Nadie discute que Marx, Durkheim y Weber son los teóricos que colocan las piedras fundamentales que jalonarán gran parte de los estudios posteriores en el campo de la ciencia social. Es más, como sostiene Portantiero, después de la “sociología clásica” poco se ha avanzado en cuanto a grandes líneas teóricas.
Pero no es solamente por la significación que sus ideas han tenido en los desarrollos teóricos ulteriores de la disciplina que se los considera clásicos sino también porque pueden ser distinguidos de los grandes pensadores de la filosofía política, económica y social moderna. Lo que diferencia las teorías de los clásicos de las de esos pensadores, algunos de los cuales han sido denominados “padres fundadores”, es su pretensión científica. Si las ideas de unos pueden enmarcarse en lo que se llamaría una filosofía social o ética, valiéndose en general de un fuerte componente normativo o, en otras palabras, atravesadas por el “deber ser”, las teorías de la sociología clásica se formulan como científicas, como ciencias de realidad. Muestran una preocupación por la cuestión del objeto y método: interés por definir el objeto de la disciplina, construir conceptos rigurosos, establecer reglas metodológicas. La sociología para Durkheim y Weber es, en tanto ciencia de la realidad social, una “ciencia empírica”.
Puede sostenerse entonces que los trabajos de Marx, Durkheim y Weber concurren a la conformación de una ciencia social unificada? Las respuestas a esta pregunta pueden agruparse básicamente en dos posiciones.
Por un lado, están quienes defienden la “unidad” de la sociología, considerando a Marx, Weber y Durkheim como los tres “clásicos” de esta disciplina científica, y tomando sus aportes como igualmente válidos para la construcción de la ciencia social. Desde esta posición, emparentada con el eclecticismo, suele sostenerse que las teorías de los clásicos de la sociología, así como las de las corrientes a las que ellos dan origen, no son necesariamente irreconciliables.
En otras perspectivas se sitúan quienes distinguen entre “sociología” y “marxismo”, postulando la irreductibilidad de ambos enfoques. La diferenciación o el distanciamiento del marxismo de aquello que ha sido denominado como “sociología” se ha efectuado desde distintas ópticas y con intenciones diversas.
Puede tomarse a Pierre Bourdieu como uno de los exponentes de la primera posición. El autor de “Sociología y cultura” se resiste a encasillarse en una corriente, oponiéndose a la “etiqueta clasificatoria” que ubica a cada autor como “marxista”, “weberiano” o “durkheimiano”, y explica que lo que él hace es recurrir a los distintos autores para pedir ayuda momentánea. Propone superar las “falsas opciones” de la sociología (en las que encuentra un fundamento social pero no científico) integrando elementos de las distintas teorías. La pretendida oposición entre los tres clásicos -afirma- enmascara la unidad de la sociología: el antagonismo permite su propia superación.
Detrás de la diversidad de enfoques hay para Bourdieu una ciencia única. El desafío consiste en integrar en un mismo sistema conceptual las aportaciones teóricas que la historia o el dogmatismo han separado. El progreso de la ciencia sólo es posible a veces “[...] con la condición de comunicar teorías opuestas, que en muchas ocasiones se han constituido unas contra otras. No se trata de realizar esas falsas síntesis eclécticas que han causado tantos estragos en la sociología. Dicho sea de paso, la condena del eclecticismo con frecuencia ha servido como excusa para la incultura: resulta tan fácil y cómodo encerrarse en una tradición; desgraciadamente, el marxismo ha cumplido muchas veces esta función de seguridad perezosa. La síntesis sólo es posible a costa de un cuestionamiento radical que conduce al principio del antagonismo aparente”[1].
Es desde concepciones como ésta que se habla, por ejemplo, de una “tradición sociológica clásica” con características peculiares que la distinguen de la sociología contemporánea (Dubet), o que se afirma, por ejemplo, que Weber “realizó la intención marxista en algunos campos”.
Los trabajos de Jeffrey Alexander también se caracterizan por esta intención “integracionista” cuando aplauden a la nueva “generación joven” de la teoría sociológica por no estar comprometida con ningún bando en la batalla teórica entre marxismo y funcionalismo, empeñándose por “[...] cerrar la dialéctica, por brindar un ‘tercer camino’ que aproveche lo mejor de ambos bandos”[2]; desarrollando una “teoría sintética” que incorpore las teorías parciales en lugar de proseguir la “guerra entre escuelas”.
Se distingue de esta posición ecléctica, como se ha dicho, la de quienes con objetivos diversos oponen marxismo y sociología. Cuando la diferenciación proviene del funcionalismo, suele tratarse de enfoques que niegan el carácter científico de la teoría marxista, excluyéndola así del ámbito de la sociología en tanto ciencia de la realidad social.
Expresiones frecuentes en investigaciones actuales como “el debate entre la sociología y el marxismo” o “el diálogo y la confrontación de la sociología con las ideas marxistas” ponen en evidencia que se piensa en entidades distintas; y en ciertos casos, que se considera al pensamiento marxista como algo exterior a la ciencia social.
Pero la separación entre marxismo y sociología puede adquirir en otros discursos un sentido distinto. Cuando por ejemplo J.C. Portantiero se refiere a la sociología clásica como disciplina que nace en el siglo XIX como respuesta conservadora a una situación de crisis, con las teorías de Durkheim y Weber, no está ignorando la importancia de Marx. Por el contrario, lo está señalando como fundador de la vertiente antitética, lo está situando en contraposición a la tradición sociológica clásica que se vincula íntimamente “con los objetivos de estabilidad social de las clases dominantes”, y a la que denomina “sociología del orden o del equilibrio”. El adversario de la sociología en su madurez (Durkheim, Weber) es el marxismo -sostiene. La sociología surge como un intento por “[...] oponer una nueva ciencia de la sociedad al fantasma del socialismo...”[3].
También Laurin Frenette, desde una óptica marxista, traza líneas de demarcación claras entre sociología y marxismo. Caracteriza a la sociología funcionalista como “seudo-ciencia social burguesa”, enfrentándola al marxismo que como sistema de construcción e interpretación de los hechos sociales constituye la única alternativa válida a aquella formulación sociológica de la ideología dominante.
Nuestra posición, y es lo que intentaremos demostrar en este trabajo haciendo eje en las diferencias existentes entre las formas de causalidad y las concepciones del proceso de conocimiento de cada uno de los discursos considerados clásicos, es que no se puede - en rigor - hablar de “LA” sociología puesto que no hay una unidad o cohesión de los distintos sistemas teórico-metodológicos que autorice el uso de la expresión.
En ese sentido, LA sociología en general no existe; existen en cambio desarrollos teóricos de un valor científico cualitativamente distinto (según haya predominio de elementos científicos o ideológicos), que se articulan en lógicas internas unificadoras (problemáticas) distintas, y que encuentran sus bases en general en las teorías de Marx, Durkheim o Weber.
La tesis de la discontinuidad cualitativa entre los discursos de los “clásicos de la sociología” conduce de inmediato a plantear la cuestión de la especificidad de cada uno de ellos tanto en lo referido a su problemática o sistema de preguntas y su objeto como a su forma de causalidad y sistema de verificación.
Aquí, con el propósito de poner en evidencia la radical discontinuidad al interior de la pretendida “sociología clásica”, nos centraremos en analizar el modo en que cada uno de esos desarrollos teóricos relaciona el objeto de análisis con la realidad empírica. En otras palabras, nos proponemos delimitar el método o camino del conocimiento y la forma de explicar lo social (explícita o implícita) característica de los textos de Marx, Durkheim y Weber con el objeto de ilustrar en este campo preciso la distancia insalvable que existe entre ellos.
No se trata de una tarea menor: los modos diferenciales de explicación causal o de determinación de los “fenómenos sociales”, lejos de ser una cuestión meramente “técnica” o “metodológica” pone en juego concepciones de la sociedad y la historia.