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Como es sabido, la leyenda de «los siete infantes de Lara» cuenta y canta, en crónicas y romances, la trágica extinción del linaje de Lara a manos de las tropas de Almanzor como consecuencia de la traición tramada por don Rodrigo de Lara, tío materno de los siete infantes, quien en sus bodas y postbodas con la cortesana doña Lambra se ha sentido terriblemente ultrajado y ofendido en la persona de su esposa por las gentes de su clan.
De entre los múltiples valores poéticos que adornan esta leyenda, queremos destacar en este trabajo la función determinante que el juego entre apariencias y realidades1 tiene en la gestación y el desarrollo del conflicto trágico que se produce entre estos dos clanes de mentalidades totalmente opuestas a los que las bodas obligan a relacionarse, conflicto del que nos dan noticia la Primera Crónica General (1ª C.G.), la Crónica de 1344 (C. 1344), y los romances primitivos Ya se salen de Castilla, ¡Ay Dios qué buen caballero! y A Calatrava la Vieja.
Es de todos conocido el argumento que da cauce a la legendaria historia de la desaparición de los siete mozos que constituyen, en la voz del romance, la flor del alfoz de Lara, cuyas cabezas presididas por las de su fiel ayo Muño Salido son presentadas por Almanzor a un padre que, al reconocerlas, prorrumpe en uno de los más espléndidos plantos de nuestra literatura.
El desarrollo total de la leyenda distribuye su arquitectura en varios episodios, organizados conforme a los mismos principios estructurales, que se repercuten de forma armónica y progresiva en un crescendo que culmina en una apoteosis justiciera que, a la vez que consuma la extinción del linaje de Lara, abre la esperanza a la renovación del mismo mediante la sangre nueva que aporta Mudarra, hijo espurio, engendrado por don Gonzalo Gústioz en una dama mora, durante su prisión en la corte de Almanzor.
Cuatro son los núcleos narrativos que configuran esta armónica progresión2, a los que podemos identificar, en función del eje significativo que los ordena, con los siguientes epígrafes: el episodio del bohordo, el episodio del cohombro, traición y muerte de los infantes y, finalmente, recuperación del linaje y castigo del traidor. Cada uno de estos episodios se estructura en torno a dos espacios o ambientes que definen las dos mentalidades en pugna: la que llamaremos castellana, adscrita al clan de los Lara, y la que llamaremos cortesana adscrita al clan de la novia, doña Lambra. Así, los torneos y salones serán los dos mundos en que se distribuye la conflictiva acción en el episodio del bohordo. La distancia entre estos dos ambientes, que podríamos llamar inertes, se acentúa en el siguiente episodio, el del cohombro, mediante la cualidad de la vida que se añade a los dos espacios en que se promueve el conflicto: la caza y la huerta. El tercero, al enfrentar guerra y corte, añade, por su parte, a la cualidad de la vida que caza y huerta presentan frente a torneos y salones, un nuevo aspecto que lo carga de patética intensidad: la figura humana como presa que se exhibe como trofeo en la corte. El último y definitivo, que vuelve a desarrollarse en salones y torneos, está impregnado, sin embargo, con la carga de tragedia, traición y humanidad que le ha aportado la inundación de realidad que en la leyenda se produce, de forma que, ahora, la liturgia formal que se desarrolla en los salones, no será la de la banalidad lúdicra e intrascendente de las relaciones cortesanas, sino la castellana de los rituales solemnes de la prohijación y la justicia. Por su parte, los juegos de tablados, al ser invadidos por la realidad castellana que dota de su auténtico sentido al alanceo, se convertirán en las veras a las que el juego remite: el cuerpo del enemigo al que se ajusticia alanceándolo.
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