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El perfume de Palestina - Paisaje de Jerusalén II

Monografía creado por Iosu Perales. Extraido de: http://www.rebelion.org/seccion.php?id=24
23 de Enero de 2006
Ciencias socialesHistoriaPensamiento y política

18 - Paisaje de Jerusalén II

Quien vaya a Jerusalén no debe perderse el deleite de tomarse un café o un buen té en la terraza del Restaurante Papa Andreasa cercano al Santo Sepulcro. Tendrá bajo su mirada los cuatro barrios, el musulmán, el cristiano, el armenio y el judío, con sus tejados peculiares por los que asoman las torres y cúpulas de decenas de recintos sagrados. Es entonces que hueles Jerusalén, su mística y sus misterios, su atmósfera de incienso. Una ciudad que tiene el poder de enajenarte a nada que tengas la predisposición de dejarte llevar por la historia y la leyenda. Esta Jerusalén que perturba dista mucho de ser la ciudad abierta que buena parte de la opinión pública mundial desea. Por las callejuelas estrechas que puedes divisar y adivinar desde lo alto patrullan incesantemente soldados y milicianos israelíes que son la vanguardia de un plan de judaización de la ciudad, apoyado significativamente por el movimiento cristiano neocatecumenal que tiene sus raíces en el Antiguo Testamento.

En la mañana del 7 de junio de 1967 cayeron las débiles defensas jordanas y el ejército israelí pasó a controlar toda la ciudad. Tan sólo cuatro días más tarde los sionistas iniciaron la destrucción del Barrio Magrebí sin que sus pobladores pudieran llevarse sus propios enseres. Me lo cuenta un palestino llamado Ahmed con su castellano chileno: "Demolieron edificios históricos como la escuela al-Afdaliyya. No dejaron piedra sobre piedra, expropiando todo el terreno". Pregunto por el actual barrio judío que incorpora al Muro de las Lamentaciones. "Lo han construido en el espacio que antes ocupaba el barrio musulmán que pertenecía a la familia al-Waqf. En 1968 llevaron a cabo la expulsión de los residentes del barrio, se llamaba Barrio del Honor, utilizando para ello la fuerza".36 Hoy día es un barrio ultraortodoxo y selecto de israelíes millonarios procedentes mayoritariamente de Nueva York, en un número superior a cuatro mil. Esta y otra medidas practicadas para judaizar la ciudad y cambiar el estatus de Jerusalén, han sido numerosas veces condenadas por resoluciones de Naciones Unidas. Así, la resolución 252 del 21 de mayo de 1968 declara ilegales el derribo de viviendas, la expropiación de tierras y propiedades y llama a Israel a no cambiar el estatus de Jerusalén. Desde entonces otras ocho resoluciones del Consejo de Seguridad han sido ignoradas por el gobierno israelí.

Las condenas a la política de judaización de Jerusalén han surgido también de instituciones religiosas que reivindican el carácter multireligioso de la ciudad. Pero hay que reconocer el poco éxito del Vaticano en sus protestas. La posición israelí no acepta siquiera negociar su presencia en la ciudad santa, pero, por otra parte, puede que la disposición de lucha vaticana sea mínima. Me lo dijo un fraile granadino en la Iglesia de las Naciones que se encuentra junto al huerto de Getsemaní: "En el Vaticano hay mucha influencia judía y poca actitud de defensa de nuestros santos lugares". Frente a la persistente judaización han reaccionado asimismo la Liga de los Estados Árabes y las más altas autoridades islámicas. Todo en vano. De hecho la lógica israelí rechaza la Convención de Ginebra que prohíbe toda destrucción del poder ocupante; su respuesta es lacónica: ocupamos lo que es nuestro. La conquista de toda Jerusalén –de Sión-era una obsesión de militares y religiosos. El Comandante de la Brigada Israelí que esperaba a primera hora del 7 de junio de 1967 la señal de ataque a la ciudad amurallada dijo a sus oficiales: "El Monte del Templo, la pared Oeste, la Ciudad Vieja. Por dos mil años nuestra gente ha rezado por este momento, vamos a ir adelante a la victoria".37 En la misma línea, el Rabino Supremo del ejército, Shlomo Goren, dijo después: "Nosotros hemos tomado la Ciudad de Dios. Estamos entrando en la era mesiánica del pueblo judío".

La ofensiva israelí se extiende fuera de la muralla de la ciudad vieja hacia Jerusalén Este. El objetivo es ocupar los actuales barrios palestinos mediante dos procedimientos: la prohibición administrativa de rehabilitar sus viviendas y la progresiva acción de los colonos que, con paciencia, van instalándose casa por casa. Así se puede ver en Silwan, un barrio palestino de historia combativa, algunas azoteas protegidas con alambradas y torretas para tiradores.38 En ellas ondea la bandera israelí. Sus habitantes son protegidos día y noche por una especie de milicianos y sólo salen a la calle fuertemente escoltados; la mayoría pertenecen a una organización fundamentalista judía denominada El Ad. De este modo se sigue militarizando el barrio y, metro a metro, se judaiza. Otra medida administrativa consiste en anular el derecho de residencia en Jerusalén a aquellas personas que se ausenten de sus domicilios durante siete años.

He comenzado a pintar este paisaje desde lo alto de la terraza del Restaurante Papa Andreas. Ciertamente es un sensación llena de placer la que produce semejante observatorio. Desde la que me encuentro al escribir estas notas veo perfectamente a pocos metros la cúpula del Santo Sepulcro. Recinto compartido y discutido por ortodoxos griegos, católicos y armenios, es también cobijo de coptos y monjes etíopes, estos últimos adosados como lapas al exterior del techo del templo. Allí viven en una especie de cuevas como si el tiempo fuera un invento absurdo ajeno a sus vidas. Pienso en que no hay visitantes occidentales, no hay excursiones de peregrinos que al menos discutan a los israelíes un espacio tan paradigmático para el mundo cristiano.

Hasta la azotea donde me encuentro llegan los efluvios de especias de todas clases y colores que suben desde el Zoco de los Especieros y desde las calles Tariq Jan el Zeit, Suq el Lahamín y Suq el Attarín trepan los olores de uvas, naranjas, aceitunas, membrillos, dátiles, almendras, plátanos y una gran variedad de frutos. Cerca, la Vía Dolorosa. En tiempos, por esta calle estrecha, empinada y escoltada a ambos lados por comercios palestinos que hacen de la misma un espacio acotado por donde a veces pasan rápido judíos dotados de guardaespaldas que exhiben sus armas, subían peregrinos con una cruz a cuestas y una corona de espinas sobre sus cabezas. Hoy, cruces y espinas son mostradas en las tiendas sin que haya quienes las quieran cargar. En cambio la Vía Dolorosa y el laberinto de calles adyacentes son un jardín de olores maravillosos que con sus mezclas forman el perfume de Palestina.

Musical GazaCamino por entre las calles de túmulos y no observo nada que pueda indicarme su presencia,siquiera una huella de su muerte, una leve señal que me indique ante que montón de tierra hede llorar mis lágrimas y gritar mi vehemencia. Miro hacia los cuatro horizontes y no veo otracosa que el páramo de la tragedia que interpela su queja a los ingenieros del espanto. ¿Dóndepondré mis flores y las regaré con el agua del pozo de los amantes? Nada conocí más dulceque su risa, nada más intenso que los anhelos que plantó en mí. Su silencio y mispensamientos son ondas de una memoria sellada que guarda nuestro ayer. Ya no beberé más el agua de la vida que ellos mataron. Seré errante aún dentro de mi casa y seguramente ignoraré la fragancia de los naranjos y limoneros cuando florezcan. Nada me dirán los nenúfares. Mi olfato estará ocupado en captar su olor. Y mis ojos no verán otra cosa que la soledad que me dejaron. Soportaré en mi cerebro los silbidos de la destrucción que me acompañarán hasta la muerte. Podrán reconstruir la ciudad y repartir su limosna puerta por puerta. Podrán amasar nuevos discursos e inventar palabras que hablen de una ciudad más próspera. Podrán regresar los pájaros que huyeron cuando el cielo se cubrió de bombas. Podrán incluso revivir los árboles derribados. Pero jamás mis nervios y mi aliento tendrán un segundo para el olvido. Sobreviviré guardando la venganza que ya grabé en las regiones de mi alma, y aunque no pueda contener mis suspiros seguiré recorriendo las tumbas en busca de su rastro, y mientras lo haga seré la acusación inocultable del horror que trajeron. Y cuando le halle me tenderé y uniré mis manos a las suyas y las extenderemos al tiempo sin horas suspendido en la memoria.

Me despiertan los rayos de sol amanecido que se cuelan por las rendijas de las paredes de lo queda de mi casa. Cada mañana me muerde el dolor de su ausencia. Busco el calor de su cuerpo y no lo encuentro. Y entonces quisiera no levantarme más, sumirme en un sopor hasta enlazar con la eternidad. Con frecuencia corro a adelantar las manecillas del reloj para acortar el día. Las sirenas anuncian el fin del toque de queda. Es la civilización que nos pisa los talones. Mis nietos duermen mientras la ciudad comienza un día más a despedazarse. Sé que su sueño oculta un orgullo detrás de la docilidad del momento. Los que sobreviven no tendrán otro futuro que el rencor. En este tiempo, por las tardes las tumbas están cubiertas por una fina lluvia de polvo. Alguna vez crecerán briznas sobre la pólvora y las primeras flores serán la venganza de la vida. Por unos instantes he creído ver sus zapatos junto a los restos de una bomba con inscripciones en hebreo. Creo que, lentamente, una porción de locura se apodera de mí. Mi cerebro no puede aceptar la evidencia. Mis sentidos recuerdan a cada instante sus largos y delgados dedos acariciando a los niños. Veo a hombres y mujeres deambular por estas avenidas de la tragedia, llenando el viento del camposanto de un odio irreparable. Murmuran nombres y emiten gemidos terribles entre lágrimas rodantes. La guerra nos dejó una desesperanza incurable. Regreso. La sangre, como argamasa, sostiene las paredes de la ciudad. Los que pueden recordar abren las puertas de las casas, llorando. En algunas paredes manos anónimas han escrito su compasión por los milicianos muertos. ¿Y los que murieron rumiando su mala suerte y su odio bajo las piedras grises de sus casas impactadas por los misiles? Sólo restos y fango. Tras los jirones de los edificios juegan los niños envueltos en la pátina del miedo. En la noche la radio de la ciudad informa que en Europa hay preocupación por el futuro de Palestina. Otra vez la civilización nos pisa los talones.

Bajo las escalinatas de una mezquita semidestruida con las manos apretadas. Pienso en Ariel Sharon y en el señor Bush. Nos escupís a cada segundo como si no tuvierais bastante. Estáis hechos del mismo barbecho que se apodera de la ciudad. En cada muro derruido, en cada agujero, en cada señal del genocidio, se revela la complicidad de los que decidieron eliminar para siempre la palabra tolerancia, la palabra Palestina.

¡Si al menos hubieran dejado una indicación en cada metro de la fosa común! Se me han roto los ojos de tanto mirar. Quizás eran sus palabras torpes, o su valentía, o su explosiva ternura, o su furiosa determinación de vivir, o su manera ingenua de acariciar, quizás era todo eso y ahora me queda un insoportable vacío. Sobre un túmulo de tierra rojiza un muchacho reza con los puños cerrados a un cadáver anónimo; necesita un lugar donde manifestar su tristeza. Más allá un viejito camina jadeante con sus líquidos hirviendo. En la tierra reposa la civilización carcomida por las hormigas. El progreso ha muerto con ojos de almendra en esta ciudad, sorprendido. Ante una tumba me arrodillo y escarbo sin saber para qué. Busco sus huesos y no los encuentro, sólo mis dedos tintados por la tierra húmeda y roja. Pasará el tiempo inexorable y la sangre permanecerá grabada en la greda y la piedra y todas las manos estarán manchadas, incluso las de los inocentes.

En la llanura de túmulos hay abundantes rastros de visitantes que diariamente gatean en busca de un hilo de ropa, de un pelo, de un aliento familiar. Hoy he venido con mis dos nietos a errar por este océano congestionado de cadáveres. El más pequeño pregunta: ¿Dónde está el abuelo? Le miro, luego miro sin mirar en dirección al horizonte y le digo: Está en nuestros corazones. ¿Quién le mato? inquiere la mayor. La codicia del usurpador y el egoísmo de quienes enviaron sus aviones para asesinarnos a nombre de la paz que gobiernan, respondo. No me entienden y vuelven sus ojos hacia mis ojos. Escucho una música lúgubre que viene de alguna parte del cementerio en honor de los que yacen por nada bajo la tierra. Con labios trémulos hablo a mis nietos y los tres rezamos. Pido a Alá misericordioso que mueran todo los generales de la Tierra.

Por las noches tengo delirios y me veo blandiendo una larga espada, errante por Jerusalén. Mis nietos juegan sin entusiasmo en el umbral de la casa esperando a su madre, ajenos a la locura que me atrapa. Un día encaminaré mis pasos hacia la casa de Ariel Sharon en la ciudad santa. Gritaré un grito gutural y alargaré el brazo que sostiene la espada. No pienso en lo que pueda ocurrirme después.



36 Hay que agregar, en honor a la verdad, que antes de 1948 en esta zona de Jerusalén vivían judíos que fueron expulsados por el ejército y la administración jordana que permaneció hasta 1967.

37 Tomado de Al-Aqsa de Jerusalén, Michael Ghattas Jahshan. Amaru Ediciones. Salamanca, 1992.

38 La tradición judía dice que fue en Silwan donde el Rey David hizo traer el Arca de la Alianza – que mantenía unidas a las doce tribus – y convirtió Jerusalén – antes una pequeña ciudad jebusita – en centro efectivo de su pueblo. De hecho, en Silwan se encuentran las ruinas de la llamada Ciudad de David.
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