Los venezolanos acostumbrados culturalmente a que alguien con mano dura y mucha capacidad de control ¿resolviera todo? (el amo, el caudillo, el tirano...), esperamos siempre que apareciera un mesías, esto es, un presidente que lo resolviera todo sin que nosotros asumiéramos nuestra responsabilidad social y política. ¡Dormíamos! ¡Fantaseábamos! ¡Nos engañábamos! Nunca ocurrió tal milagro y, decepcionados ante el incumplimiento de nuestras expectativas, durante las 4 décadas de dictadura democrática no hicimos más que repetir irreflexivamente tres expresiones que son un lugar común para interpretar la realidad pasada e, inclusive, la presente: “La culpa es del presidente”; “nunca antes había sido así” y “los del partido de gobierno están robando”; como si los presidentes, caudillos, tiranos... fueran omnipotentes y nosotros no debiéramos esperar de ellos otra cosa que el recibir bienes, alimentos
Fueron años de verdadera distracción sobre lo que en verdad estaba sucediendo en el país, esto es: “Que la neocolonización y penetración cultural imperialista; el ascenso del poder económico sobre el poder político y judicial; y la expansión de la cultura de la viveza y la corrupción nos estaban devorando”.
La fase de dictodemocracia, que muchos quieren presentarnos como una edad de oro caracterizada por la paz, la convivencia social y política, la prosperidad económica y la confianza, fue repetir un triste pasado, pero con el disfraz de los altos valores de la democracia y la modernidad. La dictodemocracia comenzó muy mal. El supuesto padre de la democracia venezolana, Rómulo Betancourt, puede ser considerado la típica expresión viviente del arquetipo del patriarca. Con cinismo, consideraba que las masas estaban a su servicio y que estas debían ir adonde marcharan sus dirigentes:
“ ... y los que se resisten, ese factor amorfo del que me habla Valmore [Rodríguez] es carne de cañón, que nos servirá para hacer bulto y que no me importa que se quede rezagado. El lastre siempre se bota” (María Sol Pérez: “La democracia venezolana y sus protagonistas”, p. 20).
Fue Rómulo Betancourt quien institucionalizó la tristemente célebre expresión: “Disparen primero y averigüen después”. También en su gobierno muchas veces se suspendieron las garantías y fue en su período cuando, como reacción a su despotismo, surgieron las guerrillas, que duraron hasta el primer gobierno de Rafael Caldera, el cual promovió una política de “pacificación”.
La palabra democracia no fue sino un manera de encubrir el autoritarismo de las clases pudientes, los gobiernos y la mayoría de los miembros de todos los partidos políticos. No podemos olvidar desde el vecino que diciéndose de X partido se creía el dueño de la cuadra, al funcionario público que decía: “Cuánto hay pa´eso”; la hostigación en las instituciones del estado (ministerios, universidades, tribunales…) en las cuales aquellos politicuchos que eran mayoría perseguían a aquellos que eran minoría o no militaban en partido alguno
La seudoconvivencia política no pocas veces terminaba a puños, palos, tiros y desaparecidos. Sentarse a dialogar, no representaba argumentar, razonar y reflexionar, sino que representaba un sentarse a forcejear acompañado de una violenta emocionalidad.
La prosperidad fue un sueño efímero para quienes ascendieron socialmente a través de su trabajo y para los “nuevos ricos”, es decir, para esos personajes de la Administración Pública y politiqueros corruptos que lograron hacerse de un dinerito. Sueño fugaz, pues entre 1975 y 1997 sólo la clase media se redujo del 56,9% al 31,3% (Patricia Máquez y Ramón Piñango (Edits): “Realidades y nuevos caminos en esta Venezuela).
Jamás se tomó en cuenta como parte de la verdadera prosperidad la calidad de vida del venezolano en general, su desarrollo espiritual, su salud mental y física, ni la calidad del producto cultural recibido a través de los medios de comunicación
Las marchas, las protestas y las huelgas no dejaron de estar presentes durante los 40 años de dictodemocracia. Solamente las protestas estudiantiles dejaron varios miles de estudiantes y civiles muertos en enfrentamientos con la policía, la guardia nacional y el ejército. Con la avidez de siempre, quienes controlaban la economía y la política durante la dictodemocracia alternaron períodos de connivencia con serios enfrentamientos y traiciones.
Si se relativizan la tensión y los enfrentamientos sociales, políticos y económicos, se puede enmascarar la verdad borrando las guerrillas y diciendo que entre finales de las décadas de los 60 e inicios de los 80, período durante el cual creció la generación mayamera y de los sifrinitos y sifrinitas, hubo un auténtico desarrollo económico en el país acompañado de paz. Pero en realidad, la paz y la prosperidad eran ficticias.
La supuesta paz y prosperidad fueron compradas a punta de repartir la torta de los ingresos al fisco por concepto de las ganancias petroleras: Contratos para los ricos, creación de cargos públicos para todos, impunidad para la corrupción de los politiqueros, casitas y escuelas maltrechas para los pobres...
El patrón psicológico de comportamiento colectivo siguió basándose principalmente en el arquetipo del patriarca. El despotismo era una de las características de personalidad que más destacaba en el colectivo (y desgraciadamente sigue destacándose) en todos los ámbitos de la vida nacional. El miedo, la desconfianza, la paranoia y el resentimiento estuvieron siempre presentes en todos los niveles, acompañados de una ¿sutil? discriminación racial y clasista, caracterizada por la expresión: “Cada cual debe darse su puesto”. Fue un período en que la ira, el resentimiento, el fracaso y la impotencia se sumaron a una campaña esquizofrenizante de la población.
Signos de dicha campaña esquizofrenizante fue el estilo comunicacional que impusieron principalmente quienes detentaban el control económico, el control político y los medios de información masiva, cuyo discurso se caracterizaba por: generalizaciones; abstracciones; ambigüedades; contradicciones; invenciones; ideas megalómanas y mágicas para cambiar el país; acusaciones irresponsables y sin bases; verdades, medias verdades y mentiras; afirmaciones aventuradas, espinosas e intrigantes; falta de compromiso tanto en lo que decían como en lo que hacían; negación de la realidad: “hay paz, no hay persecución política”; descalificación de la percepción del público y de los investigadores serios de la realidad nacional... No era extraño que la gente en la calle afirmara: “Este es un país de locos”; “No hay manera de entender lo que pasa en este país”; “Hay que hacerse el loco”... Un saludo típico de la época y que ilustra lo que quiero decir fue: “Quiuvo loco”.
El colmo y lo increíble de toda esta situación esquizofrénica es que, por ejemplo, la gente diera su voto por un Carlos Andrés Pérez, quien durante el mandato de Rómulo Bentancourt fuera ministro del interior y responsable de diversos crímenes; o que se lo diera a un Jaime Lusinchi, alcohólico conocido, cínico de oficio...
Entre quienes se habían hecho del control económico y político, y los medios de información, crearon una Venezuela virtual caracterizada por eufemismos y la inversión de las situaciones y los valores. Los infractores de la ley simplemente se hacían pasar por víctimas y las víctimas eran convertidas en victimarios: Toda fechoría era encubierta con el calificativo de “político” y, por ende, no era fraude, robo, asesinato... Ser honesto era ser una suerte de idiota... La dignidad se decía: “está pasada de moda...”.
En medio de esa Venezuela virtual, a cada rato, todos los sectores que ejercían de algún modo el control de la nación sacaban a relucir el cumplimiento de las Leyes, mientras, soterradamente, el grupo de abogados y jueces comisionados a crearlas no hizo otra cosa que elaborar leyes que protegieran a los “peces gordos”. De allí que, ayer como hoy, resulta prácticamente imposible enjuiciar a alguien que pertenezca al poder económico, político o militar, o que tenga un padrino, un compadre, un amigo en...
Durante cuatro décadas, ante la impotencia, la mayor parte de la gente se dijo: “Es mejor no hablar, no reclamar, ni denunciar, hay que morir callado...”.
Como todo intento de denuncia era vano, debido a la corrupción, y con frecuencia era objeto de retaliación, la gente se acostumbró a decir: “¿Para qué voy a perder el tiempo? Además, si hablo, me van a pasar factura”; lo cual contribuyó a la formación de una mentalidad sumisa que, entre otras cosas, se caracteriza por el hecho de que el ciudadano común no hace valer sus derechos y hasta le parece inútil y sin sentido participar en la vida política nacional.
La pérdida de la confianza entre las personas y la desconfianza hacia los ricos, los economistas, el poder legislativo, el poder judicial, los políticos y los medios de información fueron algunas de las respuestas a lo anterior. Era común que junto a la quejadera de la población, esta añadiera: “Ya uno no sabe a quién creerle”. A ello se unió el que gran parte de la gente se declarara apolítica: “Los políticos dan asco. No se les puede creer nada”. Entramos en un período de crisis de confianza y credibilidad.
De ese ser apolíticos nació entre la población el numeroso y significativo grupo de los que “ni están con este, ni están con los otros: “Los nini”, “los tibios”, “los medias tintas”, “los que nunca se quieren comprometer ni participar en nada”...
Estos, sumergiéndose en la apatía y la indiferencia política, cometieron el grave error de “dejar hacer” y caer en la ignorancia de hechos capitales tales como: qué estaba ocurriendo en industrias nacionales como PDVSA y la CVG; qué implicaban las privatizaciones; cómo se estaba vendiendo el país a USA y a las transnacionales; por qué se acrecentaba la deuda externa...