Vicente Aleixandre tenía una calva irremediable de ermitaño sibarita, una combinación de inocencia y firmeza en los ojos azules y una nariz vanidosa bajo la que se extendía el arañazo de un bigotín débil, de un rubio desnutrido y serio, apenas delineado, como si fuese el esqueleto de un mostacho que nunca prosperó en la cara del poeta, porque él se lo hacía recortar cada mañana para adaptarlo a la hidalguía de sus pulcros rasgos de conserje de Sotheby’s, aunque el poeta había nacido en Sevilla y su infancia fueron recuerdos del mar de Málaga.
Vicente Aleixandre era un señor amigable como la brisa de mayo y ameno como un nocturno de Chopin; también era un poeta al que le faltaba un riñón. Vicente Aleixandre vivía en el número 3 de la calle de Velintonia con su hermana y un perro llamado Sirio, de pelaje oscuro y rabo zalamero, cuyos ojos imitaban la misma inteligencia que los del dueño, y que sólo ladraba a los malos poetas.
Si menciono el domicilio de Aleixandre, es porque tras la publicación de Sombra del paraíso aquel chalé del Parque Metropolitano que hoy se está cayendo a cachos habría de convertirse en una especie de Lourdes profana a la que peregrinaban los jóvenes poetas en busca de luz y dictámenes. Aleixandre, que tenía el corazón abierto las veinticuatro horas del día, como una farmacia de guardia de la amistad, a todos atendió con interés. En cuanto a su carácter, Gil de Biedma se admiraba de "la vehemencia que [Aleixandre] pone, de repente, en el relato más trivial. En cualquier revuelta del diálogo se le acelera la palabra, casi jadea, como si entre frase y frase tuviera que sumergirse, borboteando, para calar al fondo de la historia. Hoy nos contaba su paseo hasta la oficina de telégrafos [...]. Y el tono, las inflexiones de la voz y el gesto, el inoíble (sic) pianissimo, suscitaban la idea de una expedición tremenda, misteriosamente significativa, lo mismo que la bajada de Orfeo a los infiernos".
Aparte de Gil de Biedma, por casa de Aleixandre pasarían, que me acuerde ahora, Carlos Bousoño —su crítico más sagaz—, José Luis Cano, Carmen Conde, Claudio Rodríguez, Francisco Brines, Antonio Colinas, Vicente Molina Foix y Pere Gimferrer. Yo creo que a Velintonia 3 se le tendría que reservar un capítulo en los manuales de literatura, como al Arcipreste de Hita o a Góngora.
Aquellas visitas mitigaron los rigores del exilio interior que sufrió el poeta durante los primeros años que sucedieron a la guerra civil, y en los que no sólo se prohibieron sus libros sino que se reforzó la intransigencia hasta el punto de castigar a quien pronunciara su nombre, de ahí que los más atrevidos aludieran a Aleixandre llamándole el "autor de La destrucción o el amor". Era tal el repudio público al que se sometió al poeta, que hubo un periodista barcelonés que, al enterarse de que iba a publicar un nuevo libro, escribió: "No hemos ganado la guerra para que Vicente Aleixandre publique libros".
Es verdad que en 1937 el poeta buscó interponer tierra y olvido entre él y aquella España "de luz, mierda y aulaga" (Luis Rosales), pero se le denegó el permiso por estar en edad militar y más tarde se lo impedirían las quejumbres de sus dolencias: una tuberculosis renal que lo condenó a guardar reposo de por vida y a abandonar su trabajo de profesor auxiliar en la Escuela de Comercio. Sin embargo, como no hay mal que por bien no venga, en Aleixandre se malogró un economista a cambio del nacimiento de un poeta magnífico.
Porque Vicente Aleixandre no escribió como un movimiento poético, sino que él fue en sí mismo un movimiento poético. Por ejemplo, el surrealismo suyo fue una interpretación del surrealismo francés; la creación, en fin, de una nueva tendencia a la que cabría llamar aleixandrinismo, ya que a diferencia de otros poetas, de otros buenos y hasta geniales poetas, que emplean el estilo para transfigurar el mundo, Aleixandre utiliza el lenguaje para crear otro mundo. Un mundo apto para poder construir espadas como labios, para recrearse en la destrucción o el amor, para relatar la historia del corazón y morir a sus anchas en la precisa sombra del paraíso.
La crítica ha señalado en Aleixandre una sabia manipulación de la tradición poética, que va desde el Libro de Buen Amor a la poesía mística, así como el muy personal manejo de los recursos expresivos que le suministraban los grandes gurús del irracionalismo (Rimbaud, Joyce, Lautréamont, Apollinaire, Breton, Eluard, Crevel, etc.), pero de este múltiple magisterio no hay que excluir una influencia mayor: la de la vida. Así lo confesó el poeta a su gran amigo Dámaso Alonso —quien lo inició en la poesía— en una carta de 1940: "Tú que tanto me conoces, sabes que soy el poeta o uno de los poetas en quienes más influye la vida".
Una vida siempre responsable y unitaria como su obra; una obra presidida por la cuádruple alianza de la naturaleza, el hombre, el amor y la muerte. Bousoño ha señalado que Aleixandre "es el único poeta de cualquier país y tiempo que ha podido atravesar cuatro muy diferentes visiones del mundo sin perder esa unidad". La primera es deudora de la poesía pura (Ámbito); la segunda es la etapa "cósmica" o de exaltación de los impulsos elementales de la naturaleza, de sustitución del sentimiento por el instinto, de "solidaridad amorosa con todo lo creado" (la correspondiente a su etapa surrealista); sigue después una tercera etapa de compromiso con el hombre (Historia del corazón), y por último una vuelta a los orígenes surrealistas, si bien atendiendo temáticamente a la vejez y a la muerte.
Pablo Neruda dijo en cierta ocasión: "Vicente goza, como diríamos en mi tierra, de una mala salud de fierro, y nos enterrará a todos". Murió, en efecto, longevo: a los ochenta y seis años. En Poemas de la consumación dejó escritos unos versos que bien pudieran resumir su vida y valer como su epitafio: "Hacer es vivir más, o haber vivido / o ir a vivir. Quien muere vive, y dura".
Vicente Aleixandre fue académico de la Lengua, recibió el Premio Nacional en 1933 por La destrucción o el amor, el de la Crítica en 1969 por Poemas de la consumación, y finalmente, en 1977, el Premio Nobel, del que dijo en una entrevista a Fernando G. Delgado, cuatro años después de su concesión: "El balance del Nobel, para mí, es el balance de mi enfermedad. El Nobel que yo he recibido es el dolor y el sufrimiento".