Las relaciones de la vida pública en Venezuela de ayer y de hoy pueden calificarse de enfermas. La intensidad y extensión de dichas relaciones se amplificaron notablemente durante los cuarenta años de dictodemocracia, entre otros factores, debido al populismo, la demagogia y el paternalismo por parte de los gobiernos de turno.
El paternalismo en particular se convirtió en una forma de incrementar la dependencia de la gente al convertirse el Estado en una fuente de empleos superior a la del sector privado. Se crearon artificialmente más de un millón de cargos públicos innecesarios, cuyo verdadero objetivo era comprar consciencias y aparentar prosperidad.
Es necesario agregar que la creación ficticia de dichos empleos fomentó la holgazanería entre mucha gente de la clase media y baja, pues no eran empleos ganados por méritos –los méritos, además, nunca fueron premiados-y trabajaran o no, recibían sus sueldos 15 y último. Ese millón y pico de empleados “aprendió” que el bienestar económico no depende del esfuerzo en el trabajo, sino de un hacer “como si se está trabajando”.
Toda comunicación posee dos niveles: el nivel de los contenidos y el nivel conativo o de las reglas que expresan cómo va a ser la relación. Cuando las relaciones se caracterizan por una constante lucha por cuál ha de ser la naturaleza de la relación, en tanto que el contenido de la comunicación pasa a un lugar secundario, nos hallamos frente a una “relación enferma” (Paul Watzlawick, Janet Helmick y Don D. Jackson: “Teoría de la comunicación humana”). En términos más sencillos, cuando hay una disputa por establecer quién determina la naturaleza de la relación, las relaciones se convierten en una eterna lucha por el control de la situación, y es esto lo que ha venido sucediendo en todos los ámbitos de nuestra sociedad.
Existe una diferencia entre lo que es el poder y el control. El poder no es un objeto que se posee y que pueda ser retenido permanentemente por una sola persona o grupo. Es el efecto de la influencia recíproca de las personas en relación. No existe tal cosa como el poder es sólo de los de arriba. No es unívoco, no se ejerce siempre de la misma manera, no actúa por represión ni mediante prohibiciones, sino por la influencia y el convencimiento.
En la práctica, un sector de las clases media y alta, los políticos y los militares del país, siguiendo el impulso del arquetipo del patriarca, han confundido control y dominación con poder y, en su ceguera, han creído que el poder es unilateral y que no existe otro modo de guiar a la sociedad que no sea mediante la fuerza, la coerción y el engaño.
Durante el período 1958-1999, según lo expuesto antes, no hubo en Venezuela un verdadero ejercicio del poder, sino una clara manifestación del arquetipo del patriarca en las personas que pretendieron controlar y dominar el país, escudándose detrás de una aparente democracia que seguía las pautas de una Constitución Nacional que en sus contenidos poseía muchos de sus rasgos. Las Constituciones elaboradas durante los 40 años de dictodemocracia eran letra muerta, que en lo explícito daban la apariencia de querer animar en la población los valores más altos de cualquier sociedad, pero que en lo implícito sirvió de base para derogar y poner leyes, que siempre les fueron útiles tanto a politiqueros como a mafiosos.
Las relaciones enfermizas de las clases sociales alta y media, politiqueros y militares que tenían en buena medida el control del país, para su beneficio, nos condujeron a un estado de ingobernabilidad, a la disolución del poder, a la imposibilidad de diálogo y entendimiento y al perjuicio de las instituciones, de sus miembros y de quienes mantenían relaciones con ellos. El verdadero ejercicio del poder hubiera implicado una serie transacciones a través de las cuales todos hubiésemos tenido la oportunidad de superar el predominio hegemónico del arquetipo del patriarca en nuestra cultura y hubiésemos (entre todos) generado un ambiente estimulante, creador, estable y motivador para poder desarrollar nuestras capacidades espirituales y psicológicas, lo cual hubiera significado, entre otros aspectos, el rescate de nuestra dignidad.
En su lugar, durante la dictodemocracia, se vio exacerbado el narcisismo, el ego, el autoritarismo...; y las masas, como era considerado el Pueblo por los líderes políticos, no tenían más control social y político que el de votar en las elecciones. Su voz no era escuchada, sus necesidades eran desconocidas y los dirigentes e intelectuales del país crearon planes mágicos que no tenían nada que ver con nuestra realidad.
En el amplio contexto social venezolano, durante los años que transcurrieron desde 1958 hasta 1999, el control del país estuvo dividido alternativamente entre los patriarcas del dinero y los patriarcas de la politiquería. Los patriarcas del dinero estuvieron muchas veces en capacidad de colocar a los candidatos presidenciales que ellos estimaron convenientes. Para ello se valieron de “aportes” y “contribuciones” a las campañas políticas de sus favoritos y de la creación de una imagen “providencial” a través de todos los medios de divulgación. También supieron comprar a miembros claves de la Administración Pública y chantajear a los gobiernos de diversas maneras usando sus vínculos con la CTV, los bancos, las transnacionales, el Departamento de Estado de USA....
Los patriarcas de la politiquería, estuvieron en capacidad de controlar al país mientras la gente creyó en sus promesas; mientras la mayoría aceptó medidas populistas y pañitos de agua tibia para satisfacer temporalmente sus necesidades más apremiantes; mientras no hubo divisiones internas en los partidos de gobierno; y mientras tuvieron de su lado a militares politizados.