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Hoy circulamos y fluimos por redes blandas, volátiles, aéreas. Redes ingrávidas que atraviesan espacios y tiempos convirtiéndonos en viajeros por invisibles hilos telemáticos. Este es el tiempo de entrelazamientos. Todo se conecta, se fusiona: lo particular con lo universal; tiempo de deslizamientos. La microelectrónica nos habita. Múltiples y diversos, ahora podemos tocar virtualmente espacios que sólo habíamos soñado con una imaginería ilusoria. El Todo ya está aquí. La red de redes y sus sistemas simulan esa totalidad aprehendida. Simultaneidad de lugares y tiempos, borrando fronteras, gracias a la capacidad de conexión en red que nos hacen cohabitar juntos, explotar en un mismo instante sin tener necesidad de aplazar el viaje. El mundo es inmediato en esta virtualidad. La ubicuidad, tan cara a los antiguos, está ahora al alcance de las manos. Concentramos los imaginarios de otros que habitan lejos de nuestra piel, de nuestros limitados cinco sentidos. Hemos construido una nueva forma sensorial: la existencia del otro en red, la telepresencia cinética. ¿Se habrá superado la ausencia de la otredad a través de su pantallización en el escaparate catódico? Si esto es así, construimos el ideal poético de presencia en la ausencia, fundación de una realidad a pesar de su lejanía; tendemos puentes al sueño metafísico de estar en todas partes y en ninguna.
Prolongados, deslizándonos como nautas ciber, nuestra sensibilidad actual se caracteriza por ser acumulativa de saberes. Múltiples e híbridos, nos hemos convertido en un gran Leviatán masificado, global. He aquí nuestros logros. "¿Qué enorme animal estamos construyendo? ¿Nosotros mismos?", se pregunta Michel Serres. Vamos hacia un monstruo con emocionalidad en red; un animal el cual ha descubierto que su localidad no está sola, que existen otras en una telaraña que la oprime. Lo global localizado, lo local globalizado. El paseante, prisionero en estas redes, se ha dado cuenta que habita en un universo diverso, disperso pero almacenado en una pantalla a la que puede asistir como ciber-turista, ciber-viajero, sin desplazarse de su casa, pues todo le llega sin que sea necesario partir (Virilio), logrando la idea tan promocionada por los estoicos: ser ciudadano del mundo, así sea un simulacro.
De este modo, tenemos la sensación de existir colectivamente. "Algún día, nos hablaba Saint Pol Roux, la ciencia eliminará el viaje al hacer llegar hasta nosotros el país que queríamos visitar. Es el país el que nos visitará...". Teleglobalizados, sentimos la muchedumbre pero tenemos la sensación de que nuestra soledad y el vacío siguen intactos. Las redes informáticas ponen la soledad en línea, la masifican. Sin embargo, seguimos sintiendo desde nuestro sillón o en la cama de cibernautas, el aislamiento. ¿Conexión o comunicación? De allí que la desrealizacion del espacio local, lleve a una masiva esquizofrenia por la pérdida de identidad. Multiculturales, sin centro, extraviados, buscando un sitio que nos legitime y dé seguridad, vamos hacia una posible esquizofrenia colectiva en red, donde la necesidad de establecer contacto con lo "real-real" se volverá cada día más imposible pero deseable. Los nautas del futuro, - nuestros nietos- serán víctimas de los espejismos de las tecnologías blandas, y querrán, tal vez con nostalgia de sus abuelos, sentir la presencia de lo grávido, la pesadez de los cuerpos que caen y tocan la abismal existencia.
Fuera de mí y fuera de ahí, por el ciberespacio, no tengo necesidad de cuerpo. A la materia, que hasta hace poco era considerada masa y energía, se le ha agregado la noción de información. Somos ahora ENERGÍA EN INFORMACIÓN. El cuerpo lentamente deja de latir pesado, terrestre, y llega convertido en imágenes pixel, en información que se enreda, transfigurándose en audio y video. Entonces el tacto y el contacto son posibles sólo a través de esta "energía informática" que sintetiza de una vez por todas el espacio-tiempo gracias a la velocidad. Ya estamos conduciendo un cuerpo portátil ciber, cuya velocidad nos vuelve instantáneos. Vencemos la distancia por la velocidad de información; derrotamos las fronteras reales por medio del vuelo virtual. Para el mañana no habrá quizá límite geográfico sin superar; construiremos una cibergeografía cuya tele-exploración se hace desde ya sorprendentemente posible.
El hombre telemático, con las prótesis electrónicas, está superando su localidad provinciana. Así, deslocalizándose, desterritorializándose, sus prótesis apabullan lo no natural y natural, lo socializado. Pero, y esto tal vez sea un consuelo, no hay prótesis, técnica ni mediática, que tenga y lleve en sí "el placer de ser hombre" (Baudrillard, Jean. 1995,60). Cinemáticos, estamos transformando todo paradigma de sensibilidad. La mirada, por ejemplo, ha cambiado. De mirar lo "real-real" nuestros ojos se acostumbran cada día más a situarse en pantallas. Ya no hay mirada, hay pantallas. Imágenes-prótesis, no imágenes-orgánicas. Artificio de lo real, nudos de imágenes fluidas a través de la energía-velocidad; mirada electrónica en red, más rápida, más global, y, por ello, ¿menos humana?
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