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El hombre de la bandera, un cuento de López Albújar - Aspectos discursivos de El hombre de la bandera (II)

 ***** (9 opiniones)
CopyLeft Monografía de Luis Veres Cortés - 21 de Agosto de 2006
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5. Aspectos discursivos de El hombre de la bandera (II)

El indio es descrito como un "imbécil", según las palabras de Basadre. No cree en la civilización, desconfía de las palabras de el hombre de la bandera en un principio, pero finalmente se le une. Todavía puede resolver su situación:

El auditorio dejo de chacchar y estalló en una estrepitosa carcajada. ¡Qué cosa las que contaba este Pomares! Habría que verlas [ 17 ].

El indio tiene no tiene conciencia de clase y además no sabe reconocer sus riquezas, ni tiene idea de la posesión del territorio que ocupa. Mantiene una postura de resistir su situación mientras la opresión les permita vivir:

—¿Por qué has dicho, Pomares, nuestras riquezas? ¿Nuestras riquezas son acaso las de los mistis? ¿Y qué riquezas tenemos nosotros? Nosotros sólo tenemos carneros, vacas, terrenitos y papas y trigo para comer. ¿Valdrán todas estas cosas tanto para que esos hombres vengan de tan lejos a querérnoslas quitar? [ 18 ]

El indio se muestra reticente en un principio, pero luego durante la batalla saca su valentía. Es un ser hecho para la guerra que se sirve de ese odio, acumulado durante generaciones contra el hombre blanco, para vencer al pueblo invasor:

Aquel reto envolvía una insólita audacia; la audacia de la carne contra el hierro, de la honda contra el plomo, del cuchillo contra la bayoneta, de la confusión contra la disciplina. Pero era un rasgo que vindicaba a la raza y que venía a percutir en el corazón de un pueblo, dolorido y desconcertado por la derrota [ 19 ].

De manera que sufre una transformación. El indio pasa de no formar parte de ese estado formado por grupos tribales y antagonistas a caminar conjuntamente para un mismo fin:

Nadie se detuvo a reflexionar sobre la superioridad de las armas del invasor. Se sabía que un puñado de hombres extraños, odiosos, rapaces, sanguinarios y violentos, venidos de un país remoto, había invadido por segunda vez su capital, y esto les bastaba. Aquella invasión era un peligro, como muy bien había dicho Pomares, que despertaba en ellos el recuerdo de los abusos pasados [ 20 ].

Esta transformación del indio es vista de manera religiosa:

Sin saberlo, aquellos hombres habían hecho su comunión en el altar de la patria [ 21 ].

En un plano no menos importante se presenta la clase blanca. Se distingue entre los mistis peruanos, peruanos blancos de las élites de la costa, y los mistis chilenos, pueblo invasor. Los primeros son protagonistas, mientras que los segundos antagonistas. Los chilenos se muestran como los blancos malos:

...se agitaban hombres que días antes habían cometido, al amparo de la fuerza, todos los vandalismos que la barbarie triunfante podía imaginar. Un viento de humillación soplaba sobre las almas. Habríase preferido la invasión franca, como la primera vez, el vivir angustioso bajo el imperio de la ley marcial del chileno; la hostilidad de todas las horas, de todos los instantes; el estado de guerra, en una palabra, con todas sus brutalidades y exacciones [ 22 ].

También se critica el papel jugado como traidores por los peruanos que se alían con los chilenos invasores. Son los representates de la traición a la patria y al concepto de nación:

¿Pero un prefecto peruano amparado por fuerzas chilenas!... Era demasiado para un pueblo, cuya virilidad y soberbia castellana estuvieron siempre al servicio de las más nobles rebeldías [ 23 ]

Y al lado del espíritu de rebeldía se alzaba el del desaliento, el del pesimismo, un pesimismo que se intensificaba al verse a ciertos hombres —esos que en todas partes y en las horas de las grandes desventuras saben extraer de la desgracia un beneficio o una conveniencia— paseando y bebiendo con el vencedor [ 24 ].

Los chilenos poseen todos los atributos de los antagonistas. Son crueles, despiadados, injustos y bárbaros, no respetan ni a las mujeres ni a los niños, ni tampoco respetan las iglesias. Aparicio Pomares será quien los describa:

Esos son los que hace tres años entraron en el Perú a sangre y fuego. Son Supaypa-huachashgan y es preciso exterminarles. Esos hombres incendian los pueblos por donde pasan, rematan a los heridos, fusilan a los prisioneros, violan a las mujeres, ensartan en sus bayonetas a los niños, se meten a caballo en las iglesias, roban las custodias y las alhajas de los santos y después viven en las casas de Dios sin respeto alguno, convirtiendo las capillas en pesebres y los altares en fogones [ 25 ].

Esta descripción presenta semejanzas con aquellas que los informantes de Fray Bernardino de Sahagún realizaban de los españoles. Son crueles, al igual que los españoles, no respetan sus templos y viven en ellos, al igual que los conquistadores:

Mas visto por nuestros tlaxcaltecas que nuestros españoles apedillaban a Santiago y comenzaban a quemar los españoles los templos de los ídolos y a derribarlos por los suelos, profanándolos con gran determinación... [ 26 ]

O este ejemplo de la descripción que hace Bartolomé de las Casas de la destrucción de Nueva España:

Porque son tantos y tales los estragos y crueldades, matanzas y destrucciones, despoblaciones, robos, violencias y tiranías... [ 27 ]

Esta semejanza puede parecer casual a primera vista, pero más adelante se ve que los chilenos, como los primeros conquistadores, montan caballos más grandes que los caballos de los indios y hacen disparar sus cañones con los que matan a las multitudes:

Como les decía, esos hombres, a quienes nuestros hermanos del otro lado llaman chilenos desembarcaron en Pisagua y lo incendiaron. Y lo mismo vienen haciendo en todas partes. Montan unos caballos muy grandes, dos veces nuestros caballitos, y tienen cañones que matan gente por docenas... [ 28 ]

La codicia de los chilenos es puesta de relieve varias veces:

...les ha entrado la codicia por nuestras riquezas, porque saben que el Perú es muy rico y ellos muy pobres. Son unos piojos hambrientos [ 29 ].

Es una codicia que no tiene límites:

Ellos no vienen ahora por nuestros ganados, pero sí vienen por nuestras tierras que están allá en el sur. Primero se agarrarán esas, después se agarrarán las de acá. ¿Qué se creen ustedes? En la guerra el que puede más le quita todo al que puede menos [ 30 ].

Son iguales que cualquier conquistador de ultramar:

...el genio diabólico de esos hombres tendía a su credulidad, para sorprenderles y despojarles de sus tierras, incendiarles sus chozas, devorarles sus ganados y violarles a sus mujeres. Las mismas violencias cometidas con ellos secularmente por todos los hombres venidos del otro lado de los Andes, del mar, desde el uiracocha barbudo y codicioso, que les arrasó su imperio, hasta el soldado de calzón rojo y botas amarillas de hoy, que iba dejando a su paso un reguero de cadáveres y ruinas [ 31 ].

Sin embargo no todos los blancos son iguales. Aparece una distinción entre los mistis chilenos y los mistis peruanos. La élite peruana tiene algo en común con los indios: su nacionalidad. Deben estar unidos frente a la causa común, pues todos forman parte de ese proyecto afín que es la creación del estado. El problema lo plantea uno de los jefes indígenas y a él le responde Aparicio Pomares:

—(...)¿por qué vamos a hacer causa común con mistis piruanos? Mistis piruanos nos han tratado siempre mal. No hay un año en que esos hombres no vengan por acá y nos saquen contribuciones y nos roben nuestros animales y también nuestros hijos, unas veces para hacerlos soldados y otras para hacerlos pongos. ¿Te has olvidado de eso Pomares?
—No, Cusasquiche. Cómo voy a olvidarlo si conmigo ha pasado eso. Hace cuatro años que me tomaron en Huánuco y me metieron al ejército y me mandaron a pelear al sur con los chilenos. Y fui a pelear llevando a mi mujer y a mis hijos colgados del corazón. ¿Qué iba a ser de ellos sin mí? Todos los días pensaba lo mismo y todos los días intentaba desertarme. Pero se nos vigilaba mucho. Ya en el sur, una vez que supe por el sargento de mi batallón por qué peleábamos, y vi que otros compañeros, que no eran indios como yo, pero seguramente de mi misma condición, cantaban, bailaban y reían en el mismo cuartel, y en el combate se batían como leones, gritando ¡Viva el Perú! y retando al enemigo, tuve vergüenza de mi pena y me resolví a pelear como ellos. ¿Acaso ellos no tendrían mujer y guaguas como yo? Y como oí que todos se llamaban peruanos, yo también me llamé peruano. Unos peruanos de Lima; otros peruanos de Trujillo; otros peruanos de Arequipa; otros peruanos de Tacna. Yo era peruano de Chupán... de Huánuco [ 32 ].

La diferencia entre ambos grupos se establece según la nacionalidad:

—(...) ¿Que los mistis peruanos nos tratan mal? ¡Verdad! Pero peor nos tratarían los mistis chilenos. Los peruanos son, al fin, hermanos nuestros; los otros son nuestros enemigos. Y entre unos y otros, elijan ustedes [ 33 ].

La acción transcurre en Huánuco, un poblado indígena de la región de Chapán, al sur de Perú, cerca de la frontera con Chile. Zona que fue invadida en 1883 por el ejército chileno. Este espacio se muestra como una zona aislada del resto del país. La visión que pretende dar López Albújar sobre su país es la de un territorio regionalizado, con pequeños núcleos de población extremadamente separados entre sí. Ello contribuye a que los indios no tengan conciencia de clase ni noción de estado. Una muestra de esta óptica sobre el Perú es este párrafo:

—(...) ustedes no saben dónde queda Pisagua, ni qué cosa es un puerto. Les diré. Pisagua está muy lejos de aquí, a más de trescientas leguas, al otro lado de estas montañas, al sur... Y se llama puerto porque tiene al pie el mar [ 34 ].

El desconocimiento de este espacio por parte de los indios es total. Sólo conocen su realidad más próxima. Por otra parte, sorprende no encontrar en este cuento largas descripciones sobre el paisaje y la naturaleza, lo cual distancia a este cuento de otros del mismo libro, como Los tres Jircas, y lo separa del mismo Realismo latinoamericano.

Cuentos andinos se publica en 1920. Es ese el momento en el que en Perú surge un intenso debate sobre la identidad del país y el problema indígena. A esta corriente de pensamiento se le llama Indigenismo. El Indigenismo no fue una filosofía uniforme, sino que se puede hablar de diversos indigenismos. Existen, de este modo tres grandes tendencias:

-Los novecentistas. Con Belaunde a la cabeza como máximo teórico, piensan que el problema indígena se debe resolver mediante la educación, según las tesis imperantes de la época del Krausismo. Consideran que en Perú deben gobernar las élites blancas, los cuales son los únicos que pueden sacar el país adelante.

-El pensamiento de Mariátegui y sus seguidores también será muy influyente en los círculos intelectuales. Como fundador del partido comunista peruano, parte del comunismo incaico como modelo de sociedad. Su modelo político sufre fracturas, pues tal comunismo nunca llegó a producirse, por lo que parte de una premisa incierta.

-Tesis mesticista. Su mejor representante es Basadre. Apuesta por un Perú en el que participen tanto indios como blancos, como mestizos. También piensa que el problema indígena se soluciona mediante la educación. Considera que los indios deben incorporarse a la cultura blanca y abandonar su cultura. Es una tesis contradictoria. En esta corriente de pensamiento se insertan los Cuentos andinos.

La acción se inserta en un segmento temporal de varios días del año 1883, como se nos señala al principio del relato. Este momento es de capital importancia para el Perú pues tiene lugar la Guerra del Pacífico, hecho histórico en el cual suceden los hechos contados.

La circunstancia de estar separados Chile y Bolivia por los extensos arenales de Ataca, cuyas peligrosas costas no ofrecen seguridades a la navegación ni permiten la construcción de puertos, fue la causa de que los distintos gobiernos de estas naciones no dieran importancia a la delimitación de sus fronteras. Pero todo cambió cuando se descubririeron yacimientos de guano en el Perú, puesto que el gobierno de Chile también creyó poder encontrar depósitos de la misma sustancia en sus costas y en las que estaban en litigio con Bolivia. En 1842 declaró propiedad nacional el territorio entre el puerto de Coquimbo y el morro de Mejillones. Bolivia al año siguiente reclamó la propiedad desde el litoral de Atacama hasta el río Salado, estableciéndose largas negociaciones para la solución del problema. Finalmente éstas se rompieron en 1864. La guerra con España retrasó el conflicto, pero en 1866 se deciden los límites de ambos países, estableciéndose una franja entre ambos países para la explotación conjunta del guano. Bolivia no respetó el tratado. En 1874 se celebró otro tratado, por el cual Bolivia no podía cargar con impuestos a las empresas chilenas establecidas en su territorio, de modo que el puerto de Antofogasta se convirtió en un verdadero puerto chileno a causa de la afluencia de empresas chilenas.

En febrero de 1878 la Asamblea Boliviana aprobó una ley por la cual se gravaban todos los intereses chilenos en Antofogasta. Chile no toleró tal acción y envió quinientos hombres a Antofogasta para defender sus empresas. Los chilenos avanzaron hasta Calama obligando a Bolivia a retirarse hasta Potosí.

Esta situación sufrió un cambio brusco con la intervención de Perú. La prensa peruana había tomado una postura beligerante contra Chile desde su conflicto con Bolivia y su gobierno hacía preparativos militares obligado por los compromisos diplomáticos. Chile, tras el fracaso de las negociaciones diplomáticas, declaró la guerra a Perú el 5 de abril de 1879.

La guerra se prolongó hasta el 20 de octubre de 1883, fecha en la cual el rico territorio salitrero de Tarapacá fue cedido a Chile que hasta entonces había dominado el conflicto.

Finalmente, en cuanto al narrador, en El hombre de la bandera se alternan dos modos narrativos: la narración y el diálogo. El primero responde a un modelo de narrador totalmente parcial, pues, aunque no pertenece a la historia, (es externo), aparece completamente comprometido con la causa peruana en el conflicto de la Guerra del Pacífico y con el mensaje que se desprende del texto acerca de la identidad mestiza del los peruanos.

En segundo lugar, se encuentra la voz del protagonista, Aparicio Pomares, que es el encargado de difundir entre los indios las tesis de López Albújar sobre la identidad peruana y que ya hemos explicado anteriormente. El diálogo es bastante dinámico, aunque, como es normal, prevalece la voz de Aparicio Pomares, como ideólogo, sobre la del resto de los indios.

Autor y licencia de 'El hombre de la bandera, un cuento de López Albújar - Aspectos discursivos de El hombre de la bandera (II)'
Luis Veres Cortés Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero5/lveres.htm CopyLeft
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