer también dos tendencias distintas: por una lado, la presiones relacionadas con las condiciones de austeridad impuestas desde fuera (por ejemplo, como una condición para los préstamos del FMI) han conducido a reducciones significativas en el gasto en educación y por lo tanto a formas distintas –a veces camufladas- de privatización; por otro lado, el deseo de incrementar la productividad y la competitividad económica han conducido –en algunos países– al aumento del gasto público en educación. En todo caso, podemos hablar de una relación variable entre la educación y el Estado: mientras el neoliberalismo aboga por disminuir el rol de Estado, éste ha permanecido clave en la articulación de los intereses y la representación de algunos grupos y clases[14].
En nuestros países, por eso, los programas educativos y la formación inicial de los docentes están sometidos a un fuerte control estatal. Las únicas carreras universitarias cuyos programas son elaborados por el MINED son los profesorados. Esa misma tarea contralora está presente en las pruebas estandarizadas como
Control social para configurar un sujeto competitivo
Al inicio de la modernidad, René Descartes escribía lo siguiente: “Pues esas nociones me han enseñado que es posible llegar a conocimientos muy útiles para la vida, y que, en lugar de la filosofía especulativa enseñada en las escuelas, es posible encontrar una práctica, por medio de la cual, conociendo la fuerza y las acciones del fuego, del agua, del aire, de los astros, de los cielos y de todos los demás cuerpos que nos rodean, tan distintamente como conocemos los oficios varios de nuestros artesanos, podríamos aprovecharlas del mismo modo en todos los usos a que sean propias, y de esa suerte hacernos como dueños y poseedores de la naturaleza”[15].
Esa mentalidad utilitarista alimentada sobre todo por el empirismo y el positivismo, determinó también la experiencia educativa de occidente, y la sigue determinando hasta nuestros días.
En el capítulo XIX de su Didáctica Magna, Juan Amos Comenio –a quien muchos consideran el padre de la pedagogía moderna- revelaba ya en los inicios de la escuela de occidente, esa tendencia a pensar en la educación en términos economicistas y utilitaristas: ese capítulo tiene por título: Bases para fundar la rapidez de la enseñanza con ahorro de tiempo y de fatiga: un título que el filósofo Aníbal Ponce relacionaba con la frase de Benjamín Franklin “el tiempo es oro”, típica del capitalismo manufacturero de su época[16]. Se trata también, para Comenio y su realismo pedagógico, de abrir el libro de la naturaleza, para presentar a los jóvenes no las sombras de las cosas, sino las cosas mismas. “Era difícil expresar con mejores palabras –afirma Anibal Ponce- no sólo los deseos de la gran burguesía cada vez aplomada, sino también los de la pequeña burguesía de los talleres y de los oficios”[17].
Esa visión economicista de la educación ha quedado bien expresada en muchas de las reformas educativas puestas en marcha en América Latina, sobre todo en aquellas acentúan la competencia. Un buen ejemplo lo tenemos en los avances sobre la implementación del Plan 2021, publicados por el Ministerio de Educación en febrero de 2006. El mensaje del Presidente de
La educación formal, sigue, por tanto, estando al servicio de un modelo económico basado en la competencia, que termina beneficiando directamente sólo a unos pocos –los que tienen mayor capacidad de competir- y que –según quienes defienden este modelo- beneficiará, a partir del rebalse, a todos los demás.
[1] PONCE A., Educación y lucha de clases, Editores Unidos, México 1993, P. 107.
[2] Ibid, P. 107.
[3] BOGANTES C., El surgimiento del discurso crítico en Costa Rica, en http://www.letras.ufrj.br/litcult/revistalitcult_vol6.php?id=10, consultado el 14 de mayo, 2006.
[4] ANDES 21 DE JUNIO, El educador salvadoreño en el proceso de liberación del pueblo, declaraciones del X Congreso de ANDES 21 de junio, en GÓMEZ M.-PUIGGRÓS A. (dirigido por) , La educación popular en América Latina 2, Ed. El Caballito, México 1986, P. 27.
[5] Sobre la educación en las comunidades indígenas y sobre el papel fundamental de las actividades agrícolas en esa educación, ver GONZALEZ, C., Historia de
[6] SÁNCHEZ J.J., Escuela, sistema y educación, Ed. Libertarias, Madrid 1991, P. 140.
[7] Ibid, P. 244.
[8] GUTIÉRREZ F., Educación como praxis política, Ed. Siglo XXI, México (s.f.), P. 20-21.
[9] Ibid, P. 22.
[10] Cfr. SÁNCHEZ J.J., Escuela, sistema y educación, P. 140-142; 296-306.
[11] Cfr. POPKEWITZ, T., La reforma como administración social del niño, en … P. 123-124.
[12] Ibid, P. 124.
[13] FOUCAULT. M., Vigilar y castigar, Ed. Siglo XXI, México….
[14] Cfr. MORROW R.-TORRRES C., Estado, globalización y política educacional, en BURBULES N.-TORRES C. (Coord.), Globalización y Educación. Manual crítico, Ed. Popular, Madrid 2005, P. 32
[15] DESCARTES R., Discurso del método, Ed. Óptima, Madrid 1997, P. 92-93.
[16] Cfr. PONCE A., Educación y lucha de clases, P. 164.
[17] Ibid, P. 165.
[18] Avances y logros en la implementación del Plan Nacional de Educación 2021, MINED, San Salvador 2006, P, 2.
[19] Ibid, P. 3
[20] Ibid, P. 5
