



Introducción
La educación ha sido pensada como una mediación: se ha educado “para algo”. Es eso precisamente lo que la distingue de otros procesos de socialización mucho más espontáneos en los que sus actores tienen menos conciencia de su telos. Por ser una mediación “para algo”, la educación no es nunca neutra ni inocente frente a los dinamismos sociales que genera. En ella se encuentran –frecuentemente de manera conflictiva- y quedan reflejados, intereses muy distintos: los del gobierno de turno, los de la gran empresa, los de la comunidad, los de los gremios magisteriales, los intereses locales así como los “globales”, los de todos los participantes en el hecho educativo.
Con mucha frecuencia la educación, especialmente la educación escolar, ha sido herramienta útil para la conservación. Sin embargo puede ser –y ha sido- mediación para la transformación. El que la educación genere transformación o conservación depende de muchos factores: de los objetivos que se explicitan y de aquéllos que se disfrazan, del tipo de relación que se establece con el entorno, del grado de autonomía que se logra con respecto a los grupos de poder, de la forma en que se entiende al sujeto que toma parte en el hecho educativo, de la posibilidad de distanciarse de los proyectos políticos partidistas y de los intereses de los grupos dominantes, del tipo de ambiente educativo que se promueve, de las metodologías que se privilegian, de la capacidad de asumir una postura crítica frente a modelos económicos excluyentes, de la forma en que los educadores son o no concientes de su papel político, de la poca o mucha claridad que se tenga con respecto a la función social de la escuela, del tipo de articulación que se establezca con otras instancias educativas de la zona, de la forma en que los actores educativos utilizan las herramientas adquiridas y las destrezas desarrolladas en el ambiente escolar, etc. Esa gama de factores ofrece una idea de la complejidad del hecho educativo y de la razón por la que es continuamente objeto de preocupación no sólo por parte de los educadores y de los funcionarios públicos responsables de la educación, sino también por parte de la empresa privada, de los partidos políticos, de los movimientos sociales, de los organismos financieros internacionales, etc… De alguna manera hay que decir que la educación es un tema político y económico fundamental, y que lo que hay en el debate actual es muchas veces una “política de la educación” y una “economía de la educación”.
En los dos primeros apartados de este artículo busco analizar brevemente la educación escolar como un espacio y un ambiente que puede estar al servicio del control social, pero que puede también ser mediación para la emancipación. En el tercer apartado intentaré ofrecer algunas pistas para una educación alternativa que tenga como punto de partida el esfuerzo por repensar la subjetividad que ha servido de fundamento a la tradición escolar de occidente.
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