El hombre, ¿un animal racional? - RELACIONES CON LOS DEMÁS
Monografía creado por Rafael Carbó. Extraido de: http://www.editorial-na.com/articulos/articulo.asp?art=190
17 de Mayo de 2005
Antropología, Filosofía, Psicología
2 - RELACIONES CON LOS DEMÁS
Aunque se podría confeccionar un catálogo muy extenso de necesidades humanas: sentimiento de arraigo, búsqueda de la objetividad, desarrollo de la razón y la capacidad creadora, etc., quizá la más importante y la que tiene que ser resuelta de forma más perentoria, es la de vincularse con los seres humanos que le rodean, de relacionarse con ellos. Cubrir esta necesidad es esencial para evolucionar como hombre, y su ausencia es, a menudo, causa de trastornos tanto a nivel individual como social.
Existen varios caminos para buscar y conseguir esa unión. Uno de ellos es establecer una relación de sumisión hacia una persona o grupo. De este modo se elimina la sensación de aislamiento de su existencia individual, pero a cambio vincula su identidad al poder al que se ha sometido. Otra forma de relación incorrecta se encuentra en la dirección contraria, esto es, el establecer una relación de dominio sobre los demás. Tanto en un caso como en el otro nunca llega una satisfacción real. La causa es que aunque creen una sensación de unión, destruyen la de integridad. Además, estas pasiones tienen un dinamismo propio, y como ningún grado de sumisión o dominio es suficiente para producir sensación de identidad e individualidad, se buscan una sumisión o un dominio cada vez mayores. El resultado es que la persona afectada por estos tipos de relación, en realidad, se hace dependiente de los demás; en lugar de desarrollar su propio ser individual depende de aquellos a quien se somete o domina.
Sólo hay un sentimiento que satisface la necesidad que siente el hombre de unirse con el mundo sin perder su integridad ni su individualidad; este sentimiento es el amor. El amor es un sentimiento de coparticipación que no restringe la actividad interna. Hay amor en la solidaridad con los demás, en la relación de una madre con su hijo, en la devoción hacia lo divino... En el acto de amor el individuo es todo con todo y, sin embargo, sigue siendo uno mismo e independiente. El amor es, en el plano del sentimiento, la relación activa y creadora del hombre con su prójimo, con la naturaleza o consigo mismo. Si alguien ama únicamente a otra persona, y esta relación lo separa del resto, puede existir unión, pero eso no es amor; el que ama realmente a una persona ama a toda la humanidad y a sí mismo.
Tan sólo podemos apreciar plenamente la necesidad que tiene el hombre de relacionarse con los demás cuando observamos las consecuencias que surgen de la ausencia de ésta. El poeta romano P. Ovidio Nasón, nos narra en su libro Las Metamorfosis una preciosa historia que nos ayudará a comprender mejor este problema. Narciso era un joven hermoso, cuya belleza atrajo el amor de la ninfa Eco. Ésta le amaba con tanta pasión que le seguía por doquier con la esperanza de arrancarle alguna palabra favorable, una mirada cariñosa, una prueba de afecto. Trabajo inútil: una obstinada indiferencia era el único premio a tales desvelos.
En cierta ocasión, cuando paseaba por el bosque, Narciso se acercó al remanso de una fuente de aguas transparentes para calmar su sed. Al ver reflejado su rostro en la superficie cristalina, quedó de tal manera atrapado por su propia belleza, que no pudo ya separarse de su reflejo. Cuando más se contemplaba mayor era su loca pasión, obsesionado por intentar tomar con las manos lo que sólo era una imagen intangible. Inmóvil día y noche junto a la fuente, se consumió de inanición y melancolía. Cuando las ninfas descendieron de las montañas, en lugar de su cuerpo encontraron una nueva flor a la que llamaron narciso.
Este mito fue utilizado posteriormente para dar nombre a un trastorno del ser humano: el narcisismo. El narcisismo es un fenómeno natural en los primeros años de la vida del hombre, pero cuando persiste en etapas posteriores, se convierte en esencia de muchas enfermedades psíquicas y sociales. Pues, para la persona afectada, sólo hay una realidad: la de sus propios pensamientos y necesidades. El mundo no es percibido objetivamente sino, como el protagonista del mito, es percibido como un reflejo de sí mismo. El narcisismo conduce al aislamiento interior, a la insensibilidad hacia los demás y, en casos extremos, hacia la locura.
Existen varios caminos para buscar y conseguir esa unión. Uno de ellos es establecer una relación de sumisión hacia una persona o grupo. De este modo se elimina la sensación de aislamiento de su existencia individual, pero a cambio vincula su identidad al poder al que se ha sometido. Otra forma de relación incorrecta se encuentra en la dirección contraria, esto es, el establecer una relación de dominio sobre los demás. Tanto en un caso como en el otro nunca llega una satisfacción real. La causa es que aunque creen una sensación de unión, destruyen la de integridad. Además, estas pasiones tienen un dinamismo propio, y como ningún grado de sumisión o dominio es suficiente para producir sensación de identidad e individualidad, se buscan una sumisión o un dominio cada vez mayores. El resultado es que la persona afectada por estos tipos de relación, en realidad, se hace dependiente de los demás; en lugar de desarrollar su propio ser individual depende de aquellos a quien se somete o domina.
Sólo hay un sentimiento que satisface la necesidad que siente el hombre de unirse con el mundo sin perder su integridad ni su individualidad; este sentimiento es el amor. El amor es un sentimiento de coparticipación que no restringe la actividad interna. Hay amor en la solidaridad con los demás, en la relación de una madre con su hijo, en la devoción hacia lo divino... En el acto de amor el individuo es todo con todo y, sin embargo, sigue siendo uno mismo e independiente. El amor es, en el plano del sentimiento, la relación activa y creadora del hombre con su prójimo, con la naturaleza o consigo mismo. Si alguien ama únicamente a otra persona, y esta relación lo separa del resto, puede existir unión, pero eso no es amor; el que ama realmente a una persona ama a toda la humanidad y a sí mismo.
Tan sólo podemos apreciar plenamente la necesidad que tiene el hombre de relacionarse con los demás cuando observamos las consecuencias que surgen de la ausencia de ésta. El poeta romano P. Ovidio Nasón, nos narra en su libro Las Metamorfosis una preciosa historia que nos ayudará a comprender mejor este problema. Narciso era un joven hermoso, cuya belleza atrajo el amor de la ninfa Eco. Ésta le amaba con tanta pasión que le seguía por doquier con la esperanza de arrancarle alguna palabra favorable, una mirada cariñosa, una prueba de afecto. Trabajo inútil: una obstinada indiferencia era el único premio a tales desvelos.
En cierta ocasión, cuando paseaba por el bosque, Narciso se acercó al remanso de una fuente de aguas transparentes para calmar su sed. Al ver reflejado su rostro en la superficie cristalina, quedó de tal manera atrapado por su propia belleza, que no pudo ya separarse de su reflejo. Cuando más se contemplaba mayor era su loca pasión, obsesionado por intentar tomar con las manos lo que sólo era una imagen intangible. Inmóvil día y noche junto a la fuente, se consumió de inanición y melancolía. Cuando las ninfas descendieron de las montañas, en lugar de su cuerpo encontraron una nueva flor a la que llamaron narciso.
Este mito fue utilizado posteriormente para dar nombre a un trastorno del ser humano: el narcisismo. El narcisismo es un fenómeno natural en los primeros años de la vida del hombre, pero cuando persiste en etapas posteriores, se convierte en esencia de muchas enfermedades psíquicas y sociales. Pues, para la persona afectada, sólo hay una realidad: la de sus propios pensamientos y necesidades. El mundo no es percibido objetivamente sino, como el protagonista del mito, es percibido como un reflejo de sí mismo. El narcisismo conduce al aislamiento interior, a la insensibilidad hacia los demás y, en casos extremos, hacia la locura.
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