Abocando el análisis de la configuración histórica de la sociedad moderna, Consuelo Corredor Martínez, plantea “a manera de hipótesis, que el advenimiento de la sociedad moderna recoge un doble ideario: el de transformar el entorno material, y el de transformar al hombre como centro del mismo. Mientras el primero alude a la modernización, el segundo a la modernidad(Corredor,1992:37).
Con la edad moderna se inaugura un periodo de transformaciones y cambios radicales en las esferas de lo económico, político, social y espiritual. La modernización entendida como la transformación del entorno material, se ve reflejada, para el caso particular de lo contable, en el descubrimiento de los grandes negocios, en donde su radio de acción adquiere visos de mundialidad; el comercio pasa de Europa a América; de la ciudad como reducto de poder se pasa al concepto de nación; de la preocupación por la productividad del dinero se pasa a la especulación; de la supremacía de lo nobiliario y caballeresco se hace tránsito hacia el triunfo de la mercancía y la riqueza como poder centralizador; la noción gremial y familiar se transforma en noción empresarial; de la producción agrícola se pasa al predominio de la industria y comercio evolucionando el concepto de propiedad y de empresa. El reino caballeresco de la nobleza y la dirección espiritual de la iglesia, es sucedido por la creciente influencia de la burguesía que a decir de Karl Marx,
“Donde quiera que ha conquistado el poder, ha destruido las relaciones feudales, patriarcales, idílicas. Las abigarradas ligaduras feudales que ataban al hombre a “sus superiores naturales” las ha desgarrado sin piedad para no dejar sustituir otro vínculo entre los hombres que el frío interés, el cruel “pago al contado”. Ha ahogado el sagrado éxtasis del fervor religioso, el entusiasmo caballeresco y el sentimentalismo del pequeño burgués en las aguas heladas del cálculo egoísta. Ha hecho de la dignidad personal un simple valor de cambio. Ha sustituido las numerosas libertades escrituradas y adquiridas por la única y desalmada libertad de comercio” – y más adelante concluye - “La burguesía ha despojado de su aureola a todas las profesiones que hasta entonces se tenía por venerables y dignas de piadoso respeto. Al médico, al jurisconsulto, al sacerdote, al poeta, al hombre de ciencia, los ha convertido en sus servidores asalariados” (Marx, Engels,1973:113).
En la era moderna que inaugura el capital, surge un hombre nuevo, con espíritu de riesgo, movido por el apetito ilimitado de ganancia, de riqueza y la alucinación perversa por la fructificación infinita del dinero. Y este nuevo imaginario, está justificado de igual forma por la construcción de una racionalidad ética, entronizada con el culto supremo de la razón y el inconmensurable afán por el progreso material, que habrá de causar una modernización indiscriminada, que conducirá finalmente a un proceso creciente de alienación del hombre respecto de su entorno natural y cultural; Miguel Giusti, plantea refiriéndose a la lógica de la moralidad, construida por los modernos,
“la filosofía moderna surge con la convicción de llevar a cabo un giro radical en la concepción del hombre y de la racionalidad. De esta convicción hay diversas expresiones y formulaciones, una de las cuales – quizá la más importante – es la idea de la autofundamentación de la razón. Que la razón se fundamente a sí misma significa que la razón no admite ningún criterio externo a ella misma, al cual ella debe someterse. Criterios externos son, para los modernos, la tradición, la teología o cualquier tipo de ordenamiento natural ( como supieron los modernos que era la opinión de Aristóteles)”. Y posteriormente, a manera de ilustración el autor plantea como “Hobbes sostuvo explícitamente, en el De Cive, que la filosofía moral debía aplicar, en igual forma que la filosofía prima, el modelo geométrico al estudio de los fenómenos éticos y políticos” (Giusti, 1996: 8).
La Racionalidad del Capitalismo y el Cambio del Modelo Contable
El capitalismo primigenio, soportado conceptualmente en la teoría Smitiana del liberalismo económico, que tuviera su mayor florecimiento en la primera mitad del siglo XIX, paulatina e inevitablemente fue transformando su estructura, a tal extremo que la importancia del consumidor como factor determinante y generador potencial de las demandas productivas, con el desarrollo del capitalismo financiero, fue modificado sustancialmente o en el más optimo de los análisis relegado a un segundo plano. El libre juego de la competencia interempresarial, trajo apareada consigo la eliminación del más débil en el mercado, convirtiéndose este hecho, paradójicamente, en un factor de renovación empresarial y a la vez de concentración y centralización de capital. Es este inmenso poder incubado por el influjo del capital el que redimensiona la capacidad productiva de las empresas y potencia la movilidad de los recursos productivos; cuando más avanza la economía más optima debe ser la utilización del capital.
En este ciclo histórico convencionalmente situado en la década de los años 70s. del siglo XIX, surge el capitalismo de las grandes unidades productivas que sobrepasan el ámbito nacional y rompen cualquier lindero de las fronteras nacionales. La cualificación técnica en las empresas entrega mejores y mayores volúmenes de producción; las economías de escala abaratan costos; la oferta de productos aumenta como resultado de la “cultura” del consumismo que multiplica la gama de consumos superfluos e implanta estándares de producción, todo esto aunado a la insuficiencia de los mercados metropolitanos que no logran absorber la totalidad de la producción, hace surgir la multinacionalidad. Francisco Errasti, refiriéndose a este tema argumenta:
“La aparición de las sociedades multinacionales a escala mundial, ha provocado un cambio, en la estructura de las instituciones productivas. Una empresa puede plantearse de diversos modos, la posibilidad de vender en otros mercados para aumentar sus beneficios:
· Exportando parte de su producción al extranjero, que es sin duda el modo de penetración más sencillo.
· Producir en el propio mercado extranjero, cediendo la licencia de fabricación a una empresa local.
· Instalar empresas subsidiarias oficiales en el extranjero. Es el modo más consistente de penetración”.
Y más adelante, refiriéndose a la extraterritorialidad de su ámbito de influencia, agrega,
“A través de la inversión directa en el extranjero y la creación de numerosas filiales han ido creando enormes sociedades, que se mueven por encina de las fronteras de los países sin tener en cuenta los intereses nacionales del país donde actúan, puesto que el capital de una sociedad multinacional no tiene nacionalidad. Aunque la eficacia económica es la finalidad obvia de su actuar, las multinacionales adquieren una clara proyección política en el mundo actual. Tanto es así, y este es un hecho de trascendental importancia, que la inversión internacional ha empezado a desplazar al comercio” (Errasti,1979:31-33).
En este ambiente navega lo contable; los comerciantes que habían constituido el eje para perfilar cambios en las estructuras de información empresarial, realizando la fusión de múltiples mercados locales que, originaron un mercado interior unificado y su proyección en el comercio exterior; empiezan a fragmentarse y se estatuyen modelos que dan respuesta a las nuevas configuraciones nacionales, opuestos a la autonomía de esa clase de profesionales que eran los comerciantes, en cabeza de quienes estaba la discrecionalidad en el manejo de la información contable.
Si en la sociedad precapitalista, la contabilidad dio respuesta a las necesidades entornales desde el paradigma jurídico de propiedad, es decir, el modelo contable estuvo soportado en la lógica de la información patrimonial,
“el lado jurídico de la empresa considerada como el lugar geométrico de una tupida red de derechos y obligaciones, dio el primer impulso al registro de las cuentas y le conservó su terminología básica hasta nuestros días.
La confusa imagen de un patrimonio económico que ha de expresarse en datos contables de manera que se puedan seguir las diversas variaciones y mutaciones de valores, empujó a los contadores a pasar a la segunda fase de la evolución y, englobando las primeras cuentas de personas en un sistema general, les llevó a registrar sucesivamente todos los elementos patrimoniales y a fundir en un solo todo el complejo “naturaleza, trabajo y capital” cuya integración bajo la égida de un empresario constituye la “empresa“ de los economistas” (Vlaemminck, 19 91:110).
En la sociedad moderna y básicamente en el periodo de la revolución industrial, el paradigma contable varía hacia el ejercicio del control, ya no referido con exclusividad a la propiedad, sino a la racionalidad de la productividad, rendimiento y eficiencia del capital, en tanto las leyes inherentes al sistema capitalista suponen mínimos costos y máximo de utilidad. Se empieza entonces, a desarrollar el concepto de la contabilidad gerencial, como herramienta simbológica de representación de las nuevas realidades empresariales. “Los administradores de empresas a principios de los años 1800 tenían amplia libertad para seleccionar, los métodos de contabilidad; a cada empresa podían establecerle, sin restricciones, las reglas sobre valuación de activos y determinación de utilidades. La información financiera exagerada reflejaba el ánimo de los empresarios en la rápida industrialización y expansión económica y producía ventajas de corto plazo a las empresas (Chatfield,1988:18).