Emma Goldman terminó enterrada en Chicago, en el mismo cementerio donde estarían los mártires de la masacre de Haymarket de 1887. Pero sería trasladada ahí después de que muriera en Canadá, puesto que ya cadáver el gobierno de los Estados Unidos no la consideró peligrosa y permitió su entierro en aquella ciudad. Después de que volvió a Rusia, nunca pudo regresar a los Estados Unidos. Y cuando la situación se agravó en Europa, con el ascenso de los nazis al poder en 1933 y todo eso, las leyes de migración se tornaron más duras y selectivas, por lo que para ella se hizo casi imposible recuperar su antiguo espacio en la sociedad norteamericana, que nunca la entendió.
Era lógico, la obra de Emma Goldman está hecha con los ideales y el romanticismo del siglo XIX, el siglo burgués por excelencia, pero también posee algunos ingredientes del nuevo siglo, sobre todo su sentido práctico y su fría articulación con la realidad. Sin ellos, las dos guerras mundiales no hubieran sido posibles. Cuando combatía la conscripción en la primera guerra mundial, Emma Goldman lo hacía como mujer que sabía solidarizarse con aquellas a quienes la guerra les podía arrebatar sus hijos, sus hermanos, sus padres y sus compañeros. Pero también lo hacía como persona y humanista consciente del tremendo monstruo que la industrialización capitalista, arrogante, indiscriminada e irresponsable había traído al mundo.
Las transformaciones que se suscitaron durante los primeros cuarenta años del siglo XX, no le pasaron desapercibidas a Emma Goldman. Porque fueron cambios y alteraciones en su visión del mundo, una que ella había recibido de un siglo XIX ruso y norteamericano repleto de contrastes y paradojas. Felizmente, la paradoja es el caldo de cultivo del pensamiento anarquista, y es ella la que permite construir análisis de la sociedad sustentados en éxitos y fracasos, avances y retrocesos, sueños y pesadillas. En el trabajo intelectual de Emma Goldman ésto se nota con gran claridad, y casi podríamos decir que hizo del fracaso su más notable propósito.
Pero se atrevió a decir cosas que nadie en otros momentos había tenido el coraje ni siquiera de mencionar. Al hacerlo les devolvió a las mujeres, a los trabajadores, a los discriminados de toda clase, un poco del orgullo que la excesiva racionalización capitalista les había arrebatado, en nombre de una supuesta eficiencia productiva. Este tipo de darwinismo social no desapareció con Emma Goldman, pero ella contribuyó notablemente a llamar nuestra atención en el sentido de que los mecanismos del poder siguen actuando aunque los sujetos del mismo hayan desaparecido.
Con Emma Goldman las mujeres occidentales sobre todo, recibieron una inyección de orgullo y claridad de propósitos. Sus críticas a cierto tipo de feminismo que predica que el único varón bueno es el varón castrado, tienen un eco valioso en el presente, pues ese estilo de enfoques sigue con nosotros. No obstante, apegados a la tradición anarquista de fomentar y proteger la más absoluta tolerancia y libertad en las palabras y las acciones, los esquemas de pensamiento del más radical de los feminismos siempre tendrá algo que decir, cuando se trata de rebelarse contra cualquier expresión autoritaria e irrespetuosa de las libertades individuales. En esa dirección, Emma Goldman dijo, escribió e hizo mucho.
Hoy día, los desafíos de la sociedad capitalista superdesarrollada pudieran haber dejado atrás algunas de las inquietudes que tuviera en su tiempo Emma Goldman. Pero, con sinceridad, dudamos que se haya avanzado mucho en la conquista de los derechos de los homosexuales, en la igualdad plena de las mujeres en el trabajo, en la libertad de palabra y de reunión. A este respecto, la sociedad burguesa contemporánea sigue tan retrógrada como lo era a principios de este siglo.
No olvidemos, por otro lado, que la jornada laboral de ocho horas, los derechos sindicales y de prensa, jamás fueron concesiones gratuitas y graciosas de los grupos sociales dominantes. El costo que tuvieron que pagar los trabajadores de todo el mundo, se nos ha vuelto invisible hoy, cuando pareciera que al evaporarse los sueños que nos legó el siglo XIX, sólo nos quedan sus pesadillas. Por eso, recuperar a pensadoras como Emma Goldman, es requisito hoy, para que la sensibilidad y la capacidad de soñar no se nos vaya de las manos con la globalización, que entre otras cosas, aspira a que el individuo, por el que tanto luchó una mujer como ella, termine percibido únicamente como una máquina de consumo.
Es curioso, pero en un libro nuestro publicado en 199858, se dicen cosas muy comunes y conocidas por la mayor parte de la gente sobre la globalización, pero pareciera que se oyen distinto cuando se dicen con el corazón. Eso lo aprendimos de hombres y mujeres como Emma Goldman. Hablar con el corazón sólo se hace difícil si se está atascado dentro de la propia piel. El individualismo, por el contrario, que predica el anarquismo de una mujer como Emma, busca devolverle a la persona el control sobre su propia vida, ya que, según nos dice Foucault otra vez, ya no sabemos quién se hizo cargo de los hilos de nuestra propia existencia59. Tal recuperación, tal rescate es una tarea perentoria, sin la cual la civilización carece de propósito. Devolverle el sentido a nuestra individualidad es una empresa que Emma apenas vislumbró, pero sobre la cual al menos nos llamó la atención. Con ella empezamos a ver, como diría Foucault de nuevo.