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Cristina Peri Rossi se preocupa por la vida trivial de las personas bajo sistemas sociales rígidos, como son el capitalismo y el nacionalismo, en primer término. El capitalismo extendió su poder y se convirtió en una manera universal de vivir en nuestro tiempo, controlando el deseo individual en aras de la eficacia del sistema. Peri Rossi considera ese fenómeno como la contemporaneidad de nuestros días y observa minuciosamente el poder del capitalismo en la vida diaria. En bien del sistema, la pasión y el deseo humanos se deben controlar porque no contribuyen para la productividad del capitalismo. La escritora dice que al cuerpo humano, como espacio de la pura vida, dolor y placer, se le trata muy opacamente en el primer mundo.3
En el cuento “El juicio final”,(3) un hombre vive oprimido, sumisamente y nunca falta a sus deberes. No puede aguantar siquiera los errores en el pronóstico del tiempo:
Él aborrecía las incertidumbres, el desconcierto, las vacilaciones […] ¿Acaso él no pagaba regularmente sus impuestos? ¿Acaso no iba todos los días a su empleo, con puntualidad y sin ausentarse jamás? (PP: 110)
La narración sobre su puntualidad parece vacía. Casualmente, él ve la escena del juicio final y confiesa sus pecados cometidos durante 50 años de vida. ¿A quién y por qué confiesa sus pecados? Él estuvo siempre obsesionado por el “deber-ser” y el “no deber-ser” impuesto por el estándar exterior que lo controlaba. La vida en el sistema regula demasiado sus deseos, pero a la vez le imprime un sentimiento de culpabilidad al que vive fiel a los deberes y a las reglas. Según Guattari, el verdadero caos y la verdadera irracionalidad no son la expresión del deseo sino el orden neurótico que empuja al modelo dominante.4
En el paralelo del cegador capitalismo, el nacionalismo se critica como la estrategia del fascismo y del patrotismo. La bandera, símbolo del nacionalismo, está criticada en dos cuentos, “Banderas” (MEI: 88) y “El patriotismo” (PP: 73). Cabe recordar que, históricamente, el fascismo la usaba para atraer a la gente en sus manifestaciones públicas. En el primer cuento, cierta nación hace una ceremonia para entregar la bandera a la familia de las víctimas de una manera muy solemne. Con ese proceso, la bandera se convierte en el signo más importante de la nación y, gracias a este proceso, nacen dos categorías entre la población: el donador de la bandera y el receptor de la bandera. Pero nadie se da cuenta de la reflexión que hace el narrador de que la bandera es solamente un trozo de tela. En “El patriotismo” existe una división mínima entre dos banderas:
Bandirrojos y Bandinegros son irreconciliables, enemigos acérrimos, aunque, bien mirado, es muy difícil explicar las diferencias que existen entre ellos. (PP: 75)
La división entre ambas y sus diferencias existen para los que ganan ventaja de la oposición y mantienen el sistema nacional. Los dos cuentos muestran el proceso por el cual un pedazo de tela como bandera adquiere significado en la vida diaria de una nación, y eso se ridiculiza como la estrategia y la prohibición insignificante del sistema nacional.
Por otra parte, en las grandes ciudades, los deseos chocan y coinciden a la vez y la escritora lo observa con atención. La ciudad, formándose como falso centro, ofrece el mismo deseo a los residentes y aliena a los que no lo respetan. Al mismo tiempo, se muestran los graves problemas de las ciudades grandes: catástrofe ambiental, misiles nucleares, alienación y prejuicios racistas. El escenario de “El ángel caído”(PP: 5) es una ciudad futura, llena de catástrofes ambientales y nucleares. En ella domina la falta de atención y el prejuicio contra los extranjeros. Al principio, la gente ensimismada no reconoce al ángel caído. Un poco después, le formulan preguntas sobre cuestiones impertinentes, muestra de su pensamiento estrecho, tales como:
¿Qué idioma hablaban los ángeles? […] ¿De qué raza es? […] era más bien azul, y sobre este color no existían prejuicios, todavía, aunque comenzaban a formarse con extraordinaria rapidez. (PP: 9)
La única mujer que trató de ser amiga del ángel fue detenida por los militares, porque paseaba por la ciudad a pesar de una alarma que anunciaba el simulacro del bombardeo. Y el ángel, callado como en actitud de rebelión contra la gente vulgar, sólo habla para decir que nadie se preocuparía por la mujer detenida.
En “Los aledaños”(CA: 105) se muestra una ciudad exclusiva que hace que la gente se desespere con la ilusión del centro. Pero si existiera el centro del mundo, paradójicamente todos los lugares serían aledaños excepto el centro. Un hombre va buscando el centro del mundo guiado por una revelación en su sueño, y no soporta estar en las orillas; sólo en el centro. Primero, él se niega a sí mismo y a su amada como el centro porque eran pobres y humildes como para serlo. Cuando piensa que buscará el verdadero centro, se da cuenta de que ese centro es demasiado insolidario, egoísta y frívolo. Falla en la búsqueda del centro porque desde principio era falso el concepto del centro que inculcaba la metrópoli, centro del poder. Al final, el centro del mundo que llega después de una larga peregrinación le muestra su rol superficial e insignificante al protagonista. A propósito de este cuento, nos conviene revisar lo que la escritora dice de la vida moderna y su locura:
Estoy totalmente de acuerdo con Rimbaud: para escribir hay que ser completamente moderno. A mí me parece que el escritor tiene que dar una respuesta, tiene que expresar lo que es el ambiente de su momento. [...] Porque por lo menos en las civilizaciones rurales, en la cultura rural el hombre tiene una relación con el tiempo, con las estaciones, con la tierra, que en algún lugar lo comunica con lo trascendente. Pero en los espacios modernos lo que hay es la angustia. A mí por un lado me gusta vivir en una ciudad moderna, a pesar de que las padezco mucho, en el sentido de que me dan una visión de la civilización, de para dónde va esta locura.5
En otra interpretación, este cuento habla de la condición del ser de la gente moderna que se niega a sí misma y que vive angustiada comparándose continuamente con los demás. La vida citadina, consumista y superflua pone los valores fuera de la gente; unos se sienten frustrados por no llegar al “centro”, y otros se vanaglorian de creer que están en el “centro del mundo”.
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