El primer Andreu Martín (1979-1989): variaciones y reincidencias - Evolución: constantes, variaciones, reincidencias y excursos (III)

6 - Evolución: constantes, variaciones, reincidencias y excursos (III)

Monografía creado por Juan Miguel López Merino. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero29/amartin.html
20 de Octubre de 2006

El desarrollo: 1984-1988

Si con las tres anteriores novelas Martín sienta las bases de su proyecto novelístico de los años ochenta, a partir de este momento lo desarrollará, buscando temáticas nuevas (el crimen organizado a escala internacional, el mundo de la droga o el sexo) en obras como El caballo y el mono, Amores que matan, ¿y qué?, El día menos pensado o Barcelona Connection.

Paralelamente a estas novelas -y sin abandonar nunca del todo el género negro-, hace Martín varias incursiones en lo que llamaremos «realismo fantástico» (sendero ya abierto con Por amor al arte) en obras como La camisa del revés, Memento de difuntos y A martillazos. Y escribe también dos obras que llamaremos «excursos» porque no terminan de ajustarse del todo al resto: la novela interactiva Crímenes de aficionado y la de ciencia-ficción Ahogos y palpitaciones, ambas publicadas en 1987. Nos ocuparemos de estos dos grupos de obras en sendas secciones aparte.

En El caballo y el mono (1984) encontramos la primera aparición de organizaciones criminales internacionales en la obra de Martín. También es la primera novela en la que se presta atención al mundo de la droga (en sus dos vertientes principales: el traficante y el drogadicto). Aunque en Por amor al arte ya aparecían algunos personajes que consumían estupefacientes (Bartrina, Pascual, María e incluso el detective Daniel Ponce), hasta ahora Martín no había escrito a fondo sobre un tema al que, tarde o temprano, tenía que llevarle su interés por lo extremado y patológico. Por otra parte, al igual que en Por amor al arte y en Si es no es, los problemas conyugales son el contrapunto de la historia policíaca.

La virtuosidad en la construcción de la narración es considerable. La novela se estructura en tres partes de igual importancia: «El camello», «El caballo», y «El mono», que en argot significan respectivamente «traficante de drogas», «heroína» y «síndrome de abstinencia». Jaime Sayagués, intermediario entre Tailandia y «La Compañía», adultera en un uno por ciento el alijo que pasa periódicamente por sus manos. Una vez descubierto, emprende la huida. Es arrestado y encarcelado. Consumidor de heroína él mismo, sufre todo tipo de vejaciones en prisión por conseguir las dosis que le permitan saciar su drogodependencia. Isabel, su abogada, fascinada primero por la dureza del preso y después enamorada de él, le ayuda a fugarse de la cárcel, huye y permanece con él, luchando juntos para que Jaime, finalmente, poco antes de ser asesinado por «La Compañía», consiga desengancharse de la heroína. Isabel, fuera de sí, consigue a su vez terminar con los asesinos de Jaime y, después, vuelve a su casa sabiéndose una persona completamente distinta de la que la abandonó, y con la certeza de que la reconciliación con su marido ya es imposible. A todo esto, la novela se abre y se cierra con la historia paralela de Toni, el marido de Isabel, que no sabe absolutamente nada de lo que le está ocurriendo a su mujer y reacciona a su extraño comportamiento basándose en meras suposiciones. Una vez más, al menos para este personaje, no hay hechos sino interpretaciones de hechos, la realidad es muy distinta de que aquello que uno tiene por tal. El atraco del banco y la huida final de Isabel y Toni desmerece del resto de la novela.

Lo más logrado y novedoso es, una vez más, el personaje agredido y desvalido, el animal acorralado de la obra: Jaime Sayagués. Con todo, no es, a diferencia del Migue en Prótesis o de Téfano en Por amor al arte, un delincuente de poca monta perteneciente a la clase baja, sino un traficante de grandes alijos de heroína que trabaja para una organización internacional. Pero Martín le confiere, por una parte, la condición de chivo expiatorio a manos del poder criminal al verse obligado a huir acusado de adulterar los alijos que pasan por sus manos; y, por otra parte, le otorga el elemento irracional y patológico mediante su condición de heroinómano que sufre el síndrome de abstinencia. Es a partir de esta situación límite cuando Martín consigue que esta novela alcance la capacidad de estremecer que le caracteriza.

En Amores que matan, ¿y qué? (1984) vuelve Martín a las andadas y bucea de nuevo con parsimonia en los tabúes de la sociedad. Esta vez el tema es el incesto-violación de la joven Alicia desde pequeña por su padre, Juan Amorós, que deja a la hija traumatizada. Alicia asociará el sexo con el poder paterno, con la violación, y con la mayoría de edad se escapa del seno familiar y se dedica a la prostitución. El sexo oral le ofrecerá la posibilidad de ejercer el poder sobre el hombre, pasando de ser la víctima a ejercer ella la agresión.

Este personaje recuerda a otro coyuntural aparecido en Por amor al arte, Ana María Gómez Lorena, igualmente violada por su padre y dispuesta a ejercer la prostitución llegado el caso [92].

También resulta innovador en su trayectoria el tratamiento realista y meticuloso, más quirúrgico que erótico, de las más variadas prácticas sexuales. No es la primera ocasión en que el sexo es tratado con naturalidad y desparpajo en las obras de Martín (por ejemplo, en El señor Capone no está en casa, en Por amor al arte o en La camisa del revés, las raciones de escenas o alusiones sexual explícitas no son pocas), pero sí la primera vez que supone uno de los elementos centrales. Pero al igual que la violencia, en las novelas de Martín el sexo tampoco es gratuito, estando siempre justificado por los personajes y el ambiente. Muchos años después, con motivo de la publicación de su novela erótica Espera, ponte así (2001), afirma Martín que «lo difícil es que el sexo quede exigido por la trama que planteas» [93]. Queda, pues, descartada por ingenua cualquier hipotética intención de escandalizar. Tanto el sexo como la violencia forman parte de la actual sociedad -y de cualquier sociedad pasada, fueran reflejados o no por la literatura-, y Martín es un escritor realista que no excluye o veta materiales. «No escribo para ofender a nadie -dice-. Simplemente retrato la sociedad tal como la veo.» [94]

Por otra parte, en esta obra salta especialmente a la vista algo que en realidad se encuentra en todas: el crimen es una simple anécdota. Las novelas de Martín son más un análisis realista de la sociedad que una suma de enigmas. Así, tanto el motivo criminal como la figura del detective, Luis Escalé, no tienen mayor relevancia que la de hilvanar el armazón narrativo y servir de percha para la creación de personajes y situaciones.

Como dato curioso, la siguiente anécdota relatada por el propio Martín:

Una editorial me dijo que publicarían Amores que matan, ¿y qué? si yo recortaba algunos fragmentos determinados. Acepté las condiciones, pero siempre y cuando me enviasen el original con los párrafos problemáticos subrayados en rojo. Supongo que captaron la indirecta y por fin el libro se publicó, íntegro, en otra editorial. [95]

En El día menos pensado (1986) la truculencia llega hasta el paroxismo por la acumulación de violencia desatada. Tal vez se trate del elemento distintivo de esta obra: el nivel de tremendismo, físico y psicológico, mayor aún que en Prótesis. Quizás por eso el protagonista es el delincuente, que termina a su vez siendo brutalmente asesinado. Por lo demás, la novela se ajusta a los patrones ya perfilados por las obras anteriores, alcanzando altas cotas de concentración argumental: la historia transcurre en veinticuatro horas, lo cual demuestra un virtuosismo admirable si tenemos en cuenta que, a pesar de todo, se trata de una obra de género policíaco.

En palabras de Albrecht Buschmann, esta novela es «un duro thriller del mundo de la droga» [96], volviendo -y no por última vez- al tema de El caballo y el mono. También aquí el poder y el crimen

[...] se cruzan continuamente -ha señalado Colmeiro-, situación que se ve reforzada por el extensivo uso de la técnica de contrapunto a todo lo largo de la novela; por una parte se halla una “Organización” criminal establecida y poderosa dirigida por ciudadanos respetables y, por otra, una banda de los secuestradores y asesinos de ínfima calaña que les desafían; el secuestrado, un rico desligado de la contienda entre ambas organizaciones, lejos de contentarse con su situación de víctima, logra psicológicamente hacerse con el poder de la banda de asaltantes que le han secuestrado y erigirse en su jefe, cometiendo los mismos crímenes y brutalidades que sus secuestradores para salvar la piel; ésta acaba pactando con la Organización superior, pasando de dominado a dominador en el proceso, lo que muestra la facilidad con que se cruza la frontera entre el bien y el mal, la sociedad respetable y la sociedad criminal. [97]

Barcelona Connection (1988) es un thriller ágil que usa hechos reales para la construcción de la trama y reincide en los temas y motivos de El día menos pensado: mafias internacionales de tráfico de droga y de prostitución en las que hasta la mismísima policía y más de un «pez gordo» están implicados; «la corrupción que indefectiblemente acompaña siempre al ejercicio del poder» [98]; en fin, «el enorme alcance de la alianza entre el Poder y el Crimen» [99]. Sólo que esta vez el punto de vista es el de un infrecuente caso de policía no corrupto (y -por supuesto- digo infrecuente en la obra de Martín).

Hay que tener en cuenta que esta obra fue primero un guión de cine del propio Martín, y que sólo después fue transformada en novela. El hecho de que fuera originalmente concebida para la gran pantalla se nota en la velocidad de la trama y en el hecho de que no tenga personajes, digamos, impactantes o demasiado escabrosos.

Llama también la atención que Martín otorgue el protagonismo de la obra -como ya ocurriera con el Javier Lallana de A la vejez, navajazos- a un policía honesto, el inspector Paco Huertas, (curiosamente, al igual que Lallana, anterior partícipe accidental de otras novelas de Martín). Con todo, en palabras de Martín, a diferencia de Javier Lallana, «Huertas [...] ya no es un estereotipo. No creo que sea tampoco un personaje íntegro en el sentido estricto. Es un policía, como hay muchos, que se entera muy poco de lo que tiene a su alrededor, no es un buen profesional.» [100] Lo cual quedaría parcialmente corroborado por estas palabras de uno de sus compañeros del cuerpo de policía:

No eres un buen policía [...] ¿Y sabes por qué? Porque te gusta demasiado el sonido de las palabras con mayúscula, la Nobleza, el Heroísmo, la Justicia, el Bien y el Mal. Te gusta tanto cómo suenan que no te has parado a pensar lo que significan. Actúas como si esperases oír un triunfal «¡ta-chán!» de fondo, el aplauso de los chavales de la primera fila.

Aunque -debido a la palestra de la previa versión cinematográfica- se trate de una de las obras más conocidas del autor, no creemos que sea de las más significativas.

2 opiniones

el tonto

un aburrimiento
au,enboliquem la troca

muy interesante

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