



Para concluir, quisiéramos simplemente recordar que, tratándose de un corolario de la modernidad, la traducción ha sido asociada muchas veces a imágenes y metáforas de diálogo con y abertura hacia el Otro. No sugerimos aquí la mera negación de esa creencia propalada (y considerándolo bien medio esquizofénica cuando se toma en cuenta la resistencia secular, por lo menos en el Occidente, a la palabra popular), sino el examen de la formación y del mantenimiento de la cultura de llegada para ver cómo, dentro de él, actúa las traducciones y qué papel determinado están llamadas a desempeñar. Si uno quiere evaluar con más precisión el lugar ocupado por las traducciones en tal cultura literaria nacional, hay que empezar por reconocer la importancia de las normas que gobiernan la extensión de esa cultura a todas las etapas de la producción cultural de una sociedad. Al final se podría comprobar que, en muchos casos, la traducción no sirve tanto a dar o devolver la palabra al Otro como a la reificación de las prácticas discursivas hegemónicas sobre este Otro.
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