En el país, durante décadas, ha existido la tendencia a relegar nuestra historia a un lugar secundario. Desde luego que en las escuelas se enseñó Historia de Venezuela durante la dictodemocracia, pero solía y suele ser un relato en el cual apenas sí aparecen las mujeres; un relato vacío que habla de heroicidad, pero que no transmite nada acerca de aquellos seres vivos de carne y hueso que hacían y han hecho de veras la Patria, mientras otros la vendían. De allí que, debido en parte a ello, la mayoría de los venezolanos apenas sí puede recordar qué cosa se conmemora cada año durante las fiestas patrias.
Si la Historia de Venezuela hubiese sido enseñada durante la dictadura democrática como lo hacían nuestros aborígenes o como la ha escrito en parte un Herrera Luque, seguramente durante ese período hubiésemos comprendido gran parte de nuestra idiosincrasia, habríamos recordado las razones de nuestros eternos enfrentamientos políticos y de clase, por qué nunca logramos alcanzar las metas de nuestros libertadores, qué nos ha impedido ser realmente un país independiente y hoy, entre otras cosas, no se nos ocurriría decir: “Esto nunca ha pasado en Venezuela. Primera vez que pasa”. “Todo tiempo pasado fue mejor”; pues nos daríamos cuenta de que todo lo que aconteció aproximadamente entre los años de 1800 y 1830 se parece asombrosamente a lo que hemos estado viviendo en los últimos 20 años.
Muy curioso es que durante la dictodemocracia desaparece de entre los programas de educación primaria y secundaria la asignatura de Historia de América, la cual entre otros temas hablaba sobre los orígenes de nuestros nativos y cómo era la cultura precolombina. Llama la atención que en los libros de historia de Venezuela de primaria y secundaria se llegara a escribir que los españoles trajeron a América el tabaco, el café, el maíz y la yuca; que casi nada se diga sobre lo que aconteció en el país desde principios del 1900 y que la Historia Económica de Venezuela “sean telegramas ordenaditos” que no mencionan cómo los ricos y los políticos han vendido a este país por un dinerito.
Sí, nada se dijo sobre los intentos de invasión al país por parte de Inglaterra, Holanda y Alemania; sobre los negocios sucios de USA con nuestro petróleo y hierro; sobre las hordas adecas y sus crímenes de 1945 a 1948 y de 1959 a 1994, de cómo Fedecámaras y los medios de información facilitaron la infiltración cultural de USA en Venezuela...
¿Borrar episodios de la historia? ¿Cambiarla? ¿Qué objetivos ha podido tener la clase dominante para empeñarse en estas acciones?
Es evidente que entre los propósitos de este juego de borrar y cambiar la historia de Venezuela están: generar en lo posible una imagen positiva de sí mismos; evadir la responsabilidad histórica de nuestras actuales circunstancias y el que la gente no detecte sus tácticas de poder para manipular y controlar a la población a partir de su conducta reiterativa.
La historia forma parte indispensable de la consciencia de los ciudadanos de todo país para poder evolucionar y desarrollar una idiosincrasia sana, pues esta constituye su memoria, una referencia que les sirve para mirar su pasado y reflexionar sobre sus errores con el propósito de corregirlos, así como también, poder mantener aquellos comportamientos positivos y generar otros nuevos.
La historia es parte primordial de aquellos conocimientos que contribuyen a la formación de la consciencia e identidad nacional de un país. Sin embargo, en Venezuela no ha sido así. En la mente del venezolano pareciera que cada nuevo día fuera el inicio de nuestra historia. Es como si todos sufriéramos de arterioesclerosis múltiple y que ni siquiera pudiéramos retener en nuestra memoria lo que nos sucedió el día de hoy.
Pero ese “cada nuevo día pareciera que comienza nuestra historia” no es casual, es una manera de “desvanecer” la posibilidad de poder detectar patrones de conducta que pongan en evidencia las tácticas de control y manipulación de las clases sociales con mayor poder y de los partidos políticos que han controlado y manipulado a nuestra población.
Actuar como si no existiese el pasado y comenzar siempre de nuevo, fue una de las tantas tácticas que emplearon AD y Copei para mantenerse alternativamente en el gobierno durante los 40 años de dictadura democrática.
La estrategia era muy simple. Durante las campañas políticas para las elecciones presidenciales se descalificaba al grupo que aún estaba en el poder. Luego de llamarlos “ladrones”, “corruptos”... y haber logrado una “masa” de gente enardecida, lanzaban el anzuelo.
De manera muy superficial, hablaban de eliminar la corrupción, de tomar medidas económicas que nos conducirían a una paz, una democracia, una libertad y una economía sin precedentes o que supuestamente existió en el pasado. Se continuaba inflando el globo diciendo que harían lo que los otros no habían hecho y que todos los cambios se harían sin traumas para la población...
Llegado el día de las elecciones, la gente votaba por su candidato, convencida de que finalmente cambiarían las cosas en este país y que una era de oro llegaría finalmente. Pero no se percataron, sino muy tarde, de que votaban emocionalmente en contra de un “enemigo creado” y que todo era un engaño, pues todos los politiqueros, de derecha e izquierda, que participaban en el juego, en esencia exhibían las mismas conductas.
En la dinámica de lo concreto, los planes para lograr lo prometido, generalmente, consistían en obras de infraestructura como carreteras, autopistas, hospitales, escuelas, casas... y ajustes de salarios, que se hacían pasar por aumentos de sueldo. Un verdadero aumento de sueldo, hubiese implicado una mayor capacidad adquisitiva y, en la realidad concreta, a pensar del aumento de las cifras de nuestros salarios, cada vez estuvimos en menor capacidad de adquirir.
Durante la dictodemocracia se concedió mucha importancia al dinero, a la riqueza, al progreso como símbolos de prosperidad, bienestar y seguridad material y psicológica, descuidando ex profeso en la mayor parte de la población el desarrollo de un espíritu cívico y la formación de una sólida consciencia de sí mismo y de la sociedad, que la preparara para su legítima participación en la vida pública de una manera sana, creativa y constructiva.
Si analizamos lo anterior, ello significa que, además, la espiritualidad y religiosidad, el “ religare”, el reunirse o congregarse en nombre de Dios del venezolano quedó relegada a los templos y a la oración en privado, siendo sustituida por la supuesta importancia de la “vida material”.
La misma Iglesia Católica jugó indirectamente un papel importante en la pérdida de nuestra espiritualidad. La sola ostentación de las iglesias, ha facilitado la identificación de los pudientes con su doctrina y, simbólicamente, expresa el poder material de la Iglesia sobre los feligreses a través de sus imágenes de dolor y sufrimiento.
Ir a la iglesia era y ha sido generalmente participar en ritos de carácter externo, que poco decían y dicen a los fieles, pues nunca se ha explicado su significado y profunda importancia tanto para la vida del alma como para la vida social, de allí que no nos ha dejado a la mayoría sino una sensación de vacío. Su doctrina ha sido siempre confusa. Durante una misma misa, parece que nadie es consciente de la contradicción entre el Padre Nuestro que dice: “Perdónanos Señor, así como nosotros perdonamos a nuestros enemigos...”; y toda la arenga del Viejo Testamento en la que los protagonistas de muchas escenas ruegan a Dios: “Maldice, acaba, destruye... a nuestros enemigos” o El mismo Yavhé lanza maldiciones y desgracias masivas personalmente.
Así, el “Amaos los unos a los otros como Yo os he amado”, perdió su sentido y significado, justificando toda clase de atropellos o el que hoy día escuchemos a un cura rezando por la muerte de Chávez y la extinción de quienes lo siguen o tengan ideas revolucionarias.
¿El resultado? Una sociedad con doble moral, cuya actitud es egocéntrica, egoísta, materialista, sin espiritualidad ni solidaridad.
Enfatizando en lo material, “Así construye la democracia” se convirtió desde Bentancourt en el lema explícito o implícito de la actividad de todos los gobiernos. Sí, pero bajo ese hacer ¿hacia dónde se desplazaba el capital?, ¿quiénes estaban en condiciones de licitar para la construcción de una autopista, una represa, un hospital...? ¿La clase media y los pobres?
En cuanto a la supuesta erradicación de la corrupción, gobierno tras gobierno nunca expresó concretamente en qué consistía ni quiénes participaban y se beneficiaban de ella. Como siempre era necesario un chivo expiatorio, se escogía al gran padre, el presidente, personaje, prácticamente no enjuiciable y superficialmente se escandalizaba con la corrupción de los partidos, el poder judicial o el poder ejecutivo.
Una de las variantes del juego de “cada nuevo día pareciera que comienza nuestra historia”, era abandonar las obras de gobiernos anteriores, o terminarlas diciendo que los méritos eran del gobierno actual.
Un alto porcentaje de la obras a largo plazo eran abandonadas al comienzo de cada nuevo gobierno. Acción Democrática y Copei no concluyeron la mayoría de las obras de Pérez Jiménez para no recordar las obras realizadas por el dictador. Carlos Andrés Pérez no terminó muchas de las obras de Caldera para hacer aparecer a los copeyanos como políticos grises... Caldera se atribuyó la construcción de la autopista Mérida el Vigía en su segundo gobierno a pesar de haber sido comenzada 30 años antes.
¿No era esa una manera de crear imágenes favorables y de proporcionar la ilusión y la esperanza de que con nosotros todo es mejor?
Ese actuar “como sí estamos haciendo”, además de justificar la existencia de los politiqueros, encubrir sus improvisaciones, ineptitud, malversación de fondos, incapacidad para aterrizar en la realidad y su mediocridad, servía a otro propósito: “Ocultar la “realidad” de las actividades ilícitas de los monopolios y la banca extranjeros y nacionales, así como el mantener el atraso social para evitar la posibilidad de que la población desarrollara sus propias estrategias de producción y se emancipara económicamente”.
La táctica del poder económico en Venezuela ha sido “poner” a los politiqueros comprables en todos los sectores claves del país, como el Poder Judicial, el CNE y los sindicatos, de manera que en lo obvio, los responsables de todo cuanto acaeciera de negativo en el país aparentara ser responsabilidad de los políticos. Por su parte, Fedecámaras, de tanto en tanto, aparecía como la voz de un Viejo Sabio, el cual hacía las intervenciones y críticas pertinentes, sugiriendo qué estaba bien o qué estaba mal, qué se debía o podía hacer y, “como quien no quiere la cosa”, dejaban entrever su “contribución al desarrollo del país”.
El desprecio por nuestra historia y las estrategias de los gobiernos “cada nuevo día pareciera que comienza nuestra historia” y “como si estamos haciendo”, se complementaron y se convirtieron en parte de nuestra idiosincrasia, lo cual, en el comportamiento social de un sector importante de nuestra población, se tradujo en un desprecio por lo que hizo o está haciendo el otro para “ganar puntos” y “hacerse de una imagen o pantalla”.
Es conveniente mencionar aquí que entre los rasgos característicos de quienes proyectan en sus acciones el arquetipo del patriarca está su incapacidad para construir una imagen propia satisfactoria cuya base sean sus propios recursos internos. De allí que busque hacerse una identidad sobre la base de la descalificación del otro, diciendo que hace, prometiendo cambios, iniciando cosas que no termina o termina a medias...
Como dice Ángel Bernardo Viso en su obra “Venezuela: Identidad y ruptura”, el venezolano tiene la compulsión a “cambiar” las cosas y, de manera alocada, reúne lo irreunible, combina lo incombinable y hecha mano del material más heterogéneo para crear “fórmulas mágicas” que no sirven para nada...
La necesidad de modificar continuamente instituciones esenciales para la vida revela a las claras una indecisión en el centro mismo del ser y no en sus accidentes. El venezolano creado por decreto en 1810 y privado de su vinculación con el pasado flota en el tiempo sin saber quién es, identificándose alternativamente con varios personajes, igual que un actor que cambiara a cada instante de máscara (p. 136).