Mi intención en este apartado es comprobar en algunas muestras de intercambios laborales concretos, como el tipo de labor profesional condiciona el comportamiento comunicativo y de estilo de habla utilizado, independientemente del género de los hablantes y sin que el cambio de un registro, considerado diferente al que naturalmente se espera en función del género del hablante, suponga un comportamiento discriminatorio.
Comencemos por unos de los entornos laborales tradicionalmente más masculinos: la contratación bursátil. En la Bolsa de valores trabajan hombres y mujeres que realizan las mismas funciones y comparten similares responsabilidades; con esto quiero decir que dentro de la “mesa de contratación" [1] no hay división de tareas en función del sexo.
Veamos una conversación entre una corredora (Ana) miembro del mercado y su cliente, también corredor (Esteban) que le “pasa” una orden de compra. Ambos hablantes tienen el mismo nivel jerárquico dentro de sus respectivas agencias y realizan funciones similares:
Ana: Dígamelo
Esteban: Al ciento cuatro/ siete tres/ compro cien/ del doce un cuarto
Ana: ¿PERDONA?
Esteban: Al ciento cuatro/ siete tres/ compro cien/ del doce un cuarto
Ana: Pues ahí te pongo
Esteban: ¡Venga!
Ana: Ahí estás [2]
Sería imposible identificar por marcas en el lenguaje cuál es el género de los hablantes: un corredor le ordena a un compañero que le compre de forma inmediata unas acciones y el otro ejecuta la orden. Ambos utilizan el estilo directo, tanto para iniciar el intercambio (“dígamelo”) como para ordenar la compra de acciones (“Al ciento cuatro/ siete tres/ compro cien/ del doce un cuarto”). Este estilo directo y hasta impositivo no genera conflictos en los hablantes que lo utilizan con naturalidad. Esteban no se extraña ni se siente agredido cuando Ana desecha el saludo y usa el imperativo como fórmula de apertura; ni Ana se molesta por la imposición de una orden directa por parte de Esteban que también olvida el saludo. Similar situación y estrategias comunicativas se repiten en la Bolsa sin importar si quien emite la orden es una mujer y quien la recibe un varón o viceversa.
Si trasladáramos este estilo de habla al ámbito familiar o a otro contexto laboral, el conflicto y la ruptura del contacto comunicativo estarían asegurados; pero en la Bolsa esto no ocurre. Las necesidades de la labor bursátil -emitir una orden clara en el menor tiempo posible- obligan a reelaborar las normas que regulan los intercambios comunicativos, con el fin de evitar conflictos ante actos de habla que necesitan ser claramente impositivos -ordenar, demandar, aconsejar-, y que además deben expresarse de forma rápida y directa. Estas condiciones, más relacionada con la naturaleza del oficio que con el género del hablante, hace que la modalidad identificada como masculina sea la más idónea a las necesidades comunicativas del oficio bursátil, sobre todo en lo que respecta a la contratación, en la que la precisión y la rapidez son dos factores básicos para la efectividad del intercambio y, en definitiva, de la labor del corredor.
En los intercambios bursátiles el saludo se simplifica o se elide, ya que retrasaría la emisión de la orden o la obtención de información. Cuando un corredor ordena una compra o una venta, lo hace con una pronunciación muy marcada, en ocasiones, casi gritando. Así, no es de extrañar que los gritos y gestos de agresividad sean habituales, sin que en ningún momento se obstaculice la buena relación de los corredores; por el contrario, es una manera habitual de fomentar la camaradería entre compañeros. Esa confianza entre corredores es el factor contextual que facilita la libertad expresiva, es decir, el descuido formal, el empleo de un léxico más cercano a la modalidad coloquial y hasta vulgar, la omisión de rutinas corteses, la explosión emocional (blasfemias, tacos, frases hechas, etc.); estrategias que facilitan la fluidez expresiva e interpretativa en el medio bursátil. Veamos como se repiten dichas estrategias en otro intercambio mixto:
Luis: Véndeme a quince/ Manoli/ los diez
Manoli: Están dando hasta trece/ hasta el once/ están dando/ hasta el diez <mala leche> han dado/ diez a quince// cuando me lo estabas diciendo/ estaba viendo que estaban / diez a catorce (mucho ruido de fondo, voces y pitidos)
Luis: Jodé/ me sale ahora el diez/ fíjate
Manoli: Once a catorce/ ahora
Luis: Es que papel/ moza/ tampoco hay mucho/ ¿no? <no>/ porque catorce hay algo/ quince ná/ y luego salta a veinte/ ¿no?
Manoli: Están comprando a catorce ahora/ están po/ poniendo dinero/ ante[s] han puestooo/ ciento tres/ ahí a ciento cincuenta y dos/ a veces pagan para diez/ ahora/ la oferta está a veinte/ a diecinueve, vaya/ vaya, dan otra vez/ dan otra vez/ hasta el diez
Luis: Ponme a dieciocho/ a vender diez (ruido de teclas de ordenador)
Manoli: Estás como mejor oferta // está doce a dieciocho/ le han dao al doce/ no le dejan respirar, ¿eh?
Como hemos podido ver, la Bolsa es uno de los medios comunicativos menos propicios a las estrategias corteses básicamente por tres razones: el principio que prevalece es el transaccional (transmisión eficaz de información), el tiempo de emisión es corto y la relación entre los hablantes es simétrica. Hasta podríamos afirmar que existen una serie de normas de convivencia social específicas del mundo bursátil en las que se aceptan como habituales ciertas transgresiones -al tacto, a la modestia, a la libertad de acción, al deseo de ser apreciado- intolerables fuera de las fronteras de la mesa de contratación.
Por otro lado, esta necesidad, casi obligación, de “saltarse” las normas corteses también viene propiciado por un ambiente donde las jerarquías profesionales no están marcadas en el lenguaje ni en el trato diario de los corredores. Predominan las relaciones simétricas, más cercanas al compañerismo que a rígidas diferencias entre jefes y subalternos. Un Cliente que aporta millones a la agencia y el corredor más novato mantienen una relación de igualdad en la que lo primordial es hacer efectiva lo antes posible una orden de compra o venta. Este rasgo de trato profesional no puede leerse como contrario al estilo comunicativo masculino -y su constante lucha por el estatus- o como un rasgo femenino dentro del entorno de la contratación bursátil, sino como una necesidad que deriva únicamente de la mecánica propia del oficio de corredor.
La demanda de información y el dar órdenes son actos de habla consustanciales al oficio bursátil; si sumamos a este hecho el factor tiempo, tendremos los condicionantes del tipo de discurso que he descrito antes. El estilo de habla identificado como masculino se adapta perfectamente a estos condicionantes, resultando sin duda el más idóneo para este tipo de comunicaciones. Esto no significa que una mujer no puede trabajar en la Bolsa, de hecho en la actualidad hay muchas mujeres corredoras. La clave está en que la mujer debe aprender a hablar como una corredora de Bolsa, no como una manera de sobrevivir en un ambiente masculino, sino como una faceta más de su desenvolvimiento profesional. Pero este aprendizaje comunicativo también lo deben hacer los corredores masculinos, ya que no sólo por el hecho de ser varones y hablar como tales les capacita para expresarse eficazmente en una mesa de contratación. El oficio bursátil no discrimina a las mujeres o a su forma de hablar, esta no es la perspectiva adecuada, sencillamente es fiel a sus necesidades comunicativas.
Cambiemos de escenario, de profesión y de registro. En este caso vamos a describir la labor de dos periodistas de diferente sexo que presentaron el mismo programa, con el objetivo de descubrir cuál de las estrategias utilizadas por cada uno de ellos fue la más acertada, al ajustarse mejor a las necesidades del programa. Para ello analizaremos algunos momentos de dos emisiones de Lo que necesitas es amor, programa transmitido por Antena Tres: una emisión del 30 de enero de 1994, moderado por Isabel Gemio; y otra del 3 de febrero de 1995, presentado por Jesús Puente. Lo que necesitas es amor era un programa que se inscribía dentro del Reality Show, género periodístico que invade el terreno de lo privado para ir más allá de lo íntimo, hasta hacer de la revelación de la vida privada del hombre común un espectáculo, cada vez más demandado por el ávido televidente.
En líneas generales, y de cara al espectador, el objetivo del programa consiste en unir sentimentalmente a parejas casi siempre en conflicto. El presentador o presentadora actúa, a petición de uno de los integrantes de la pareja, como intermediario con el fin de lograr la reconciliación, cosa que no siempre es posible ni obligada. En general el programa sigue el siguiente esquema: el integrante de la pareja interesado en la reconciliación manda una petición por escrito o telefónicamente a la producción del programa, pidiendo sea transmitida su historia. Si su solicitud es admitida, según criterios que se nos escapan, la persona se presenta ante las cámaras, expone las razones de la ruptura y envía un mensaje grabado en vídeo a su compañera o compañero sentimental pidiéndole la reconciliación. La otra parte ve la cinta, expone sus razones y acepta o rechaza la petición.
Lo que necesitas es amor emplea la entrevista de tema ligero; corresponden a este apartado las entrevistas de temas de sociedad y temas del corazón que se transmiten en programas de variedades y entretenimiento. Generalmente se suelen entrevistar a personas que tienen dificultades para hablar y que rompen a llorar con facilidad al estar sometidas a una fuerte tensión emocional, al verse obligados a revelar sus conflictos privados ante los medios de comunicación. Este tipo de entrevistas tiene al ser humano como protagonista exclusivo; lo importante es su imagen y su palabra, su forma audiovisual de expresarse y su intimidad.
El objetivo primordial de Lo que necesitas el amor no es, como podría pensarse, unir a las parejas en conflicto, sino conmover sentimentalmente al público. Para ello el moderador o moderadora debe conducir a los entrevistados a expresar, con la mayor naturalidad y comodidad posible, sus ideas y sentimientos, sin descalificarlos o ridiculizarlos ante la audiencia. En base a estas expectativas generales deben definirse las estrategias comunicativas que faciliten el cumplimientos de dicho objetivo.
Veamos los primeros momentos de ambos programas: Isabel Gemio comienza dando importancia a la relación afectiva que se estableció entre la producción del programa y el entrevistado, de la cual participa activamente la presentadora. Obsérvese el uso reiterado de adjetivos calificativos:
A la audiencia: José Miguel/ de 34 años/ ah/ nos escribió una carta/ muy hermosa/ contándonos toda su historia/ eh/ lo está pasando mal /eh/ me contaba en su carta/ que este año 1993/ que hemos dejado atrás/ ha sido/ como para mucha gente/ un año catastrófico para él
A José Miguel: ¿Cómo estás?/ Vamos a ver/ tú nos/ eeh/ has escrito una/ emotiva carta/ en la que nos cuentas/ que hace/ eh/ dos meses y medio/ perdiste a la mujer con la que convivías/ ¿no? ((…))
Isabel Gemio hace constante referencia a la emotiva carta que puso en contacto al entrevistado con el programa, en un intento por reforzar, desde el inicio, el vínculo afectivo con su entrevistado. Por otra parte, dicho contacto no está totalmente mediatizado por el proceso de producción, ya que la moderadora ha leído la carta y conoce los detalles de la historia personalmente. Esta estrategia contribuye claramente a aminorar la tensión que produce el ambiente televisivo en el entrevistado, además de evitar que su problema sea considerado un asunto banal por la audiencia. Sin embargo, en el discurso de Jesús Puente;
Alejandro/ eh/ teníamos todo montado/ teníamos una historia que contar ahora/ peroo/ non/ nos han dicho en redacción/ es muy urgente lo que tiene que contar Alejandro// yyy/ me han contado/ mm/ la redacción/ me ha contado/ que tú has dicho/ que eres un hombre muy celoso ((…))
existe un claro distanciamiento entre el moderador y el entrevistado mediatizado por el departamento de producción. El moderador desconoce los detalles básicos de la historia, lo cual dificulta que se establezcan los vínculos de igualdad y confianza previos necesarios para crear un clima (artificial o no) de familiaridad entre los interlocutores. Al inicio de la transmisión, Jesús Puente insiste innecesariamente en explicar al televidente el proceso de producción que puso en contacto al entrevistado con el programa, dejando de lado la necesidad de contribuir a que los televidentes y el público presente en el estudio empatice con la problemática del entrevistado. En pocas palabras, trasladar al entorno profesional la tendencia del habla femenina a crear un clima de intimidad que propicie la expresión mutua de las experiencias vitales. La creación de este clima de familiaridad entre el moderador y el entrevistado, es esencial para conseguir un intercambio fluido, lo más cómodo posible. Además, si el presentador no empatiza ni se conmueve con la problemática del personaje, éste y su problema corren el riesgo de resultar ridículos.