



Desde estas señales e imágenes de la lógica cultural del capitalismo tardío (Jameson), se vislumbran nuevos caminos que el arte ha recorrido y espera recorrer: estética de la imagen visual, pastiches, artes híbridos, transversales; derrumbe de las fronteras discursivas y de los géneros artísticos, des-sublimación de la conciencia crítica moderna; disolución de los límites entre arte culto y arte de masas; "cultura de acompañamiento, más que de antagonismo al orden económico" (Anderson, 2000,89); pero también resquebrajamiento de los sistemas universales que buscaban el cosmos unificado y la "Bella Totalidad". Nunca antes se habían escuchado las voces de múltiples minorías hasta ahora silenciadas por los "discursos duros"; nunca antes la cultura había fragmentado tanto sus parámetros unitarios, resultando de ello una colección plural de voces, no tan contestatarias como sí controladas y organizadas por el mercado. La pérdida del sentido de "responsabilidad histórica", de "necesidad histórica" y de "actor social", tan caros a la Revolución Francesa y al Marxismo, impactó también en las concepciones de las obras de arte actual. Relajamiento frente al concepto de heroísmo histórico. Este relajamiento de la fenomenología de la esperanza, impulsó la fenomenología de la inmediatez, el cooperativismo con la institución y lo comercial. La transnacionalización transformó las clases sociales y globalizó a las burguesías nacionales. De modo que "aquella burguesía que conocían Baudelaire y Marx, Ibsen y Rimbaud, Grosz y Brecht, e incluso Sartre y O'hara, pertenece al pasado. En lugar de aquel sólido anfiteatro hay una pecera de formas fluctuantes y evanescentes: los arbitristas y ejecutivos, auditores y conserjes, administradores, funcionarios de un universo monetario que no conoce fijezas sociales ni identidades estables" (Anderson, 118).
Llegamos entonces a una "Disneyficación" de la cultura y de la política. La farandularización de todos los asuntos de la vida íntima de ricos y famosos, princesas, estrellas, políticos, hombres y mujeres de la calle, de chismes teleglobalizados hace que se vayan desapareciendo las antiguas confrontaciones conceptuales entre el arte y la cultura de masas, de modo que al entrar en estos escenarios, al arte se le disuelve su raíz y provocación vanguardista, su revuelta anticapitalista. Lo peor es que las pocas victorias logradas al establecimiento han sido absorbidas y oficializadas por la economía de mercado y de consumo. Los medios masivos diseñan sus productos con las experimentaciones estéticas que tanta lucha costó a los artistas para ser valoradas como importantes revoluciones en los paradigmas de la cultura occidental.8 Las nuevas tecnologías de posguerra ayudan a este desplazamiento crítico y sistemático de las vanguardias artísticas. La televisión transformó las comunicaciones de masas y con ella comenzó la verdadera revolución tecnológica posmoderna. Al decir de Perry Anderson, "antaño la modernidad estaba poseída, con júbilo o con alarma, por las imágenes de la maquinaria; ahora la posmodernidad es presa de una maquinaria de imágenes" (122). Máquinas más que de producción de reproducción de imágenes; máquinas volátiles, ingrávidas. La televisión y el ordenador encarnan la levedad de los discursos posmodernos, su trasmisión simultánea e inmediata, su velocidad y fluidez, la rápida fugacidad de imágenes esperadas por sus consumidores.
Las transformaciones sociales, económicas, tecnológicas, políticas en el seno de la idea moderna de emancipación y vanguardia han generado entre los activistas y artistas contestatarios la sensación y experiencia de la derrota. Arte neo-romántico y vanguardista derrotado; proclamación de nuevos conceptos estéticos en la sociedad globalizada y mundializada. Fin de los manifiestos y de las declaraciones artísticas, poéticas. Con su caída se derrumban las proclamas grupales y partidistas, las propuestas de ruptura y los discursos con pretensiones universalistas. Agotamiento de los ismos de innovación como se concibieron en las vanguardias; surgimiento de otros ismos frágiles, útiles para un arte decorativo, ornamental, etiquetado por la moda y la haute couture.
Sin embargo, ha de apreciarse que también existe una tendencia estética de procedimiento analítico que reconfigura o recontextualiza desde lo posmoderno crítico a la posmodernidad sintética relajada y consumista. De esta manera, podríamos lanzar la tesis de que existen dos o más posmodernidades: la que cuestiona, desde la filosofía y el arte, a los paradigmas modernos, a los fundamentos últimos de Occidente, a la razón unitaria y universalista, y la que ha sido producida, impulsada globalmente por la economía del mercado, construyendo un nuevo macrorrelato y fundamento último: el consumo. Así, el nuevo mapa se presenta con, por un lado, una posmodernidad crítica y estética; por otro, una posmodernización económica y de estetización . La primera de origen europea e iniciada también en algunos círculos intelectuales norteamericanos; la segunda de origen transnacional y postindustrial en los países del primer mundo con Estados Unidos a la cabeza. Esta tesis no pretende una dicotomía reduccionista entre una y otra posmodernidad, pues entre ellas existen, como en el caso del arte, una fuerte atracción e influencia.
El mercado del arte atraviesa- como ya vimos- todos los parámetros analíticos y críticos sobre el mismo, no sólo en la pintura, la poesía, la música, el vídeo y el cine, sino en sus otras manifestaciones. Arte y mercado; reflexión estética y mercado; revistas, proyectos académicos, difusión pedagógica y educativa se unen con la basuralización mediática y económica de la cultura. Los distintos saberes, junto al arte y la estética, ubicados en sus puertos de resistencia crítica, se igualan por gracia del mercado y la estandarización de la economía capitalista con los productos ideológicos de la relajación crítica y la estetización consumista de lo cotidiano. Por ejemplo, los primeros movimientos posmodernos en las artes visuales, tales como el Pop Art (lanzado hacia 1962) con Andy Warhol, Rauchenberg a la cabeza y el Minimalismo (lanzado hacia 1965-66), ofrecen el proceso de lo aquí anunciado: un apego apresurado a las normas del mercado, a los mass media, al poder, a lo comercial y a la cultura del espectáculo. Como producto de estas dialogías entre la estética y la estetización, surgió el arte de las instalaciones- hijas directas del Conceptualismo- y las performances. Los estilos y géneros únicos estaban en los años sesenta a punto de dar paso a las hibridaciones y mezclas en las estructuras artísticas. Moda, microelectrónica, turismo, publicidad, técnicas antiguas y tradicionales, nuevas definiciones y procesos multiculturales, industrias culturales que proponían y proponen otro régimen, se conjugaban sin poseer ese sentido de delito y culpabilidad que los discursos puristas habían procurado introducir en las estéticas con "nostalgia del Ser" y metafísicas.
Desde ese momento, el arte de elite y el arte de masas no denotan ya diferencias. Es el mercado quien las une y alimenta mundializando sus productos como mercancías. De allí que aceptemos la siguiente afirmación de Perry Anderson, al comentar a Peter Wollen, sobre el estado actual de lo estético: "el arte contemporáneo se ve arrastrado en dos direcciones: un deseo de 'revalorizar la tradición moderna, reincorporando alguno de sus elementos como conectivo a la nueva cultura visual posmoderna', frente a un impulso de 'arrojarse de cabeza al nuevo mundo seductor de la celebridad, la comercialidad y el sensacionalismo"(146).
Las industrias culturales producen estas diferencias contradictorias y dialogantes que encontramos en la transformación de la imagen artística en diseños domésticos, en la producción de lo bello como dispositivo decorativo y de espectáculo, en la absorción de todas las formas culturales en un solo sistema de mercado, en la utilización de las nuevas tecnologías tanto para proclamas críticas como para la basuralización mediática.
Lo cierto es que, mientras el nuevo metarrelato siga siendo el consumo, se acrecentará cada día más el radio de estos imaginarios y sensibilidades de la mundialización. Frente a estos nuevos estadios geoestéticos y geoculturales, afirmamos con Jameson que "nuestra tarea más urgente será denunciar incansablemente las formas económicas que por ahora han logrado reinar como instancia suprema e incontestada", y cuestionar las falsas utopías creadas por la estetización en los imaginarios colectivos sin horizonte histórico.
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