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El anarquismo de Emma Goldman (1869-1940) y los límites de la Utopía - Emma Goldman y los totalitarismos

Monografía creado por Rodrigo Quesada Monge. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero17/goldman.html
31 de Agosto de 2006
HistoriaHistoria de la literatura

5 - Emma Goldman y los totalitarismos

El anti-autoritarismo de Emma Goldman es antes que nada un internacionalismo. Eso significa que la causa por la libertad, donde quiera que ésta estuviera sujeta a represión, iría a estar por encima de cualquier otra consideración de orden teórico o político.

A todo lo largo de su vida, Emma Goldman entró y salió de varias prisiones, no sólo en los Estados Unidos, sino también en otras partes de Europa y Canadá. Sorprendente que fuera víctima de un trato así, porque los motivos recurrentes de sus encarcelamientos eran algo que hoy podría pasar por ridículo en algunos países. En otros, Emma seguiría encontrándose a gusto como luchadora. Su valiente defensa de los derechos de las minorías, como los homosexuales, a quienes ella llamaba "el sexo intermedio", le ocasionaron serios problemas con las autoridades y el moralismo rancio y acartonado de sociedades como la británica49.

Hubo años en que Emma Goldman, como decíamos atrás, llegó a impartir hasta 150 conferencias en cuestión de meses, a más de 50, 000 personas, en 27 ciudades de 25 estados distintos de la unión americana, pero siempre encontró oposición, el abucheo irrespetuoso de algunas bandas de saboteadores que se mezclaban con los asistentes para estropear sus conferencias, el cierre y la denegación de los permisos para utilizar las salas y salones concedidos a otro tipo de conferencistas, y finalmente hasta el asalto de la policía, al extremo que había que sacarla en hombros de guardaespaldas, para impedir que fuera agredida.

Las multas, las fianzas, y la perenne tirantez con las autoridades de migración del Gobierno de los Estados Unidos, que insistía en considerarla una "ciudadana extranjera indeseable", marcaron la vida de Emma Goldman hasta en sus más mínimos detalles. Si hay alguien que hubiera desarrollado un buen criterio sobre las prisiones en aquel país fue precisamente esta mujer, que se atrevió en varias ocasiones a disertar sobre el derecho al aborto, a las distintas formas de contracepción, y sobre el derecho al placer sexual que tienen las mujeres, en una sociedad que consideraba imposible que una dama hablara sobre este tipo de asuntos, difílmente aceptables aún entre varones. El destino de las mujeres estaba sellado por su capacidad de reproducción, lo que impedía que el sexo fuera para ellas otra cosa más que traer hijos al mundo.

Pero algunos consideraban que tales materias eran controversiales en la sociedad norteamericana, donde una burguesía fuerte y vigorosa se daba el lujo de decirle a la gente lo que debía pensar, sentir y hacer con su vida privada y pública. El puritanismo y la moralidad de campanario le pertenecían al capitalismo y resultaba inimaginable que el mismo tipo de mojigatería se diera en la sociedad socialista que se trataba de construir en la Unión Soviética.

Esta es una de las cuestiones que más problemas le produjo a Emma Goldman. Todo anarquista consciente y riguroso con su forma de pensar, desde figuras venerables como William Godwin (1756-1836) y su compañera Mary Wollstonecraft, ha partido de la base de que la autoridad y el autoritarismo son los responsables de tantos males en la sociedad contemporánea50. En la sociedad capitalista el poder y la riqueza configuran una alianza perjudicial para el desposeído. Pero en la sociedad socialista, supuestamente diseñada para servir al último, el autoritarismo tiene mayor arraigo puesto que se basa en el mito de que si el proyecto de clase está al servicio del pobre, es irracional que éste critique lo que ha sido concebido para atenderlo y protegerlo.

Las sociedades totalitarias, en las que el autoritarismo es la forma más visible de la intolerancia, tienen el problema de que construyen una mitología sobre su perfección y eficiencia absolutas, pero sus ideólogos son los que menos creen en esa clase de mitos. Cuando Lenin, Trotsky, Stalin (1879-1935) y el resto de los bolcheviques se decidieron a darles un nuevo proyecto de utopía a los trabajadores de la vieja Rusia, creyeron y cultivaron el mismo hasta el momento en que los obreros y campesinos se volvieron demasiado exigentes y terminaron cuestionando la legitimidad, no sólo ideológica, sino también política y social de tal proyecto.

Esa clase de asuntos le encantaban a Emma Goldman, pues ella creía que la polémica con los bolcheviques sólo tenía sentido si los resultados beneficiaban a la larga a todos los trabajadores rusos y no sólo a aquellos ligados con la burocracia del partido. El ataque contra los anarquistas, y las muestras de independencia intelectual y política de algunas mujeres vinculadas muy estrechamente con el proceso revolucionario, tales como Angelica Balabanov, Alejandra Kollontai (1872-1952) o Nadezhda K. (1869-1939), la compañera de Lenin, estorbaron de forma notable la labor política e intelectual de hombres como Trotsky o Stalin, debido a su independencia de criterio y a su imaginación analítica.

En su peregrinar por Europa, luego de que tuviera serios problemas con las autoridades bolcheviques en Rusia, Emma Goldman tuvo que enfrentar también el sarcasmo y las críticas feroces de los sindicatos y de los partidos de izquierda británicos, alemanes y franceses, que veían en el proceso revolucionario ruso una esperanza para la clase trabajadora toda51.

En el fondo de toda esta cuestión hay un aspecto que debe ser debidamente enfatizado, y es que Emma Goldman nunca dejó de creer en las posibilidades y objetivos reales de la revolución rusa, a pesar de su actitud crítica y distante. Como toda buena revolucionaria creyó en las motivaciones iniciales de dicho proceso, pero su actitud se volvió prudente y cautelosa una vez que, después de 1921, los bolcheviques empezaron a mostrar su intransigencia con las críticas y las constantes demandas por el envío a prisión de sus oponentes52. En definitiva, un hombre como Trotsky, tan decidido a destruir el viejo y bien consolidado movimiento anarquista ruso, enfrentaría a la larga las consecuencias de sus propias estrategias de lucha, al caer en manos de uno de los peores tiranos de que tenga memoria la historia política occidental.

Emma Goldman, desde lo más profundo de su fe en la libertad individual, ya veía, de forma bastante temprana, los pasos de gigante que el burocratismo bolchevique estaba dando desde 1922. Pero las críticas de ella no se dirigían solamente al peligro que el progresivo estatismo representaba en Rusia, sino también a lo que estaba sucediendo en Italia y Alemania. Sus nociones del individualismo libertario reposaban en gran medida en la inspirada obra de autores norteamericanos como Thoreau (1817-1872), Emerson (1803-1882) y Whitman (1819-1892), por lo que el centralismo autoritario le resultaba a todas luces insoportable, no tanto por la violencia con la que estaba cambiando la situación en Rusia, después de tantas esperanzas puestas en la revolución, sino porque, también el proceso que tenía lugar en Italia y Alemania, indicaba claramente hacia donde se dirigía la civilización occidental53.

Nunca se detuvo a hacer distinciones entre autoritarismo y totalitarismo, como nos indicaba Joyce Antler, porque habría que esperar hasta después de la segunda guerra mundial (1939-1945) para que la brutalidad de estas expresiones políticas se manifestara en toda su amplitud, pero ya tuvo intuiciones brillantes cuando en su polémica con Trotsky inevitablemente tuvo que rozar el problema del futuro del individuo en Occidente54.

La guerra civil española (1936-1939), sobre la cual Emma escribió con mucho sentido de la responsabilidad, a pesar de los serios problemas que tenía con el idioma, le permitió darse cuenta de los límites reales de la utopía anarquista, aunque con frecuencia, encontramos en algunos de sus escritos un acercamiento discreto y precavido a la idea de utopía en general55. Pero el asunto es que, la guerra civil española la puso frente a frente con el problema de la relación entre individualismo y corporativismo en un posible proyecto de sociedad basado en los ideales del anarquismo. El tema ha sido motivo de enconadas discusiones y debates en el mundo intelectual libertario hasta el presente. Incluso teóricos del calibre de Castioriadis (1922-1997) jamás se atrevieron a intentar darle una respuesta definitiva a un problema que, si somos rigurosos56, se remonta a los escritos originales de Proudhon con el afán de sistematizar la herencia anarquista de la revolución francesa57.

En el totalitarismo entonces, Emma veía algo más que un conjunto de expresiones mal articuladas de distintos autoritarismos, visión que no llegó a completar en su análisis de la revolución rusa. Pero la participación de los anarquistas en la guerra civil española, la hizo pensar en las posibilidades del individuo y de la organización con fines eminentemente de ayuda mutua. Sin el apoyo de las brigadas internacionales el autoritarismo franquista en España se hubiera instalado en el poder mucho antes de lo que tenía previsto la historia. Esto lo comprendió muy bien Emma y desde sus reflexiones tempraneras sobre el burocratismo excesivo de la revolución rusa, ya preveía el daño que puede causar a la libertad individual una maquinaria burocrática especialmente diseñada para estrujar cualquier expresión de iniciativa personal que trate de sacudirse los controles de la misma. Con posterioridad hombres como Trotksy, que por una triste ironía moriría asesinado por un agente estalinista en México el mismo año que Emma, le darían a ésta, sin reconocérsela, la razón de su análisis sobre el estrecho contacto entre autoritarismo y totalitarismo para entender el desarrollo del pensamiento político occidental. Sin embargo, a pesar de sus cálidas intuiciones teóricas, Emma fue antes que nada, un gran testimonio sobre lo que la práctica le tiene reservado a los intelectuales y activistas de pefil libertario. Más todavía cuando se trata de mujeres. En este caso, Emma hizo lo que muchos anarquistas varones no hubieran podido: correrles el velo a las mujeres de su ceguera sobre el papel que debían jugar en la sociedad, y sobre todo, hacerles ver que en un régimen autoritario ellas son doblemente oprimidas. Por eso, sostenía, la mujer tiene una propensión natural hacia el anarquismo.

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