Los Mercaderes y Artesanos, como Fracturadores del Orden
Establecido
Hacia los inicios de la alta edad media, la antigua clase mercantil se había erosionado en los propios albores del feudalismo, en virtud a la falta de rutas comerciales y al indudable dominio del Islam en el Mediterráneo y de los Normandos en los mares del norte, cuya influencia hegemónica marcó el desaparecimiento de la circulación y la movilidad de recursos y con ello la clase de comerciantes y la población urbana. Durante toda la alta edad media, la vida económica se circunscribe a la producción feudal; es decir, la explotación del agro y los productos del trabajo se constituyen en satisfactores del consumo directo. El renacer del tráfico Europeo, el aparecimiento embrionario de una nueva clase de mercaderes, con personalidad política y carta de ciudadanía, se explica por la apertura de las vías y rutas comerciales, que fracturan lenta pero paulatinamente la economía insular y rudimentaria de la sociedad feudal. Esta nueva clase de mercaderes, dirige y direcciona el desarrollo económico y se sustenta en una organización comunal que se asienta en una sociedad urbana con expresión política, donde coexisten - especialmente en Italia - con la nobleza feudal y con una masa cada vez más creciente de trabajadores manuales que, de forma paulatina, se transforman en artesanos libres de las amarras serviles.
Este sistema económico en emergencia, gravita sobre dos vectores: El taller del artesano y el almacén del comerciante, que se constituye en mediatizador de la acumulación del capital. En la ciudad medieval, nacen los fermentos y rasgos más característicos, que serán propios del sistema capitalista contemporáneo; pero que no logran su plena materialización en la dimensión político – económica, por la autoridad reservada al imperio y a la iglesia, constituidas ambas estructuras en sustentadoras del statu quo, que se resiste a la transformación de una sociedad que se abre paso movilizando energías y exigiendo nuevos espacios para su realización material y espiritual.
El Desarrollo Comercial y los Fermentos de la Cualificación contable
Ante la carencia, de una autoridad que representare la nueva institucionalidad, las ciudades fueron paulatinamente asumiendo el rol y las funciones económico - sociales que son reservadas con exclusividad al Estado; sin desconocer, además, que esa nueva configuración de poder, se organiza con fines eminentemente de negocios. Durante esta época, el desarrollo del comercio dotó a las ciudades Italianas de ciertas ventajas comparativas, en términos de instrumentalización de lo contable: Pisa, Génova y Venecia, fueron, en su orden, desde el punto de vista económico las ciudades de mayor influjo comercial, con lo cual, de forma coetánea la contabilidad precisa de ser recontextualizada y reconceptualizada, para dar respuesta a los nuevos escenarios de negocios. Estas transformaciones producen profundos cambios de concepción; en el trabajo, en el saber, en la técnica, en la cultura y en las formas de representación y organización social y empresarial; por ejemplo, es en este tramo, donde se desarrolla la “commenda”[2] y surgen en su sentido moderno, instituciones y figuras representativas para la contabilidad, como las sociedad colectiva y la comanditaria; la letra de cambio, una concepción diferente sobre la banca, los libros de contabilidad, nuevas formas de registro de la información económica, la teoría de las cuentas[3], y se afirma la unidad jurídica del ente comercial, para el caso de la contabilidad, la entidad contable o el ente económico.
“Los complejos asuntos comerciales y financieros de los mercaderes venecianos forzosamente condujeron a un sistema de documentación y archivo. A principios del siglo XV Venecia empezó a usar la contabilidad por partida doble, pero el empleo de la teneduría de libros precedió a los venecianos en otra parte de Italia. Los elementos de partida doble fueron usados en el libro mayor de los banqueros en el año de mil trescientos cuarenta (1340) y los libros de comerciantes y banqueros florentinos de esa generación contenían esos elementos. Aquellos libros muestran hacia el año 1410 que la función más importante del libro diario, fue servir de base al libro mayor. Se registran todas las transacciones en el “memorial”, luego en el libro diario, antes de llevarlo al libro mayor, así que “si por cualquier causa se pierde el libro mayor, por robo, fuego, naufragio, etc. Puede por medio de este libro reconstruirse siempre el libro mayor, con las mismas partidas día por día”(Rincon,1984:10).
No cabe duda, que estos referentes empíricos, colocan al descubierto la importancia sustantiva que poseen los entornos en la modelación de estructuras contables. La contabilidad, no tendría justificación práctica, sino en función de un determinado marco entornal en donde encuentre su aplicación y verificabilidad. La partida doble, por ejemplo, nacida en los estertores de la edad media, “es producto de una época y se difunde rápidamente porque responde a los valores imperantes en la misma. La óptica dual con que contempla una transacción, así como la manera en que describe las notas esenciales presentes en todo hecho económico, se identifican con la mentalidad del hombre de negocios. Pero, al mismo tiempo, la utilización de la partida doble potencia esta visión organizada y organizadora de la actividad mercantil” (Tua, s.f.:21).
Así mismo, una vez institucionalizada una práctica como la contable, se requieren herramientas para su reproducción social y, por esa razón, de forma concomitante nacen una serie de instituciones formales, comprometidas no solo con la operatividad y fortalecimiento del proceso empresarial, sino con la apropiación y masificación de una estructura instruccional, que garantice la pervivencia social espacio - temporal, de las prácticas y actividades conexas a la entidad contable, esto es, la formación de agentes replicadores del modelo contable de información, no de otra manera se puede explicar como en Venecia funcionaba, “en aquel tiempo, integrado, un edificio para almacenamiento y venta de mercancías, una bolsa de valores, un banco, un lugar de alojamiento. Esta institución era también una escuela mercantil en donde estudiaba y se formaba la clase comercial y los hijos de los burgueses alemanes venían a aprender gramática, cálculo, teneduría de libros y práctica de los negocios”(Rincón, 1984:10).
Estos fenómenos, evidencian una relativa simetría correlacional entre el sistema contable y el entorno socioeconómico donde este opera y, es precisamente en esta relación necesaria donde empiezan a configurarse conceptos como el de “entidad contable”, que con posterioridad connotará diferentes acepciones, dependiendo de la lente con que sean observados y de los intereses particulares o generales que representen. Así por ejemplo, para Jorge Tua Pereda, “la contabilidad puede manejar muy diferentes definiciones de la entidad o, más concretamente, de la empresa, desde las que conciben a esta última al servicio exclusivo de los propietarios, hasta las que definen el marco de responsabilidad social frente a todos los estamentos concurrentes e interesados en su actividad” (Tua, s.f.:23). Quiérase o no, es imperativo aceptar que no solo este concepto, sino muchos otros, que luego adquieren relevancia en lo normativo contable, son acuñados en los albores propios del desarrollo del gran capital.