El juego de apariencias y realidades en la estructuración de la leyenda de los siete infantes de Lara - Hechos frente a palabras
El episodio del bohordo, que es el que da origen al conflicto entre clanes que la leyenda cuenta y canta, se produce en las bodas de Ruy Blásquez, brillante caballero del linaje de Lara y fiel vasallo del segundo conde de Castilla -Garci Fernández-, con una prima de éste, noble dama de la Bureba, llamada doña Lambra. A las bodas, famosas por su derroche, acuden como invitados preferentes los siete infantes de Lara, sobrinos maternos del novio, acompañados por su madre, doña Sancha3.
Para finalizar de forma sonada los festejos de bodas, se hace montar un alto tablado en la glera de Burgos (por Ruy Básquez, según las crónicas, o por doña Lambra según algún romance) para que compitan con sus bohordos los caballeros asistentes. Los siete infantes, mozos famosos por su valentía, no acuden al envite del tablado y se quedan acompañando a su madre, a la que, como sabemos por los romances primitivos, no le gustan los peligrosos y conflictivos juegos de alanceo:
y después que hayáis comido ninguno salga a la plaza,
porque son las gentes muchas, siempre travaréis palabras.
Desque ayáis comido, hijos, no salgades a las plaças,
porque las gentes son muchas y trávanse muchas barrajas.
Por Dios os ruego, mis hijos, no salgáis de las posadas
porque en semejantes fiestas se urden buenas lançadas.
Esta sosegada tertulia es interrumpida bruscamente por doña Lambra, que llega exultante cantando el excelente lance que su primo Alvar Sánchez ha realizado en la glera, tachando de forma tácita o expresa, según las fuentes cronísticas o romancísticas, de menosvaler a la familia de su marido:
Donna Llambla quando lo oyó, et sopo que su cormano Alvar Sánchez fiziera aquel colpe, plogol’ mucho, et con el grand plazer que ende ovo, dixo ante donna Sancha, su cunnada, et ante todos VII sus fijos que seíen y con ella: “Agora vet, amigos, qué cavallero tan esforçado es Alvar Sánchez, ca de quantos allí son llegados non pudo ninguno ferir el somo del tablado sinon el solo tan solamientre; et más valió allí el solo que todos los otros. (1ª C.G.).
Doña Llambra quando lo oyó, e sopo que su cormano Alvar Sanches lançara tan bien, plogol’ mucho, e con grant plaser que ende ovo dixo aquellos que ý seían con ella que non vedaría su amor a ome tan de pro si nos fuese so pariente tan llegado. (C. 1344).
-¡O, maldita sea la dama que su cuerpo te negava!,
que si yo casada no fuera el mío yo te entregara.
-Amad, señoras, amad, cada una en su lugar,
que más vale un cavallero de los de Córdova la llana,
que no veinte ni treinta de los de la casa de Lara.
-Adamad, dueñas, amad, cada cual de buena gana,
que más vale un cavallero que cuatro de los de Salas.
Aunque los hermanos mayores se toman a broma las invectivas de su tía,
Quando aquello oyeron donna Sancha et sus fijos, tomáronse a riir; mas los cavalleros, como estavan en grand sabor de un juego que avien començado, ningún d´ellos non paró mientes en aquello que doña Llambla dixera...,
no ocurre lo mismo con el pequeño, Gonzalo, que, picado por la ofensa que para su madre y su linaje suponen tales denuestos, -si seguimos la información cronística- o instigado por su ayo Muño Salido -si seguimos la que nos ofrecen algunos de los romances-, acude solitario al lugar de la competición donde realiza un bohordo que deja muy por debajo al ejecutado por el primo de la novia al que se dirige después, con socarrona rechifla, aludiendo a su empavonamiento:
Tan bien alançeades vós et tanto se pagan de vos las duennas, que bien me semeja que non fablan de otro cavallero sino de vós.
La respuesta aquiescente de Alvar Sánchez al pequeño de Lara, otorgando con contundentes palabras lo que el infante ha proferido con intención burlesca:
Si las duennas de mi fablan, fazen derecho, ca entienden que valo más que todos los otros,
saca de quicio a Gonzalo, que le replica con tal puñetazo en la cara que lo deja tumbado muerto en el suelo:
Quando esto oyó Gonçalo Gonçález, pesol’ muy de coraçón et non lo pudo sofrir, et dexóse ir a éll tan bravamientre que más non podrie, et diol’ una tan grand punnada en el rostro que los dientes et las quexadas le crebantó, de guisa que luego cayó en tierra muerto a los pies del cavallo.
El funesto conflicto que se ha producido a raíz del alanceo no deja impasibles a los desposados, que se sienten ofendidos por el ultraje que contra ellos se ha cometido en las bodas, cuyo pacífico desarrollo ha sido violado por la irrupción de peleas, sangre y muerte. Ahora bien, la persona más ofendida por esos desórdenes es la novia, doña Lambra, a cuyo disgusto acude presuroso su marido Ruy Blásquez yendo a la glera a castigar a los alborotadores.
En cuanto llega al lugar de los juegos, donde se ha producido la reyerta, Ruy Blásquez agrede de forma violenta a su sobrino Gonzalo que intenta darle razón de lo sucedido. El muchacho, viéndose golpeado, a su juicio sin razón, por el hermano de su madre, replica de forma insolente a su tío quien, una vez más, sin mediar palabra, vuelve a golpearle. Ante esta segunda agresión que el menor de los Lara consigue esquivar, éste se defiende contraatacando a su tío y estampándole en la cara un azor que arrebata de manos de su criado. Cuando don Rodrigo de Lara (Ruy Blásquez) siente en su rostro el golpe del azor y se siente sangrar, grita desesperadamente pidiendo ayuda a sus criados. El infante menor, entonces, protegido por sus hermanos logra salir de la refriega y todos ellos, acompañados de su madre, regresan a su casa solariega en Salas.
Donna Llambla, quando lo oyó, començó a dar grandes vozes, llorando muy fuerte, et diziendo que nunqua duenna assí fuera desondrada en sus bodas commo ella fuera allí. Roy Blásquez, quando aquello sopo, cavalgó a grand priessa, et tomó un astil en la mano, et fuesse pora allá do estavan; et quando llegó a los VII infantes, alçó a arriba el braço con aquel astil que levava, et dio con éll un tan grand colpe en la cabeça a Gonçalo Gonçález que por cinco lugares le fizo crebar la sangre. Gonçalo Gonçález, quando se vio tan mal ferido, dixo: “Par Dios, tío, nunqua yo vos meresçí por que vos tan grand colpe me diéssedes como éste; et ruego yo aquí a míos hermanos que si yo por ventura ende murier, que vos lo non demanden; mas pero tanto vos ruego que me non firades otra vez por quanto vos amades, ca vos lo non podría sofrir”. Roy Blásquez, quando aquello oyó, con la grand ira que ende ovo, alçó otra vez aquella vara para darle otro colpe, mas Gonçálo Gonçález desvió la cabeça del colpe, assí que l’ non alcançó sinon poco por ell ombro; et pero tan grand ferida le dio que dos pieças fizo ell asta en éll. Gonçalo Gonçález, quando vio que non avie ý otra mesura nin mejor que aquélla, priso en la mano ell açor que l’ traíe el escudero, et fue dar a Roy Blásquez con éll una tan grand ferida en la cara a bueltas con el punno, que todo gele crebantó d’aquel colpe, de guisa que luego le fizo crebar la sangre por las narizes.
A partir de aquí, la fractura que se produce en el clan de los Lara, simbolizada por la sangre4 que brota de las heridas de tío y sobrino, cada vez se abrirá más y más hasta dar en el trágico desenlace de los Lara que mueren de forma violenta los unos por mano de los otros.
Es evidente que estas bodas ponen de manifiesto, a través del conflicto que en ellas se produce, la diferente manera de pensar de los dos linajes de los contrayentes, en cuanto que la forma de comportarse de los de un clan es sentida como ofensiva por los del otro y lo que para unos es correcto, para los otros resulta insultante y viceversa. Ahora bien, si reparamos en los acontecimientos que el episodio del bohordo nos cuenta, el asunto que está en el origen de las discrepancias es la distinta valoración que en uno u otro clan se otorga a la figura de la mujer. Los infantes anteponen sus deberes como hijos a sus deberes como cortesanos, pues en lugar de ir a medirse en la glera, para ir a rendir homenaje a la novia, prefieren quedarse acompañando a su madre en los salones, para que esta no se inquiete por la seguridad de sus hijos. Doña Lambra, sin embargo, como el resto de los caballeros cortesanos asistentes a las bodas y que compiten en los juegos de tablas interpretan este comportamiento como reprochable. De ahí que cuando el primo hermano de la novia realice ese espectacular lance, ésta acuda presurosa a refregárselo a su cuñada y a sus sobrinos que, en lugar de estar compitiendo con los otros mozos, como correspondería a su edad en la glera, se acogen como criaturas indefensas alrededor de su madre en los salones.
Lo que esta primera lectura nos permite constatar es que el linaje de Lara valora sobre todo a la mujer como madre, frente al linaje opuesto, el cortesano, que valora a la mujer como dama, instituyendo, desde esa valoración dos mundos antagónicos: el de los de Salas y el de doña Lambra. No nos interesa definir en este estudio, sin embargo, el modelo femenino que cada una de las familias concibe como superior, el de dama que representa el espíritu cortesano que alienta en el linaje de doña Lambra y el de matrona que alienta en el linaje de Salas, y si los traemos a colación es porque, al ser los ejes en torno a los que el conflicto se organiza, nos permiten establecer de forma inmediata los dos universos que se diseñan: un universo que podemos llamar castellano, constituido por los de Lara, que valora a la mujer como madre, como muestran los siete hijos que siguen de forma puntual y reverente todo lo que dice o sugiere su madre doña Sancha; y un universo que podemos llamar cortesano, constituido por el clan de doña Lambra que valora la figura de la mujer ante todo como dama5. El mundo de la dama estará presidido por la liturgia teatral de las formas que la corte prescribe y el rasgo que define su enamoramiento es el amor de oídas. El mundo de la matrona, por la efectividad de las realidades y el sentimiento amoroso va encaminado en ella al fin práctico de la procreación. Doña Lambra urde juegos, doña Sancha tiene hijos. Gestos y palabras definen el universo cortesano de doña Lambra frente al de doña Sancha que estará siempre presidido por las más absoluta de las realidades.
En virtud de esta disparidad en los sistemas de valores de una y otra familia, donde los cortesanos valoran sobre todo las formas mientras que los castellanos valoran sobre todo los hechos, se producirá de forma permanente una confusión interpretativa entre los clanes en conflicto que medirán desde su propio universo valorativo al universo rival, cuyos códigos ni entienden ni comparten, y responderán en consecuencia.
Esta mala interpretación de los códigos rivales será la que motive el primer choque directo y de consecuencias funestas entre los clanes, cuando a las palabras de los unos respondan los hechos de los otros, comportamiento que, a partir de este primer encuentro desastrado y luctuoso en el que desemboca el episodio del bohordo, al intervenir en él el pequeño de los Lara, trazará una línea de conducta permanente por parte de este linaje que consiste en traducir, mediante hechos palpables con los que se replica a sus rivales, las vanas palabras o los espectaculares gestos que estos profieren.
Así sucede cuando Gonzalo de Lara atribuye a las palabras de su tía una consistencia y transcendencia de la que carecen, si se entienden desde el ambiente y la mentalidad cortesanas con que son proferidas, un ambiente y una mentalidad fundados en el ceremonial cortesano asentado en la liturgia de las formas de etiqueta, puramente banales y exteriores.
El interpretar las actitudes de doña Lambra desde los parámetros castellanos donde todo gesto o palabra de la mujer tiene una traducción inmediata en hechos (como hemos visto por la reacción de los infantes a la sugerencia de su madre de no acudir a los juegos), y no desde el sentido con el que el linaje cortesano al que ésta pertenece las profiere e interpreta, es decir, imbuidas del juego teatral que en la corte se mima, sin que tenga mayor tanscendencia que la pura representación del enfado, del pique o del cortejo, le impele a lanzarse a una acción que su cortesana tía no solicitaba ni pretendía con sus denuestos contra el pasivo clan de su marido, denuestos insultantes que no llevaban en su intención otra finalidad que la del propio pique verbal.
A las palabras insultantes de doña Lambra no replica con invectivas cargadas de malicia, doblez y picardía, que es lo que procede en la mentalidad cortesana, el benjamín de Lara, sino con una acción llena de determinación y empeño, que lleva impreso en su ejercicio lo que tal acción quiere decir. Así, si su tía pone en entredicho, con palabras más o menos veladas o crudas, según los textos cronísticos o romancísticos, el «más valer» del linaje de Lara, no será verbal la respuesta que reciba, sino que se le ofrecerá traducida en hechos, que es como Castilla entiende que han de decirse las cosas:
cavallero en un cavallo vase derecho a la plaza,
vido estar el tablado que nadie lo derribara,
endereçóse en la silla, con él en el suelo dava.
Desque lo uvo derribado, desta manera hablara:
-Amade, putas, amad, cada una en su lugar.
(¡Ay Dios, qué buen cavallero...!)
ningún d’ ellos non paró mientes en aquello que doña Lambra dixiera, sinon Gonçalo Gonçález que era el menor d’aquellos VII hermanos. Et furtóse de los hermanos, et cavalgó su cavallo, et tomó un bofordo en su mano, et fue solo que non fue otro omne con éll sinon un su escudero que le levava un açor. (1ª C.G.).
Ninguna explicación accesoria en el texto cronístico, en las que los romances son prolijos, que nos indique las causas de la decidida actuación del infante. Podríamos decir que lo que la crónica narra es la determinación en estado puro: repara en el insulto, se escabulle de la sala, monta en su caballo, agarra de camino un bohordo, y se lanza, en solitario, junto a su escudero al punto en que se alzan los tablados. Son acciones limpias y concisas que por sí solas revelan todo lo que el infante pequeño siente y piensa. No hay necesidad de más aclaraciones. El discurrir mental y sentimental de Gonzalo va de la mano con su discurrir físico, de modo que sus gestos precisos y decididos nos informan con generosa puntualidad de aquello que todos los monólogos interiores del mundo no serían capaces de sugerirnos.
Esa determinación que mueve, en su respuesta, a Gonzalo cuando se lanza a bohordar, es la misma que dirigía su puño cuando, dejándose llevar por sus impulsivos e iracundos sentimientos, replicaba, en la cita recogida párrafos atrás al engolamiento de Alvar Sánchez. A las palabras de sus cortesanos rivales, responde con contundentes hechos el benjamín de Lara.
Ahora bien, no solo el pequeño de los infantes, representante activo de los valores de su clan, se deja ir a por sus enemigos, pues también su tío Ruy Blásquez, azuzado por las doloridas quejas de su esposa doña Lambra, se lanza decidido al lugar donde se ha producido la reyerta, cogiendo, de camino, un asta, y, al llegar, sin mediar palabra, golpea implacable con esta a su sobrino, sin pedir ni dar explicación alguna, en un episodio casi idéntico, en sus comportamientos, al que su sobrino Gonzalo acaba de realizar, momentos antes, también azuzado por las palabras de la dama de la Bureba.
Si la hazaña del benjamín de Lara al acudir a la glera y al golpear a su rival estaba presidida por la determinación, no podemos negar que la determinación, horra de toda reflexión, dirige los movimientos firmes y resueltos con que su tío acude a castigar la insolencia del muchacho. Y, lo mismo que éste responde con dos contundentes acciones: el bohordo y el puñetazo, a las provocaciones verbales que le lanzan sus dos rivales de la otra familia, doña Lambra y Alvar Sánchez, el indignado tío, en una escena paralela a la anterior, responde con dos contundentes y sucesivos golpes a la provocativa actitud de Gonzalo a quien, de entrada, golpea por su brutal conducta; pero, cuando el sorprendido mozo, que no comprende la ira que su tío manifiesta, le pregunta, con cierta rebeldía por las causas de su impetuoso proceder, el ofuscado Ruy Blásquez le propina, por toda respuesta, un segundo golpe, más cargado aún de ira si cabe que el primero, como cuentan las crónicas, en versiones prácticamente idénticas:
Roy Blásquez, quando aquello sopo, cavalgó a grand priessa, et tomó un astil en la mano, et fuesse pora allá do estavan; et quando llegó a los VII infantes, alçó a arriba el braço con aquel astil que levava, et dio con éll un tan grand colpe en la cabeça a Gonçalo Gonçález que por cinco lugares le fizo crebar la sangre. Gonçalo Gonçález, quando se vio tan mal ferido, dixo: “Par Dios, tío, nunqua yo vos meresçí por que vos tan grand colpe me diéssedes como éste; et ruego yo aquí a míos hermanos que si yo por ventura ende murier, que vos lo non demanden; mas pero tanto vos ruego que me non firades otra vez por quanto vos amades, ca vos lo non podría sofrir”. Roy Blásquez, quando aquello oyó, con la grand ira que ende ovo, alçó otra vez aquella vara para darle otro colpe...
La atribución por parte de ambos Lara, tío y sobrino, de un peso real y no exhibitorio a las palabras de doña Lambra, es decir, el no considerar a dichas palabras desde el caldo de cultivo cortesano que las impregna, otorgándoles una valoración puramente castellana, es lo que hace acudir, al uno y al otro a la glera. El primero, para redimir, mediante sus acciones, la ofensa a su madre, representante femenino, como madre, del clan de Lara; el segundo para redimir, mediante acciones, la ofensa que a su esposa le ha hecho su sobrino, deshonrando sus bodas con una muerte, que para mayor inri, es de un familiar próximo y muy querido de la novia.
Las bodas, que implican la unión de dos linajes, producen, sin embargo, y paradójicamente, con fatal frecuencia, el abismo que separa las distintas maneras de ver y enfrentarse a la vida de que cada uno de ellos participa. Las bodas, como las guerras, son, pues, el escenario idóneo para que, a través de la confrontación, se nos hagan nítidas y presentes, dos concepciones del mundo diferentes. La épica castellana es especialmente sensible a esta paradójica situación de enfrentamiento entre los linajes de los contrayentes que las bodas propician y lo explota con hábil fruto en sus cantares6, convirtiendo las diferencias entre los clanes en irreductibles contrastes, de forma que, en ellos, no se nos ofrecen dos modos diferentes de pensar, sino dos modos opuestos de pensar.
Lo que caracteriza opositivamente a estos dos modos de pensar es que los unos contemplan la vida en clave de apariencia y los otros en clave de realidad7. Los dichos o los gestos de los unos son traducidos en hechos por los otros. Toda la leyenda basculará en la transformación de la apariencia cortesana en la realidad castellana. Ese será su permanente juego poético. La apariencia que rige el universo de doña Lambra, al ser tocada por el universo de los Lara, cobra de forma inmediata la brutal y directa condición de realidad.
Las nítidas líneas que en este primer episodio trazan el contraste entre los clanes, donde las palabras de los cortesanos son resueltas en actos progresivamente contundentes por los castellanos, serán la moneda corriente en el proceder literario de los episodios sucesivos. Así, las palabras ofensivas o quejosas de doña Lambra son respondidas por los Lara, sobrino y tío, con hechos y solo con hechos. No hay una sola palabra en el comportamiento con el que Gonzalo replica a las invectivas verbales de doña Lambra; solo decididos movimientos subrayados por los verbos que los enumeran. No media tampoco ninguna palabra entre las quejas de doña Lambra a su marido y la acción determinativa a la que se aplica; solo movimientos firmes y precisos. Los insultos son traducidos por el benjamín de Lara en un certero bohordo y en un brutal puñetazo. Las quejas son traducidas por el tío materno de los Lara en dos golpes sucesivos a su sobrino.
Ahora bien, desde el punto de vista más ambicioso de la arquitectura total de la leyenda, todo este episodio del bohordo, cargado ya con la fuerte instancia de realidad castellana que tiñe su desenlace, se proyectará sobre el siguiente del cohombro donde el enfrentamiento de los clanes se vuelve a producir, con idénticas características, que no son otras que las del reforzamiento contrastivo con que los hechos coronan a los gestos. Pero, a su vez, el uno y el otro, es decir, el del bohordo y el del cohombro, fusionados y reforzados en su carga funcional de realidad, repercuten primero en el combate donde los siete infantes caen a manos de los moros y después en el episodio final de la ejecución de Ruy Blásquez, quien es condenado por su justiciera hermana doña Sancha a hacer de tablado para que bohorden sobre él todos los agraviados por su maldad. Así el juego cortesano del bohordo certero de las bodas, foco del conflicto, se proyecta sobre el juego de escarnio del cohombro lleno de sangre que estalla en el pecho de Gonzalo; pero estos juegos se tornan en duras veras al ser sustituidos, en los dos últimos episodios, por las instancias mortales a que remiten: la guerra y la justicia. Entonces, la camisa blanca de lino de Gonzalo, teñida de la mentirosa sangre del pepino que le estalla en el pecho, se transforma en la sábana blanca que en la corte de Almanzor exhibe la muerte real de las cabezas de los infantes y el ayo, aún chorreantes del vino sanguinolento que las ha lavado. De igual forma, el juego del tablado de las bodas se convierte en juego mortal y justiciero, cuando su lugar sea ocupado por el cuerpo del traidor Ruy Blásquez, al que su hermana mandará colocar en el lugar de las tablas para que en este tablado humano alanceen los caballeros agraviados por él.
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