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Educación, control social y emancipación - Repensar al sujeto

Monografía creado por José Mario Méndez
12 de Octubre de 2006
Formación de formadoresPedagogía

4 - Repensar al sujeto

Un nuevo acercamiento al sujeto para que la educación sea liberadora

Hemos visto que la educación pude generar –y de hecho ha generado- tanto dinamismos conservadores como dinamismos emancipadores. Esa doble posibilidad se debe precisamente en su condición de mediadora y de “utilizable”. Toda educación es educación para algo o hacia algo. Puede serlo para el mantenimiento y la conservación, mediante la configuración de sujetos políticamente sumisos y económicamente productivos; puede también serlo para la transformación, mediante la configuaración de una nueva subjetividad. La diferencia entre una orientación y la otra radica fundamentalmente en los objetivos (los que se publican y los ocultos) y en la “subjetividad” de la que son portadores esos objetivos. Por eso quiero, en esta última parte, hacer un breve análisis crítico de la forma en que en occidente se ha entendido la centralidad del ser humano: una centralidad que –al menos en el discurso- ha permeado abundantemente nuestros idearios educativos.

 

El ser humano como centro: un camino ambiguo.

El tema de la centralidad del ser humano no es una novedad en occidente. Se lo puede rastrear desde la antigüedad (Grecia) y, de manera muy particular desde el renacimiento. Durante toda la modernidad, occidente ha recorrido un camino importante de emancipación del ser humano, en el que ha manifestado de formas muy diversas que “el hombre es un fin, no un medio” (Kant). Las diversas declaraciones de los derechos humanos universales manifiestan también las pretensiones emancipadoras de occidente.

El humanismo que acompañó el renacimiento y la modernidad ha tratado de liberar al ser humano de todo aquello a lo que estuvo sometido: monarquías, totalitarismos, dogmatismo, teocentrismo… Sin embargo, ese camino no ha estado exento de ambigüedad. Pronto este intento por poner al ser humano al centro fue monopolizado por la versión burguesa del sujeto, que ve en el mercado la clave de una sociedad perfecta. De esa manera, en nombre de la libertad, del progreso y de los derechos humanos, occidente condenó a la esclavitud y la muerte a millones de seres humanos. Se fabricó un concepto de sujeto libre que no excluyó la conquista, la dominación y el sometimiento de pueblos enteros, ni la destrucción de la naturaza en nombre del progreso. En suma, una centralidad del sujeto que ha amenazado a la vida misma.

Hoy mismo, la constitución política de muchos de nuestros países, comienza con una solemne declaración de la centralidad y dignidad de todo ser humano. Sin embargo, en la vida cotidiana asistimos a innumerables hechos que ignoran esa centralidad. Existe una distancia enorme entre el sujeto ideal, entendido de forma abstracta –y que está teóricamente al centro- y el sujeto real –que vive y sobrevive en una sociedad concreta, en un contexto concreto.

 

El sujeto como homo oeconomicus

La subjetividad, en occidente ha estado estrechamente relacionada con los intentos del sujeto de convertir el mundo en su imperio, de someter la realidad a su dominio y de hacer de ella un objeto de posesión. El sujeto se ha autodefinido frente al objeto que se posee, que se domina, que se controla, que se conoce, que se comprende. La pregunta fundamental de occidente ha sido la pregunta griega: ¿Qué es? Se trata de una pregunta que sabe a dominación y control del objeto; es la pregunta que busca definición, delimitación, certidumbre, claridad y distinción.

La subjetividad tiene que ver, entonces, con la posesión, con la propiedad privada, con el uso rentable de la naturaleza. El núcleo de esta subjetividad es el ego. Se trata de una humanismo egocentrico, el humanismo del ser humano dispuesto a realizarse (alcanzar el éxito, triunfar, ser un ganador, “ser alguien”), del ser humano representador, poseedor, fundamentador de sí mismo y de la realidad como tal. Ese concepto de sujeto ha sido la clave epistemológica de la modernidad (empirismo, positivismo) y ha sido, por lo tanto, criterio de verdad: es verdadero lo que yo entiendo, lo que yo comprendo, lo que domino, controlo y encuentro útil.

El ser humano se define como individuo, reducido a su capacidad de producir ganancias y de consumir; y desde esa perspectiva individualista se pretende que comprendamos lo que somos, lo que debemos ser, y el tipo de relaciones que debemos tener con los otros y con la naturaleza. El mercado, para funcionar, necesita “fabricar” seres humanos así, seres humanos que crean que “extra mercatum nulla salus”[1]. El mercado y quienes lo controlan, están “creando” –“fabricando”, “configurando”, “conformando”- a su conveniencia, un determinado tipo de sujeto: políticamente debilitado y económicamente robustecido en cuanto productor y consumidor.

 

Un proyecto que deslegitima las alternativas

El ser humano así entendido es el ser humano del mercado. El mercado es autosuficiente, se autorregula, no debe tener límites, ni regulaciones externas; debe ser libre mercado, sin interferencias ni distorsiones de ningún tipo. 

El mercado (en su versión occidental) es, además, globalizable, con pretensiones de universalidad,  capaz de modelar el mundo entero: no concibe ni tolera alternativas. Cuando aparecen alternativas, la deslegitima rápidamente. Es un proyecto totalizante, que globaliza patrones de consumo, que globaliza los efectos de la globalización pero no universaliza la participación equitativa en la misma.

La actual estrategia de globalización, que sacraliza la versión capitalista de mercado, globaliza la exclusión por fundamentarse en la competencia. Por eso se vuelve inhumana. Es quizá el economista y filósofo F. Hinkelammerk quien con más vehemencia ha denunciado la irracionalidad de lo racional del mercado. La lógica competitiva del mercado nos ha puesto en una situación similar a la de dos actores que compiten para cortar la rama del árbol sobre la cual están sentados: “Estamos como dos competidores que están sentados cada uno sobre la rama de un árbol, cortándola. El más eficiente será aquel que logre cortar la rama sobre la cual se halla sentado con más rapidez. Caerá primero, no obstante, habrá ganado la carrera por la eficiencia”[2].

 Según Hinkelammert, en esta competencia hay un ganador, pero esa victoria implica también muerte, suicidio: se trata de una “lógica calculadora cuyo perfeccionamiento en la eficacia de su ritmo es directamente proporcional con el aumento de la destrucción de la vida en el planeta”[3].

El mercado nos hace cada vez más Homo hominis lupus (Hobbes), una fórmula muy distinta al homo hominis amicus est (Tomás de Aquino). Se trata, por tanto, de un humanismo suicida al servicio del cual han sido puestas las instituciones de occidente, entre ellas la escuela.

 

Repensar al sujeto

Las posibilidades emancipadoras y humanizantes de la educación residen, en gran medida, en nuestra capacidad de cuestionar y hasta de  revertir la forma en que solemos entender al ser humano como centro y como sujeto frente al objeto.

La tradición del humanismo crítico-ético –por ejemplo Marx,  Sartre, Lévinas, la escuela de Frankfort- así como la mayor parte del pensamiento crítico latinoamericano actual –por ejemplo Hinkelammert, Dussel, Fornet Betancourt- sugieren la necesidad de una vuelta reivindicativa al sujeto viviente, un retorno a la subjetividad del sujeto viviente y real, el sujeto corpóreo, el sujeto de necesidades, cuyo interés primario es seguir viviendo.

Se trata de desarrollar una humanitas en tanto que proceso de formación de la existencia humana como subjetividad participativa: una subjetividad solidaria y comunitaria en la que cada cual se hace sujeto mediante la práctica de la justicia. El sujeto se configura, entonces, mediante la opción ética por la justicia. Esta sería la visión de sujeto opuesta a la de los competidores que compiten para cortar la rama sobre la cual están sentados.

La humanización, en la educación, pasa entonces, no por entendernos como sujetos frente al objeto, sino por nuestra tarea de hacernos cargo de la realidad del sujeto viviente.

La pregunta fundamental aquí ya no es la pregunta griega -¿qué  es?- es decir, la pregunta cuya respuesta se refiere al dominio, a la comprensión, al control. La pregunta fundamental es la pregunta hebrea: ¿qué has hecho con tu hermano?

Se trata de una subjetividad concreta y viviente que, alimentada por la memoria de liberación de todos los que en nuestros contextos de exclusión han luchado por su humanidad negada, se funda como existencia comunitaria en resistencia para continuar en la actualidad, y en cada contexto, esa misma lucha de liberación. De esa manera, la vida  y sus luchas –la realidad- se convierten en lugares epistémicos, es decir, en lugares que dan verdad.

Esta subjetividad es existencia libre y solidaria con el destino del otro, es lucha del sujeto por la justicia como compromiso solidario con la humanitas en y para todos. Es compromiso por “un mundo en el que quepan todos”.

Esta forma de entender al sujeto, invierte la versión moderna dominante del sujeto como centro de dominio y posesión del mundo. Esta subjetividad es, por eso mismo, vehículo de humanitas.

 



[1] Con esa frase, Fornet Betancour ilustra el carácter absoluto con que se presenta el mercado, similar a la forma en que se autopresentaban y se imponían, en el pasado, otras instituciones como la Iglesia (“fuera de la Iglesia no hay salvación"). Cfr. FORNET-BETANCOURT, Transformación intercultural de la filosofía, Ed. Desclée de Brouwer, Bilbao 2001, P. 342.

[2] HINKELAMMERT F., El sujeto y la ley. El retorno del sujeto viviente, Ed. Euna, San José 2003, P. 31.

[3] Citado por FORNET BETANCOUR, Transformación intercultural de la filosofía, Ed. Desclée de Brouwer, Bilbao 2002,   P. 306.

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