El país por un dinerito - El patriarcado en Venezuela

3 - El patriarcado en Venezuela

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Monografía creado por José Del Grosso. Extraido de: http://www.rebelion.org/seccion.php?id=24
18 de Enero de 2006
La invasión española

Los primeros españoles que vinieron a América entraron por la fuerza a nuestras tierras y despojaron de estas a sus moradores en contra de su voluntad.

De ninguna manera vinieron a civilizar, es decir, no vinieron a ofrecer, a educar, a dialogar, a intercambiar con el objeto de que españoles y americanos nos enriqueciéramos en todos los sentidos, sino que por la mano de la violencia, los invasores españoles vinieron a imponer, a quitarnos, a llevarse nuestras riquezas y a luchar por tener la máxima capacidad de dominio y control de la población para que esta les sirviera y les generara riqueza.

Aunque el arquetipo del patriarca estuvo presente entre los aborígenes de la mayoría de los moradores de toda América, entre los nuestros, no existió propiamente un patriarcado. Si bien, en el orden político, existía un cacique, un jefe, que dirigía y guiaba a todo el grupo, este, estaba supeditado a un shamán o guía espiritual que velaba por la salud y el bienestar de la tribu. Al mismo tiempo, en el contexto familiar, la madre era el eje de esta. Ella enseñaba el lenguaje y la actitud de fidelidad y lealtad a la tribu, las costumbres...

La mayoría de nuestros aborígenes no tenían como otras tribus de América ni como los europeos interés alguno en la expansión, el dominio y acumulación de riquezas, pues la mayoría de las tribus que poblaban a Venezuela eran nómadas (Rafael Carías: “¿Quiénes somos los venezolanos?”).

Los invasores españoles no vinieron a América con el ánimo ni la disposición de dar lo mejor de sí. Vinieron con la disposición de la codicia y la rapiña, el ánimo de la prepotencia, la destrucción y el anexionismo. Los curas no vinieron a enseñar el “Amor del que hablaba Cristo”, sino a imponer una vida espiritual politizada, de sometimiento y sufrimiento a los “salvajes de estas tierras”.

Ni para militares, ni para civiles y curas, nuestros aborígenes eran seres humanos. En sus mentes ávidas de tesoros, se trataba de animales ignorantes que podían conducirles a riquezas fáciles de arrebatar.

En lugar de aprender con humildad de nuestra rica cultura aborigen, la despreciaron y destruyeron para sustituir los arquetipos autóctonos por el del patriarca europeo, cuya raíz más profunda es la cultura judeocristiana.

La colonización española


“ Todo lo que nos ha precedido está envuelto con el negro manto del crimen. Somos un compuesto abominable de esos tigres cazadores que vinieron a América a derramarle su sangre”.

Bolívar (cit, por Vallenilla Lanz en su obra: “Fue una guerra civil” p. 179)

Colonizar, según María Moliner, significa “desarrollar una acción civilizadora en un país sobre el que se ejerce dominio”; y colonia significa “grupo de gente de un país que se establece en otro para aprovechar sus recursos naturales”.

El colonizador español, igual que el invasor, no vino a nuestras tierras con el propósito de civilizar, sino como un grupo de personas que se establece para beneficiarse y beneficiar a la corona, aprovechándose de la fuerza de trabajo de nuestros moradores y esclavos traídos del África, así como para explotar nuestros recursos naturales.

El colonizador español, tampoco fue psicológicamente muy diferente al invasor. Pocos eran hombres de bien, honrados y justos. Antes bien, predominó la misma conducta del invasor disfrazada de cultura, religiosidad y justicia disimulada en la rigidez, la rutina y la prepotencia. Se mostraron igual de rapaces, rateros, deshonestos, desvergonzados y sin una consciencia clara del bien y del mal, de la justicia y la injusticia, de lo honesto y lo deshonesto

Hipócritas con caretas de moralistas, esclavizaron a aborígenes y a negros que trajeron de otras tierras. Racistas para enseñar y compartir las cosas buenas de la vida, pero sin reparo para violar a las indígenas americanas y africanas, preñarlas y abandonarlas con los hijos que les habían sembrado.

Generalmente, los colonos, al igual que los conquistadores no establecieron hogares psicológicamente sanos. Ninguna importancia tenía el que hubiesen abandonado o no físicamente a sus hijos, pues el hombre atrapado por el arquetipo del patriarca mantiene una distancia psíquica del otro, incluso, de sus familiares más cercanos.

Para compensar el abandono emocional, sus hijos seguramente adoptaron como mecanismo de defensa la negación y suplieron la carencia afectiva con sustitutos como las posesiones, a las cuales se aferraban. De allí la importancia que atribuían al dinero, el cual venía a representar: amor, seguridad y bienestar.

El modelo de educación familiar a través del ejemplo no era otro que el proporcionado por un padre dictatorial: “En casa sólo existe una voz y una sola razón, la mía. Yo soy el dueño y el amo…”. Imperaban el despotismo, la autocracia, la dominación, la manipulación, el cinismo, la opresión, la arbitrariedad, la injusticia, la coacción, el juicio, la crítica, el imponerse por la fuerza, la argucia leguleya, la especulación, la traición a los intereses del país, el racismo y un estilo de vida en el que resaltan la codicia y el vivir de las apariencias.

La oligarquía, con su doble cara, no luchó por una independencia de España que nos librara a todos de la opresión de sus botas y contribuyera al desarrollo psicológico de la población, a su autonomía…, sino que en nombre de la libertad, vieron en la independencia una oportunidad para librarse de los impuestos y obligaciones con la Corona Española y, como buenos oportunistas, vieron en las ideas independentistas una buena ocasión para librarse de su control.

Con ayuda de la iglesia católica, la oligarquía mantuvo el sometimiento, prolongó la esclavitud y la ignorancia en la mayor parte de la población. Se hacían llamar amos, dueños. Sólo libertaron a los esclavos cuando cayeron en cuenta que les era más económicamente más ventajoso subarrendarles las tierras que mantenerlos (Brito Figueroa, “Historia económica y social de Venezuela”, Tomo IV). Fue también ocasión para “quedar bien” y mostrar su supuesta benignidad.

La oligarquía de mediados del 1800, igual que sus antecesores, pero maquillada, mostraba como modelo de vida social y política el racismo, la desigualdad, la coerción, el sometimiento, la demagogia…, el cual se complementó perfectamente con la tradición patriarcal del Viejo Testamento traída a América por los supuestos evangelizadores.

Pocos podían ser llamados sacerdotes. Estos, al igual que los pocos individuos inteligentes, cultos, responsables y conscientes eran puestos de lado. Se los marginaba, se hacía escarnio de ellos, se los miraba con recelo. No hubo espacio social para hombres y mujeres virtuosos desde la conquista hasta la época de la Independencia, como tampoco lo ha habido desde entonces hasta nuestros días.

Si pensamos en las condiciones anteriores, no es difícil imaginar los sentimientos que alimentaron la oligarquía y el clero hacia hombres como Miranda, Simón Rodríguez, Sucre, Urdaneta... La ira y la desconfianza de todo un colectivo hacia un Bolívar idealista, autor de la Independencia de cinco países, que no ansiaba más que la libertad, la paz, la unidad, la convivencia y la educación de nuestros moradores más humildes.

La respuesta social al patriarcado de la oligarquía colonial

El modelo inconsciente del patriarcado no se limitó al reducido grupo de los amos, sino que por imitación llegó a convertirse en rasgo característico de un sector significativo de la población desde la colonia, en gran parte, debido a que fue asociado con “ser alguien”.

La moral que aprendieron los criollos de la oligarquía y los curas, fue una moral confusa, hipócrita, disociada mentalmente, pues una cosa era lo que decían aquellos de boca para afuera y otra lo que hacían. Ya el mismo hecho de que la moral se sustentara en sentimientos de culpa, castigo y recompensa, nos dice que la intención con que se difundía la moral no era la de despertar una consciencia sobre las propias acciones y sus consecuencias, sino la de mantener el control sobre la población.

La oligarquía con sus manifestaciones patológicas de dominio y control sobre la mayoría, no hizo sino consagrar el paternalismo y con ello la dependencia y la pasividad en la mayor parte de la población: “El amo siempre dispone y provee en cada caso”.

El amo, al tener un dominio casi total sobre la vida de esclavos y subordinados, determinaba en gran medida casi todas las actividades de la vida laboral, cultural y familiar de quienes dependían de él. Pero al relevar a sus subordinados de toda responsabilidad, los dejó indefensos al cortarles toda posibilidad de crecimiento psicológico.

Ante la actitud del amo, los subordinados psicológicamente indefensos, desarrollaron un conjunto de mecanismos para sobrevivir, los cuales van desde una sumisión aparente, acompañada de adulación para ganarse la aprobación, la protección y los favores del amo hasta la rebeldía.

La sumisión no es otra cosa que la programación de una persona para obedecer, sin protestar ni razonar, ser manipulado mediante la culpa y el temor al castigo. La adaptación es muy diferente a la sumisión, pues se refiere al aprendizaje de conductas que facilitan nuestras relaciones y convivencia, mientras que la sumisión representa sometimiento sin consciencia.

En términos generales, la sumisión impuesta a las mayorías sentó las bases del paternalismo, el apadrinamiento y el compadrazgo para actuar amparado bajo la sombra de estos, mientras que la rebeldía asumió formas antisociales como “la viveza criolla” y la delincuencia común, la cual iba y aún va, no sólo en contra del rico, sino también en contra de los de su propia clase social.

Unos de los esquemas o patrones de conducta típicos que comparten todas las clases sociales venezolanas ha sido el “parasitario”: “Aprovéchate”, “saca ventaja de tu puesto”, “no seas pendejo”, “haz como si trabajaras”, “búscate un padrino”, “ponte donde haiga”...

Quienes no han tenido o tienen la oportunidad de ponerse “donde hay”, han generado otras formas parasitarias de vida. La más común entre ellas ha sido vivir del único “pendejo” que trabaja en la casa. Le siguen el hacerse limosnero, poner a pedir a los niños, ser un damnificado profesional...

Usualmente, se le ha achacado al venezolano el rasgo de flojo: “Algo que lleva en sus genes”. Sin embargo, si reflexionamos un poco al respecto, esta característica, en gran medida, es en realidad un mecanismo de resistencia ante la conducta depredadora inicialmente del invasor y del colonizador y, posteriormente, de sus descendientes.

Ni nuestros indígenas, ni los africanos traídos al país poseían culturalmente la idea de apropiarse de las tierras y acumular riquezas. La sola diferencia de clima, España con cuatro estaciones, Venezuela una eterna primavera, imponían estilo y ritmo de vida distintos.

Como las ardillas, el español debía guardar para sobrevivir al invierno, mientras que la Tierra generosa de estos lares daba de comer a sus Hijos todo el año.

El Hijo de nuestras tierras trabajaba para vivir y no para obtener plusvalía. Su estima no dependía del tener bienes. De modo que la idea del apoderarse de más cantidad de tierras que las necesarias y acumular dinero les debió haber parecido incomprensible; y su actitud ante la clase, el modo y el objetivo del trabajo, no podía ser otra que la de hacer lo necesario.

Como señala Uslar Pietri en su obra, “Godos, insurgentes y visionarios”, era absurda la pretensión de aquellos invasores de querer someter a los indios y negros “ al modelo español y extender sus formas propias de sociedad y economía... No se podía lograr que el indio viviera como un español y mucho menos que trabajara como un labriego cristiano de Castilla. No parecían entender nada de lo que era familiar para los recién llegados. Ni la lengua, ni la religión, ni el sistema de vida y trabajo. No conocían el dinero, no comprendían el trabajo, tenían otra noción del tiempo, carecían del concepto de riqueza a la europea y era difícil o imposible someterlos a un horario de labor, a un sistema de producción y ganancia y a una novedad social...” (p. 144).
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5 opiniones

cultura de masas

buena
Opinión respetable

Hay críticas de forma por que de fondo no se atreven. Miedo al ridículo y falta de argumentos
no esta totalmente bien redactado pero manifiesta mucha de la verda que otros niegan

mas elementos de juicio que vienen a consideracion, mis mas sentidas felicitaciones por el atrevimiento de poder decir lo que piensas, eso es lo que llamo libre desarrollo de la personalidad.
fue una mierda esa epoca

era una porqueria la forma de tratar a los imigrantes de la epoca ...
Pero que burro eres.

Utilizas la retórica más fácil y barata que has encontrado. Para atreverte a publicar algo, sin el temor a hacer el ridículo, debes aprender primero las reglas básicas de la redacción.
Evita repeticiones innecesarias. Tu articulito, parece escrito por un párvulo. Primero debes de tratar de ilustrarte un poco, de lo contrario parecerás un perfecto ignorante.
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