El Franquismo - Evolución histórica del Franquismo

3 - Evolución histórica del Franquismo

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Monografía creado por Jesús Sánchez Rodríguez. Extraido de: http://www.rebelion.org/seccion.php?id=24
18 de Enero de 2006
Estudiar la evolución del régimen franquista obliga a prestar atención a varios factores interconectados que influyen en su trayectoria: los acontecimientos exteriores, las querellas entre las distintas familias que forman parte del franquismo, la necesidad de institucionalizar su permanencia, la actividad de la oposición, y el impacto de los cambios de la estructura social sobre sus bases de apoyo.

Prácticamente todos los autores que han estudiado el franquismo coinciden en reconocer la necesidad de hacer algún tipo de periodización de su historia para poder dar cuenta de las transformaciones acaecidas durante su larga existencia. En lo que difieren es en el número de etapas utilizadas y en el aspecto a tomar como criterio de diferenciación, si bien puede decirse que estas diferencias de énfasis en uno u otro aspecto suelen ser complementarias para un enfoque completo en el estudio de la evolución de la dictadura franquista. En el caso de Torres de Moral13 la periodización toma como punto de referencia al proceso de institucionalización del régimen. Una segunda forma de periodización es la utilizada por Javier Tusell14 para dar cuenta del desarrollo político del franquismo; utilizando varios criterios a la vez hace una división en cinco etapas pero reconociendo como fecha fundamental de división la de 1959. Payne15, por su parte, utiliza como elemento de diferenciación de cada fase el aspecto ideológico predominante; la primera, entre 1936-45 es definida como semifascista y potencialmente imperialista; la segunda, extendiéndose hasta 1957, estaría definida por el corporativismo nacional católico y en ella se produciría el sometimiento del componente fascista; la última sería la fase desarrollista definida por una especie de autoritarismo burocrático. Juan Pablo Fusi16 coincide con Payne en las fechas pero se fija en el predominio en cada una de las tres etapas de una de las familias que componen el régimen franquista, así en la primera predominaría el falangismo, en la segunda el catolicismo político y en la tercera el tecnocratismo opusdeísta.

El primer período se extiende entre 1939 y 1942 aproximadamente y puede ser definido por: el carácter fascista y totalitario del régimen, el reforzamiento del poder de Franco, la tentación imperialista, las luchas internas entre sus diferentes componentes y el predominio de Falange. Efectivamente, bajo la influencia de los acontecimientos de la segunda guerra mundial el franquismo, cuya política exterior se alineó con Alemania e Italia, acentuó los rasgos fascistas que le definían hasta que el cambio de suerte de los acontecimientos bélicos, a la altura de 1942, le obligó a acudir a una operación de maquillaje de estos rasgos. Existió en este período la tentación de participar al principio en la guerra, tentación que estuvo motivada por el componente imperialista que rápidamente se vio obligado a abandonar. Las luchas internas fueron las que más virulencia alcanzaron durante la vigencia del régimen y enfrentaron fundamentalmente a Falange, que alcanzó una gran influencia en el aparato del Estado y en la vida social, con el sector monárquico de los militares. En este período se consolidó el estatuto del poder ejercido por Franco durante toda su permanencia, no solo porque asumió su papel de arbitro entre las distintas tendencias, sino porque su caudillaje reunió las jefaturas del Estado, del gobierno y del partido único, el mando de las fuerzas armadas y el poder legislativo del Estado

La etapa que va desde 1942 hasta principios de los años 50 queda definida por la voluntad de supervivencia frente a los peligros exteriores e interiores y el desplazamiento de la influencia falangista a favor de los católicos. El cambio de suerte de la segunda guerra mundial obligó al régimen a pasar de la situación de no-beligerancia a la de neutralidad ante la posibilidad de represalias, su reflejo en la situación interna se tradujo en el refuerzo de tendencias que ya habían empezado a mostrarse en el interior, con la sustitución de los personajes más marcadamente fascistas, especialmente expresada por la salida del gobierno del progermanofilo Serrano Suñer, en favor del ascenso de hombres vinculados al catolicismo, siendo lo más representativo en este sentido la llegada de Martín Artajo a Exteriores. Esta apertura a la Iglesia se tradujo igualmente en la definición del régimen como Estado católico.

Con el mismo objetivo de presentar una faz menos totalitaria ante las potencias democráticas vencedoras de la guerra se procedió a crear las Cortes españolas en 1942, que no serían más que un órgano colaborador y caja de resonancia de la única instancia con poder real, la Jefatura del Estado que siempre ejerció Franco; a promulgar el Fuero de los españoles y una ley de Referéndum en 1945, que sería utilizada en 1947 para aprobar la ley de Sucesión, con la cual se daba además respuesta a las pretensiones de D. Juan de Borbón, al inclinarse el régimen con dicha ley por una solución monárquica pero descartando definitivamente la restauración. Ninguna de estas medidas sirvió para impedir el aislamiento internacional desde 1946 hasta 1950; sólo a partir de esta fecha, y gracias a la nueva situación creada con el inicio de la guerra fría, fue posible la lenta ruptura del aislamiento del franquismo.

En el ámbito interno el período terminaría también con el hostigamiento que las guerrillas, especialmente de signo comunista, venía manteniendo contra la dictadura. En ello influyó el propio cambio de signo en el ámbito internacional, al alejarse definitivamente cualquier posibilidad de intervención exterior para acabar con el franquismo.

La década de los 50 comienza con el alejamiento de los peligros para la perduración de la dictadura, pasa por un período crítico en 1956 y termina con un cambio de orientación económica que a largo plazo sería un factor importante para impedir la perpetuación del franquismo. La consolidación obedecía a la obtención del reconocimiento internacional, cuyos hechos más sobresalientes fueron la admisión en la ONU, el acuerdo con EE.UU. y el concordato con la Santa Sede. Esta situación afectó, además, a la propia oposición al régimen. Las fuerzas republicanas entraron en un largo declive, con la excepción del Partido Comunista que en 1956 da un cambio espectacular a su estrategia antifranquista y le sirve para recuperar fuerzas, aunque nunca para poner en peligro a la dictadura. Por su parte, los monárquicos aceptan renunciar a una inmediata restauración y se plantean un camino más largo y tortuoso que finalmente sería fructífero; éste es el significado del acuerdo entre D. Juan y Franco en 1948.

Con la nueva sensación de seguridad para el régimen, Falange volvió a recuperar un cierto protagonismo junto al catolicismo político.

La crisis de 1956-7 -motivada por el enfrentamiento entre quienes pretendían una mayor institucionalización como sucedáneo de régimen constitucional y el aprovechamiento de la apertura exterior para favorecer un mayor crecimiento económico sobre bases más liberales, y quienes seguían defendiendo la herencia de la guerra civil y el modelo autárquico - hizo dar bandazos al franquismo que pasó de un intento de institucionalización del régimen, sobre la base de los proyectos falangistas de José Luis Arrese en 1956, al desplazamiento del equipo falangista en 1957-8 como consecuencia de la reacción frente a aquellos proyectos, y que conllevaría la entrada de los tecnócratas del Opus Dei en los ministerios económicos. En lugar de los proyectos de Arrese serían los de Carrero y López Rodó los que triunfarían, sobre la base de una monarquía tradicional con Juan Carlos como sucesor.

La ley de Principios del Movimiento de 1958 forma parte del proceso de institucionalización del régimen contemplado en este último proyecto. En ella se definía aquel como una monarquía tradicional, católica, social y representativa, se definía al Movimiento como comunión, en lugar de organización, y suponían por tanto un nuevo paso en la desfalangistación del régimen.

La etapa que se desarrolla entre finales de los 50 y mediados de los 60 va a estar definida por la continuación del proceso de desarrollo institucional y el cambio de modelo económico, a partir del plan de Estabilización de 1959, que supuso una liberalización neocapitalista de la economía con la liquidación de los principios económicos sustentados por el nacionalsindicalismo. El éxito económico derivado de este cambio de modelo va influir a su vez en un cambio sobre el discurso legitimador del régimen, que irá abandonando la retórica de tipo fascista anterior por una nueva basada en los logros del crecimiento y el desarrollo.

El período final entre 1966 y 1975 viene caracterizado de un lado, por la coronación del proceso de institucionalización del régimen y, de otro lado, por su crisis definitiva. Con la aprobación de la ley Orgánica del Estado, en 1966, que regulaba el conjunto de instituciones del régimen y se orientaba a fortalecer el armazón institucional del franquismo, y la designación de Juan Carlos como sucesor, en 1969, quedaba completado el proceso de institucionalización con el que se pretendía asegurar la continuidad del régimen más allá de la vida de Franco. Sin embargo, dos procesos complementarios abrirían la crisis final del franquismo: el primero hace referencia a las luchas internas por el control del proceso político, que abriría una doble división en el franquismo enfrentando de una parte, a Carrero-Rodó con Solís y los hombres del Movimiento, y por otra, los aperturistas con los inmovilistas; el segundo proceso es el de crecimiento de la actividad de la oposición antifranquista. Ambos procesos estaban alimentados por los cambios socioeconómicos operados en España y las contradicciones que implicaban para unas estructuras políticas cada vez más arcaicas. La evolución siguió una línea marcada por el ascenso del desafío de la oposición, la respuesta crecientemente represiva de la dictadura y la consolidación de los inmovilistas, representados por la ultraderecha del régimen, sobre los aperturistas, lo que se traducía en una regresión en el proceso institucional iniciado en 1966. La profunda reorganización ministerial de 1969 despejó definitivamente la vía al proyecto político de Carrero-Rodó consistente en un lento continuismo que desembocase en una “Monarquía conservadora, desarrollista, cristiana y tecnocrática”17. El alejamiento definitivo de la Iglesia y de importantes sectores del catolicismo, y el asesinato, en 1973, de quién venía siendo el auténtico piloto del régimen completaron una situación de crisis que alcanzó su cenit a la muerte del dictador.



13 Antonio Torres del Moral, Constitucionalismo histórico español, Átomo ediciones, Madrid, 1986

14 Javier Tusell, La dictadura de Franco, Alianza, Madrid,1988

15 Stanley G. Payne, op., cit.,, pág. 652

16 Juan Pablo Fusi, Franco, autoritarismo y poder personal, Ed. El País, Madrid, 1985, pág. 73

17 Juan Pablo Fusi, “La década desarrollista (1959-1969” en Historia de España 13, De la dictadura a la democracia, Historia 16, Extra XXV, Febrero 1983
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