2 - Emma Goldman y el estado soviético

Monografía creado por Rodrigo Quesada Monge. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero17/goldman.html
31 de Agosto de 2006

Empecemos por aclarar un par de cosas:

  1. El anarquismo, antes que una constelación de propuestas sobre la política y la sociedad, es una forma de vida, en la que privan sobre todo la defensa más intransigente de la libertad individual, y una combatividad feroz contra cualquier manifestación de autoritarismo e intolerancia2.

  2. El marxismo, junto a una propuesta política y social, es también una forma de vida, la cual reposa, en su versión leninista y soviética, sobre una idea del estado como el instrumento infalible para construir la felicidad de hombres y mujeres, en una sociedad donde la lucha de clases haya desaparecido3. Con estos dos postulados en mente, será un poco más fácil construir esta sección del ensayo, puesto que no es posible comprender las críticas que hará Emma Goldman al estado soviético, si antes no tenemos una idea general del enfrentamiento teórico y práctico entre anarquistas y marxistas, que permea a toda la revolución rusa.

El debate entre anarquistas y marxistas se remonta a la fundación de la Primera Internacional de los trabajadores (1864-1876). No olvidemos que el perfil ideológico y político del anarquismo se lo debemos en gran parte, a los revolucionarios franceses de la segunda parte del siglo XVIII, y en particular, a los más brillantes y osados de la segunda parte del siglo siguiente4.

Reducir el enfrentamiento a los vicios personalistas de Karl Marx (1818-1883) y de Mikhail Bakunin (1814-1876), es limitar demasiado el verdadero impacto de las distintas maneras de ver el mundo que ambos tenían, sobre la estructura institucional de la primera organización internacional de los trabajadores. Para Marx, quien no dejó escrito nada sistemático sobre el partido o la política, puesto que sobre tales aspectos sólo tenemos fragmentos suyos, algunos panfletos y sobre todo cartas, el establecimiento de la sociedad socialista significaba la destrucción de la maquinaria estatal burguesa para que pudiera ser sustituida por una de naturaleza obrera5. En fin, como decía Bakhunin, para los marxistas era imposible alcanzar la idea de deshacerse del estado, en cualquier de sus expresiones o texturas6. Ese, junto a los aspectos organizativos y culturales, serían los puntos nodales de la controversia entre anarquistas y marxistas, que se prolonga hasta la actualidad. Sin embargo, hay uno en el que ambos dijeron muy poco, o dejaron mucho por decir: nos referimos al papel de la mujer en una sociedad sin estado. Puesto que Marx, con frecuencia, habló de que habría un momento en el que las clases sociales y el estado, simplemente se evaporarían7, dejando con ello abierto el camino hacia una sociedad donde las diferencias de cualquier índole desaparecerían8.

Para Bakhunin por otra parte, el asunto no era tan simple, puesto que la abolición del estado y de los conflictos sociales, implicaba antes que nada una transformación en la conciencia de los hombres y de las mujeres, respecto a los temas fundamentales sobre los cuales se levantaba la civilización occidental, tales como la libertad de las emociones, el nuevo papel de la mujer, el problema de los tabúes sexuales, la construcción de las inhibiciones, especialmente atendidas por las religiones, y finalmente la presencia del estado como mecanismo represivo y desarticulador de la libre expresión de la individualidad de las personas9.

Resulta que el desacuerdo entre marxistas y anarquistas iría a estar vigente hasta nuestros días. Marx creía en la necesidad de un partido comunista como eje integrador de las necesidades de la clase obrera, para que con la toma del poder se encargara del desmantelamiento del aparato de estado burgués, según le había enseñado la particular experiencia de la Comuna de París en 187110.

Bakhunin, como la mayoría de los anarquistas, creía en la espontaneidad de las masas, en su poder e imaginación revolucionarias, en tanto que dispositivos suficientes y necesarios para provocar una situación de cambio violenta y radical. En realidad, los grandes enfrentamientos entre los anarquistas de inspiración "bakuninista" y los marxistas, al interior de la Primera Internacional de los Trabajadores, no fueron entonces motivados por los posibles problemas de personalidad que pudieran haberse presentado entre Marx y Bakhunin, sino en esencia, por una concepción de la revolución irreconciliable con respecto a la otra11. Con la fundación de la Segunda Internacional de los Trabajadores (1889-1914), en la cual Frederich Engels (1820-1895) se convertiría en el principal publicista, no siempre muy acertado, de las ideas de Marx, los anarquistas terminarían relegados a un segundo plano, y el pensamiento del último se impondría de una vez por todas, como el mejor elaborado y edificado para darle cauce a las ideas de los trabajadores en su lucha contra los patronos12. Algunos escritores sostienen hoy que en realidad el pensamiento de Bakhunin es la síntesis de las ideas políticas de Proudhon (1809-1865) y de las económicas de Marx13.

La Primera Guerra Mundial (1914-1918), sin embargo, sería un serio mentís a este aserto, puesto que los mismos trabajadores se dividirían unos contra otros, ante la incertidumbre que el problema nacional les había arrojado a la cara con la guerra14. La Revolución Rusa brindó una nueva esperanza y una motivación especial para los anarquistas que seguían creyendo en los proyectos revolucionarios de naturaleza espontánea y radical. Algo así le sucedió al principio a Emma Goldman (1869-1940).

Desde que la noche de la masacre de los huelguistas de Chicago en 1887, la hizo ver con claridad donde estarían sus ideales políticos y sociales para el resto de su vida, algo que de forma casi idéntica le sucedería a Voltairine de Cleyre (1866-1912), Emma Goldman se convirtió en la pensadora para la cual las causas humanísticas siempre tendrían la prioridad15. Como la anarquista norteamericana también, para la emigrada rusa la causa del pueblo cubano en 1898 por ejemplo, era motivo de la mayor movilización imaginable16. Desplegando una energía asombrosa Goldman recorrió varias ciudades de los Estados Unidos, para denunciar la política imperialista del gobierno de este país con relación a la guerra que tenía lugar en la isla del Caribe; y para recoger fondos que les permitieran a los luchadores cubanos continuar hasta el final por la causa de su independencia17.

De la misma forma haría con el asunto de la revolución rusa. Antes de volver a su patria, donde estuvo entre los años 1920 y 1921, la causa de los bolcheviques había logrado aglutinar un importante apoyo entre los circulos políticos, sociales e intelectuales de la izquierda radical emigrada norteamericana18. Y en militantes del calibre de Goldman, a pesar de la enorme repugnancia que les producían los desplantes estatistas inspirados en el marxismo de los bolcheviques, la revolución rusa había encontrado a fieros y responsables defensores de la causa del proletariado19.

Para Goldman, Lenin (1870-1924) y Trotsky (1877-1940), eran solamente dos políticos obsesionados con el control de la maquinaria del estado, y la revolución rusa no era necesariamente la revolución bolchevique. Esta diferenciación, que a simple vista suena como muy convencional y oportunista, era fundamental para entender las eventuales críticas que la anarquista rusa le haría a los procesos que estaban sucediéndose en su país desde julio de 191720.

Entre 1905 y 1917, los cambios sociales y políticos que se acumulaban en la vida cotidiana de los rusos, habían sido motivo de estudio concienzudo por parte de los anarquistas propios y extranjeros. Sin embargo, los acontecimientos que se precipitarían entre julio y octubre de 1917, convertirían a los anarquistas en muchas ocasiones, en observadores críticos y distantes de algo que realmente no compartían en su totalidad.

El proyecto revolucionario que pensaban construir los bolcheviques estaba sustentado en una rara fórmula, en la cual los ingredientes tomados del marxismo, de incuestionable procedencia occidental y judeo-cristiana, hacían un explosivo collage con el inveterado despotismo oriental, de una cultura heredera de las más duras tradiciones bizantinas. Para los rusos el enfoque mesiánico de los cambios que tenían que operarse en su sociedad estaba indisolublemente atado a la invocatoria infalible de un líder iluminado, que los rescataría de las garras de los explotadores y opresores, mal enquistados en la venerable tradición zarista, la cual se remontaba a unos trescientos años, y que durante el mismo período de tiempo, había recibido las bendiciones y buenaventuranza del cristianismo ortodoxo21.

De tal manera que entre 1880 y 1920, los pensamientos liberal, populista y anarquista rusos se encontraron con que sus sólidas raíces europeo-occidentales, no tenían un terreno bien abonado para que sus utopías y sus vigilias oníricas se expresaran en el ideario que autores como Chernichevsky, Tolstoi (1828-1910), o Dostoievsky (1821-1881), ya habían vislumbrado como necesario en Rusia, para que se acercamiento a Occidente tuviera sentido22.

La llegada de los bolcheviques al poder es perfectamente armoniosa con esa tradición, absolutamente rusa e irrepetible en ninguna otra parte, pero al mismo tiempo la contradice en sus esencias de mayor especie occidental. Es esta paradoja, la que una autora como Goldman trata de dilucidarnos cuando nos establece la diferencia entre revolución rusa y revolución bolchevique. De gran poder explicativo, la misma le sirvió mucho también a un historiador de la eminencia de Edward Hallett Carr, para construir su obra monumental sobre la Rusia soviética23. En ella, como en los trabajos de Goldman, hay una gran preocupación por rescatar los cambios que se operaron en la cotidianidad de los rusos con el proceso revolucionario, que a simple vista pareciera haber sido catastrófico, pero que en realidad dejó muchas cosas viejas intactas24. Emma Goldman apuntaba con gran sabiduría que la historia la construyen los hombres y mujeres con sus luchas cotidianas, sus frustraciones, sus pasiones y sus esperanzas más recónditas, y no los historiadores con sus vicios, prejuicios y distorsiones, propios de una disciplina humanística sujeta al riesgo de que la realidad siempre le resulte más rica que todo su aparataje pseudocientífico25.

Pues bien, eso fue precisamente lo que ella regresó a buscar a Rusia: la frescura de la utopía, aceitada con la fuerza de la esperanza de una cotidianidad construida con el dolor y el sufrimiento. Ya ella había probado, como diría su amiga Voltairine de Cleyre, que estaba construida con la madera de los luchadores tenaces y testarudos26. Pero el choque que se llevó la dejaría marcada por el resto de su vida. La utopía bolchevique era simplemente una farsa burocrática.

Con una sorprendente visión y un agudo sentido de la realidad política, la mujer ya se había acercado a la verdadera naturaleza del estado soviético. Antes que Trotsky, se atrevería a denunciar la textura burocrática, represiva e intolerante de las principales instituciones soviéticas. Es más, algunos de sus vaticinios hoy se han cumplido a cabalidad. Por eso la relectura de Goldman se impone como un requisito para una mejor y más rica comprensión de lo que hoy está sucediendo en la vieja Unión Soviética. Pero donde es más aleccionadora su enorme potencia visionaria, es precisamente en el asunto del papel jugado por las mujeres en la construcción de este tipo de sueños. Sus enseñanzas a ese respecto siguen teniendo una vigencia iluminadora.

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