"Nosotros, el diez por ciento que hizo que Venezuela sea Venezuela..."
Hace muchos siglos el Buda tomó consciencia de que “Un hombre es lo que piensa de sí mismo”. Ese “lo que piensa de sí mismo” forma parte de la valoración que tiene el individuo de sí mismo. En sí, gobierna de manera significativa toda su vida psicológica, pues de ella depende su confianza en sí mismo, su capacidad para pensar y afrontar los problemas y retos de la vida, el defender su derecho a afirmarse como individuo, a ser feliz, a ser digno, a ser merecedor de los frutos de su esfuerzo y a ser merecedor de las cosas “buenas de la vida”.
Ahora bien, esa autoimagen o lo que piensa un hombre que es, no se desarrolla por sí sola, sino que cada individuo la va desarrollando desde la infancia a través del trato que recibe de los demás; las creencias, valores y experiencias que adquiere mediante sus relaciones sociales; y según la manera como interpreta y asimila su experiencia personal.
Dada la imposición del arquetipo del patriarca en nuestro inconsciente colectivo desde la época de la invasión española, la construcción a través del tiempo de nuestra idiosincrasia no dio los frutos de una sociedad psicológicamente saludable, es decir, de una sociedad cuyos miembros en su mayoría se sintieran satisfechos consigo mismos; capaces de experimentar todo el rango posible de las emociones existentes sin sentirse abrumado por ellas; ser capaces de tolerar las frustraciones de la vida; aceptar y sentirse cómodos con los demás; y ser capaces de dar y recibir de manera equilibrada.
Desde la perspectiva del conquistador y del colono, debemos tener en cuenta que su autoimagen y su autoestima dependían infinitamente del “qué dirán los demás”, de “la aceptación y aprobación del otro, considerado idealmente superior”; del “dinero y las posesiones”. Parámetros que nunca abandonaron, que se han perpetuado, y que para su propia desgracia, al asentarse en estos parajes con dicha mentalidad, les impidió desarrollar una identidad cónsona con la experiencia que vivían en el Nuevo Mundo.
Aquellos invasores no fueron capaces de aceptar el hecho de haberse convertido en seres culturalmente únicos, pues, entre otras cosas, debieron vivir de manera totalmente diferente a la que habían conocido, se vieron obligados a desarrollar nuevas costumbres, adoptar nuevas palabras y una nueva forma y estilo de vida.
En cuerpo estaban en América, pero en pensamiento seguían viviendo en Europa y querían seguir siendo europeos. De esa manera, no sólo rechazaron la autoimagen que lógicamente debieron haber desarrollado, sino que también rechazaron a los no europeos de estas tierras.
Desde la perspectiva de los ¿vencidos?, la situación no era menos confusa. En sus mentes coexistieron la herencia cultural de sus ancestros, a la cual trataron de mantenerse fieles, y la herencia cultural europea que trataba de imponérseles.
De todo ello, como afirma Arturo Uslar Pietri en su obra “Godos, insurgentes y visionarios”, no podía surgir sino una identidad cultural mal definida, confusa, llena de contradicciones y ambivalencias.
En tiempo de la colonia, a pesar del rechazo del que solían ser objeto en Europa los colonos y sus descendientes, nunca renunciaron a querer ser como los europeos, especialmente a querer ser como los franceses, ingleses y alemanes, de quienes, además de copiar las banalidades de su aristocracia, copiaron también su filosofía e ideales.
En el devenir del tiempo, como proyección de este rechazo, invasores-colonos-ricos, desarrollaron un desprecio hacia el criollo, quien fue calificado de flojo, bueno para nada, chusma irresponsable: “No se les puede dar trabajo a los venezolanos”. “Dios santo, que la niña no se nos vaya a casar con un venezolano”...
Basándose en estos prejuicios, la clase pudiente durante siglos siempre prefirió darle trabajo al extranjero antes que al venezolano y como consecuencia de ello, el venezolano promedio ha desarrollado, entre otros rasgos de personalidad, una baja autoestima y un sentimiento de impotencia.
Es importante destacar que la forma de ser del venezolano promedio del pasado y del presente, en gran medida es responsabilidad y reflejo de la propia psicopatología de las clases alta y media.
Las investigaciones iniciadas en los años 40 por Robert Rosenthal acerca de las expectativas, indican claramente cómo estas influyen sobre el comportamiento de los demás.
Acorde con sus resultados y los de otros investigadores, las expectativas, puntos de vista, opiniones, prejuicios y actitudes hacia los demás son una fuerza tan poderosa, que estos terminan comportándose de la manera esperada. Estos hallazgos se complementan con el Teorema de Thomas, el cual dice: “Cuando los hombres definen situaciones como reales, son reales en cuanto a sus consecuencias” (Cit. Por Paul Watzlawick: “Cambio”).
Según lo antes dicho, las clases pudientes al haber definido al criollo con calificativos tales como irresponsable, mediocre, inútil, chusma... y haberse comportado hacia él como si así fuera, la profecía terminó cumpliéndose, es decir, el criollo terminó por actuar según los prejuicios de aquellos. Desde luego, hay que tener muy presente que la creación de tal situación va acompañada no sólo del prejuicio, sino además, de actuar en la relación como si lo que expresa el prejuicio o la opinión fuera una realidad.
En Venezuela la expresión psicopatológica del arquetipo del patriarca manifestada por las clases pudientes, no sólo se limitó a desvalorizar al venezolano, sino que además, lo trató siempre como a un ser inferior, un sirviente al que se le dan las sobras, al que no vale la pena educar, cuyo trabajo carece de valor y que vive donde vive porque es lo que se merece, y ello, a pesar de haber demostrado el criollo muchísimas veces lo contrario.
En consonancia a la conducta de quienes han tenido el control económico y político, una parte importante de la población se ha comportado como si en verdad fuese un grupo de seres inferiores; que para su mala suerte vive de las sobras; que no le encuentra sentido a educarse y que suele trabajar a medias.
Las condiciones ambientales generadas por quienes han controlado el sector económico y político, el aislamiento, la privación de experiencias, la segregación y la mala alimentación han sido algunas de las causas fundamentales de lesiones orgánicas y perturbaciones conductuales permanentes en la población con menos recursos.
La sola desnutrición desde temprana edad conduce a un tipo de retardo mental apenas perceptible, pues las víctimas tienen una apariencia que nos impresiona como individuos física y psíquicamente normales y saludables. Pero no es así, ya que la malnutrición genera en sus víctimas síntomas como: letargo, modorra, torpeza, sopor, pereza, aburrimiento, hiperirritabilidad, un rendimiento escolar mediocre, bajo rendimiento en el trabajo, dificultad para entender instrucciones...; sintomatología, que trata de ser atribuida a la personalidad del venezolano como un modo de esquivar responsabilidades y mantener la marginalidad (Del Grosso, “El cerebro y su actividad psíquica).
La reacción de quienes detentaban y han detentado el control económico y político, ante la personalidad del venezolano promedio, personalidad creada en buena medida por ellos mismos, ha sido y, desgraciadamente sigue siendo: “Esa gente espera que todo le caiga del cielo”, “los venezolanos tienen que cambiar”..., pero ¿cómo van a cambiar, 1) Si ellos no cambian sus expectativas ni la forma de mirar al país y a sus gentes. 2) Si no cambian su manera de tratar al Pueblo y 3) Si incluso durante las cuatro décadas de dictadura democrática, momentos de grandes ingresos al país, esta gente: no hizo nada para crear fuentes estables de trabajo; no se ocupó de vigilar que la educación del Pueblo fuera una verdadera educación; si la alimentación y la salud de los menos favorecidos no les importaba como no fuera como negocio para ellos?