Realismo fantástico
En su prólogo a Fantasmas cotidianos (1996) Martín afirma lo siguiente: «Como ya he hecho otras veces en otras novelas, me gustó (o digamos que necesité) avanzar por la cuerda floja, a un lado de la cual se abría el abismo de la demencia y al otro el abismo de la razón.» [101] Quedémonos con estas palabras del autor para delimitar el terrero en que se mueve al escribir las tres novelas que vamos a agrupar en este apartado: La camisa del revés (1983), Memento de difuntos (1986) y A martillazos (1988). El antecedente de este tipo de realismo, que cabría tildar de fantástico, lo encontramos en Por amor al arte, que -aunque más cerca de la filigrana, y por tanto de la inverosimilitud, que de lo que Martín llama «el abismo de la demencia»-, supone la primera ocasión en la que se trasgrede el sentido común y en la que quedan sin explicación «lógica» los móviles que los personales tienen para perpetrar sus atrocidades. En estas obras, en cambio, Martín va más allá y entra de lleno en los dominios de la demencia declarada: la tres tienen como protagonista a un loco (Ricardo, Ángela y Sánchez) y dos de ellas comparten como personaje secundario al psiquiatra Delclós. Se entiende el interés de Martín por este tema por dos motivos: primero, por su interés por la psiquiatría; y, segundo, porque la locura da mucho juego para crear el tipo de personajes y de situaciones límite que caracterizan a la novelística de Martín.
La camisa del revés, historia/leyenda rural de una masacre macabra, incluye en su trama algunos componentes paranormales y deja en el aire la duda de la existencia de una interpretación racional de los hechos. La novela nos da dos versiones de esos hechos: el delirante diario del supuesto asesino, Ricardo, y la investigación policial. Esta investigación es llevada a cabo por varios personajes secundarios de igual importancia: el ya mencionado psiquiatra Delclós, el forense Gras y el comisario Campillo, dándonos cada uno de ellos, a su vez, una interpretación diferente de los datos que van acumulando y de la información escrita dejada por el sospechoso. El contrapunto entre unas versiones y otras, y entre la narración propiamente dicha y los diarios de Ricardo, pone sobre la palestra a un mismo tiempo -y sin favorecer a una u a otra- una explicación racional y otra irracional, una «normal» y otra paranormal, una «natural» y otra sobrenatural.
Merece la pena reproducir, por lo que tiene de aclaratoria, la nota previa incluida en la segunda edición de la obra:
Con frecuencia, en noches de tormenta, me han contado inquietantes historias relacionadas con fenómenos extraños, inexplicables, de los llamados paranormales. El vaso que se mueve solo para dar crípticos mensajes, apariciones providenciales o diabólicas, casas encantadas, comunicaciones con el Más Allá. Por lo general, el narrador no es el protagonista de estos sucesos. O se trata de algo que le ha ocurrido a un amigo o pariente próximo, o lo ha leído en los periódicos, o estás seguro de que es verdad aunque no sepa recordar de dónde lo ha sacado. Y las historias se adornan con los nombres de personas y lugares concretos, con detalles que las hacen verosímiles.
Con esta novela, no del todo ficticia, he tratado de relatar una de estas historias.
Todos los habitantes del pueblo de Senillás han muerto asesinados.
Algunos lectores, los racionalistas que busquen una explicación lógica y plausible, darán con la solución del caso siguiendo las investigaciones del teniente Salanueva y del comisario Campillo.
Otros, los que aceptan la narración tal como es y se dejan fascinar por el misterio, dejarán que los convenza el diario personal de Ricardo Maristany alias El Cardo, el chico que fue a Senillás para tener una plantación de marihuana. O las teorías del doctor Delclós.
Como gusten. Yo no me pongo de parte de nadie. Soy sólo el narrador. Sólo digo lo que me han dicho. [102]
El título de la obra hace referencia a la superstición de «ponerse la camisa del revés», que se supone que es una manera de protegerse de las brujas. Esta novela ha sido adaptada recientemente al cine por Javier Elorrieta en su película Pacto de Brujas (2002)
El psiquiatra Delclós reaparece en Memento de difuntos para devolverle la razón a Ángeles, viuda atormentada por las apariciones de su difunto marido. Tal y como ya quedaba apuntado en La camisa del revés, esta vez Delclós va implicándose más y más en el caso de su paciente, hasta el punto de ser él, a su vez, quien necesita un psiquiatra.
Esta novela fue publicada en catalán bajo el título Història de mort un año antes que en castellano.
A martillazos (1988) es una posible respuesta a la siguiente pregunta: ¿qué ocurre cuando a un pobre diablo sin escrúpulos, sin norte y en paro le toca la lotería, convirtiéndose de la noche a la mañana en millonario? En la novela el afortunado vive en Barcelona, se llama Sánchez y pierde literalmente la cabeza: rompe con todos sus anteriores contactos, cambia de imagen y de lugar de residencia, se complace en comprar a la gente e incluso se permite a sí mismo disfrutar de un inesperado apetito por asesinar indiscriminadamente nada menos que a martillazos. El propio Martín a explicado brevemente la obra, relacionándola con las demás del grupo:
A martillazos es un estudio sobre la locura. Muchas veces me he aproximado a este tema, pero en esta novela lo hago de manera mucho más directa. Hablo de un loco y de la fabricación de un loco. La novela arranca con esta frase: «Cuando al señor tal le tocaron tantos millones en la lotería, pensó que se volvía loco». A partir de ese momento, analizo la interacción que hay entre el dinero que uno recibe y la locura. Si la locura es un potencial que todos tenemos y se manifiesta en un jugar con fantasías imposibles de realizar, en el momento en que interviene el dinero estas fantasías son realizables. Esto se puede interpretar como metáfora de la riqueza, del poder. Juego a poner muchos millones en manos de un loco, que destinará esa cantidad a sus caprichos particulares. Es una novela que alcanza ciertos niveles de fantasía y que quizá se podría relacionar con Por amor al arte, La camisa del revés o Memento de difuntos. [103]
Hay, con todo, una diferencia de peso entre esta obra y las otras dos. Si en aquéllas la locura es alucinatoria, paranoica, en esta el demente es un psicópata. Esto es síntoma de algo más general: si en la novelística del primer Martín la sociedad reflejada tiende a la paranoia, en los años noventa su visión de mundo -al igual que el mundo- cambiará, y la patología colectiva tenderá a la psicopatía. No es de extrañar, pues, que en A martillazos Martín empiece ya este viraje y siente las bases de lo que será uno de sus temas recurrentes desde entonces. Muchas de sus obras posteriores serán protagonizadas por asesinos en serie, como ocurre en El hombre de la navaja (1992), en Jugar a matar (1995) o en Corpus delicti (2002).
El propio Martín ha reflexionado recientemente sobre este cambio en la sociedad y, por consiguiente, en su obra:
En toda sociedad, pasada, presente y futura, existen psicóticos, neuróticos, psicópatas y hasta personas semisanas normales, pero cada época ha tenido una tendencia mental dominante, una sociopatología que rige el comportamiento global. Desde hace muchos años, la competencia y la competitividad impuestas por el capitalismo radical han ido ejerciendo, tanto sobre el individuo como sobre la sociedad, una presión excesiva. Cuando el que vale, vale y el que no, es un fracasado (y eso es lo peor que se puede ser); cuando los beneficios económicos de la empresa privan sobre los derechos y deberes de las personas; cuando el ciudadano tiene por encima de todo la obligación de triunfar y dominar a los demás, la angustia y el estrés terminan generando una actitud paranoica. Es el temor del corredor a ser adelantado por quien le sigue, el temor a que los competidores hagan trampas, la culpabilidad de la falta de preparación. Vivíamos en una sociedad paranoica que tendía a inculpar, a exculpar o a disculparse, siempre con una concepción ética en la que se daba por supuesto que lo bueno era estar en el bando de los buenos.
Pero existe otra forma de respuesta a los traumas. Es cuando el individuo se blinda, rompe amarras con los compromisos éticos que puedan unirle al entorno y estorbar su progreso y se centra únicamente en su interés personal. Decide dejar de ser víctima acosada y amedrentada para pasar a la acción y conseguir sus objetivos pasando por encima de lo que haga falta. Es el psicópata. Es el que ignora temores, culpas y posiciones éticas, el que margina los sentimientos para no sufrir, el que juzga su entorno con total frialdad y actúa con despiadado pragmatismo. Y, sobre todo y en consecuencia, es el que nunca revelará sus auténticas intenciones porque son esencialmente codiciosas. [104]
Excursos
Además de las novelas negras propiamente dichas y de las de un realismo fantástico, Martín publica en los años ochenta dos obras para adultos que no se ajustan a ninguna de estas dos etiquetas. Una es Crímenes de aficionado (1987), que -sin salirse de los márgenes policiales- pertenece a lo que en aquella década estuvo pasajeramente de moda y dio en llamarse «novela interactiva». En palabras de Colmerio, se trata de «[...] un tipo de novela policíaca que exige un lector interactivo que constantemente tome decisiones para resolver-descubrir el caso, [...] haciendo hincapié en el aspecto lúdico de la lectura.» [105]
En segundo lugar se encuentra la novela de ciencia-ficción Ahogos y palpitaciones (1987). No es la primera vez que Martín realiza una incursión en la ciencia-ficción: ya lo había hecho con el cómic La guerra de los Dioses y con el guión de la película El caballero del dragón. Como era de esperar, aunque haya cambiado de género, Martín no abandona sus obsesiones fundamentales y relata -un poco a la manera de Un mundo feliz y de 1984- cómo un grupo de poder ejerce el dominio absoluto sobre una hipotética sociedad, manejando a sus componentes como a títeres. La obra se inserta en la corriente de ciencia-ficción surgida en los ochenta denominada ciberpunk, una de cuyas características principales es la desconfianza en las enormes posibilidades de control social creadas por el incesante progreso tecnológico. En su novela, Martín presenta un mundo férreamente organizado por la tecnología y -haciendo un guiño a Aldous Huxley- controlado por un dirigente llamado «La Gran Sonrisa». En esta sociedad todos los ciudadanos son víctimas de una gran ilusión telemática de felicidad simulada mediante dispositivos de control sobre el deseo. El protagonista, K verde, intenta inútilmente rebelarse contra la omnipotencia y maldad del sistema, que es capaz de prever, engullir y asimilar hasta su disidencia. Como en la mayoría de sus novelas negras, el protagonista aquí también es reducido y fagocitado por el estado de cosas que intenta combatir.