Esta novela parece centrarse en el proceso de desmitificación de esa pre-historia o preámbulo histórico que sin lugar a dudas marca de mil modos nuestra identidad. El ubicar el centro de su búsqueda no sólo en la conquista de América sino en la historia que le precede, esto es, en las condiciones pre-descubrimiento y pre-conquista de América, Benítez Rojo tropieza con la mayor dificultad del proyecto: cómo rastrear una historia cuyo centro de gravedad es móvil, ondulante, heterogéneo y cambiante tanto con respecto al espacio y al tiempo como a los universos individuales de sus protagonistas. El novelista se adentra a tientas en ese espacio, equipado tan sólo con su concepción de lo que para él es el discurso literario en el Caribe, con el lenguaje a él legado por la conquista y con una poderosa imaginación. Todos los acercamientos son válidos pues ninguno es definitivo ni improbable, parece decirnos Benítez Rojo. No importa que a nuestra identidad se le vean todas las costuras del intento por abordarla. Lo importante es atraparla.
Esta novela es, entre otras cosas, un gigantesco tropel de voces fragmentadas, compuesta de voces anónimas, populares, militares y de minorías de toda calaña. La ficción pretende atravesar la realidad histórica. Y lo logra. El autor se vale de memorias, diarios, historiografía, crónicas y de su imaginación para construir un marco histórico y social de dimensiones monumentales, el que debió servir de sustrato humano al descubrimiento y a la conquista de las Indias Occidentales. El autor se ha propuesto sacar a relucir en esta obra todo lo que tuvo de aportación individual o sencillamente humana un sisma social sin pecedentes, de dimensiones bíblicas, pero que yace congelado hoy por la retórica de los libros de Historia. Es evidente que a Benítez Rojo le interesa sobremanera lo que tuvo –o debió haber tenido —de substrato puramente humano ese cataclísmico suceso, las rabietas personales que debieron acompañarlo, la enorme carga de crueldad y violencia, de egoísmo, de pasiones y entuertos, de voracidad, de indolencia y hasta de ensueños que una empresa de esta índole debió haber acarreado.
La obra comienza con la agonía del rey Felipe II de España, postrado en su cama de muerte, donde una mosca revolotea y aguarda la conversión del monarca en cadáver. Es una historia putrefacta, de humores y pestilencias, terminal, que muestra la furia y el horror de un poder que se desintegra. Esa desintegración física y moral es el contexto político donde se ubican las demás historias de la novela, tantas que apenas se les puede seguir. Las más importantes son, sin lugar a dudas, el segundo viaje de Colón al Nuevo Mundo, el recorrido del Adelantado Pedro Menéndez de Avilés por la península de la Florida, y en tercer lugar, la saga de una familia mercantilista y feroz, los Ponte, quienes, desde Tenerife, lucran con el comercio de vinos y negros entre el Viejo Mundo y los demás mundos en surgimiento. En ese contexto voraz, neblinoso e incendiario, donde lo que importa es hacer fortuna, por encima de cuantas almas, cabezas y pueblos sea menester pasar, es que transcurre la novela y la visión armagedónica de Benítez Rojo sobre la conquista de América. Una vez concluida la lectura de la obra, el lector puede comprender mejor porqué la conquista del Nuevo Mundo no pudo haber sido de ninguna otra manera, dados los tipos humanos que la protagonizaron y dadas las condiciones políticas y económicas del mundo de la época.
La estructura de la novela es de una fragmentación alarmante, casi como la del meta-archipiélago. La voz del narrador omnisciente salta a la de personajes que hablan desde su atalaya, para lo que Benítez se asiste de innumerables sub-narradores en primera, en segunda y en casi todas las personas del singular y el plural. Los puntos de vista cambian con inusitada frecuencia, con extrema libertad creadora, precisamente porque todos son en realidad un mismo punto de vista girando sobre un denominador común: el saqueo. Por esa vía y bajo ese sentimiento de rapacidad impostergable, de implacable y hasta natural devenir, también penetra en América, como si fuera un virus, la cristiandad.

Decenas de personajes se agolpan en esta obra de Benítez Rojo, todos reclamando, con una mano extendida y la otra en el plomo, su parcela en el Nuevo Mundo, todos con sus miserias puestas al servicio del poder y del enriquecimiento privado. ¿Qué sentimiento de piedad, de misericordia, de humanidad puede quedar en esos protagonistas de la Historia? Ninguno. Nada queda. No está entre los valores de la época el cuestionarse esas categorías en una región carente de Dios. Todos parecen llevar en la memoria colectiva que se trata de un territorio sin Historia, donde todo está por escribirse y hacerse, sin alma, abandonado a la suerte y a las garras de Dios, lo que facilita grandemente el saqueo y el crimen. "Aprovechad hasta que dure" es una frase memorable de una de las voces menores dentro del texto, la que define tal vez como ninguna otra de qué se trataba aquella empresa.
Es difícil seguir el desarrollo del argumento de esta obra debido precisamente a su fragmentación continua. Y debido también a que no tiene un argumento definido. Son voces como pequeños remolinos de polvo que hacen su aparición, dan sus vueltas cónicas y estallan a los pocos segundos. Todos inconexos, de pasada (hacia el Nuevo Mundo), todos no quieren otra cosa que hacer una marca en el texto y seguir, sin perder mucho tiempo, pues ni siquiera el texto es importante. Sólo dos o tres acontecimientos parecen llamar la atención del novelista: el desastre de la Armada Invencible contra los ingleses, una escena de indios en el meta-archipiélago y la aborrecible experiencia o vida de un personaje menor, Antón Babtista, un pícaro que llega a convertirse en una especie de cacique con el tráfico del dinero —entiéndase oro— de Indias. A medida que nos adentramos en los mundos de estos colonizadores primigenios, en la mecánica de ese mundo ya a cinco siglos de distancia y en la idiosincrasia de los protagonistas, podemos entender mejor porqué la conquista de América fue en realidad un genocidio, algo monstruoso, pero podemos comprender también porqué difícilmente pudo haber sido de otra manera. Estos personajes, en su mayoría cuatreros, gente de rompe y rasga, verdaderas maquinarias dentadas, fueron seres no sólo movidos por la voracidad de una época que se desintegraba sino también formados por ella. Por ello es que es válido decir que esos protagonistas de la Historia no hubieran podido conquistar este hemisferio de ninguna otra manera. Ni aunque se lo hubieran propuesto. Porque sencillamente respondían a lo que eran y al legado que los conformaba.
El carnaval bakhtiniano luce su colorido en esta obra de Antonio Benítez Rojo, tal vez como en ninguna otra suya. La conducta de los colonizadores no se juzga dentro del texto: los conceptos de bien y mal están más allá de ella. Como en La campaña de Carlos Fuentes, esta obra contiene un planteamiento dialéctico al enfrentar dos mundos en oposición: el europeo y el americano. Y como en El siglo de las luces, de Alejo Carpentier, la novela patentiza y se nutre del fracaso de los ideales con la conquista de América, pues toda la conquista fue, para Benítez Rojo (aunque no necesariamente para sus protagonistas) un viaje hacia la utopía.
El concepto de metaficción gana otro inciso en su definición: el texto, como los personajes, no tiene la intención de examinarse a sí mismo. Nada hay que rectificar. Recordemos que para Benítez Rojo la función del discurso textual en el Caribe es la de mantener una relación de seducción recíproca con el lector. Es en el campo del lenguaje donde, a mi juicio, se le debe dar un crédito todavía mayor a Benítez Rojo: el autor ha recreado, sin interrupciones contemporáneas ni arcaismos insoportables, el idioma español de la época, sirviéndose para ello del andamiaje verbal del barroco (más cercano al Quevedo de los Sueños que al Góngora de las Soledades).
Esta novela acusa la mayoría de los síntomas del ciclo que hasta la actualidad compone la nueva novela histórica. La inmensa mayoría de los personajes principales parecen ser reales o históricos, incluyendo algunos personajes menores como los indios (como Anacaonda) y otros incluso inferiores a los menores, como algunos mencionados o traídos a colación por personajes indudablemente menores. Sería una tarea de enciclopedista retirado o de complejos mecanismos computarizados el tratar de encontrar qué personajes son o no reales dentro del texto. Como no es ésa mi intención, ni siquiera me detendré en el asunto. Sólo un dato curioso: me ha parecido interesante la presencia del personaje señor Avilés o Adelantado Avilés dentro del texto, nombre que también da Rodríguez Juliá al niño de su novela La noche oscura del niño Avilés, tal vez mera coincidencia onomástica, tal vez pura referencia intertextual.
En esta novela, la ficción sirve de nexo entre unos y otros personajes, la que les ha elaborado un pasado, un contexto, una red de vasos comunicantes entre sí. La Historia es distorsionada —y hasta reescrita— a partir de la ficción. Las ideas filosóficas del autor se subordinan a la reproducción de la realidad a través de la ficción. O sea, las ideas del autor no están expuestas en un discurso directo sino más bien a través de la conducta de los personajes. En pocas palabras, la Historia se distorsiona en la medida en que es evocada. La obra termina con una especie de viñeta, con una complicada historia de amor entre Hawkins e Inés: el vínculo de lo español con lo inglés. A medida que avanza el texto hacia su fin, el lector descubre que aquellos enamorados trágicos también avanzan, en una nao, hacia el Mar de las Lentejas. ¿No es acaso la praxis de esos dos mundos lo que da forma y sentido al meta-archipiélago? Antonio Benítez Rojo así lo entiende y así concluye la novela, un verdadero texto post-moderno, sin un centro argumental definido, altamente fragmentario y catársico.