El juego de apariencias y realidades en la estructuración de la leyenda de los siete infantes de Lara - Las fúnebres realidades
El catafalco fúnebre, al igual que la sangre, serán, a partir de ahora, símbolos comunes del discurrir trágico de la leyenda, pues los juegos en los tablados y la caza serán sustituidos en este tercer episodio por la realidad a la que apuntan: la guerra. A través de la guerra, espacio idóneo para que los infantes desarrollen su personalidad impetuosa, encontrarán estos, en un extraordinario y paradójico contrapunto con los dos episodios anteriores, su total y trágico exterminio. Los infantes sucumben en el ámbito que les es propio, aquel por el que y para el que han sido educados por los Lara, de igual forma que doña Lambra sucumbiera en el ámbito por el que y para el que ha sido educada: la corte.
En ambos casos, este contradictorio, este paradójico desenlace de los acontecimientos donde los personajes caen en el ambiente en que debieran triunfar, se produce porque los rivales, pertrechados de sus propios modos de pensar y de actuar, irrumpen en esa forma de vida, tan ajena a la suya, la interpretan desde sus propios códigos y, al obrar en consecuencia, destruyen su tranquilo discurrir.
Hasta esta altura de la leyenda, el código castellano impetuoso y directo del clan de doña Sancha, fundamentado en la realidad de la vida, despreciador de la apariencia de las formas, ha irrumpido en el mundo cortesano de doña Lambra, lo ha interpretado desde su visión primitiva y ruda de la existencia, y lo ha dejado totalmente destruido e indefenso, como expresa, con gran belleza, la luctuosa escena final de esta primera parte de ambientación puramente cortesana, en que doña Lambra llora la aniquilación de su mundo y de sí misma:
Pues que ellos fueron idos, fizo donna Llambla poner un escanno en medio de su corral, guisado et cubierto de pannos como pora muerto; et lloró ella, et fizo tan grand llanto sobr’ éll con todas sus duennas tres días, que por maravilla fue; et rompió todos sus pannos, llamándose bibda et que non avie marido.
Ahora bien, de igual forma que doña Lambra ha sido derrotada, vejada, ultrajada y, finalmente asesinada en su condición de dama y señora, justamente en el ámbito donde le correspondía ejercer el liderazgo, es decir, la corte, la mujer matrona, doña Sancha, será también privada de su esencia como mujer, es decir, la maternidad, en el ámbito en el que le corresponde ejercer el liderazgo: la guerra.
No obstante, como también pasara en el episodio anterior, el desastre se producirá al irrumpir, con sus sistema de valores, un universo en el universo contrario. Esta vez, sin embargo, será el sistema cortesano el que, al infiltrarse en el castellano, desencadenará el trágico resultado de la muerte de los siete infantes y su ayo. El tejido de realidades en que alienta el linaje de Lara será, ahora, desgarrado por la insidiosa mentalidad cortesana que, utilizando sus propios métodos urdidos en la apariencia, conducirá a los ingenuos mozos a su trágico final a manos de las tropas de Almanzor. Las apariencias cortesanas cobran ahora, para acabar con los Lara, dos nuevas y peligrosas dimensiones perfectamente interrelacionadas: la hipocresía y la traición.
Así, cuando después de ese segundo ultraje con que los siete infantes han abaldonado a doña Lambra, su marido Ruy Blásquez vuelva a reconciliarse con su clan, la determinativa idea que alienta en el pecho de este Lara ofendido no es otra que la de hacer pagar a su linaje la sucesión de agravios que su hermana y sus hijos le han hecho a su mujer, como se constata por las palabras de consuelo que dirige a su atribulada esposa y de las que dan cuenta tanto los romances:
Calledes vos, mi señora, no queráis hablar lo tal,
que una tela tengo urdida, otra entiendo de ordenar
que nascidos y por nascer tuviesen bien que contar.
(Ya se salen de Castilla)
como las crónicas:
Estonces donna Llambla, quando sopo que vinie don Rodrigo, cató, et quando l'vio entrar por el palatio, fuese pora éll toda rascada et llorando mucho de los ojos, et echóse a sus pies pidiéndol' merced que l'pesasse mucho de la desondra que avie recebida de sus sobrinos, et que por Dios et por su mesura que l'diese ende derecho. Dixol' entonces don Rodrigo: “Donna Llambla, callad, non vos pese, et sofritvos, ca yo vos prometo que tal derecho vos dé ende que tod' el mundo avrá qué dezir d'ello”. (1ª C. G.)
Para ello, propondrá a los suyos una reconciliación y una concordia que no son más que la aparente red de afectos familiares mediante la que considera que podrá atraparlos mejor y, por tanto, causarles un daño mayor y más doloroso:
Don Rodrigo envió luego su mandado a don Gonçalo Gustioz que viniesse otro día a verse amos en uno, ca mucho avie de fablar con éll. [...] et pusieron su amor unos con otros [...] A don Rodrigo plógol' mucho con esta razón et començó estonces luego a falagar a sus sobrinos con sus engannos et palabras enfinnidas et falsas, por tal que no se guardassen d'ell. (1ª C.G.)
Ahora bien, detrás de estas protestas y propuestas de amistad que ofrece a su familia, esconde Ruy Blásquez las perversas intenciones de destruirla prevaliéndose de la poderosa mano de los moros. ¡Mucho ha cambiado este Rodrigo de Lara después de sus infaustas bodas, pues nada queda en él de aquella determinación con la que de forma directa y decidida acudía a castigar a su sobrino cuando éste ultrajara sus bodas! De ser un personaje directo se ha convertido en un personaje taimado que de manera decidida se ha decantado por las formas cortesanas del linaje de su esposa doña Lambra en las que prima la moral de las apariencias. De esta forma, los métodos que utilizará ahora para castigar a su clan no serán los del cara a cara, sino los de la traición y el engaño. De la misma manera que su esposa se prevalió de mano ajena, la de su criado, para atacar con su broma de escarnio a los siete infantes, ahora el señor de Bilvestre no se enfrentará directamente a los suyos para destuirlos, sino que se valdrá de la poderosa mano de Almanzor.
Esa nueva forma de actuación llena de hipocresía y doblez será la que defina su primer movimiento para agredir a la familia de su hermana cuando proponga a su confiado cuñado Gonzalo Gústioz, que vaya en su nombre a Córdoba para solicitar de a la riquísima corte de Almanzor una ayuda para sus bodas, pues la misiva que, en apariencia lleva tales mensajes, en su seno esconde el auténtico designio que Ruy Blásquez ha trazado para su cuñado que no es otro que ponerle en manos del enemigo moro para que lo ejecute en su lugar:
Pues que él fue llegado a Córdova, fuesse pora Almançor et diol’ la carta de Roy Blásquez, et dixol’ él luego de su palabra: “Almançor, mucho vos saluda vuestro amigo Roy Blásquez, et envíavos rogar que l’enviedes recabdo de lo que vos envía dezir aquí en esta carta”. El moro, estonces abrió la carta et leyóla, et pues que vio la nemiga que iva en ella, rompióla et dixo: “Gonçalo Gústioz: ¿qué carta es esta que traedes?” Respondiól’ Gonçalo Gústioz: “Sennor, non lo sé”. Et dixol’ Almançor: “Pues dezirtelo é yo. Roy Blásquez me envía dezir que te descabesçe”; (1ª C.G.)
No responde Almanzor de la forma que de él espera Don Rodrigo de Lara, sino que le revela al bueno de Salas las peligrosas intenciones de que la carta de su cuñado iba preñada y se conforma con encarcelarlo.
Encarcelado se queda en la corte cordobesa Gonzalo Gústioz, pero, entre tanto, sus hijos a los que ha puesto a disposición de su tío para que lo sirvan en la guerra son conducidos por éste también a una muerte segura, pues, cuando están en territorio enemigo, rodeados de moros y casi sin defensa, su tío los abandona a su suerte, poniéndoles entonces bien de relieve, con palabras claras y nítidas, todo el rencor que anidaba en su alma desde las desastradas bodas:
Los infantes estando allí en aquella angostura, ovieron so acuerdo de enviar demandar treguas a Viara e a Galbe fasta que lo fiziessen saber a su tío Roy Blásquez si los querie venir ayudar o non; Desí fue Diago Gonçález a Roy Blásquez, et dixol’: “Don Rodrigo sea la vuestra mesura que nos vayades a acorrer, ca mucho nos tienen los moros en grand quexa además, et ya mataron a Fernand Gonçález, vuestro sobrino, et a Munno Salido et los CC cavalleros que trayemos”. Dixol’ estonces Don Rodrigo: “Amigo, ¡id a buena ventura! ¿Cómo cuedades que olvidada avía yo la desonra que me fezistes en Burgos quando matastes a Alvar Sánchez, et la que fiziestes a mi mujer doña Lambra [...] Buenos cavalleros sodes, pensat de ampararvos et defendervos; et en mí non tengades fiuza, ca non avredes de mí ayuda alguna”. (1ª C.G.)
Con esta escena de los infantes acorralados por las tropas de Almanzor comienza a perfilarse el proceso de recurrencias de un episodio sobre el siguiente en que la leyenda desarrolla su quehacer poético. Así, el universo de apariencias que definía el ambiente cortesano en el episodio anterior cobra en el mundo castellano que invade este episodio tercero la cruda carga de realidad que juegos, diversiones y ritos encierran en sí como su último sentido.
El juego venatorio con que los infantes se recreaban, al inicio del segundo episodio, se transforma, en esta escena del tercero, en su invertida réplica teñida de cruda realidad. La caza ha dado en guerra y los infantes que se divertían cazando, a la vez que se ejerctitaban para la contienda, se han convertido, ahora, en presa humana, es decir, en la terrible realidad a la que el ejercicio lúdicro de la caza apunta como última instancia que no es otra que la caza del hombre.
También don Rodrigo de Lara revela, ahora, la nueva personalidad cortesana que ha adquirido merced al amor que siente por su esposa doña Lambra a la que imita en su conducta, pues, como hiciera su esposa con el cohombro, se queda supervisando, desde sus posiciones alejadas, que la trama que ha urdido tenga el resultado que él pretendía. Solo cuando ve que el último de sus sobrinos ha sido cazado y decapitado, regresa satisfecho a Castilla.
La siguiente proyección de apariencias resueltas en realidades no se producirá en este mundo campestre de la caza y de la guerra, sino en el ambiente que le corresponde: la corte. Así ocurrirá cuando las cabezas de los infantes son enviadas con las de su ayo a los palacios de Almanzor, en Córdoba y, después de ser lavadas con vino le son presentadas a su padre para que las reconozca:
et mandólas lavar luego con vino fasta que fuesen bien limpias de la sangre de que estavan untadas; et pues que lo ovieron fecho, fizo tender una sávana blanca en medio del palacio, et mandó que pusiessen en ella las cabeças todas... (1ª C.G.)
Las siete puñaladas, que los infantes asestaran al criado de doña Lambra haciendo brotar de su cuerpo siete fuentes que empaparon las tocas de la dama violando su condición de señora y reduciendo su apariencia a la de las prostitutas, cobran su cabal desenlace de realidades en esta sábana donde reposan las siete cabezas de los infantes presididas por las de su ayo Muño Salido.
Sin embargo, el juego de estas fúnebres recurrencias que constituyen este episodio tercero no se produce tan de golpe como el de la caza sobre la guerra, sino que sigue la línea de gradual progreso que define siempre el quehacer poético de la leyenda.
Así, el catafalco en que doña Lambra se llora derrotada al final del episodio del cohombro se proyecta sobre este episodio tercero que ahora estudiamos de la traición y muerte de los infantes en dos tiempos, en los que se desarrolla el juego de apariencias y realidades.
Las apariencias, en este mundo castellano, mucho más apegado a la instancia mítico-primitiva que el cortesano, toman cauce a través de los augurios nefastos con que Muño Salido, ayo de los infantes, advierte a éstos sobre el peligro cierto que les acecha de proseguir en la aventura guerrera contra los moros en que su tío, y ahora su señor, Ruy Blásquez, les ha embarcado.
Doña Sancha, como centro y eje del mundo castellano, que opone su condición de mujer madre al de mujer dama de doña Lambra, es la destinataria última del dolor que esos pronósticos nefastos de Muño Salido, pues de lo que el fiel ayo advierte a sus criados es, fundamentalmente, del dolor que su séptuple muerte producirá en su madre:
Fijos -les advierte el certero augur-, bien vos digo verdad que non me plaze porque esta carrera queredes ir, ca yo tales agüeros veo que nos muestran que nos nunqua más tornaremos a nuestros logares; et si vos queredes crebantar estos agüeros, enviad dezir a vuestra madre que cruba de pannos VII escannos, et póngalos en medio del corral, et llórevos ý por muertos.
Pero, en segunda instancia, se proyectarán traducidos en realidades sobre esa sábana donde Gonzalo Gústioz descubre las siete cabezas de sus hijos muertos, presididas por la de su ayo, en la corte de Almanzor:
Almançor, quando las vio y l’departieron quién fueran, et las cató et las conosció por el departimiento que l’ende fizieran, fizo semejanza que l’ pesava mucho porque assí los mataran a todos, et mandólas luego lavar bien con vino fasta que fuessen bien limpias de la sangre de que estavan untadas; et pues que lo ovieron fecho, fizo tender una sávana blanca en medio del palacio, et mandó que pusiessen en ella las cabeças todas en haz et en orden assí como los infantes nascieran, et la de Munno Salido en cabo d’ellas. [...] Almançor mandó estonces que l’ sacassen (a Gonzalo Gustioz de la cárcel) et fue con éll al palacio do estavan las caveças en la sávana. Et pues que las vio Gonçalo Gústioz et las connosció, tan grand ovo ende pesar, que luego all ora cayó por muerto...
En esta poetización que expresa la realidad cierta de la muerte y no su escenografía luctuosa de paños negros y plantos desatados -que mimaba doña Lambra frente al catafalco de su criado y que imaginaba en su trágicos pronósticos de augur Muño Salido- su realidad cruda se nos impone por esa descripción del amortajamiento de las cabezas, por esa presencia en el terrible desenlace de algo tan cotidiano como es el preparar de forma digna a los cadáveres para su exposición.
Esa cotidianidad del acondicionamiento respetuoso de los muertos, que se nos relata de forma tan precisa y puntillosa, tan ajena al escaparate fúnebre, tiñe con su vino limpiador de certeza y realidad esa muerte. Pero a su vez, esas ocho cabezas, expuestas en su cerco rojo de vino y sangre sobre la blanca sábana nos remiten de forma clara y precisa, en su expresión plástica a la causa remota de su muerte: las blancas tocas de doña Lambra tintas en la sangre de su criado. Aquella sangre que enrojecía las tocas de la cortesana enemiga, y que era símbolo vivo de su muerte como dama, al ser transferido al mundo de verdades de Castilla se convierte en la muerte efectiva y real de sus agresores.
Esta muerte en vivo y no en teatro produce un dolor no exhibido, sino real en el padre que contempla su fruto reducido al exterminio. El dolor de tal modo lo domina que no lo soporta y cae al suelo desmayado. No hay en Gonzalo Gústioz, como primera manifestación del dolor, las exacerbadas protestas y gemires del planto, sino el rotundo mazazo del seco dolor que lo tumba en tierra.
La tercera instancia sobre la que se proyecta el llanto de la dama de la Bureba y le da su definitiva dimensión de esta compleja lucha entre modelos de mujer en que la leyenda se demora, nos la ofrece la C. 1344. En ella se nos da pormenorizada cuenta de la llegada de Gonzalo Gústioz al alfoz de Lara cargado con el fúnebre regalo que Roy Blásquez ha preparado para su hermana, como réplica a las múltiples ofensas que tanto ella como sus hijos han hecho a su esposa doña Lambra:
E mandó deçir don Gonçalo el atabud, et dixo a doña Sancha: “Vet este presente que vos enbía Ruy Vasques, vuestro hermano”. E abriéronlo, e vieron las cabeças; e tanto que las vio, conosçiólas luego doña Sancha e cayó amorteçida en el suelo e fincó por muerta una gran pieça... (C. de 1344)
Es ahora cuando, mediante el patetismo con que el cronista del XIV suele adornar su relato, vamos a ver totalmente revertida en sus dolorosas y reales consecuencias la muerte de doña Lambra como dama, sobre la muerte de doña Sancha como madre y matrona. También doña Sancha, merced a esa incursión de los sistemas de valores del clan rival en el propio, se verá privada de la condición que dota de sentido su ser y su existir. Ahora será el mundo cortesano el que pondrá de manifiesto sus peligrosas e indirectas formas de actuación. Los infantes irrumpieron en su momento con su baño de realidad y directez sobre el mundo de apariencias de doña Lambra trastocándolo y destruyéndolo, pero el mundo de doña Lambra acude, ahora, con los indirectos modos que le son propios, a la venganza, que no ejecutará por propia mano, sino mediante la poderosa mano del enemigo infiel y poderoso, Almanzor, en cuya personalidad alientan los dos universos encontrados el de la corte suntuosa y el de la determinación cruel.
El mandadero del universo de doña Lambra que acude en este episodio a agredir con su pepino sangriento al imbatible azor, no es un criado inocente, sino un guerrero poderoso que, primero lo cerca y lo elimina y después lo exhibe ante el atribulado padre, con cortesanas maneras.
Doña Sancha recibe como corolario de la tragedia que se gestó en las bodas de su hermano el fruto real del odio que germinara en el juego de los bohordos, y, al recibirlo, se desvanece ante nuestros ojos su personalidad de mujer centrada en la maternidad, viendo ante sí el fruto de su vientre que la dotaba de entidad reducido al exterminio. No es la apariencia del dolor lo que se nos presenta, es el dolor como agente mismo de destrucción y espanto. Doña Sancha, privada de los hilos que tensaban su existencia y la dotaban de sentido, es decir, privada de su linaje, cae exánime, como un pelele, como una apariencia de vida
Es este el último y funesto desenlace en que deriva la incomprensión de dos linajes de mentalidades irreconciliables al verse obligados a convivir mediante las bodas: la reducción a la nada de la mujer como depositaria del mismo, la privación radical de su sentido épico dentro de la colectividad, que no es otra que el fruto de su vientre.
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