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El habla de hombres y mujeres en el trabajo - Género y contexto laboral

(5 opiniones)
Monografía creado por Ana Gisela Yépez Peñalver. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero30/dlaboral.html
18 de Agosto de 2006
Pedagogía

2 - Género y contexto laboral

Ser mujer o ser hombre es más que un rasgo biológico que no explica, por sí solo, la manera de hablar; para ello debemos acudir a la interpretación social de lo biológico. El concepto de género comenzó a usarse en la década de los setenta con la finalidad de explicar fenómenos de la conducta humana relacionadas con el género que no podían ser comprendidos totalmente gracias a la naturaleza genética y morfológica del sexo:

“El género no es inmutable ni puede entenderse aislado de otros aspectos de nuestra identidad (de clase social, estatus, profesión, grupo político). Lo que significa ser mujer y ser hombre (y hablar como tales) cambia de una generación a otra, y varía según se pertenezca a uno u otro grupo social, político o religioso. Es decir, una mujer no es únicamente ‘mujer’, sino además, católica practicante, campesina, abogada en un bufete internacional, médica, intelectual, atea, terrateniente… (…)” (Bengoechea, Mercedes: 2003, 2)

Desde esta perspectiva no es equiparable el sexo biológico a la identidad asignada o adquirida en el seno de una sociedad o cultura; es un hecho constatado que cada cultura entiende de manera diferente los aspectos que se califican de femeninos y masculinos, es evidente por tanto, que dicha asignación responde a una construcción social.

Precisamente esos rasgos convencionales, que muchos reconocemos de forma intuitiva y que nos permiten identificar el género del que habla, son los que busco precisar y describir en este apartado. Se supone que unas y otros se comportan de distinta manera en las conversaciones con otros hablantes y en la organización de su discurso: en la forma como ceden el turno, cambian de tema, interrumpen, muestran atención, siguen las normas de cortesía, seleccionan el léxico… Más aún, dichos rasgos estilísticos asociados culturalmente al género del hablante son releídos en muchos estudios bajo el prisma del entorno laboral, trasladándose el estereotipo, ya existente en la sociedad, al mundo del trabajo. De forma que buscan encajar en la interacción laboral aquellas constantes diferenciadoras asociadas al género, descritas ya en otros ámbitos como el de la calle o del hogar. Esta relectura deja a la mujer profesional en clara desventaja competencial con respecto a sus compañeros varones. Veamos algunos de esos rasgos:

Las mujeres buscan mantener relaciones de igualdad con las personas con las que interaccionan, sean éstas hombres o mujeres. Este deseo se traduce en el uso de una serie de recursos verbales y estilísticos que pretenden reconocer de forma explícita en su discurso a su interlocutor y que contribuyen a su vez a que el intercambio se vaya desarrollando de forma cooperativa, al menos, en apariencia. Esta búsqueda de igualdad favorece rasgos como: iniciar los temas de conversación valiéndose de interrogaciones (¿cómo fue la reunión de ayer?, ¿has probado el nuevo café?), terminar las frases con una entonación interrogativa o dubitativa e intercalar preguntas o exclamaciones en el discurso ajeno (¡no puede ser!, ¿y qué hiciste?); todos con el fin de que su interlocutor perciba que existe interés en lo que dice.

Esto revela que la mujer opta por el consenso, de ahí que suavice cualquier posible diferencia y minimice su posición de superioridad. Esto también lo consigue cuando, al tomar decisiones, procura que éstas parezcan que han sido consensuadas por el grupo. Otro aspecto relacionado con la tendencia femenina a las relaciones simétricas es la de encubrir su propio estatus, por ello se esfuerza en enmascarar sus conocimientos y experiencias en un campo concreto. De modo que la arrogancia se evita o se suaviza, de hecho habla poco de sus logros personales y con frecuencia recurre a la modestia para acortar las diferencias con los otros.

Esta predilección femenina por los intercambios igualitarios y cooperativos es interpretada en los ambientes laborales como falta de asertividad, de seguridad o incapacidad para el liderazgo. Pero no sólo esta predilección, también la costumbre de expresar las ideas dando rodeos, no porque tengan dudas de lo que desean decir, sino porque se preocupan por el efecto que puedan causar sus palabras en los demás. Por otro lado, las cualidades de la entonación femenina (timbre más agudo, una mayor variación en la intensidad y un tono más elevado y vivaz) son rasgos prosódicos que se asocian a un exceso de emotividad y falta de objetividad.

Otra estrategia habitual de la comunicación femenina, quizás la más estereotipada y hasta ridiculizada en los entornos profesionales, es la necesidad de buscar y crear un clima de intimidad a la hora de tratar temas relacionados con las experiencias vitales; de ahí que se les critique por hablar de los asuntos laborales desde una óptica personal. Esto muchas veces les lleva a sentirse más a gusto intercambiando opiniones en grupos reducidos. Otro de los tópicos desmentidos por muchos de los estudios actuales sobre género y habla, es el asociado al carácter indirecto del habla femenina; rasgo que se asocia erróneamente con manipulación, vacilación o incapacidad para el liderato. Por un lado, no es verdad que las mujeres sean siempre más indirectas que los hombres y, por otro, la estrategia indirecta no tiene nada de malo cuando es compartida y cuando, sobre todo en el ambiente laboral, contribuye al logro de los objetivos profesionales de quien la utiliza. El problema surge cuando no hay una sintonización de estilos, cuando el ritual no es compartido por ambos interlocutores. En este último supuesto la expresión indirecta se suele tomar de forma literal o, por el contrario, no se entiende como una estrategia cortés y no se acata, por ejemplo, una orden en la que se ha atenuado su fuerza impositiva.

Por otra parte, asociar la forma de hablar indirecta con duda o inseguridad y la forma de hablar directa con seguridad y capacidad de mando, es una cuestión que depende más de patrones culturales que de un estilo asociado al género. Veamos en este sentido el contraste que destaca Deborah Tannen entre la cultura norteamericana y la japonesa:

“El contraste es pasmoso. Por una parte, los norteamericanos creen que hablar de manera indirecta denota inseguridad y falta de poder. Por otra, los japoneses suponen que hablar directamente significa perder estatus, mientras que hablar indirectamente (dando razones en vez de negarse rotundamente) significa ganar estatus” (1996, 99).

Sobre este punto es importante destacar que la manera en la que hablamos, por sí sola, no puede interpretarse como un reflejo de los rasgos de personalidad del hablante como, por ejemplo, la capacidad para el liderazgo, la seguridad, la autoestima o la confianza. Si asociamos maneras de comunicarse con rasgos psicológicos es porque relacionamos ciertas formas de hablar con personas que son inseguras o carecen de autoestima. Por tanto, la costumbre femenina de, por ejemplo, evitar hablar de sus logros personales o de hablar de forma indirecta no debiera interpretarse como falta de seguridad, sino como una estrategia para acortar las diferencias con su interlocutor y establecer una relación de igualdad más propicia, desde el punto de vista de ellas, para el mutuo entendimiento.

En el caso del habla masculina, aunque no dista mucho del habla femenina, en general, el estilo de ellos se orienta hacia objetivos lingüísticos diferentes de los de ellas;

“(…) para los varones, el estatus está en constante proceso de negociación en la interacción verbal. Por eso tratan de destacar aquellas diferencias que pueden dar lugar a mostrar su superioridad” (Bengoechea, Mercedes: 2003, 9).

Este rasgo estilístico masculino establece relaciones de desigualdad (asimétricas) entre las personas con las que interacciona, sean éstas hombres o mujeres. Esta tendencia se traduce, a nivel verbal, en el uso frecuente de actos de habla en los que dan órdenes de forma directa, aconsejan y expresan sus opiniones de forma autoritaria y hasta inflexible. Como consecuencia de esto, los hombres evitan descubrir sus fallos y debilidades, ya que pondrían en peligro su estatus dentro de la jerarquía -aún más necesaria en el trabajo- y que se ven obligados a negociar de forma constante.

Por tanto, las alabanzas o los cumplidos se reciben con recelo en los ambientes masculinizados, ya que son vistos como estratégicos más que sinceros o una acción verbal más propia de los subordinados. Por otro lado, cuando un hombre hace un cumplido a un compañero, este no intenta minimizarlo, como sería el caso de un comportamiento verbal femenino, sino que por el contrario se interpreta como una acción evaluativa que revaloriza al que lo recibe.

Este comportamiento comunicativo masculino se basa en la creencia de establecer y mantener el patrón de referencia de lo que debe considerarse como estatus o superioridad, no necesariamente equivalente a una auténtica seguridad en sí mismos. Retomamos aquí la idea de que no siempre el habla refleja de forma veraz un estado psicológico o emocional. Es decir, hablar de forma directa no implica forzosamente estar seguro de lo que se dice, sino parecerlo y evitar así la pérdida de credibilidad o autoridad.

En general, los hombres cuando hablan se muestran menos cooperativos, es decir, están habituados a hablar sin mostrar preocupación por la atención de su interlocutor y cuando escuchan no hacen reconocimiento expreso de las palabras ajenas. Tampoco hacen preguntas, lo que no significa necesariamente que no estén atentos a lo que se dice, simplemente no lo manifiestan como hacen las mujeres. Normalmente los hombres abren los intercambios con una afirmación (gran partido el de anoche ¿no?) y no con una pregunta. Este rasgo suele asociarse a una comunicación que aprecia especialmente la información de hechos y datos, en la que todo acto de habla que se aparte de este objetivo se considera irrelevante y, por tanto, susceptible de callarse. En los ambientes laborales masculinizados este rasgo se asocia con una actuación profesional eficiente.

Para ellos la comunicación no se desarrolla de forma cooperativa, muy por el contrario, sus intervenciones después de las palabras de su interlocutor son con frecuencia para expresar desacuerdo, poner en duda las aseveraciones u opiniones del otro, negar sus palabras, criticar, burlarse e incluso insultarle por sus afirmaciones. Todo esto sin que se produzca un conflicto ni que las críticas se tomen como ofensivas, más bien son recursos que refuerzan los lazos de camaradería entre compañeros de trabajo. Esta característica habitual del estilo masculino se lleva hasta sus últimas consecuencias en la comunicación bursátil. La expresión de una orden (“¿qué pasa con el doce?”) o una demanda (“No joder/ pero oriéntame un poco macho”) de forma directa, tajante y hasta con rudeza verbal, no sólo no es vista como una agresión a la libertad del otro o como una grosería intolerable, sino que es reflejo de un estilo que tiene carta de idoneidad en la Bolsa. Así, no es de extrañar que en las conversaciones bursátiles los gritos y gestos de agresividad sean habituales, sin que en ningún momento se obstaculice la buena relación de los corredores; por el contrario, es una manera habitual de fomentar confianza entre compañeros.

A diferencia de las mujeres, ellos desarrollan los temas de manera individualista y habitualmente competitiva, buscando ser el centro de atención con el fin de mostrar su superioridad. Esta tendencia también contribuye a que el hombre se promocione, destaque abiertamente sus logros y habilidades, comportamiento que contribuye a conseguir ascensos. Para el hombre, en general, los objetivos conseguidos en el trabajo no son producto de una labor en equipo sino un logro individual.

Otra diferencia masculina está relacionada con la entonación que en ellos presenta muchos menos matices que en ellas; es una entonación fría y distante más adecuada, según el criterio masculino, para la resolución de problemas, la discusión de temas o para dar órdenes. Esta tendencia masculina a usar una entonación más plana responde a un estereotipo: parecer expertos en la materia y no implicados emocionalmente. En pocas palabras, se asocia objetividad, precisión y neutralidad con una entonación sin fuertes variaciones.

En general, tanto el estilo considerado femenino como el masculino tienen sentido en el contexto en el que fueron aprendidos, pero en el ambiente laboral tienen consecuencias muy diferentes. Según la lectura que he hecho de ambos estilos en el ámbito laboral, el estilo femenino está en desventaja competencial con respecto al masculino; al menos desde una perspectiva de análisis que tiende a la generalización; el problema de este tipo de lectura es que el escenario sobre el cual se contrastan ambos estilos es fijo, el contexto comunicativo es el mismo, es decir, se trata como un modelo teórico que no refleja fielmente la pluralidad de realidades que existen en el entorno o entornos laborales concretos. Cada situación profesional activa una serie de estrategias tanto conductuales como verbales que regulan las relaciones interpersonales y aseguran la comunicación. Así, las distintas profesiones u oficios rescriben las reglas de comportamiento “habituales” en otros ámbitos sociales para adaptarlas a su especiales exigencias y concretas necesidades comunicativas. Es decir, un corredor de Bolsa maneja un registro profesional bastante diferente al de un pediatra, sean estos hombres o mujeres. El estilo comunicativo de una corredora de Bolsa, “para ser eficiente y obtener resultados positivos en su trabajo”, está más cerca de lo que ya hemos descrito como estilo masculino que del femenino. Por el contrario, el estilo de un pediatra debe procurar acercarse a los rasgos propios del habla femenina. Con esto quiero destacar que cada persona, independientemente de su sexo y de su estilo de habla, debe aprender, simultáneamente con el instrucción técnica de una determinada profesión, el registro que exige la comunicación eficaz en ese concreto entorno especializado, so pena de ser o parecer incompetente.

Aún más, dentro de un mismo desempeño profesional, tanto hombres como mujeres, deben enfrentarse diariamente a distintas situaciones que requieren actitudes comunicativas y registros diversos. Sirvámonos del ejemplo que documenta Debora Tannen (1996: 142) de una pediatra que debe enfrentarse a dos situaciones concretas de comunicación (entrevista con la madre de un paciente y una junta médica) en las que se ve obligada a variar-acomodar su registro “profesional”. En la entrevista con la madre de la paciente con una grave malformación cerebral, la pediatra se mostró insegura: vaciló con mucha frecuencia, usó expresiones vagas que no aclaraban de forma definitiva la patología de la niña, evitó enfatizar las consecuencias más negativas de la dolencia, fueron habituales los rodeos y las repeticiones. Esa misma médica, que se mostraba tan poco segura al explicar a la madre la gravedad de la malformación de su hija, en la reunión con otros colegas expresaba la misma información de forma firme y directa.

La aparente falta de seguridad y claridad de la pediatra en la primera situación se debía a su desconocimiento de cuánta información manejaban ya los padres sobre la dolencia de la hija y su sensibilidad al posible impacto emocional que supondría decir a la madre que la niña podría morir en cualquier momento. Un profesional de la medicina, sea hombre o mujer, debe ser conciente de que trabaja con el dolor de personas reales que demandan información objetiva y clara, pero además, sensibilidad y tacto. Este caso hace más evidente la necesidad de una flexibilidad en los registros también en el campo profesional. No podemos mandar a una médica a que hable con la madre porque su estilo comunicativo en virtud de su género parece el más adecuado para atenuar el impacto emocional y dejar que sea un médico el que informe del mismo caso al equipo de colegas.

En suma, si bien es difícil negar que el estilo asociado culturalmente al habla femenina en muchos ambientes laborales, sobre todo los relacionados con la empresa, suele ser considerado menos apropiado que el masculino, esta realidad no puede extrapolarse a todos los entornos profesionales. De hecho, existen muchas profesiones en las que el hombre debe acercarse a la fórmula femenina porque el desempeño eficiente de su labor así se lo exige. De modo que lo importante es que el hablante acomode su comportamiento comunicativo a las necesidades de la labor concreta y a las diferentes situaciones que se le presentan, sin importar si ese comportamiento se aleja o se acerca al estilo que emplea en otros ámbitos, como el familiar o el de las amistades, y que de forma estereotipada (no siempre tan habitual como creemos), se asocia a su sexo.

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Ana Gisela Yépez Peñalver Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero30/dlaboral.html CopyLeft
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