



El presente trabajo tiene como objetivo esclarecer el significado del franquismo, entendiendo con ello el análisis de su evolución y las razones que lo impulsaron, los componentes ideológicos y las tendencias políticas que albergó, los apoyos sociales que lo sostuvieron y los intereses a los que sirvió, la estructura política de que se fue dotando y su desarrollo, los instrumentos represivos e integradores de los que se sirvió para perpetuarse, así como una comparación con otras dictaduras contemporáneas suyas con las que coincidió a lo largo de su dilatada existencia. Finalmente, nos detendremos en la controversia en torno a la definición de su naturaleza, especialmente en torno a su calificación como régimen fascista o no.
Las fuerzas políticas que apoyaron al franquismo provenían, además del corporativismo católico, de los tres proyectos políticos diferentes que conformaban la derecha radical en los años de la II República, el fascismo, el tradicionalismo carlista, y los monárquicos alfonsinos, todas ellas unificadas en un partido único, la FET, cuyo papel sería el de servir de apoyo a la dictadura instaurada por los militares insurrectos tras la victoria en la guerra civil. En el Decreto de Unificación la nueva organización recibió la denominación de Falange Española Tradicionalista y de las JONS, y abarcaba no solamente la Falange y la Comunión, sino también a Acción Española, Renovación Española y los restos de la CEDA. Todas las organizaciones políticas existentes fueron declaradas disueltas y sus milicias unificadas bajo el mando directo del jefe del Estado. Franco sería también jefe del partido. Pero el hecho de la unificación entre proyectos políticos dispares no significó el final del pulso por la hegemonía entre ellos. Las distintas familias del régimen, como se las terminó conociendo, pugnarían continuamente por imponer su proyecto, teniendo en cada etapa preeminencia alguna de ellas1. El franquismo, como tal, no se identificó con ninguna de ellas en particular, aunque en función de cada etapa histórica concedió mayor protagonismo a una u otra.
Para comprender el proyecto político que sustentaba Falange hay que entender que las corrientes ideológicas que la inspiraron procedían de la España decimonónica y se combinaron con otras surgidas en la Europa del siglo XX. Aunque afín al fascismo italiano y al nacionalsocialismo alemán, e influido por ambos, el falangismo fue un fenómeno peculiarmente español. Como la mayor parte de los movimientos de la nueva derecha europea, el falangismo era sumamente ecléctico, sobre todo tras la fusión con las JONS a comienzos de 1934. Entre las características esenciales del nuevo movimiento se encontraban el afán de la Falange por recobrar la grandeza de España; identificando la «edad de oro» con el siglo XV, la época de los Reyes Católicos. Otros tres elementos esenciales del pensamiento falangista estaban íntimamente vinculados a esta visión nostálgica de la historia de España: el nacionalismo, el imperialismo y el catolicismo. Por último, una visión autoritaria de la disciplina y la jerarquía se tradujo en la creencia en la suprema autoridad del ejército y en una admiración sin limites por los valores militares. Sustentaba la creencia por la cual la sociedad debe estructurarse según criterios funcionales (y, por consiguiente, elitistas) que debían aceptar y respetar los miembros de la misma.
El programa de FE 2, publicado en octubre de 1934 y condensado en 27 puntos, fue en gran parte obra de Ramiro Ledesma. Sus aspectos más importantes eran: Prioridad a la tarea de engrandecer España, a lo que se debían plegar los intereses individuales y colectivos. Consideración del separatismo como un crimen. Anulación de la Constitución republicana. Concepción imperial de España. Abolición del sistema de partidos políticos. Característica totalitaria del Estado, con una naturaleza nacional sindicalista. Organización corporativa de la sociedad mediante un sistema de sindicatos verticales. Repudio del sistema capitalista y del marxismo, pero reconociendo y protegiendo la propiedad privada contra el abuso del capital financiero. Incorporación del sentido católico a la reconstrucción nacional, pero con separación entre la Iglesia y el Estado, que concordarían sus relaciones, sin admitir la intromisión y menoscabo de la dignidad del Estado o la integridad nacional. Imposición de este orden mediante una revolución nacional, confiando en las propias fuerzas de Falange y eludiendo los pactos con otras organizaciones.
En cuanto al programa político del tradicionalismo carlista, su formulación última se debía sobre todo a Víctor Pradera. Lo que entendía Pradera por nación española era una entidad que se desarrollaba orgánicamente, gratificada por la tradición y, por lo tanto, dispuesta según un orden divino; dicho axioma le llevaba a una actitud de hostilidad hacia los nacionalismos vasco y catalán más profunda que la de la mayoría de sus correligionarios. La formación orgánica de una sociedad nacional era perfeccionada por la institución de la Monarquía, porque la soberanía, aunque descansaba en última instancia en la nación, exigía una encarnación por medio de la cual pudiera expresarse. Pradera rechazaba la Monarquía absoluta. La autoridad real estaría limitada tanto por el superior poder espiritual de la Iglesia, ya que toda autoridad emana de Dios, como por la soberanía social de las diversas regiones, de las jerarquías y corporaciones de la nación orgánica. Para Pradera la nación no podía ser representada mediante delegación a través de los partidos políticos. Estos, por su misma naturaleza, carecían de ideales nacionales y servían para dividir a una sociedad fundamentalmente cohesionada y equilibrada.
El Estado corporativo en que pensaba Pradera reconocía la existencia de las clases, pero no del conflicto de clases. Las clases sociales no eran sólo naturales, sino necesarias y mutuamente dependientes, y el corporativismo estaba proyectado para establecer un enlace armónico entre todas ellas. Esta sociedad corporativa quedaría reflejada naturalmente en unas verdaderas Cortes que, aparte de proporcionar la representación funcional de las diversas clases, corporaciones y cuerpos del Estado, desempeñarían un activo papel en el gobierno del Reino.
Por su parte, en el seno de la derecha autoritaria alfonsina -con su partido político, Renovación Española, y su órgano ideológico, Acción Española -coexistían dos proyectos políticos enfrentados en torno a la tesis restauracionistas e instauracionistas (neotradicionalistas) cuyos dos máximos representantes eran Goicoechea y Calvo Sotelo. Este último se irá desplazando desde la idea de restauración, tal y como la defendía Goicoechea, hacia la idea de instauración, en la cual el retorno de la Monarquía era secundario tras el prioritario establecimiento de un estado corporativo. Su marcha hacia el totalitarismo, independiente de la Monarquía, se reflejó en la fundación del Bloque Nacional. En las páginas de Acción Española3, principal órgano de los neotradicionalistas, se defendía un orden político monárquico, según las tesis de la derecha radical, en oposición a los accidentalistas de la CEDA. Este orden, teorizado por Vegas, Pradera o Pemán, entre otros, rechazaba la concepción liberal de la monarquía y proponía otra inspirada en una supuesta tradición nacional, fundamento de un Estado Nuevo, católico y corporativo. Aunque la mayoría de los integrantes del grupo eran alfonsinos, en las páginas de la revista se defendió, sobre todo, una Monarquía de nueva planta, instaurada - no restaurada - a partir de la actualización de los planteamientos doctrinales del carlismo y de la admisión de su legitimidad por la rama alfonsina de los Borbones. La influencia en el grupo de Acción Española de tradicionalistas como Pradera o el conde de Rodezno, y la propia aportación de Vegas, Maeztu, Pemán y otros teóricos alfonsinos dará origen a la maduración, en el laboratorio doctrinal que representaba la revista, de las formulaciones neotradicionalistas, que tuvieron en el Estado Nuevo y en la Monarquía sus pilares teóricos, y en el Bloque Nacional su máxima expresión de práctica política.
Será de las posiciones instauracionistas de donde saldrá la propuesta de modelo de transición al Nuevo Estado más elaborada. Este modelo de transición se planteaba de la siguiente manera: Tras un golpe militar, se establecería una dictadura provisional, encarnada por un personaje de confianza de los monárquicos, en el marco formal de un Estado todavía republicano, representado por un regente-dictador. Calvo Sotelo no creía en la eficacia de las dictaduras republicanas autoperpetuadas. Podían constituir una fórmula salvadora en un momento determinado, pero en manera alguna una forma de Gobierno. Por tanto, la necesidad de una dictadura existía para los alfonsinos sólo en función de que tal dictadura prepararse el terreno a una restauración de la Monarquía en un plazo de tiempo no muy dilatado. Con el establecimiento del régimen dictatorial del general Franco, la promulgación del Decreto de Unificación y la formación de un Gobierno técnico de mayoría alfonsina, parecieron cumplirse las primeras etapas de la estrategia de construcción del Estado Nuevo teorizada por el grupo de Acción Española. Pero lo que ni el más pesimista de los alfonsinos se habría atrevido a imaginar entonces era que la dictadura provisional que habían propiciado se mantendría durante cuatro décadas y que, luego, la Monarquía instaurada a finales de 1975 abriría camino a la restauración de una democracia liberal-parlamentaria.
Si en principio el grupo de Acción Española, genéricamente entendido, participará de forma efectiva en la construcción del Nuevo Estado y en el aparato político-administrativo que se instaló, posteriormente, con la dimisión y autoexilio de Sáinz Rodríguez, así como la automarginación de Vegas Latapie, se inició un cierto deslizamiento por parte del grupo de Acción Española hacia posiciones críticas y, de alguna forma, conspiratorias antifranquistas, para lograr la restauración monárquica en don Juan de Borbón. Se podría decir que el grupo de Acción Española, que inicia y formula la ideología del Nuevo Estado, se disuelve, por una parte, en el franquismo, que avanza en su institucionalización y, por otra parte, se margina o comienza una actuación crítica, más política que ideológica.
Al carlismo se le asignará, implícitamente, una esfera de influencia basada sustancialmente en Navarra, País Vasco y La Rioja, con algunos puestos avanzados en Valencia, Andalucía y Castilla la Vieja (en la denominación de la época). Pero incluso los carlistas más incondicionalmente unificados pronto se sentirían defraudados ante el predominio de falangistas y alfonsinos dentro de la FET. Con la excepción de la esfera religiosa y Navarra, la propaganda tradicionalista fue desbordada por la verbosidad en boga del nacional-sindicalismo. La única satisfacción política que obtuvieron los carlistas se la ofreció la legislación religiosa en 1938.
En cuanto a Falange, si se la admitió como núcleo del partido único estatal era porque pareció lo mejor para un régimen militar autoritario y anti-izquierdista, en plena época fascista. Franco concibió a la FET como el partido del Estado, pero lejos de controlar al Estado, la FET no era para él otra cosa que un instrumento para mantener la cohesión nacional. La FE proporcionó asimismo los instrumentos ideológicos del nuevo régimen. Los famosos Veintisiete Puntos ofrecían un programa ideal para un nacionalismo autoritario.
Si la insurrección militar acabó con el intento democrático de la República, sin embargo
no puede ser considerado como un triunfo de la derecha radical. Suponía, en realidad, el fracaso de la labor política de la derecha autoritaria a lo largo de más de dos décadas de actuación, pues, en adelante, sus grupos tuvieron que subordinarse a la égida simplificadora de los militares.
1 Estas familias en algunos casos van cambiando su apariencia con el paso del tiempo, pero se identifican con alguno de los cuatro proyectos originarios
2 Miguel Artola, Partidos y programas políticos, 1808-1936. II. Manifiestos y programas políticos. Alianza Editorial. Madrid, 1991, pág. 417-9
3 Para el desarrollo del pensamiento neotradicionalista en Acción Española se puede consultar la obra de Raúl Morodo, Orígenes ideológicos del franquismo. Acción Española, Alianza Editorial, Madrid, 1985.
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