1 - Del bohío al mundo

Monografía creado por Carlos Fajardo Fajardo. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero17/global.html
04 de Septiembre de 2006
Mundialización cultural y globalización económica. Dos procesos que, al hacer una reflexión sobre el estado de la estética actual, deben tenerse en cuenta, sobre todo, para aclararlos y observar sus profundos impactos en las concepciones artísticas. De forma simultánea, hay que analizarlos unidos al movimiento de una posmodernidad activa y creciente, cada vez que su teoría sobre lo estético se ha visto comprometida, a medida que las transformaciones y rupturas se están presentando de manera vertiginosa.

¿Qué aspectos de fondo han sido sacudidos y mutados en el arte y la cultura por los gigantescos pasos de una globalización sin precedentes históricos? ¿Cuáles son los impactos de la mundialización de imaginarios culturales en las artes nacionales, locales y regionales? ¿Qué nuevas fisionomías va adquiriendo la teoría estética cuando algunas de sus categorías y estructuras son alteradas por las nuevas ondas de este espacio-tiempo contingente y caótico? Son arduas y necesarias averiguaciones.

Renato Ortiz, en sus libros Mundialización y Cultura (1997) y Otro territorio (1998) da buenas claves para aclarar algunos conceptos que, por lo regular, se siguen utilizando en la literatura social a pesar de las profundas transformaciones de la actualidad, o bien, se emplean mal y se confunden en su tratamiento. Tales son los casos de Globalización y Mundialización. Para este sociólogo brasilero, prosiguiendo los estudios sociales franceses, lo que se globaliza es el mercado junto a la tecnología y se mundializa la cultura. Esto es posible gracias a que actualmente existe sólo un sistema global: el capitalismo, pero múltiples culturas nacionales, locales y regionales. Económicamente el mundo gira y se controla desde un capitalismo transnacional; culturalmente la economía de mercado de los productos simbólicos y de sensibilidades, va generando un "imaginario colectivo internacional desterritorializado" (Ortiz, 1998,37) edificando lo que para este autor es la "modernidad-mundo" o momento de una sociedad mundializada en sus sistemas simbólicos y de sentidos. Estos son entonces los dos procesos globales: uno que se asume como estrategia económica y tecnológica para expandir sus macroempresas y corporaciones financieras, apropiándose por lo regular de los recursos de los países pobres, y el otro que proyecta una red de imaginarios, tanto individuales como colectivos, a través de industrias culturales, lo que bien ha llamado Néstor García Canclini "la Globalización Imaginada" (1999). Los dos procesos tratan de conectarse a las redes supranacionales para ampliar su radio de acción. Aquellos que no logran dicha conexión van desapareciendo lentamente. De allí la desigualdad en la competencia global entre quienes se impulsan a nivel planetario y los que les ha sido imposible realizar interconexiones en el mercado transnacional. Bienes materiales, mensajes culturales y artísticos viajan ambos en un tren virtual que recorre los cinco continentes, y aun cuando no los integre a todos -pues la homogeneización no se realiza de forma total- sí ubica los productos simbólicos en distintos escenarios simultáneamente.

Ambos procesos deben considerarse elementos unificadores a nivel mundial, pero no llegan a incluir "como un megaconjunto, todos los puntos del planeta. Esto significa admitir la existencia de límites estructurales -económicos, políticos y culturales- a la expansión de la modernidad-mundo" (Ortiz, 34). Dicho en otros términos, la globalización no es ni mucho menos la uniformidad de todos los sistemas; por el contrario, se nos presenta de forma ambigua y contradictoria ya que proyecta homogeneización y fragmentación; no sólo une sino que separa, multiplica las distancias y las diferencias entre las culturas e individuos; produce más desigualdades entre los pueblos ricos y los pueblos pobres. De esta manera, podemos afirmar que es un espejismo y un simulacro democrático el proyecto unificador de lo global. "El capitalismo desarrolla sus tendencias expansivas necesitando a la vez homogenizar y aprovechar la multiplicidad" (García Canclini, 1999, 51); con ello se garantiza la colocación de sus productos a nivel económico en lo nacional y local, como también de un imaginario colectivo en cada cultura, trabajando por expandir allí, en lo particular, la universalización de las mercancías. Cocacola y Sony, por ejemplo, son empresas que han logrado convertirse en un imaginario significativo para cada cultura pero también para la mayor parte del mundo. Son empresas globales y locales. La glocalización se gesta como un movimiento que aprovecha las diferencias y particularidades nacionales, regionales, locales para construir sus estrategias de mercado.

"En suma la globalización unifica e interconecta, pero también se estaciona de maneras diferentes en cada cultura" (García Canclini,181). Posee una onda integradora y de articulación empresarial, de sistemas financieros, de información y entretenimiento. Por ejemplo, Wall Street, el Bundsbank, Microsoft, Hollywood, CNN, MTV... son oligopolios con sus redes de consumidores transnacionales. Pero esta unificación de mercados materiales y simbólicos produce desigualdades y nuevas fronteras, segrega y dispersa, redistribuye no equitativamente los productos. Las migraciones, los mercados de trabajos informales, la lumpenización, las crisis de los sindicatos, los golpes a los derechos sociales, la escasez de trabajo, etc., son resultantes de la dispersión y disgregación global.1

Dichas disgregaciones se encuentran también en la mundialización de la cultura que se difunde gracias al marketing global, creando extensas redes simbólicas y económicas que organizan la cotidianidad. "Algunos comportamientos, en relación con el consumo y la manera de organización de la vida, son análogos en Tokio, París, Nueva York, San Pablo y Londres... el cine, los mass media, la publicidad, la televisión, confirman esa tendencia" (Ortiz,36-37). Estas características de una red extendida por las culturas nacionales con sus mensajes y símbolos, habría que observarlos mejor a la luz de una categoría como lo es la Desterritorialización de las sociedades, ya que buena parte de los actuales sistemas físicos, económicos e imaginarios se han fragmentado, produciendo expansión, transitoriedad, movilidad espacial y cultural. Así, podemos ahora hablar de "estratos desterritorializados", "referencias culturales desterritorializadas", fragmentación de las identidades nacionales (Ortiz, 37) o de arte desterritorializado, lo cual está más acorde con la figura cartográfica cultural del mundo contemporáneo. Ello significa que la mundialización atraviesa lo nacional y local, que ya no son entidades estáticas ni unidades autónomas, sino territorios de una gran movilidad y capacidad de transformación y desplazamiento de un imaginario cultural a otro. La desterritorialización aquí se une a las estrategias de desintegración cultural nacional y local, como también cumple el papel de homogenizador del mercado. Dispersión y unificación.

La mundialización se manifiesta, entonces, de distintas maneras según los lugares que atraviesa y desterritorializa. Cada lugar es descentrado por nuevos imaginarios y sensibilidades, impulsándose una deslocalización geocultural. Paradójico acontecimiento. Las contradicciones entre lo global y lo local se van disminuyendo, pues la desterritorialización va proyectando una cierta "identidad de coproducción internacional" aún con sus diferencias y sus semejanzas. Ciudadanías múltiples producidas por la movilidad de mercados y de culturas en lo nacional y transnacional. Esto ha favorecido el surgimiento de una "territorialidad desarraigada" que construye "ciudades globales-collage", "memoria internacional popular", dando a entender que el desarraigo, la no raíz cultural, es la expresión de nuestra época.

Sabemos que las nuevas morfologías estructurales en un mundo globalizado son las Redes e interconexiones de los procesos de producción, distribución, consumo de imaginarios y de productos simbólicos. Es este tejido el que está imperando y transformando las relaciones entre los hombres y las naciones, impactando en todas las formas cotidianas actuales. La Red se constituye en la cartografía global que integra pero también desterritorializa; que articula pero a la vez ignora a quien no se conecte a la multiplicación de flujos mundiales. La organización en red global nos está demostrando que ésta produce no igualdad de condiciones para todos, sino un desequilibrio de oportunidades y posibilidades de acceso entre los países ricos y los pobres, reproduciendo las diferencias socio-económicas, tecnológicas y culturales históricamente jerarquizadas. La multiplicidad de la oferta a través de nudos y redes, es una apariencia de democracia: todos poseen la libertad de fluir por las estructuras de las interconexiones, pero la democratización formal no significa democracia real y participativa. El flujo se opera, pero las distancias y diferencias se manifiestan en las formas de fluir y aprovechar las ganancias de las redes. Los distintos actores sociales y las naciones están estratificados y jerarquizados en la telaraña de lo global. Mientras unos son los creadores de los hilos, otros se enredan, ahogándose a veces económica y culturalmente en sus tentáculos. Los flujos, las redes y las aceleraciones de conexiones, no significa que se hayan creado espacios reales para la democracia y la equidad de oportunidades.

Es desde estos elementos de donde se debe asumir el concepto de "sistema-mundo", utilizado por varios teóricos, como forma descentrada y transformadora de las culturas nacionales fijas y autóctonas. Cambio de contextos. No quiere decir esto que el Estado Nación se disuelva, sino que otros modelos fluyen dentro de él, constituyéndose en imaginarios poderosos y mundiales, gracias al Macroproyecto del consumo, nueva forma de unidad, dependencia imaginaria y económica. Este nuevo Macroproyecto transnacional, proporciona la idea de unidad en la desterritorialización como memoria colectiva masiva que genera una ética y modo de conducta compartida por los que hacen parte de su imaginería. Caso ejemplar el de la juventud mundializada o la promoción de "estrellas de cine, ídolos de televisión (hoy proyectados mundialmente por la TV por cable y los satélites), marcas de productos... Se trata de referencias de vida. Los viajes de turismo, las visitas a Disney World, las vacaciones en el Caribe, la concurrencia a los shopping-centers, los paseos por las calles comerciales, forman parte de un mismo imaginario colectivo. Grupos de clases medias mundializadas pueden, así aproximarse, comunicarse entre sí. Comparten los mismos gustos, las mismas inclinaciones, circulan en un espacio de expectativas comunes" (Ortiz, 1998,63).

De este modo se crean espacios públicos transnacionales donde todo se conecta y se dispersa. Se unifican los gustos pero se les frustra también, gracias a la variedad y cantidad no accesible a todos; se unifican metafísicamente los deseos del consumo, pero se les separa socialmente, confirmando la no superación de las desigualdades económicas entre los distintos actores sociales. Lo que aquí se estructura es una gran escenografía simulada, en la cual se observan las dificultades y conflictos de lo global entre unos que poseen capacidad política y económica para usar los productos del mercado y otros negados a su uso. De allí que el macroproyecto del consumo instaure una ética que fomenta valores de socialización en medio de la competencia, la intolerancia y la guerra de productos en los espacios civiles, públicos y privados. Esta ética del mercado, posee en su interior las contradictorias dos agendas de lo global y la mundialización arriba mencionadas, es decir, unifica y desintegra; homogeniza y segrega. Las bases de sus principios más que críticos son conciliadores y colaboracionistas. Ella se muestra como una amalgama de universalidad y unidad que prolonga los viejos relatos racionales y fundamentalistas de Occidente. Etica problemática en tanto que también sus valores trascienden lo regional y nacional, instalándose como práctica global en lo cotidiano desterritorializado. Unidad y deslocalización. Ética con sus valores de un mercado global, pero ética en fin como sistema que hace parte de culturas mundializadas. Un ejemplo de esto lo encontramos en la memoria juvenil internacional masiva, la cual posee un léxico, unos programas televisivos afines, unas marcas de moda, publicidad y revistas similares. Individualismo, hedonismo, narcisismo, ludofilia, facilismo, escapismo, méritocracia, sensacionalismo, claustrofilia, agorafobia, efebofilia -la lista puede ampliarse- son algunos de los paradigmas éticos del consumo.2 Como resultante de ello, el consumo debe ser concebido más que un lugar de intercambios de mercancías, un gran productor de comportamientos y sensibilidades sociales. El mercado se presenta como una instancia de socialización, formadora de valores y comportamientos. Su satanización por parte de las mentalidades neo-románticas, como su juzgamiento moral, no establecen con él un estudio serio de las relaciones objetivas de sus manifestaciones. Negar su fuerza constructora de nuevos valores, ignorar su importancia en la formación de distintos territorios culturales y artísticos, sería volver la mirada a un pasado casi decimonónico de confrontación sentimental y a ciegas. Esto no quiere decir aceptación o conciliación de y con la lógica del mercado global, sino observar de forma diferente los procesos contemporáneos que obligan a establecer otras categorías y teorías frente al desarrollo del mercado y sus impactos en la sociedad.

La ética del mercado se mundializa culturalmente, promoviendo la quiebra de viejos valores tales como justicia, igualdad, solidaridad, libertad, proyectos de la modernidad ilustrada. Tal vez sea una de las causas de las ingenuas quejas sobre la crisis de los valores, lloriqueos que se limitan a la añoranza de un pasado y que invitan a detenerse en una premodernidad sin movilidad y arraigada a un territorio físico-cultural. Ignoran tales posiciones que si algo distinguió y distingue a la modernidad es la transformación y la ruptura, el viaje y el desplazamiento de todos sus órdenes. En cambio, las mentalidades encadenadas a las nociones de territorio regional o local están subordinadas al sistema de un Bohío provinciano y premoderno nada acorde con los flujos de imaginarios y sensibilidades en los mapas transnacionales. Cierto es que una posición crítico- analítica frente a los productos culturales que se han gestado es una necesidad. Sin embargo, debemos entender esa crítica con una aproximación más acorde con los movimientos planetarios recientes, superando los "puntos de vista" amurallados y sitiados de regionalismos y localismos. La confrontación entre universalismo, mundialización, territorialidad, Nación se resume para algunos defensores de lo regional como momentos de pérdida de identidades y de memoria histórica, o como imposición de ideologías foráneas desde la metrópoli. Pero estas resistencias llevan implícito la idea conservadora de Territorio (que pertenece a un pueblo y de un pueblo que pertenece a un territorio), lo que equivale a preguntarse si dicho concepto "no lleva ocultas en sí connotaciones de una sociedad premoderna, en la que los individuos nacen, crecen, desarrollan su vida, trabajan y mueren en un territorio del que ellos mismos forman parte" (Wellmer, 1996, 288). Anhelo de conservación; nostalgia por mantener relaciones premodernas. De allí la mentalidad de Bohío provinciano. Albrecht Wellmer nos sugiere que "una nación puede estar 'enraizada' en un territorio, pero no que los individuos puedan estar enraizados en un territorio; los individuos modernos son en un sentido más o menos dramático individuos 'desenraizados', que tienen la libertad de cambiar de 'communities' en el curso de sus vidas" (288). Por el contrario, la sensibilidad de Bohío adquiere unas dimensiones de Identidad inmutable que impide toda movilidad económica y cultural, aferrándose a una lengua, tradiciones y sistemas de correspondencias colectivas. En la actitud moderna el flujo de los saberes y productos simbólicos por un territorio se da de forma horizontal: "van y vienen , es decir, salen y entran" (Wellmer, 288); en cambio en las sensibilidades provincianas el flujo por el territorio es vertical, "los individuos nacen y crecen en el mismo suelo en que se mueren y son enterrados" (288), modelos de las sociedades agrarias tradicionales, centradas y cerradas mentalmente a la universalidad de la cultura.

La mentalidad de Bohío provinciano debe aceptar la innovación de sus tradiciones, pero de forma beneficiosa y productiva. Una de las desgarraduras que las nuevas estructuras mundiales están presentando a estos sistemas tradicionales es, precisamente, el estremecedor desarraigo y desplazamiento de las lógicas territoriales por la globalización y la mundialización. La desterritorialización, como ya lo anunciamos, es un principio de la modernidad y de la posmodernidad activas y de su modernización económica, lo que presupone desde luego sociedades que se descentran, transformando sus viejos establecimientos. Es esta movilidad fragmentada la que algunos habitantes del territorio verticalizado, por su sedentarismo vital y mental, ignoran o no desean asumir con sus implicaciones políticas y culturales. Quiebra y superación de barreras mentales y de sensibilidades.

Actualmente la desterritorialización de los objetos y de sistemas simbólicos y sígnicos, se ha ido incrementando hasta construir las raíces de una memoria colectiva universal gracias al mercado, las tecnologías de la comunicación, las movilizaciones globales de la cultura. Se pone en crisis la idea de sociedades cerradas, verticales y, sobre todo, se hace conciencia de las aperturas que el mercado- como dominación y poder - impone a la mentalidad de Bohío que no quiere darse cuenta de las mutaciones y desgarraduras en las viejas nociones sobre cultura e identidad y en el aura encantada que los envolvía. Desencanto de lo provinciano y territorial. Tanto el gran público como los intelectuales y artistas van siendo sometidos a estos cambios paradigmáticos que implican un reto de pensar el mundo con otras cartografías, asumiendo una actitud abierta para ver las nuevas geopolíticas, el rediseño de territorios y fronteras, la edificación de otras categorías de estudio acordes con las mutaciones imprescindibles que a gran velocidad y escala internacional se están proyectando.

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Monografía de Carlos Fajardo Fajardo. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero17/global.html CopyLeft
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