La renovación literaria,, a principios de siglo, parte del "Modernismo" y del "98". Es cuando se rompe con el pasado inmediato, cuando el mundo intelectual español se abre a las influencias europeas, y también, se busca la raíz de aspectos que nos lleven al pasado, y , éste sirva de acicate para la nueva ideología. Con exactitud, cronológicamente, los movimientos literarios no se pueden encuadrar. Toda fecha resulta un símbolo. Sí cabe la aproximación. El "alfa" y el "omega" del Novecentismo se encuentra entre las estéticas modernistas-noventayochistas y la vanguardia propiamente dicha. La palabra "noucentisme" aparece por vez primera en la columna "Glosari" de Eugenio d'Ors (1882-1954) en el periódico La veu de Catalunya (1899-1939) en el año 1906, bajo el seudónimo de Xenius. Pero si nos atenemos a lo que llamamos novecentismo castellano -aunque el espíritu novecentista fue general en toda España-, su inicio se entroncaría con la publicación de Tinieblas en las cumbres de Ramón Pérez de Ayala en 1907. Precisamente, este término fue acuñado por el pensador catalán para englobar a ensayistas como Ortega y Gasset o novelistas como Ramón Pérez de Ayala y Gabriel Miró.
Eugenio d'Ors con este nuevo modismo preconizaba la vuelta a los valores del clasicismo en la literatura, y también, desde la vertiente política, a los ideales cívicos catalanistas. "Yo no he venido -escribirá en La bien plantada- a instaurar la ley antigua. No quiero traeros revolución, sino continuación. Tu raza, Xenius, está hoy postrada por grande mal. Hay los largos siglos de servitud que han extinguido en ella la virtud antigua. Hay la corrupción de las artes, madre de las peores violencias. Hay los hombres furiosos que perpetúan la anarquía. Hay los decoradores frenéticos que ha desacostumbrado, de toda armonía vuestros ojos. Hay los malos pensadores que tienen las vernaculares ocurrencias, y los malos periodistas que tienen confusionario el gusto, y los malos pedagogos, plagiadores de las torpezas más idiotas de los fumistas norteamericanos. Pero todo esto es también ceniza y polvo que cae de los ideales cuando suben al cielo. Todo pasará, y rápidamente, porque se acercan los tiempos y mil signos la plenitud anuncian. En verdad, sé decirte, Xenius, que la gloria futura de tu Raza ninguna criatura nacida en dolor será capaz de narrarla" (1).
El pleno desarrollo novecentista -aunque todo límite es arriesgado en cualquier movimiento, literario- se alcanzará hacia 1914; en los años veinte convivirá con las vanguardias, y en los años treinta se inicia su ocaso estético; el político, se produjo con la dictadura de Primo de Rivera en 1923, que amordazó la crítica de los novecentistas. Estos habían expuesto a través de las revistas y periódicos, sobre todo, -en España (1915-1924), El Sol (1917), La Pluma (1920-1923), Índice (1921-1922), Revista de Occidente (1923-1936)- sus aspectos ideológicos y culturales que pronto fueron silenciados, cuya base se cifrará en formar unas minorías preparadas en todos los campos de la cultura; y en un sentido amplio, llevar a cabo un proyecto de modernización del país que condujera a la instauración de la Segunda República.
Díaz Plaja establece, desde el punto de vista cronológico, dos momentos: un primer período, entre 1906 y 1917, y un período exento de culminación en tomo a los años 1917-1923. En el primero, irrumpe un fenómeno bicéfalo, "novecentismo" acaudillado por Eugenio d'Ors desde 1906, y "siglo XX" dirigido por Ortega y Gasset desde 1908; el segundo, estaría veteado de la crisis sociopolítica de 1917 y el cierre a todo vestigio cultural con la aparición de la Dictadura en 1923. En este sentido, quizá sea más adecuado acordonar el Novecentismo entre 1905-1923.
En cuanto a su definición, para Díaz Plaja, el novecentismo no es ni modernismo ni noventayochismo, y lo que todavía no es ni vanguardismo, que confluirá en la Generación del 27: "Podría decirse ?apunta el crítico que su zona operativa, intentando fijar la estructura y sentido de esta entidad compleja, pero unitaria, que denominamos Novecentismo, está marcada por las negociaciones: en su parte inicial, la investigación gira en tomo a lo que ya no es puramente Modernismo ni Noventayochismo; en su parte final, por lo que todavía no es la irrupción que, con distintos nombres y contenidos, podemos llamar vanguardismo, y que arrancando de los primeros ismos revolucionarios, desemboca en la Generación del 27" (2). Tres etiquetas, por consiguiente, se imponen en estos años revueltos y fecundos como los denomina Jorge Guillén, que son Novecentismo, Vanguardismo y Generación del 27.
En 1911 -leemos en Díaz Plaja-, "Eugenio d'Ors formula en la revista Cataluña un programa de intervención en la política cultural. Este programa comporta la creación de una Academia, una Biblioteca y una Escuela de Altos Estudios. En 1917, promovido por Prat de la Riva a Director de Instrucción pública de la Mancomunitat de Catalunya, puede realizar la parte fundamental de su programa, en cuanto al primero creando el equipo filológico que promulga las normas ortográfiques; en cuanto al segundo, con la creación de la Biblioteca de Catalunya, la Escola de Bibliotecaries y la red de Bibliotecas Populars; y en cuanto a la tercera, con la ordenación del Institut d'Estudes Catalans".
José Martínez Ruiz -Azorín-, en el año 1914, a propósito de este movimiento escribirá: "Otra generación ha llegado. Hay en estos escritores más método, más sistema, una mayor preocupación científica. Son los que este núcleo forman: críticos, historiadores, filósofos, eruditos, profesores. Saben más que nosotros, ¿Tienen nuestra espontaneidad? Dejémosle, paso". Es la salutación al resurgimiento de una nueva generación que se opone a la inmediatamente anterior, que proclaman el universalismo, la civilización urbana, el predominio de la inteligencia, el clasicismo, el cultivo de la ciencia general, una sólida preparación universitaria, revolución cultural desde el poder, distanciamiento del autor de la obra literaria; ésta debe ser autónoma; arte puro sin más; mesura, pulcritud formal y selección son las constantes que les llevan a una estética para minorías.
Rafael Cansinos-Assens en La nueva literatura señalaba una serie de rasgos diferenciadores de este nuevo espíritu, como son el ansia de novedad, un espíritu de solidaridad heterodoxa, la visión lírica ha de ser contrastada por la realidad, escritores ecuánimes, tranquilos y conscientes, queda suprimida la emoción, sus impresiones en un estilo seco, recortado y duro. Pero, el espíritu de depuración artístico fue algo esencial de las vanguardias, deseosas de superar el novecentismo.
Sin embargo, Miguel de Unamuno en carta a Ortega y Gasset en marzo de 1915 manifestaba: "En España hay todavía mucha cosa desvaída. Las cosas de nuestro amigo Xenius, v.gr., están demasiado fuera de lugar y de tiempo. Los que las lean, que serán muy pocos, acabarán diciendo: bien, ¿y qué? Un semanario no es una revista de filósofos, y ese preciosismo vagoroso no entra aquí en las gentes. Valiera más que hablara de catalanismo y en concreto". Y el primer manifiesto ultraísta, otoño de 1918, declara la defensa de un arte nuevo y contrario totalmente al novecentismo. Posteriormente, en "Un manifiesto literario" firmado por Xavier de Bóveda, César A. Comet, Fernando Iglesias, Guillermo de Torre, Pedro Iglesias Caballero, Pedro Garfias, J. Rivas Penedas y J. de Aroca se insiste en superar a la corriente inmediata: "Los que suscriben, jóvenes que comienzan a realizar su obra, y que por eso creen tener un valor pleno de afirmación, de acuerdo con la orientación señalada por Cansinos-Assens en la interviú que en diciembre último celebró con él X. Bóveda en El Parlamentario, necesitan declarar su voluntad de un arte nuevo que supla la última evolución literaria: el novecentismo. (...). Jóvenes, rompamos por una vez nuestro retraimiento y afirmemos nuestra voluntad de superar a los precursores" (Grecia, 15 de marzo de 1919, núm. 11). En la misma revista, Isaac del Vando-Villar escribirá el 3 de junio: "Platónicamente estamos exponiendo nuestra moderna doctrina ultraísta en las columnas de Grecia sin querer molestar a los fracasados maestros del novecientos". El mismo autor, en el núm. 20, el 29 de junio de 1919 les tildará de "eunucos novecentistas". Y con motivo de la publicación de la revista Ultra, también en Grecia se escribirá: "Ultra, con Cervantes y Grecia, ha venido a formar el triángulo lírico, como un iris luminoso en la oscuridad del novecentismo". De manera que existía un cierta prisa por terminar con los novecentistas para desde el ultraísmo extender los pormenores de este movimiento.
La gran mayoría de los novecentistas cultivaron el ensayo ideológico y político, siendo la prosa el género preferido, aunque sin abandonar del todo lo lírico o lo dramático; todos fueron partidarios de un decir retórico. La palabra fue el motor verdadero; cobró vigencia sin necesidad de ropajes superfluos; esta fue la clave del movimiento novecentista. Sin olvidar el carácter didáctico tanto del periodismo político como del artístico, porque de ambos se nutrió la corriente novecentista. Al ensayo se acercaron Eugenio d'Ors, Ortega y Gasset, Gregorio Marañón, Américo Castro, Claudio Sánchez Albornoz, Manuel Azaña, Salvador de Madariaga, García Morente, Cansinos-Assens, Guillermo de Torre, y otros, En la creación literaria destacaron Concha Espina, Benjamín Jarnés, W. Fernández Flórez; en lo dramático, Eduardo Marquina, Fco. Villaespesa, Martínez Sierra, Linares Rivas, Max Aub ; en la novela, Gabriel Miró y Pérez de Ayala, o en la crítica literaria Enrique Díez Canedo. Pero también la cumbre novecentista se vistió de hermosura con los libros de Gerardo Diego Imagen (1922) y Manual de espumas (1924). Sin echar en saco roto el magisterio de Juan Ramón Jiménez, al que Ortega y Gasset defendió como poeta paradigmático de su generación. Precisamente, Pérez de Ayala, Ortega y Gasset y Juan Ramón idearon una nueva revista, Actualidad y futuro, que incluso fue pergeñado, el primer número por el poeta de Moguer.