8 - Coda

Monografía creado por Juan Miguel López Merino. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero29/amartin.html
20 de Octubre de 2006

Ya hemos adelantado e ilustrado que las novelas del primer Andreu Martín son un obsesivo volver siempre sobre unos mismos motivos desde diferentes puntos de vista. Detrás de esos motivos se encuentra, sin excepción, un mismo humus: la maldad humana. La sociedad en las novelas de Martín se basa en las relaciones derivadas, por una parte, de la continua opresión de unos pocos sobre los muchos (nivel colectivo, económico y social) y, por otra parte, de esa otra opresión ejercida por un solo individuo sobre otro (nivel interpersonal, psíquico y doméstico); y lo que en ellas se pone en escena son las situaciones límite en las cuales el oprimido se enfrenta, siempre sin éxito, a este estado de cosas. Pero ese enfrentamiento no parte nunca de un anhelo de justicia sino de un ansia de venganza. Los personajes de Martín se definen por su relación con el entorno social y con los demás personajes, y los ambientes emanan no de lugares sino de quienes habitan esos lugares [106]. En este sentido, sus novelas giran sin excepción en torno a la conflictiva interactuación entre ciudadanos, cuya identidad les es conferida inevitablemente por el otro y por el medio que todos ellos conjuntamente constituyen. El infierno de las novelas de Martín no son los otros (como dijera Sartre) ni uno mismo (como en la obra de Dostoyevski), sino las relaciones de dominio y sumisión creadas entre unos y otros. Y lo que confiere empaque y relevancia a sus protagonistas, movidos siempre por el odio, es el hecho de que sus móviles para la reacción estén «muertos» de antemano, abocados al fracaso, de manera que lo que cobra mayor importancia en sus tramas no es otra cosa que la evolución de esos protagonistas.

La obra de Martín está, pues, regida por el pesimismo. Pero, a pesar de esto y a pesar también de la dureza y escabrosidad de temas, situaciones y personajes, paradójicamente no resulta trágica. Esto es así porque Martín parte de la base de que, en cualquiera de los casos, sus novelas nacen como un «juego» intelectual libremente asumido; un juego muy serio, cabe añadir, pero juego al fin y al cabo. Son «juego» en tanto en cuanto se adscriben al género policíaco y, por tanto, a sus reglas tácitas, aunque sin dejar de innovar explorando nuevos territorios argumentales y estructurales [107]; y son «serias» por su realismo desinhibido, libre de tabúes y clichés, y por el peso crítico que de él se desprende. Debido esta actitud -en parte compartida con otros autores de género de su generación, especialmente con cierto Vázquez Montalbán, con Juan Madrid, con Jaume Fuster o con Carlos Pérez Merinero- resulta que ha sido en la novela negra donde mejor ha ido quedando reflejada la Transición en su proceso y desarrollo, es decir, en su ocurrir mismo, en su estar teniendo lugar; en tanto que la llamada novela «seria», entre 1975 y 1985, estaba más centrada en la experimentación formal y en el estilismo, sin preocuparse demasiado por el aquí y el ahora colectivos. Fueron Martín y los autores citados quienes primero «hicieron» creíble y verosímil la realidad de la España de la Transición.

Con todo, también hay experimentación formal y búsqueda de un estilo en las novelas de Martín, pero siempre al servicio de la historia narrada. El estilo y la forma mejores son aquellos que la historia «exige» o «requiere». Tal y como ha escrito Roger Wolfe, «Andreu Martín no es un estilista, sino más bien, como Baroja, un “narrador nato”» [108]. El propio Martín es de la misma opinión:

[...] es verdad que yo le presto poca importancia al aspecto formal de mis novelas. Sólo le presto atención en función del argumento, de la historia, que es lo que realmente me interesa. El argumento me configura una forma determinada. Podría decirse que yo cuido la forma, pero de rebote. [...] la génesis de la literatura está precisamente en contar historias. Después de esta premisa esencial, lo que hay que hacer es contarlas lo mejor posible. La historia está en primer lugar. La historia condiciona la forma. [109]

El estilo de Martín es claro, sencillo, seco, conciso, funcional, ágil y ameno, o -sin intentamos decirlo con una sola palabra- sintético [110]. Y está en deuda tanto con los maestros de la literatura negra como con cierto periodismo, con el cine, con las series de televisión y con el cómic, todas ellas artes recientes que tienen en común el hecho de ir al grano. Son muchos los pensadores y escritores que han defendido la idea de que las premisas del buen estilo son: primero, tener algo que contar; y, segundo, contarlo del modo más claro y exacto posible. Valgan como ejemplo -para terminar- las palabras de dos de ellos, T. W. Adorno y Antonio Machado:

El escritor no puede aceptar la distinción entre expresión bella y expresión exacta. Ni debe creerla en el receloso crítico ni tolerarla en sí mismo. Si consigue decir lo que piensa, en ello hay belleza. [111]

Lo verdaderamente taumatúrgico -obrador del portento- consiste en hacerse comprender por las mismas piedras de la calle. Que sea esta empresa la que tiente vuestra ambición, y no la contraria, también difícil aunque no tanto: la de enturbiarle las ideas a quienes más claras las tenían. [112]

2 opiniones

el tonto

un aburrimiento
au,enboliquem la troca

muy interesante

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Monografía de Juan Miguel López Merino. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero29/amartin.html CopyLeft
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