El juego de apariencias y realidades en la estructuración de la leyenda de los siete infantes de Lara - Sangre aparente y sangre real (II)
4 - Sangre aparente y sangre real (II)
Antes de introducirnos en el análisis de la réplica real, con puñaladas reales y con sangre real, con muerte real y con violación real de la condición de dama de doña Lambra, con que los de Lara responden al juego de apariencias de sexo y muerte con la que esta los ha requerido e incitado mediante su escarnecedor juego cortesano, antes de ello, conviene que reparemos en otro aspecto de la simbología del cohombro, muy ilustrativo sobre la complejidad de sentidos que la poesía auténtica como es esta leyenda de Lara, encierra en sí, y que nos es posible percibir aún a través de los pálidos reflejos de sus reliquias cronísticas o romancísticas.
El sentido simbólico del cohombro a que nos vamos a aplicar ahora es aquel que lo liga con la personalidad de la inventora del lance, porque vemos mucho de su personalidad cortesana puesto de manifiesto en esta vida vegetal que el pepino suscribe, vida horra de toda pasión, a la que no obstante se llena artificialmente de la sangre que le viene de fuera y que lo dota de apariencia de vida animal.
La vida cortesana que, mediante el ejercicio del artificio, transforma progresivamente la naturaleza en cultura, que domestica los espacios naturales transformándolos en idílicos jardines, locus amoenus perfectamente codificado por su poesía amorosa para que la sensualidad del goce sensorial sustituya la brutalidad de la pasión sentimental, esta vida de sofisticado y delectable devaneo, es resumida, en la simbólica directa y mordaz con que Castilla la contempla, a través de la dama de la Bureba, que se manifiesta a sí misma en la broma que trama, como un pepino henchido de sangre.
La vida cortesana se aproxima, en esta contemplación castellana, al mundo vegetal, en tanto que ambos universos, el cortesano y el vegetal, están llenos de la belleza exuberante de la vida, pero están vacíos de la pasión que el mundo animal aporta a ella. Ese amor a distancia, que rehuye el contacto, que se alimenta de su propia imaginación y que solo necesita de una pequeña instancia exterior para recrearse en sí mismo, se parece mucho a la reproducción de las plantas, que juegan con el reclamo de sus apariencias exteriores, sus olores, sus colores, su textura aterciopelada o satinada, para atraer a sí, mediante no importa qué mensajero, el polen que las haga fecundar.
Doña Lambra es, como representante a ultranza de lo cortesano, un vegetal al que sólo la sangre de que está henchido le otorga la condición pasional de la vida humana. Pero, al igual que la sangre que llena al pepino, su sangre no es propia, su pasión no es propia, no viene generada por su propio ser, sino que le viene de fuera. La dama de la Bureba es, por tanto, de nuevo, en esta proyección que de sí misma hace al elegir como instrumento de su broma un vegetal lleno de sangre animal, la apariencia en estado puro.
Esta interpretación del cohombro sangriento como representación de la esencia cortesana de la personalidad de doña Lambra, puede, a primera vista, parecer algo rebuscada. Sin embargo, hay otro símbolo que nos la hace verosímil y racionalmente viable: el símbolo del azor que, sin duda alguna, alude de forma nítida y descarada a la virilidad del infante, incluso en su concreción sexual más precisa, como corroboran dentro del ámbito de la leyenda, de forma explícita, las palabras del romance Yo me estava en Barvadillo en que doña Lambra se queja a su marido por la violencia que sobre su personalidad de señora han ejercido sus sobrinos:
y cevarían sus halcones dentro de mi palomar,
y me forzarían mis damas casadas y por casar.
Por tanto, la leyenda nos presenta dos mundos perfectamente diferenciados y contrapuestos: el de los salones y el de los bohordos; el de la caza y el de la huerta; el del azor y el del cohombro. Y, no deja de ser ilustrativo a este respecto, un hecho, aparentemente inexplicable, que se produce en los relatos cronísticos y que viene a confirmarnos más en nuestra apreciación. Cuando doña Lambra manda a su criado que vaya a la huerta para agredir con el pepino al infante que sabemos desnudo y que, por tanto, es fácilmente identificable por tal razón, no le dice que le tire el cohombro al que está desnudo, como es lo esperable, sino al que tiene el azor en la mano:
Ve e toma un cogombro et hinchel’ de sangre, et ve a la huerta do están los infantes, et da con éll en los pechos a Gonçalo Gonçález, a aquel que ves que tiene ell açor en la mano;
La contienda que se dirime entre doña Lambra y Gonzalo se ejecuta lanzando pepinos llenos de sangre contra azores. La oposición entre el mundo vegetal y el animal se nos aparece ahora, cuando los símbolos sustituyen a las personas, con una diáfana claridad. Doña Lambra es el significado a que la interpretación simbólica del pepino sangriento remite, del mismo modo que Gonzalo es el significado último del azor que sostiene en su mano.
Sin embargo, los infantes, en su respuesta a la provocación cortesana de su tía, no se andarán con los jueguecillos inocuos en que ella se recrea, sino que pondrán en ejercicio su personalidad asentada en realidades, de modo y manera que las apariencias cortesanas con que se los ha insultado, cobren, en su represalia, los tintes trágicos y sangrientos de la vida, pues evidentemente, no es de igual magnitud la agresión de un pepino, por muy lleno de sangre que esté, a un azor, que la respuesta con que el azor agredido puede contraatacar al pepino. El pepino, por muy importante que se quiera hacer, tomando sangre prestada y asustando con ella, siempre llevará las de perder.
Ante la provocación de doña Lambra, como comentábamos párrafos atrás, y al igual que pasara con el episodio del bohordo, todos los infantes, salvo el agredido Gonzalo, se toman a broma la burla cortesana de su incómoda tía, pues parecen estar más avezados que su hermano menor en estos pesados juegos de escarnio cortesano, donde la provocación sexual y la burla van de la mano para incitar y despreciar a la vez, es decir, para incitar despreciando o para despreciar incitando, que todo es uno. También se echan a reír esta vez los hermanos mayores, aunque las crónicas acuden puntualmente a describir esa risa, de la que precisan que no era de corazón, y es que, en efecto, la broma, entendida en el puro sentido del escarnio, tiene, como ha demostrado magníficamente la profesora Lacarra, una carga insultante para la virilidad del mozo en absoluto despreciable, cosa que a los infantes, aunque la reciban con el talante cortesano con que se produce y finjan risa, no les hace la mínima gracia.
Gonzalo, sin embargo, frente a sus hermanos, no es capaz de percibir en el pepino sangriento que le estalla en el pecho, la incitación picante y grosera que su tía le envía, esa especie de «mucho ruido y pocas nueces», de que, indudablemente va cargado el cohombro, pues, como hemos dicho, explícitamente doña Lambra, antes incluso de urdir la broma, hace alusión al hecho que motiva en ella tal ocurrencia, que no es otro que la provocación sexual que experimenta por la desnudez de Gonzalo.
No es capaz el infante menor de percibir la trastienda incitadora que la broma de su tía lleva tras de sí, pero, al contrario de sus hermanos, sí es capaz de percibir la última intención con que también su tía ha cargado el sangriento cohombro, que no es otra que la de recordarle la muerte en los tablados de su primo Alvar Sánchez. Es así como interpreta el pepino que le estalla, lleno de sangre en el pecho, Gonzalo: como un recordatorio de los golpes que su tía le debe: el golpe con el que le tumbó a su primo, y el azor que estampó en la cara de su marido. Este golpe del pepino, que va cargado de sangre, va, en la intención con que Gonzalo lo recibe, cargado de muerte, una muerte que es de mentira, una muerte que es apariencia de muerte, como todo lo que esta cortesana dama hace, pero que, no por eso deja de revelar la radical y profunda enemistad que alienta en el alma de la tía contra su sobrino pequeño.
Herido de muerte se siente el infante por la agresión de su tía y se apresta a replicarle en consecuencia. De ahí que convenza a sus hermanos para que acudan junto a él solícitos a reparar este «si pudiera te mataba» que la broma lleva en su interior como mensaje final, persiguiendo al criado para vengar la afrenta hasta sus últimas consecuencias. El perseguido criado se mete bajo el manto de su señora, manto sagrado que, en la legislación foral, es invulnerable, pues es un símbolo efectivo del señorío de la mujer, de su poder para con él proteger a sus vasallos.
Los infantes, sin embargo, no parecen entender, o se niegan a hacerlo, picadísimos como están, esta formalización cortesana del poder que el manto simboliza, simbología que es imposible que desconozcan por lo extendida que está en la Edad Media tanto a nivel de la ideología (Dios, la Virgen, los santos, los reyes, los nobles y las damas de alcurnia y potestad protegen, en los textos medievales, con sus prodigiosos mantos al resto de los mortales liberándolos del mal), como a nivel de la legislación, como, finalmente a nivel del código amoroso del amor cortés que se deriva de los cancioneros donde el manto de la mujer es símbolo, bien evidente por otra parte, de su sexualidad, entendida esta como el poder que tiene de prodigar o negar, abriendo o cerrando su manto, los deleites que de su cuerpo se deriven para el amante.
Así pues, obnubilados por la ira, y ante la negativa de doña Lambra de entregarles el criado que bajo su manto de dama se acoge, los infantes no solo hacen caso omiso de las instancias protectoras que el manto de una señora establece con relación al que protege, sino que hacen tabla rasa de las mismas, y, sacándole al criado a Doña Lambra de bajo las faldas de su manto, lo acuchillan sin piedad delante de ella, haciendo que la sangre cierta de este criado ejecutado salpique las blancas tocas de la dama y las tiña de púrpura vergüenza, pues por medio de tales salpicaduras que empapan en sangre sus tocas, la dama de la Bureba se ve, a través del rojo de sus tocas sangrientas, reducida a la condición de prostituta, en tanto que, según los fueros, el distintivo de las mujeres públicas eran las tocas rojas:
Dixo estonces Diago Gonçález, ell otro hermano: “Hermanos, mester es que tomemos consejo a tal cosa como ésta et que non finquemos assí escarnidos ca mucho serie la nuestra desondra grand” [...] Pues que esto ovo dicho Diago Gonçález, tomaron todos sus espadas et fuéronse pora palacio. Et ell omne, quando los vio venir, fuxo pora donna Llambla, et ella cogiól’ so el su manto. Essa ora le dixieron los infantes: “Cunnada, non vos embarguedes con esse omne de nos le querer amparar”. Díxoles ella: “¿Cómo non, ca mio vassallo es? Et si alguna cosa fizo que non deviesse, enmendárvoslo á; et demientre que él fuere en mío poder, conséjovos que l’non fagades ningún mal”. Ellos fueron estonces pora ella, et tomáronle por fuerça el omne que tenie so el manto, et matárongele ý luego delante , assí que l’ non pudo ella defender nin otro ninguno por ella; et de las feridas que davan en éll cayó de la sangre sobre las tocas et en los pannos de donna Llambla, de guisa que todo fincó ende ensangrentada.
Si en la escena anterior, inspirada por el cortesano magín de doña Lambra, acudíamos a la más acendrada consagración del símbolo, en esta, que es, estructural y temáticamente hablando, su contrapartida, en que son los infantes los ejecutores de la réplica, nos es dado asistir a una consagración de lo real mucho más extrema, si cabe, que la de la simbología de la precedente.
Las insinuaciones simbólicas anteriores son reducidas en ella a su significado puro y duro, y es ese significado neto, sin matices, sin reductos a la confusión, lo que impregna esta réplica de los de Lara dotando a la escena, que su determinación protagoniza, no de un baño de realidad, que sería decir poco, sino sumergiéndola en la realidad misma. Hasta los símbolos más opacos, como es el de las tocas coloradas que transforma a esta doña Lambra ensangrentada en la imagen de una mujer pública, se empapan de la realidad de la sangre que dota de sentido a esa nueva condición que adquiere, pues es la violación, la prostitución a que han sometido su señorío los infantes, lo que la reduce a tal condición.
La traducción a su lenguaje de realidad del lenguaje figurado de su tía será, pues, la empresa a que se dediquen los infantes en su réplica que, ya de entrada, traduce a la pluralidad del linaje, el oprobio lanzado al hermano menor, acudiendo, en familia, a repararlo. El baldón que para el pequeño de los Lara supone el cohombro con que su tía lo manda agredir, es recibido como sinécdoque por los Lara y por tanto es interpretado por ellos en su general proyección. No es solo a un Lara al que su tía insulta con su pepino, es a todo el linaje de Lara del que el menor es acendrado resumen al que se insulta así. No mandan los de Lara, como su tía, a un vasallo, a un subalterno, a «una metáfora suya», a pedirle cuentas, sino que van ellos mismos.
Todos los Lara acuden, en bloque, a reparar el oprobio y no van a esa reparación con simbólicos pepinos sangrientos sino con sus garras de azores, bien afiladas para atrapar al insolente y despedazarlo ante la instigadora del suceso. Frente a los pepinos, los infantes llevan espadas. De nada le vale al vasallo perseguido tomar protección bajo el manto de su señora. Los infantes, que saben bien lo que este manto significa y la autoridad que representa, le solicitan a su tía la entrega del agresor, con palabras muy claras de lo que ellos entienden que su tía hace: impedirles la venganza. «Non vos embarguedes» -dicen a su tía--, pero ante la negativa de esta, donde queda bien claro el valor que ella le otorga a esas ceremonias cortesanas, se lo sacan de debajo del manto. Esa precisión que nos hace en su relato la crónica de que los infantes no acuchillan directamente al criado atravesando el manto de su tía, es bien revelador de lo conscientes que son los infantes sobre el ultraje que a su tía hacen y hasta donde pueden y quieren llegar. Atravesar el manto con las espadas hubiera implicado un oprobio idéntico al de la violación. Sacar al vasallo de debajo del manto y matarlo allí mismo supone, dentro de la gravedad, una ofensa más leve, pues sólo violan el poder señorial de la señora de Bilvestre. No violan su privada condición de dama, sino que desprecian, como han hecho siempre con su tía, su señorío, haciendo caso omiso del mismo. No hay mantos qué valgan en la consideración de los infantes. Su tía ha demostrado, mediante su broma, no merecer el señorío que ostenta y, por tanto, el manto no vale para nada. El poder del manto hay que merecerlo no insultando de esa grosera forma a los invitados. Si no se es capaz de una actuación de señora, el manto no tiene ninguna validez. Los infantes demuestran, en esta agresión, una vez más, ese acendrado castellanismo que los define. Pues sólo es reconocido por ellos como válido lo que ha sido traducido en hechos concretos. El señorío de su tía y el manto que lo simboliza están desautorizados a sus ojos porque con sus hechos ésta no ha demostrado merecerlos.
Si los blancos paños de lino de Gonzalo fueron golpeados por un simulacro de lanza y manchados con una simulada sangre, en su contrapartida de realidades, los infantes van a emplear espadas de verdad que atraviesan al vasallo delegado de doña Lambra, y a hacer brotar del moribundo cuerpo del criado, en la muerte real con que lo ejecutan, sangre humana, no fingida. Sangre que empapa con su brutal certidumbre, bien alejada del juego de escarnio anterior, las blancas tocas y paños de su señora tiñéndolas del rojo que es, ahora, símbolo cierto de su nueva condición vejada de prostituta. El insulto de puta que Gonzalo profiriera contra doña Lambra en el episodio del bohordo, se hace efectiva realidad en esta imagen plástica, en donde una doña Lambra, violada en su condición de señora, se nos aparece prostituida.
Bien consciente es la dama cortesana de esa violación de su señorío y del desprecio que la agresión de los infantes supone para la propia consideración de la mujer como dama, pues en los romances, en las quejas que a su marido hace sobre el ultraje que ha recibido, insiste de forma denodada y equiparada en los dos aspectos que ella entiende que han concurrido en la agresión:
“Quéxome a vos, don Rodrigo, que me puedo bien quexar;
los hijos de vuestra hermana mal abaldonado me han:
que me cortarían las haldas por vergonçoso lugar,
me pondrían rueca en cinta y me la harían hilar”.
Así, si la primera queja sobre el baldón que los hijos de su hermana le han hecho, de amenazarla con cortarle las faldas por vergonzoso lugar, alude al castigo que se hacía a la mujer adúltera, en la segunda se pone bien de manifiesto que pretenden reducirla, con tal castigo, a la condición de matrona, es decir, que pretenden privarla de su natural esencia de dama cortesana, cuyo ejercicio es el teatral recreo de la ceremonia, para convertirla en lo que ellos entienden que debe ser una mujer de Lara y como se demuestra su valer: hilando.
Parece que, sin embargo, para la damísima y cotesanísima doña Lambra, que ha entendido perfectamente el mensaje de desprecio para su condición de dama que la agresión de los infantes supone, no puede haber oprobio ni castigo mayor que verse hilando. No parece, pues banal ni superfluo que en las palabras de doña Lambra quejándose a su marido, se refiera a los agresores como «los hijos de vuestra hermana», pues, por medio de esa catalogación de los infantes, no en su condición independiente, sino en su condición de hijos de su madre, se nos hace notar de forma aun más ostentosa, lo que doña Lambra entiende que el clan de su marido quiere hacer con ella, a saber, una réplica de la figura ideal de mujer a que se consagra, la mujer matrona.
Una vez ejecutada sobre su indefensa tía la réplica real y teñida de tragedia con que los infantes, escarnio por escarnio, han respondido a su incómoda broma con unas terribles veras, los aún irritados mozos recogen a su madre, quien cabalgando con ellos, como siempre, regresa a sus posesiones en su compañía.
Sin embargo, la humillada doña Lambra hará un estrepitoso escaparate de su vejación, montando unos funerales dignos de una tragedia griega para llorar la muerte del criado muerto a sus pies. Pero también este funeral es un juego de apariencias, porque lo que la señora de Bilvestre llora a través de los excesos de su planto no es tanto el criado que yace difunto, cuanto lo que ese criado fenecido representa que no es otra cosa que la soledad de la mujer a la que se ha asesinado, en el cuerpo del vasallo, su más autentica mismidad: su condición de dama y señora.
Es de un patetismo abrumador la escena de esta mujer llorando su propio asesinato, en la más absoluta soledad, frente a su cuñada que parte, con sus reverentes hijos arropada por la compañía del linaje. El linaje, como razón de ser de la mujer, cobra en esta contrastiva escena con la que el episodio finaliza, míticas dimensiones, pues frente a la dama estéril que arropa su soledad en el teatro que de su dolor mima, teatro estrepitoso, mediante el que solicita a voces un público que le haga compañía en sus emociones, la madre y matrona tiene asegurada su protección y compañía, de modo y manera que no tiene necesidad de hacer llamada alguna, ni exhibir sus emociones para ser asistida; es más, los hijos se adelantan a los oprobios que su madre pudiera recibir, y, antes que cualquier otra cosa, la recogen de casa de su tía y la conducen, escoltándola hasta sus posesiones.
De las cuatro partes en las que la leyenda de los siete infantes de Lara organiza su arquitectura, las dos primeras se centran en los efectos nefastos que produce la invasión del universo cortesano de doña Lambra, presidido por una idelogía centrada en la apariencia, por el universo castellano de los infantes regido por una concepción del mundo asentada en las realidades. En esta segunda parte, preciso y perfecto contrapunto poético de la anterior, veremos cómo la sangre engañosa de los pepinos organiza su estrategia defensiva conforme a los principios de la moral cortesana para abatir en su propio universo a los aguerrios azores. En este artículo, mero apéndice complementario del anterior, intentamos poner de manifiesto tales aseveraciones.
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