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El Franquismo - La discusión sobre la naturaleza del Franquismo

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Creative Commons Monografía de Jesús Sánchez Rodríguez - 18 de Enero de 2006
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5. La discusión sobre la naturaleza del Franquismo
La discusión en torno a la naturaleza correcta del franquismo es controvertida en cuanto que sus orígenes están vinculados al período de ascenso fascista en Europa y a la ayuda que en concreto le prestaron Italia y Alemania. Pero el catolicismo, en diferentes variantes, pasó rápidamente a ser predominante en la configuración del régimen. Tampoco puede subestimarse el carácter pragmático de Franco, que ejerció de arbitro entre las distintas familias y las puso al servicio de su permanencia, siendo el auténtico depositario de un poder ejercido sin limitaciones.

De la variedad de definiciones con las que ha sido calificado el franquismo da una idea la enumeración de ellas que recoge Torres del Moral23 que cita hasta 17 diferentes: régimen totalitario, régimen fascista, régimen autocrático, dictadura, dictadura militar, dictadura militar-eclesiástica, dictadura reaccionaria, dictadura empírico-conservadora, dictadura constituyente, estado capitalista de excepción, régimen oligárquico totalitario, régimen bonapartista, régimen cesarista, régimen bismarckiano, régimen autoritario, régimen autoritario personalista y régimen autoritario conservador. Sin embargo, la discusión sobre la naturaleza del franquismo ha estado polarizada en torno a su definición como un régimen fascista y mediatizada por la definición de Linz de régimen autoritario que, deducida a partir del propio franquismo, levantó una amplia polémica.

La discusión sobre la naturaleza del régimen llevada a cabo durante su existencia tenía unas claras consecuencias prácticas24, pues una definición u otra conllevaba una suposición sobre la manera de acabar con la dictadura y los medios para contribuir a ella. Si la dictadura era considerada fascista era consecuente impulsar las luchas de masas buscando la ruptura política; pero si la calificación era la de sistema autoritario, entonces se podían alegar la existencia de márgenes que permitiesen su evolución y considerar importante el papel a jugar por los sectores aperturistas existentes en su interior. Actualmente, sin llegar al dramatismo que conlleva una opción de ese tipo en el momento de la lucha antifranquista, el analizar correctamente la naturaleza de la dictadura puede ayudar a explicar mejor, entre otras cosas, porqué la transición tomó el rumbo conocido, o más concretamente, porqué no se cumplieron las expectativas levantadas, por ejemplo, por el principal partido de la oposición, el PCE.

Uno de los autores que con más profundidad ha estudiado la posible naturaleza fascista del franquismo ha sido Javier Tusell25. El método empleado ha sido el de analizar el fenómeno dictatorial a lo largo del siglo XX para poner en evidencia los diferentes tipos de dictaduras que han existido y, sobre esa base, hacer una comparación entre aquéllas y el franquismo, centrando de manera especial esa comparación con el salazarismo portugués y el fascismo italiano.

Su punto de partida consiste en rechazar el lugar común según el cual todas las dictaduras contemporáneas pueden reducirse o asimilarse al fascismo, muy al contrario, precisamente por el hecho de ser diferentes es por lo que cabe la comparación entre ellas. El fascismo es definido como una forma política concreta que se ciñe a un espacio geográfico, Europa, y un tiempo concreto, los años 30, y que se caracteriza por “la existencia de una ideología monística, exclusiva y autónoma, más o menos elaborada que constituye una completa interpretación del mundo”. El partido es otro elemento fundamental del fascismo, “se trata de un partido de masas, único, dirigido a la movilización política y que se constituye a sí mismo”. Es un sistema totalitario que niega cualquier tipo de pluralismo y que práctica el terror a gran escala. Se define como antimarxista y antiproletario, pero también como antiparlamentario y antiburgués. Pretende la creación de un Estado nuevo, se sustenta en un liderazgo carismático y se rodea de una simbología especial destinada a captar la psicología de las masas. Tusell rechaza las interpretaciones de origen marxista según las cuales el fascismo es un producto de la evolución del capitalismo, para inclinarse por las interpretaciones que ven en el fascismo un producto de la autonomía de la política, con unos principios de actuación al margen de las leyes del capitalismo.

El fascismo sólo es explicable por la existencia de una crisis de civilización en la que se origina y de un caldo de cultivo del cual formó parte “el nacionalismo” y la “brutalización de la vida”, consecuencia de la primera guerra mundial y el temor a una revolución comunista. Pero van a ser dos factores los que explican el ascenso del fascismo en esas condiciones, “la experiencia de una crisis en un régimen democrático” y “la inexistencia de alternativas funcionales al propio fascismo”, como por ejemplo una dictadura no totalitaria, más tradicional. Tusell diferencia un fascismo de tipo oriental, cuyo rasgo más definitorio sería el racismo, y otro de tipo occidental, cuya característica sobresaliente sería el corporativismo. Las matizaciones comienzan al estudiar las dictaduras que tuvieron lugar en los países del Este de Europa por la misma época (Hungría, Polonia, Rumania) que poseen rasgos diferentes de los regímenes fascistas característicos, como una menor propensión totalitaria o un enfrentamiento entre los movimientos fascistas de esos países y sus respectivas derechas radicales. Así pues, junto a la existencia de regímenes fascistas, puede hablarse de otros de tipo corporativista, semiconstitucionales o pretorianos, además de “situaciones pretotalitarias” que expresan una intención no lograda de imitar el modelo fascista. El régimen de Franco se encontraría, según Tusell, en esta última situación.

Tusell y Payne26 coinciden en realizar una comparación en relación con el fascismo italiano y el salazarismo portugués. Respecto de este último, Tusell apunta que la dictadura de Franco se diferencia por su distinto origen. Al salazarismo se llegó por un deslizamiento progresivo después del golpe militar de 1926, mientras que en España el franquismo es fruto de una cruenta guerra civil tras cuya victoria impuso un corte radical con el pasado. La actitud ante el totalitarismo también separa a ambas dictaduras, mientras que el salazarismo nunca aceptó el calificativo de totalitario, Franco mostró claramente una inclinación por tal solución, formando parte de la denominación oficial del régimen en sus inicios. El pluralismo interno portugués también fue superior al existente bajo el franquismo, que se articuló en torno a las familias del régimen. Igualmente están alejadas por las diferencias entre el tipo de partido, con caracteres más fascistas en España. También hubo una mayor desmovilización en Portugal a la vez que una menor represión y una mayor tolerancia hacia la oposición que en el franquismo.

Por su parte, Payne añade como diferencias entre el régimen de Salazar y el de Franco el que el primero no desarrollo una ofensiva cultural equivalente a la de los primeros años del franquismo; también era débil en términos de política de desarrollo económico, cuya consecuencia fue que la sociedad portuguesa cambiase comparativamente menos que la española; por último, Salazar sostuvo una política colonial ambiciosa intentando mantener todos sus territorios coloniales, mientras que el franquismo fue cediendo continuamente en este terreno.Para Payne el régimen portugués tiene muchas más analogías con los regímenes de la Europa de entreguerras que con el franquismo:

" corporativos o semi-corporativos, institucionalizados (en la mayoría de los casos), sistemáticamente autoritarios pero no violentamente represivos durante la mayor parte del tiempo y sin ningún componente fascista importante”.

Además, en Portugal se mantuvo la apariencia de una república constitucional, lo que le permitió evitar la cuarentena a que fue sometida la dictadura de Franco entre 1945-52.

En relación con el otro polo de la comparación, la Italia fascista, ambos autores divergen, pues mientras que Payne acentúa las analogías, Tusell, sin embargo, enfatiza las diferencias. Para el autor americano el parecido es bastante grande entre la Italia fascista y los ocho primeros años del régimen de Franco:

“Ambos emplearon partidos oficiales fascistas sometidos que se fundieron con elementos no fascistas y fueron posteriormente incorporados a estos. Ambos permitieron un pluralismo limitado en la sociedad y las instituciones nacionales bajo una dictadura ejecutiva. En ninguno de los dos casos fueron los ideólogos fascistas revolucionarios la base de la institucionalización del régimen, sino figuras monárquicas o semi-monárquicas de la derecha radical junto con fascistas moderados (...) En ambos casos pronto tuvieron que enfrentarse al desafío del sindicalismo nacional fascista militante, aunque le sometieron por completo (...) Las fases de desarrollo de los dos regímenes fueron también bastantes paralelas, difiriendo de forma radical al final en lo relativo a política exterior. En ambos casos, a una fase temprana de coalición sin estructura institucional oficial le siguió una fase de institucionalización que, a su vez, fue seguida de un equilibrio más largo en Italia que en España (...) La política exterior y el contexto internacional terminaron por marcar los puntos de divergencia definitivos”.

El momento de máximo acercamiento del franquismo al modelo italiano duró hasta 1942, pero le separaba el carácter desconfiado y el agudo nacionalismo de Franco. Es posible, opina Tusell, que de haber participado finalmente en la segunda guerra mundial, la dictadura franquista hubiera completado su fascistización. Franco y Mussolini no sólo estaban distanciados por la diferente manera de ascender al poder sino por sus casi opuestas mentalidades y rasgos personales que expresan las diferencias existentes entre ambos regímenes. El fascismo italiano se mantuvo dentro de una misma línea evolutiva y coherente hacia el totalitarismo y su grado de institucionalización fue superior al del franquismo. Éste conoció una institucionalización más lenta y ficticia, como consecuencia de los distintos proyectos de que eran portadores los elementos de la coalición de fuerzas que le apoyaron, y terminó definiéndose por su desnuda voluntad de permanencia. La tendencia a la movilización intensiva y extensiva de la población en el proyecto fascista italiano era diferente del franquismo, donde no se empleó ni habitualmente ni con la misma intensidad. La función y el papel jugado por el partido en ambos regímenes fue muy diferente: en Italia el protagonismo del partido fue crucial, especialmente para el acceso al poder, y aunque, a diferencia del caso alemán o soviético, fue integrado en el Estado, no por ello dejo de ser un elemento decisivo en el régimen italiano; muy al contrario, en el franquismo el partido único no pasó de ser un instrumento del régimen sin desempeñar papel decisivo alguno, su propio origen en un decreto de unificación ya es demostrativo de la debilidad de un partido que sufrió un proceso de integración en el Estado mucho mayor que el italiano. También es un hecho claramente diferenciador la posición mantenida respecto a la Iglesia y el mundo católico, pues mientras en Italia donde el fascismo portaba una componente anticlerical totalmente ajena al franquismo el catolicismo permaneció ajeno a la institucionalización fascista, en España debido a la afinidad ideológica la colaboración de los católicos con la dictadura fue más estrecha.

A pesar de sus diferencias, las conclusiones de estos dos autores son similares a la hora de determinar la naturaleza del régimen franquista. Payne lo califica de sistema autoritario-derechista, rechazando su encuadramiento como régimen totalitario, que sólo es posible aplicar a las dictaduras stalinistas más extremas y al nazismo en su última etapa. Reconoce que entre 1937-45 fue un régimen semifascista, y que fue la dictadura más arbitraria de Europa hasta después de la segunda guerra mundial, pero la reducción de sus caracteres fascistas se inició en 1942 y se realizó en varias etapas, coincidiendo con la pérdida de peso de Falange. Considera que históricamente la forma franquista de caudillaje encuentra su analogía más cercana en la monarquía electiva pero absoluta cuyo prototipo moderno fue Napoleón Bonaparte.

Por su parte, Tusell concluye que el franquismo puede calificarse de autoritarismo o dictadura no totalitaria frente al carácter de totalitarismo incompleto del fascismo italiano. Siendo el régimen de Franco más sangriento, menos sometido a trabas institucionales y más personal, sin embargo fue más tradicional, estando ausente el componente moderno, secular y revolucionario propio del fascismo.

Por los propios orígenes del franquismo, la victoria de una coalición de extrema derecha en una guerra civil, su esencia fue la de una dictadura arbitral, personal, de concentración, es decir, una dictadura en la que Franco acumulando en su persona la inmensa mayoría del poder mantuvo unidas, a la vez que ejerce de árbitro entre ellas, a las fuerzas que apoyaron el levantamiento militar contra la legalidad republicana en 1936.

Distinguido por su voluntad de permanencia, el franquismo se mostró pragmático y estuvo marcado por el componente militar – fue una dictadura militar pero de carácter personal tras la neutralización por Franco de los demás generales - y católico derivados de la guerra civil, este último, a la vez que le proveyó de una cantera de políticos y de ideología, actuó como contrapeso de las tendencias totalitarias presentes en el falangismo. Si fue una dictadura conservadora en cuanto fueron los sectores de derechas y extrema derechas de donde recibió su apoyo, sin embargo, eso no significa que su orientación y política fueran guiadas en un principio por el interés de servir a los intereses capitalistas, más allá de reprimir férreamente al movimiento obrero. Sin embargo, es a partir de los 60, con el giro en la política económica del franquismo cuando conecte más estrechamente con los intereses capitalistas.

Tusell denomina al franquismo dictadura no totalitaria y viene a ser el equivalente de lo que Linz27 denominó régimen autoritario, abriendo con ello una amplia polémica sobre la naturaleza del franquismo. La definición fue formulada en 1964 y, como consecuencia de ello, le fue atribuida la responsabilidad de brindar a la dictadura argumentos académicos, argumentos que el franquismo no dudó en utilizar para su rearme ideológico en una operación destinada a sustituir la imagen de régimen fascista o totalitario por otra más presentable de autoritario.

Linz partió precisamente de un análisis empírico del franquismo para elaborar su definición, aunque después haya podido utilizarse dicha definición para analizar otras dictaduras, y por esa razón los rasgos con que define el régimen autoritario coinciden plenamente con los que se encuentran en el franquismo. Así, aquél es definido como un sistema político con pluralismo limitado y no responsable, sin una ideología elaborada y directora (pero con una mentalidad peculiar), carente de una movilización política intensa o extensa (excepto en algunos momentos de su evolución) y en el que un líder o un grupo reducido ejerce el poder dentro de límites formalmente mal definidos, pero en realidad bastante predecibles.

Se pueden resumir en tres aspectos fundamentales las diferencias esenciales, que según Linz, existían entre el franquismo y los regímenes fascistas. El primero hace referencia al papel secundario jugado por el partido único en España en el proceso de toma del poder, y a la situación de tutela en que se encontró posteriormente, de lo cual derivaría lo que son sus rasgos característicos: subordinación al poder militar, pluralismo interno limitado y desempeño de funciones políticas secundarias. El segundo aspecto diferencial sería la distinta actitud respecto a la movilización política seguida por unos y otros, siendo característico de los regímenes autoritarios la promoción de una cierta apatía y desmovilización. La tercera diferencia es la ausencia de una verdadera ideología fascista en el franquismo que penetrase en las distintas instancias políticas y sociales del país28.

La polémica suscitada por el concepto de régimen autoritario de Linz es recogida en el libro citado de Tusell, que las sitúa temporalmente en los primeros tiempos de la transición democrática e ideológicamente a la mayoría de sus detractores en el campo de la izquierda. En general, la crítica de la definición de Linz en sus diversos elementos (al pluralismo limitado, a la falta de ideología, a la ausencia de un análisis de las clases sociales, etc.) servía para defender por parte de sus autores la validez del adjetivo fascista aplicado al régimen franquista.

Para Tezanos29 hubo un emparentamiento inicial del franquismo con otros fascismos europeos pero dada la larga permanencia de la dictadura ésta se vio obligada a adoptar correcciones adaptativas según las circunstancias, lo cual la llevó desde una fase fascista totalitaria hasta otra autoritaria-tecnocrática, cuyo cambio fundamental se produjo entre 1957-62. Además de esta división del franquismo en dos períodos claramente diferenciados, Tezanos hace otra aportación interesante en cuanto a la explicación de los motivos y los elementos teóricos que ayudaron en esa transición. Entre los primeros cita a la nueva situación internacional derivada de los pactos de amistad y cooperación suscritos con EE.UU. y los deseos de la burguesía industrial española de participar en el período de crecimiento económico que experimentaba por esas fechas el capitalismo internacional. Entre los segundos menciona ciertos planteamientos de la “sociología de la modernización”, desarrollada en EE.UU., que contribuyeron a articular una cierta “ideología desarrollista” que no fuese contradictoria con los fundamentos del franquismo.

Una definición más tajante y sin matices sobre la adscripción fascista del franquismo es la sostenida por Torres del Moral30, para quien no se puede hablar de diferentes regímenes a lo largo de su existencia, sino de uno único que solo cambió de apariencia para sobrevivir. Para del Moral, los autores que rechazan calificar de fascista a la dictadura de Franco más allá de 1942 se basan en tres argumentos: en la diferencia entre las bases sociales que apoyaron al régimen franquista y las que sustentaron al fascismo italiano o el nazismo, en la rápida pérdida de relevancia de Falange en las decisiones fundamentales, y en la propia evolución del régimen que le llevan a presentar un aspecto diferente. Sin embargo, estos argumentos partirían del mismo error, el de considerar el fascismo de manera univoca, siendo el modelo el de las potencias del Eje, y rechazando como no fascista las dictaduras que no se ajusten exactamente al modelo original. Para este autor el franquismo conservó siempre su identidad de origen cuyos rasgos, con diversos matices, pueden ser rastreados en los modelos originarios y concluye afirmando que si, a pesar de todo, existen rasgos propiamente franquistas, ello no hace sino demostrar que “el fascismo español tuvo su propia coloración, no que dejará de serlo por ello”.

Raúl Morodo31 por su parte califica al franquismo como “peculiar fascismo español” que, basándose en las mismas bases genéricas que los fascismos europeos, sin embargo, posee matices importantes, porque para Morodo lo que ha existido no es un modelo único de fascismo sino “fascismos europeos” según las características históricas, sociales, económicas y culturales de cada país. Así se explicaría que en España y Portugal, países de mayor composición agraria, se acentuaran los aspectos tradicionales, paternalistas y católicos en relación con Italia y sobre todo Alemania, mucho más industrializados y donde, por lo tanto, son más patentes los elementos de secularización e incluso de modernismo. La peculiaridad más sobresaliente del fascismo español fue la sustitución del modernismo fascista europeo por un tradicionalismo católico-corporativo que tomará especialmente del grupo Acción Española. Este grupo aportaría la base ideológica al franquismo pretendiendo actualizar el viejo Estado del siglo XVI. Se trataría de combinar religión y tradición, monarquía e imperio con las técnicas organizativas de control político y social basadas en el partido único, el sindicalismo corporativo y la jerarquización militar de la sociedad civil.

La posición sostenida por Salvador Giner 32 parte, como Morodo, de que, si bien puede hablarse de un modelo de fascismo puro, sin embargo, por un lado la naturaleza de la experiencia fascista fue diferente en cada país, y por otro lado es notable el grado de similitud entre las dictaduras fascistas (o fascistizantes) mediterráneas en las que engloba a la Italia fascista, al régimen salazarista en Portugal, al franquismo y al régimen griego de Metaxas (1936-40). Las características del fascismo en esa área son para Giner:

1) Una dominación clasista fascistizante o despotismo reaccionario33 que consistió en un modo de dominación clasista impuesto por una coalición política de derechas que, pretendiendo representar los intereses generales, en realidad preservaron y fomentaron los intereses de la coalición reaccionaria a la que servían, neutralizando a la clase obrera y asegurando la paz interior.

2) Una esfera ideológica restringida y un pluralismo político limitado, en cuanto que estas dictaduras meridionales se nutrieron de un sustrato ideológico sincrético que iba desde el fascismo al monarquismo legitimista y que permitía un grado limitado de pluralismo, confinado a las clases dominantes y a las organizaciones que componían la coalición reaccionaria.

3) Una coacción y control estatal llevado a cabo mediante una “clase de servicio”34. Es característico de estos regímenes fascistizantes la escasa movilización política de la población (con la excepción del fascismo italiano) y el apoyo a instituciones tradicionales como la Iglesia. Si bien no derivó en un totalitarismo estricto, sí se produjo una expansión considerable de los poderes gubernamentales y estatales que se ejerció a través de un conjunto de clases de servicio extraídas de un espectro relativamente amplio de la población.

4) Una cooptación política y una obediencia pasiva. Los miembros de la “clase de servicio”, sí bien debían expresar su fidelidad al orden establecido, no se les exigía generalmente una militancia concreta, en coherencia con el objetivo de estos regímenes de buscar la obediencia pasiva y no la movilización de la población.

Una crítica de las tres principales teorías para explicar la naturaleza del franquismo es llevada a cabo por José Casanova35. La primera es la que adscribe al franquismo como una variedad de fascismo; Casanova reconoce que muchos de los componentes ideológicos del franquismo son típicamente fascistas, pero le faltan los que forman las características estructurales más importantes del fascismo: inexistencia de un partido de masas antes de la toma del poder, llevada a cabo además mediante un levantamiento militar convertido en guerra civil, y conversión del partido único en instrumento del gobierno sin que lleve a cabo el control ni del Estado ni de la ideología, salvo en breves momentos. En realidad el respaldo ideológico al régimen se debió “formada (en el caso español) por falangistas y carlistas de rango menor, por conservadores de clase media, por dirigentes de organizaciones católicas y por pequeños notables católicos en pueblos y barrios. Fueron éstos los que ocuparon la burocracia del nuevo Estado y los únicos que tenían acceso a los puestos de responsabilidad”, mucho más a la Iglesia y al catolicismo. Además, incluso durante la primera fase, la más cercana al fascismo, el elemento conservador-reaccionario predominó sobre el fascista-modernizador, y el franquismo no fue portador de ningún proyecto definido de transformación social más allá de la retórica falangista. Sobre la base de todo ello Casanova concluye que no puede calificarse al franquismo de régimen fascista.

La segunda teoría la vincula con el modelo de Linz y encuentra en el carácter puramente “político” de esta teoría el inconveniente más importante, este carácter la desvincula de todo tipo de relación con tipologías de sociedades y formaciones económicas e impide analizar las tensiones y contradicciones entre la estructura política y la socioeconómica. El modelo tiende a ser estático, destacando el carácter estable del régimen frente a sus problemas y crisis. Se trata de un modelo incapaz de explicar las transformaciones de los regímenes autoritarios.

El tercer tipo de teorías que critica son las situadas dentro de la tradición marxista, que identifican al franquismo como un sistema de dominación de clase. Las acusa de padecer el defecto opuesto al anterior tipo, de analizar el Estado y la estructura política como simples reflejos de la estructura socioeconómica. Las transformaciones internas del régimen son explicadas como productos de los cambios en la correlación de fuerzas dentro del bloque dominante, y su quiebra como efecto de los cambios ocurridos en la correlación de fuerzas entre las clases en lucha. Para estas teorías la forma normal de Estado capitalista es la de tipo parlamentario, siendo la dictatorial un expediente excepcional consecuencia de un momento de crisis peligrosa. Casanova considera que con esta óptica es analizado el franquismo por algunos autores como Poulantzas o Salvador Giner y Eduardo Sevilla, pero realizando una errónea interpretación del concepto clave marxista tomado a tal efecto, el bonapartismo. Éste sería uno de los modelos analíticos más apropiados para comprender la relación entre el Estado y la sociedad civil bajo el franquismo, pues Marx lo interpretó como un sistema de predominio del Estado frente a todas las clases burguesas y no burguesas.

Así pues, para Casanova el Estado franquista representó un retroceso a una forma absolutista, gobernando Franco como un monarca absoluto. Mediante la represión de los trabajadores garantizaba el dominio social de las clases capitalistas, al precio de privar a la sociedad de sus derechos civiles y políticos y haciéndola adoptar una forma corporativista premoderna. También reconoce dos fases en el franquismo, la primera, clara expresión de la forma absolutista, se extiende hasta 1957 y se caracteriza por la autarquía; la segunda, se inicia con el acceso de los tecnócratas al poder y puede describirse como la transición a una dictadura modernizadora, pero rechaza las interpretaciones que lo reducen a términos de relaciones de clase haciendo de los tecnócratas los representantes de la “burguesía compradora”, o interpretándolo como la sustitución de la burguesía agraria por la financiera en la hegemonía dentro del bloque dominante. En su opinión los tecnócratas representaban los intereses del capital en términos generales, la racionalización capitalista.

Por último vamos a hacer referencia a una interpretación diferente de las expresadas hasta ahora, es la de Alfonso Botti36, que interpreta el Estado franquista como la continuación de un proceso de modernización económica del poder de las viejas clases dominantes, para ello utiliza como concepto clave el de nacionalcatolicismo. Existente en el seno del mundo eclesiástico y en la derecha española desde mucho antes del inicio de la guerra civil, sin embargo va a servir de aglutinante del bloque de fuerzas políticas y sociales que se articulan en torno a Franco y va a salir de la guerra como ideología unificadora y hegemónica.

En el nacionalcatolicismo conviven dos componentes: El primero es la identificación entre lo nacional y lo católico a lo que contribuyen el tradicionalismo y el carlismo. El segundo es la distinción entre liberalismo político y económico. Desde esta perspectiva la modernización del país se haría a través del encuentro entre capitalismo y catolicismo en el interior de un marco político que históricamente ha tomado la forma de gobierno de un partido conservador, de dictadura militar y de Estado fascista o autoritario. El primer componente realiza la aportación retórica para la integración y nacionalización de las masas y el segundo representa el contenido del proyecto.

El nacionalcatolicismo ha atraído constantemente a los intelectuales; ha amparado a las clases aristocráticas, burguesa y parte de las clases medias frente al desafío de la clase obrera, y también por su visión de desarrollo capitalista sin democracia; y ha obtenido el apoyo militar por su antiseparatismo y unitarismo. Representa el ámbito ideológico del encuentro entre catolicismo y modernidad. Durante la II República se convierte en la bandera e ideología de la oposición, siendo punto contradictorio de encuentro entre los ambientes más conservadores y el naciente fascismo. En su seno se desarrollan, durante la guerra civil, dos proyectos para la postguerra: el más característicamente fascista hasta 1942, y el autoritariocorporativo posterior, en el cual el papel determinante lo jugará el catolicismo. Las diversas fases del franquismo son interpretadas desde ese esquema: la de 1939-42 sería la de la acentuación en clave fascista del nacionalcatolicismo; la que se extiende desde esas fechas hasta 1957-9 corresponde al peso de los aspectos autoritarios-corporativos del nacionalcatolismo; por último, desde esas fechas hasta el final del régimen es el desarrollo puro y duro del nacionalcatolicismo.

Se hace referencia a una fase tecnocrática, iniciada con el Plan de Estabilización de 1959, con relación al nuevo personal que desde los ministerios económicos claves conducen el cambio desde la autarquía a la incorporación en el mercado internacional de la economía española. Se trata de un personal perteneciente o afín al Opus Dei que da prioridad al desarrollo económico sobre la apertura del sistema político, reiterando la posibilidad de un liberalismo económico por cauces diferentes de los democráticos. Significa jugar otra carta católica que no implica una renovación del pacto entre la Iglesia y el franquismo. Representan la expresión más esencial y carente de retórica del nacionalcatolicismo. Su personaje más representativo es Laureano López Rodó y su idea clave la de que el desarrollo económico llevará al desarrollo político, apoyándose teóricamente en las ideas de Rostow.

Botti está de acuerdo con Carlos Moya para quién los tecnócratas vienen a representar el lazo de unión entre la ética católica tradicional y la ética instrumental del capitalismo burocrático contemporáneo, serían la síntesis entre los valores triunfantes en el 39 y las exigencias de la modernización capitalista37. Las conclusiones de Botti son de dos tipos de órdenes: Según el primero tipo habría que revisar algunas valoraciones sobre el franquismo, en principio la que le presenta como un obstáculo al crecimiento y desarrollo del país. En segundo lugar la que destaca la ruptura de finales de los 50 para calificar de modernizador este segundo período sin tener en cuenta que sólo fue posible gracias al período de acumulación primitiva llevada a cabo en el anterior. También aquéllas que atribuyen al catolicismo solamente un papel de atraso. Por último las que aceptando la existencia de un proyecto de conciliación entre modernización económica e ideología conservadora tradicional, juzgan como un fracaso sus resultados.

El segundo tipo de conclusiones hace referencia precisamente al significado último del nacionalcatolicismo. En este sentido se refiere a un proceso que viene de lejos, que partiendo de la formación de una aristocracia financiera a finales del Antiguo Régimen ha ido buscando la reconstrucción del poder de las viejas clases dominantes a la vez que racionalizaba sus bases económicas. Frente a los dos proyectos de modernización capitalista surgidos en el siglo XIX, el de la burguesía catalana y el que se origina en los ambientes krausistas y de la Institución de Libre Enseñanza, el nacionalcatolicismo no sería un proyecto de la reacción que les derrotaría en todos sus términos, sino un proyecto distinto sólo en lo político, mientras que resulta de la misma naturaleza en el plano económico.

En este proceso, el franquismo en sus distintas fases solo representaría un segmento de él, apareciendo como un peculiar régimen de transición hacia la sociedad postrevolucionaria, una sociedad en la que el peligro de un cambio radical de la propiedad de los medios de producción ya no existe, o al menos ya no se presenta en las formas clásicas del movimiento revolucionario.



23 Antonio Torres del Moral, op., cit., pág. 240

24 Alfonso Botti, Cielo y dinero. El nacionalcatolicismo en España (1881-1975), Alianza Editorial, Madrid, 1992, pág 158

25 Javier Tusell, op. cit.

26 Stanley G. Payne, op., cit.

27 Juan J. Linz, “Una teoría del régimen autoritario. El caso de España”, en La España de los años setenta, tomo III. El Estado y la política, Editorial Moneda y Crédito, Madrid, 1974

28 José Félix Tezanos, “La crisis del franquismo y la transición democrática en España”, en Tezanos, J.F.; Cotarelo, R.; De Blas, A.;comps., La transición democrática española, Instituto de Técnicas sociales, Madrid, 1989., págs. 17-19

29 José Félix Tezanos, Ibíd, págs.21-22

30 Antonio Torres del Moral, op., cit., págs. 241-3

31 Raúl Morodo, Los orígenes ideológicos del franquismo, Alianza Editorial, Madrid, 1985

32 Salvador Giner, La economía política de la Europa meridional: poder, clases sociales y legitimación. Sistema Nº 50-51, Noviembre 1982, págs. 21-5 Salvador Giner y Eduardo Sevilla, “Absolutismo despótico y dominación de clase. El caso de España” en Cuadernos de Ruedo Ibérico, 1975, Nº 43-5. Esta parte está elaborada con el apoyo de las obras de Tusell, Botti y Tézanos

33 También define Giner los regímenes despóticos y reaccionarios, en los que encuadra al franquismo, como “dictaduras que aparecen en la semiperiferia de los Estados capitalistas centrales, surgen en países en los que previamente existían agudos contrastes entre una minoría con acceso al poder, a la riqueza y a la educación superior, por una parte, y una masa empobrecida de campesinos, junto a un proletariado incipientemente organizado en las ciudades por otra. A ello se unía una patente exigüidad de las clases medias urbanas educadas”. Lluis Flaquer, Salvador Giner y Luis Moreno, op. Cit. Pág. 26

34 Lluis Flaquer, Salvador Giner y Luis Moreno, op.. cit., pág. 25

35 José Casanova, “Modernización y democratización: reflexiones sobre la transición española a la democracia” en Teresa Carnero, ed. Modernización, desarrollo político y cambio social, Madrid, Alianza, 1992, págs. 252-62

36 Alfonso Botti, op. cit.

37 En este sentido son muy interesantes las reflexiones que Carlos Moya hace en el epígrafe “El catolicismo español y el espíritu del neocapitalismo” dentro de su obra citada, en el cual analiza los intentos del catolicismo español por reformular una ética católica ajustada a las nuevas exigencias seculares del mundo moderno y donde el Opus Dei es presentado, precisamente, como la culminación de ese intento. Para Moya, el Opus es a la ética burocrática-empresarial lo que el calvinismo fue al espíritu del capitalismo; si la fe individualista del calvinismo fue congruente con el capitalismo individual, la fe eclesial del Opus es más eficaz en el actual capitalismo como corporación burocrática. Su predecesor en este intento de poner en marcha una dinámica social autogeneradora de élites fue la ACNP, pero, sin embargo, el Opus alcanzó una mayor “modernidad” cultural y eficacia “religioso secular”. También analiza aquí Moya el papel tan importante jugado en este sentido por Ramiro de Maeztu, presentándolo como uno de los pilares ideológicos del Estado franquista en cuanto mediación ideológica entre el sector del Opus (la élite intelectual) y la aristocracia financiera (la élite política y económica). Maeztu supondría la primera reconciliación ideológica de corrientes como el catolicismo tradicional, el tradicionalismo restaurador, el corporativismo parafascista y el moderno capitalismo.
Autor y licencia de 'El Franquismo - La discusión sobre la naturaleza del Franquismo'
Jesús Sánchez Rodríguez Extraído de: http://www.rebelion.org/seccion.php?id=24

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